1. EL PROCESO DE TRABAJO Y EL PROCESO  
DE PRODUCCIÓN DE PLUSVALÍA

El comprador de la fuerza de trabajo la consume haciendo trabajar a su vendedor. Este trabajo, destinado a producir mercancías, se presenta al principio como creador de valores de uso, y en esta propiedad es independiente de la relación específica entre capitalista y obrero... Descripción del proceso de trabajo como tal. (Págs. 141-49.)

El proceso de trabajo, sobre una base capitalista, presenta dos peculiaridades. 1. El obrero trabaja bajo el control del capitalista. 2. El producto es propiedad del capitalista, pues el proceso de trabajo no es ahora más que un proceso entre dos cosas compradas por el capitalista: fuerza de trabajo y medios de producción. (Pág. 150.)

Pero el capitalista no quiere el valor de uso producido por sí mismo, sino solo como depositario de valor de cambio y, en especial, de plusvalía. El trabajo, bajo esta condición –en que la mercancía era una unidad de valor de uso y valor de cambio–, se convierte en la unidad del proceso de producción y del proceso de creación de valor. (Pág. 151.)

Así, pues, ha de investigarse la cantidad de trabajo objetivado en el producto.

Hilado, por ejemplo. Supongamos que para hacerlo se necesitan 10 libras de algodón, digamos 10 chelines, e instrumentos de trabajo cuyo desgaste es inevitable en el hilado –denotado aquí en breve como la parte del huso–, digamos 2 chelines. Hay, por tanto, 12 chelines de valor en medios de producción dentro del producto, es decir, en la medida en que 1) el producto se ha convertido en un valor de uso real, en este caso hilado; y 2) solo se representó en estos instrumentos de trabajo el tiempo de trabajo socialmente necesario. ¿Cuánto le añade el trabajo de hilar?

Así, pues, el proceso de trabajo se contempla aquí desde un ángulo completamente distinto. En el valor del producto, los trabajos del cultivador de algodón, del fabricante de husos, etc., y del hilandero son partes conmensurables, cualitativamente iguales, de trabajo humano general, necesario, creador de valor, y, por tanto, distinguibles solo cuantitativamente, y por esa misma razón comparables cuantitativamente por la duración del tiempo, presuponiendo que se trata de tiempo de trabajo socialmente necesario, pues solo este es creador de valor.

Supongamos que el valor de la fuerza de trabajo de un día es de 3 chelines, y que representa 6 horas de trabajo, que por hora se hilan 1⅔ libras de hilado, por tanto, en 6 horas: 10 libras de hilado a partir de 10 libras de algodón (como arriba); entonces se han añadido 3 chelines de valor en 6 horas, y el valor del producto es 15 chelines (10+2+3 chelines) o un chelín y medio por libra de hilado.

Pero en este caso no hay plusvalía. Esto no sirve al capitalista. (Patraña económico-vulgar, pág. 157.)

Hemos supuesto que el valor de la fuerza de trabajo de un día era de 3 chelines, porque en ella se incorpora ½ jornada de trabajo, o 6 horas. Pero el hecho de que solo se requiera media jornada de trabajo para mantener al obrero durante 24 horas no impide en modo alguno que trabaje una jornada entera. El valor de la fuerza de trabajo y el valor que esta crea son dos magnitudes diferentes. Su propiedad útil era solo una conditio sine qua non; pero lo decisivo era el valor de uso específico de la fuerza de trabajo de ser fuente de más valor de cambio del que ella misma posee. (Pág. 159.)

De ahí que el obrero trabaje 12 horas, hile 20 libras de algodón por valor de 20 chelines y 4 chelines en husos, y su trabajo cuesta 3 chelines: total—27 chelines. Pero en el producto se incorporan: cuatro jornadas de trabajo en forma de husos y algodón, y una jornada de trabajo del hilandero, en total cinco jornadas a 6 chelines cada una, lo que suma un valor del producto de 30 chelines. Tenemos una plusvalía de 3 chelines: el dinero se ha convertido en capital. (Pág. 160.) Todas las condiciones del problema se cumplen. (Detalles pág. 160.)

Como proceso de creación de valor, el proceso de trabajo se convierte en proceso de producción de plusvalía en el momento en que se prolonga más allá del punto en que entrega un simple equivalente del valor pagado de la fuerza de trabajo.

El proceso de creación de valor se diferencia del simple proceso de trabajo en que este último se considera cualitativamente, el primero cuantitativamente, y solo en la medida en que comprende tiempo de trabajo socialmente necesario. (Pág. 161, detalles pág. 162.)

Como unidad del proceso de trabajo y del proceso de creación de valor, el proceso de producción es producción de mercancías; como unidad del proceso de trabajo y del proceso de producción de plusvalía es el proceso capitalista de producción de mercancías. (Pág. 163.)

Reducción del trabajo complejo a trabajo simple. (Págs. 163-65.)

2. CAPITAL CONSTANTE Y CAPITAL VARIABLE

El proceso de trabajo añade nuevo valor al objeto de trabajo, pero al mismo tiempo transfiere el valor del objeto de trabajo al producto, conservándolo así mediante la mera adición de nuevo valor. Este doble resultado se alcanza de esta manera: el carácter cualitativo, específicamente útil, del trabajo convierte un valor de uso en otro valor de uso y de ese modo conserva valor; el carácter cuantitativo, abstractamente general, creador de valor, del trabajo, en cambio, añade valor. (Pág. 166.)

Por ejemplo: supongamos que la productividad del trabajo de hilar se multiplica por seis. Como trabajo útil (cualitativo) conserva en el mismo período de tiempo seis veces más instrumentos de trabajo. Pero añade solo el mismo valor nuevo que antes, es decir, en cada libra de hilado hay solo 1/6 del valor nuevo previamente añadido. Como trabajo creador de valor no logra más que antes. (Pág. 167.) Inversamente, si la productividad del trabajo de hilar permanece igual, pero el valor de los instrumentos de trabajo sube. (Pág. 168.)

Los instrumentos de trabajo transfieren al producto solo el valor que ellos mismos pierden. (Pág. 169.) Esto ocurre en diverso grado. El carbón, los lubricantes, etc., se consumen completamente, las materias primas adoptan una nueva forma. Los instrumentos, la maquinaria, etc., transmiten valor solo lentamente y por partes, y el desgaste se calcula por experiencia. (Págs. 169-70.) Pero el instrumento permanece continuamente como un todo en el proceso de trabajo. Por tanto, el mismo instrumento cuenta como un todo en el proceso de trabajo pero solo parcialmente en el proceso de producción de plusvalía, de modo que la diferencia entre los dos procesos se refleja aquí en factores materiales. (Pág. 171.) Inversamente, la materia prima, que forma desperdicio, entra íntegramente en el proceso de producción de plusvalía, y solo [parcialmente] en el proceso de trabajo, ya que aparece en el producto menos el desperdicio. (Pág. 171.)

Pero en ningún caso puede un instrumento de trabajo transferir más valor de cambio del que él mismo poseía: en el proceso de trabajo actúa solo como valor de uso y, por tanto, solo puede dar el valor de cambio que poseía previamente. (Pág. 172.)

Esta conservación del valor es muy ventajosa para el capitalista, pero no le cuesta nada. (Págs. 173, 174.)

Sin embargo, el valor conservado solo reaparece, ya estaba presente, y solo el proceso de trabajo añade valor nuevo. Es decir, en la producción capitalista, plusvalía, el exceso del valor del producto sobre el valor de los elementos consumidos del producto (medios de producción y fuerza de trabajo). (Págs. 175, 176.)

Con esto se han descrito las formas de existencia que adopta el valor de capital originario al despojarse de su forma de dinero, al convertirse en factores del proceso de trabajo: (1) en la compra de instrumentos de trabajo; (2) en la compra de fuerza de trabajo.

El capital invertido en instrumentos de trabajo no altera, por tanto, la magnitud de su valor en el proceso de producción. Lo llamamos capital constante.

La parte invertida en fuerza de trabajo sí cambia su valor; produce: 1) su propio valor, y 2) plusvalía—es capital variable. (Pág. 176.)

(Capital es constante solo en relación con el proceso de producción específicamente dado, en el cual no cambia; puede consistir a veces en más, a veces en menos instrumentos de trabajo, y los instrumentos de trabajo comprados pueden subir o bajar de valor, pero eso no afecta su relación con el proceso de producción. Pág. 177. Asimismo, el porcentaje en que un capital dado se subdivide en capital constante y variable puede cambiar, pero en cualquier caso dado el c permanece constante y el v variable. Pág. 178.)

3. LA TASA DE PLUSVALÍA

C = £500 = 410 + 90. Al final del proceso de trabajo en que v se convierte en fuerza de trabajo obtenemos 410c + 90v + 90s = 590. Supongamos que c consiste en 312 de materia prima, 44 de materia auxiliar y 54 de desgaste de maquinaria, en total 410. Sea el valor de toda la maquinaria 1.054. Si esta se anotara como un todo, obtendríamos 1.410 para c en ambos lados de nuestro cálculo; la plusvalía seguiría siendo 90 como antes. (Pág. 179.)

Puesto que el valor de c solo reaparece en el producto, el valor del producto que obtenemos difiere del valor creado en el proceso; este último, por tanto, no es igual a c+v+s, sino a v+s. De ahí que la magnitud de c sea indiferente para el proceso de producción de plusvalía, es decir, c=0. (Pág. 180.) Esto también ocurre en la práctica en la contabilidad comercial, por ejemplo, al calcular la ganancia de un país por su industria, se deduce la materia prima importada. (Pág. 181.) Cf. el tomo III para la relación de la plusvalía con el capital total.

De ahí: la tasa de plusvalía es s:v, en el caso anterior 90:90=100%.

El tiempo de trabajo durante el cual el obrero reproduce el valor de su fuerza de trabajo –bajo condiciones capitalistas o de otro tipo– es el trabajo necesario; lo que va más allá de eso, produciendo plusvalía para el capitalista, trabajo excedente. (Págs. 183, 184.) La plusvalía es trabajo excedente coagulado, y solo la forma de extorsionarlo diferencia las diversas formaciones sociales.

Ejemplos de lo incorrecto de incluir c, págs. 185-96. (Senior.)

La suma del trabajo necesario y el trabajo excedente constituye la jornada de trabajo.

4. LA JORNADA DE TRABAJO

El tiempo de trabajo necesario está dado. El trabajo excedente es variable, pero dentro de ciertos límites. Nunca puede reducirse a cero, ya que entonces cesa la producción capitalista. Nunca puede llegar a 24 horas por razones físicas y, además, el límite máximo se ve siempre afectado también por motivos morales. Pero estos límites son muy elásticos. La exigencia económica es que la jornada de trabajo no sea más larga que lo que corresponde al desgaste normal del obrero. Pero ¿qué es lo normal? Resulta una antinomia y solo la fuerza puede decidir. De ahí la lucha entre la clase obrera y la clase capitalista por la jornada normal de trabajo. (Págs. 198-202.)

Trabajo excedente en épocas sociales anteriores. Mientras el valor de cambio no es más importante que el valor de uso, el trabajo excedente es más suave, por ejemplo, entre los antiguos; solo donde se producía valor de cambio directo –oro y plata–, el trabajo excedente era terrible. (Pág. 203.) Asimismo en los estados esclavistas de América hasta la producción en masa de algodón para la exportación. Asimismo la prestación personal (corvée), por ejemplo, en Rumanía.

La prestación personal (corvée) es el mejor medio de comparación con la explotación capitalista, porque la primera fija y muestra el trabajo excedente como un tiempo específico de trabajo a ejecutar — Réglement organique de Valaquia. (Págs. 204-06.)

Las Leyes fabriles inglesas son expresión negativa de la codicia de trabajo excedente, así como lo anterior era su expresión positiva.

Las Leyes fabriles. La de 1850—(pág. 207). 10½ horas y 7½ los sábados = 60 horas por semana. Ganancia de los fabricantes mediante la evasión. (Págs. 208-11.)

Explotación en ramas no restringidas o solo restringidas más tarde: industria del encaje (pág. 212), alfarerías (pág. 213), cerillas de fósforo (pág. 215), papel pintado (págs. 215-17), panadería (págs. 217-22), empleados de ferrocarril (pág. 223), costureras (págs. 223-25), herreros (pág. 226), trabajadores en turnos diurnos y nocturnos en turnos: (a) metalurgia e industria metalúrgica (págs. 227-36).

Estos hechos demuestran que el capital considera al obrero únicamente como fuerza de trabajo, todo cuyo tiempo es tiempo de trabajo hasta donde ello es posible en un momento dado, y que la duración de la vida de la fuerza de trabajo le es indiferente al capitalista. (Págs. 236-38.) Pero ¿no va esto contra los intereses del capitalista? ¿Y qué hay de la reposición de lo que se desgasta con rapidez? El comercio organizado de esclavos en el interior de los Estados Unidos ha elevado el rápido desgaste de los esclavos a principio económico, exactamente igual que el suministro de obreros procedentes de los distritos rurales en Europa, etc.

(Pág. 239.) Suministro desde las casas de pobres. (Pág. 240.) El capitalista no ve más que la sobrepoblación continuamente disponible y la desgasta. Si la raza perece … ¡après moi le déluge!* Al capital le tienen sin cuidado la salud y la duración de la vida del obrero, a menos que la sociedad lo obligue a tener consideración […] y la libre competencia hace que las leyes inmanentes de la producción capitalista se impongan como leyes coercitivas externas a cada capitalista individual. (Pág. 243.)

Establecimiento de una jornada normal de trabajo: resultado de siglos de lucha entre el capitalista y el obrero.

Al principio las leyes se hicieron para aumentar el tiempo de trabajo; ahora, para reducirlo. (Pág. 244.) El primer Statute of Labourers, del año 23 de Eduardo III, 1349, se promulgó bajo el pretexto de que la peste había diezmado de tal modo la población que todos tenían que trabajar más. De ahí que los salarios máximos y la limitación de la jornada de trabajo se fijaran por ley. En 1496, bajo Enrique VII, la jornada de trabajo de los jornaleros agrícolas y de todos los artesanos duraba desde las 5 de la mañana hasta entre las 7 y las 8 de la tarde en verano —de marzo a septiembre—, con 1 hora, 1 1/2 horas y 1/2 hora, en total 3 horas de pausa. En invierno era desde las 5 de la mañana hasta el anochecer. Este estatuto jamás se aplicó rigurosamente. En el siglo XVIII, el trabajo de toda la semana aún no estaba a disposición del capital (con excepción del trabajo agrícola). Cf. las controversias de aquella época. (Págs. 248-51.) Solo con la gran industria moderna se logró esto, y más aún; derribó todas las barreras y explotó a los obreros del modo más desvergonzado. El proletariado resistió tan pronto como recobró la conciencia. Las cinco leyes de 1802-1833 fueron solo nominales, ya que no había inspectores. Sólo la ley de 1833 creó una jornada normal de trabajo en las cuatro ramas de la industria textil: desde las 5:30 a.m. hasta las 8:30 p.m., durante la cual los jóvenes de 13 a 18 años solo podían ser empleados 12 horas con 1 1/2 horas de pausa, los niños de 9 a 13 años solo 8 horas, mientras que se prohibía el trabajo nocturno de niños y jóvenes. (Págs. 253-55.)

El sistema de relevos y su abuso con fines de evasión. (Pág. 256.) Finalmente, la ley de 1844, que equiparó a las mujeres de todas las edades con los jóvenes. Niños limitados a 6 1/2 horas; se restringió el sistema de relevos. Por otra parte, se permitió el empleo de niños a partir de los 8 años. Por fin, en 1847, se impuso la ley de las diez horas para mujeres y jóvenes. (Pág. 259.) Los esfuerzos de los capitalistas contra ella. (Págs. 260-68.) Un defecto en la ley de 1847 condujo a la ley de compromiso de 1850 (pág. 269), que fijó la jornada laboral para jóvenes y mujeres —5 días de 10 1/2 horas, 1 día de 7 1/2 horas = 60 horas semanales, y ello entre las 6 a.m. y las 6 p.m. Por lo demás, la ley de 1847 seguía en vigor para los niños. La excepción para la industria de la seda. (Pág. 270.) En 1853 el tiempo de trabajo de los niños también se limitó a entre las 6 a.m. y las 6 p.m. (Pág. 272.)

La Printworks Act de 1845 apenas limita nada: ¡niños y mujeres pueden trabajar 16 horas!

Blanqueo y tintorería, 1860. Fábricas de encajes, 1861; alfarerías y muchas otras ramas, 1863 (bajo la Factory Act, se aprobaron leyes especiales ese mismo año para el blanqueo al aire libre y la panadería). (Pág. 274.)

Así pues, la gran industria crea al principio la necesidad de limitar el tiempo de trabajo, pero más tarde se descubre que el mismo exceso de trabajo se ha apoderado paulatinamente también de todas las demás ramas. (Pág. 277.)

La historia muestra además que el obrero individual «libre» está indefenso frente al capitalista y sucumbe, sobre todo con la introducción del trabajo de mujeres y niños, de modo que es aquí donde se desarrolla la lucha de clases entre los obreros y los capitalistas. (Pág. 277.)

En Francia, la ley de la jornada de doce horas para todas las edades y ramas de trabajo no se aprobó hasta 1848. (Cf., sin embargo, pág. 253, nota sobre la ley francesa de trabajo infantil de 1841, que realmente solo se aplicó en 1853, y únicamente en el Département du Nord.) Completa «libertad de trabajo» en Bélgica. El movimiento por la jornada de ocho horas en América. (Pág. 279.)

Así, el obrero sale del proceso de producción completamente distinto de como entró. El contrato de trabajo no fue el acto de un agente libre; el tiempo durante el cual él es libre de vender su fuerza de trabajo es el tiempo durante el cual está obligado a venderla, y solo la oposición masiva de los obreros les conquista la aprobación de una ley que impida que los obreros se vendan a sí mismos y a su generación, mediante contrato voluntario con el capital, a la esclavitud y a la muerte. En lugar del pomposo catálogo de los derechos inalienables del hombre aparece la modesta Carta Magna de la legislación fabril. (Págs. 280, 281.)

5. TASA Y MASA DE PLUSVALÍA

Con la tasa, la masa también está dada. Si el valor diario de una fuerza de trabajo es 3 chelines, y la tasa de plusvalía es del 100 por ciento, su masa diaria = 3 chelines para un obrero.

I. Puesto que el capital variable es la expresión en dinero del valor de todas las fuerzas de trabajo empleadas simultáneamente por un capitalista, la masa de plusvalía producida por ellas es igual al capital variable multiplicado por la tasa de plusvalía. Ambos factores pueden variar, surgiendo así distintas combinaciones. La masa de plusvalía puede crecer, incluso con capital variable decreciente, si la tasa aumenta, es decir, si se prolonga la jornada de trabajo. (Pág. 282.)

II. Este aumento de la tasa de plusvalía tiene su límite absoluto en que la jornada de trabajo jamás puede prolongarse hasta las 24 horas completas; por tanto, el valor total de la producción diaria de un obrero nunca puede igualar el valor de 24 horas de trabajo. Así, para obtener la misma masa de plusvalía, el capital variable solo puede ser reemplazado por una mayor explotación del trabajo dentro de estos límites. Esto es importante para la explicación de diversos fenómenos que surgen de la tendencia contradictoria del capital: (1) a reducir el capital variable y el número de obreros empleados; y (2) a producir, no obstante, la mayor masa posible de plusvalía. (Págs. 283, 284.)

III. Las masas de valor y plusvalía producidas por capitales diferentes, con el valor dado y un grado de explotación de la fuerza de trabajo igualmente alto, se relacionan directamente como las magnitudes de los componentes variables de dichos capitales. (Pág. 285.) Esto parece contradecir todos los hechos.

Para una sociedad dada y una jornada de trabajo dada, la plusvalía solo puede aumentarse incrementando el número de obreros, es decir, la población; con un número dado de obreros, solo mediante la prolongación de la jornada de trabajo. Sin embargo, esto solo es importante para la plusvalía absoluta.

Ahora resulta que no toda suma de dinero puede transformarse en capital —que existe un mínimo: el precio de costo de una sola fuerza de trabajo y de los instrumentos de trabajo necesarios. Para poder vivir él mismo como un obrero, el capitalista necesitaría tener dos obreros, con una tasa de plusvalía del 50 por ciento, y aun así no ahorrar nada. Incluso con ocho sigue siendo un pequeño maestro. De ahí que en la Edad Media se obstaculizara por la fuerza la transformación de artesanos en capitalistas mediante la limitación del número de oficiales que podía emplear cada maestro. El mínimo de riqueza necesario para formar un verdadero capitalista varía según las distintas épocas y ramas de negocio. (Pág. 288.)

El capital se ha convertido en mando sobre el trabajo y cuida de que se trabaje de manera regular e intensiva. Además, obliga a los obreros a realizar más trabajo del necesario para su subsistencia; y en la extracción de plusvalía supera a todos los sistemas de producción anteriores basados en el trabajo forzoso directo.

El capital asumió el trabajo con las condiciones técnicas dadas, y al principio no las modifica. De ahí que, considerado el proceso de producción como proceso de trabajo, el obrero se relacione con los medios de producción no como con el capital, sino como con los medios de su propia actividad adecuada. Pero, considerado como proceso de creación de plusvalía, de otro modo. Los medios de producción se convierten en medios de absorción del trabajo ajeno. Ya no es el obrero quien emplea los medios de producción, sino los medios de producción los que emplean al obrero. (Pág. 289.) En lugar de ser consumidos por él […] lo consumen a él como fermento necesario de su propio proceso vital, y el proceso vital del capital consiste solo en su movimiento como valor que se multiplica constantemente… La simple transformación del dinero en medios de producción convierte a estos en un derecho legal y un derecho coactivo al trabajo y al plustrabajo ajenos.