1. LA FÓRMULA GENERAL DEL CAPITAL

La circulación de mercancías es el punto de partida del capital. Por tanto, la producción de mercancías, la circulación de mercancías y la forma desarrollada de esta última, el comercio, constituyen siempre la base histórica sobre la cual surge el capital. La historia moderna del capital data de la creación del comercio mundial moderno y del mercado mundial en el siglo XVI. (Pág. 106.)

Si consideramos solo las formas económicas producidas por la circulación de mercancías, encontramos que su producto final es el dinero, y este último es la primera forma en que aparece el capital. Históricamente, el capital enfrenta invariablemente a la propiedad territorial, al principio, como riqueza dineraria, capital mercantil o capital usurario, e incluso hoy todo nuevo capital entra en escena primeramente bajo la forma de dinero que, mediante determinados procesos, ha de transformarse en capital.

El dinero como dinero y el dinero como capital se diferencian, en un principio, solo por su forma de circulación. Junto a M—D—M, aparece también la forma D—M—D, comprar para vender. El dinero que describe esta forma de circulación en su movimiento se convierte en capital, es ya en sí mismo (es decir, por su destinación) capital.

El resultado de D—M—D es D—D, el intercambio indirecto de dinero por dinero. Compro algodón por £100 y lo vendo por £110; en última instancia, he intercambiado £100 por £110, dinero por dinero.

Si este proceso arrojara al final el mismo valor dinerario que se invirtió originalmente, £100 de £100, sería absurdo. Sin embargo, tanto si el comerciante obtiene £100, £110 o meramente £50 por sus £100, su dinero ha descrito un movimiento específico completamente diferente del de la circulación de mercancías, M—D—M. Del examen de las diferencias de forma entre este movimiento y M—D—M se hallará también la diferencia de contenido.

Las dos fases del proceso, tomadas por separado, son las mismas que en M—D—M. Pero hay una gran diferencia en el proceso como un todo. En M—D—M el dinero constituye el intermediario, la mercancía el punto de partida y la meta; en este caso, la mercancía es el intermediario, con el dinero como punto de partida y meta. En M—D—M el dinero se gasta de una vez por todas; en D—M—D no es sino adelantado, ha de volver a recuperarse. Refluye a su punto de partida. Aquí, por tanto, se da ya una diferencia palpable entre la circulación del dinero como dinero y el dinero como capital.

En M—D—M el dinero solo puede retornar a su punto de partida mediante la repetición de todo el proceso, mediante la venta de nuevas mercancías. De ahí que el reflujo sea independiente del proceso mismo. En D—M—D, por el contrario, está condicionado desde el comienzo por la estructura del proceso mismo, que es incompleto si el reflujo falla. (Pág. 110.)

El objeto último de M—D—M es el valor de uso, el de D—M—D es el valor de cambio mismo.

En M—D—M ambos extremos poseen la misma determinación de forma económica. Ambos son mercancías, y de igual valor. Pero al mismo tiempo son valores de uso cualitativamente diferentes, y el proceso tiene como contenido el intercambio social de materia. En D—M—D la operación, a primera vista, parece tautológica, carente de sentido. Intercambiar £100 por £100, y además dando un rodeo, parece absurdo. Una suma de dinero se distingue de otra solo por su magnitud; D—M—D cobra su sentido, por tanto, solo mediante la diferencia cuantitativa de los extremos. Se retira de la circulación más dinero del que se ha arrojado a ella. El algodón comprado por £100 se vende, digamos, por £100+£10; el proceso sigue así la fórmula D—M—D', donde D' = D+ΔD. Este ΔD, este incremento, es plusvalía. El valor originariamente adelantado no solo se conserva intacto en la circulación, sino que se añade a sí mismo una plusvalía, se expande —y este movimiento convierte el dinero en capital.

En M—D—M puede darse también una diferencia en el valor de los extremos, pero es puramente accidental en esta forma de circulación, y M—D—M no deviene absurdo cuando los extremos son equivalentes —por el contrario, esta es más bien la condición necesaria para el proceso normal.

La repetición de M—D—M está regulada por un objeto último fuera de sí mismo: el consumo, la satisfacción de necesidades determinadas. En D—M—D, por el contrario, el comienzo y el fin son lo mismo, dinero, y ello hace ya el movimiento interminable. Cierto es que D+ΔD difiere cuantitativamente de D, pero también es solo una suma limitada de dinero; si se gastara, ya no sería capital; si se retirara de la circulación, quedaría estacionario como atesoramiento. Una vez dado el impulso a la expansión del valor, existe para D' tanto como para M, y el movimiento del capital es desmesurado, porque su meta está tan inalcanzada al final del proceso como al comienzo. (Págs. 111-13.) Como representante de este proceso, el poseedor de dinero se convierte en capitalista.

Si en la circulación de mercancías el valor de cambio alcanza a lo sumo una forma independiente del valor de uso de una mercancía, aquí se manifiesta de repente como una sustancia en proceso, dotada de movimiento propio, para la cual mercancía y dinero son meras formas. Más aún, como valor originario se diferencia de sí mismo como plusvalía. Se convierte en dinero en proceso, y como tal, en capital. (Pág. 116.)

D—M—D' aparece ciertamente como una forma peculiar solo del capital mercantil. Pero también el capital industrial es dinero que se convierte en mercancías y, mediante la venta de estas, se reconvierte en más dinero. Actos que tienen lugar entre la compra y la venta, fuera de la esfera de la circulación, no cambian en nada esto. Por último, en el capital a interés el proceso aparece directamente como D—D'; valor que es, por así decirlo, mayor que sí mismo. (Pág. 117.)

2. CONTRADICCIONES DE LA FÓRMULA GENERAL

La forma de circulación mediante la cual el dinero se convierte en capital contradice todas las leyes anteriores relativas a la naturaleza de la mercancía, del valor, del dinero y de la circulación misma. ¿Puede la diferencia puramente formal de la secuencia invertida causar esto?

Más aún, esta inversión solo existe para una de las tres personas que intervienen en la transacción. Como capitalista, compro mercancías de A y las vendo a su vez a B. A y B aparecen meramente como simple comprador y vendedor de mercancías. En cada uno de los dos casos, me enfrento a ellos solo como simple poseedor de dinero o poseedor de mercancías, enfrentando a uno como comprador o dinero, al otro como vendedor o mercancía, pero a ninguno de los dos como capitalista o representante de algo que sea más que dinero o mercancía. Para A, la transacción comenzó con una venta; para B, terminó con una compra, por tanto, exactamente como en la circulación de mercancías. Además, si baso el derecho a la plusvalía en la secuencia invertida, A podría vender directamente a B y la posibilidad de plusvalía quedaría eliminada.

Supongamos que A y B se compran mercancías directamente el uno al otro. En lo que concierne al valor de uso, ambos pueden salir ganando; A puede incluso producir más de su mercancía de lo que B podría producir en el mismo tiempo, y viceversa, con lo cual ambos ganarían de nuevo. Pero otra cosa ocurre con el valor de cambio. Aquí se intercambian valores iguales entre sí, incluso si el dinero, como medio de circulación, interviene. (Pág. 119.)

Considerado de manera abstracta, en la circulación simple de mercancías solo tiene lugar un cambio de forma de la mercancía, si exceptuamos la sustitución de un valor de uso por otro. En tanto que implica solo un cambio de forma de su valor de cambio, implica el intercambio de equivalentes, si el fenómeno se desarrolla en forma pura. Las mercancías pueden, ciertamente, venderse a precios que difieren de sus valores, pero solo cuando se viola la ley del intercambio de mercancías. En su forma pura, es un intercambio de equivalentes, por tanto, ningún medio para enriquecerse. (Pág. 120.)

De ahí el error de todos los intentos de derivar la plusvalía de la circulación de mercancías. Condillac* (pág. 121), Newman” (pág. 122).

Pero supongamos que el intercambio no tiene lugar en forma pura, que se intercambian no equivalentes. Supongamos que cada vendedor vende su mercancía un 10 por ciento por encima de su valor. Todo sigue igual; lo que cada uno gana como vendedor, lo pierde a su vez como comprador. Es como si el valor del dinero hubiera cambiado un 10 por ciento. Igualmente, si los compradores compraran todo un 10 por ciento por debajo del valor. (Pág. 123, Torrens.‘)

El supuesto de que la plusvalía surge de un alza de precios presupone que existe una clase que compra y no vende, es decir, que consume y no produce, que recibe dinero constantemente de manera gratuita. Vender mercancías por encima de su valor a esta clase significa meramente recuperar, mediante engaño, parte del dinero regalado gratis (Asia Menor y Roma). Sin embargo, el vendedor sigue siendo siempre el estafado y no puede enriquecerse, no puede formar plusvalía de ese modo.

Tomemos el caso del engaño. A vende a B vino por valor de £40 a cambio de grano por valor de £50. A ha ganado £10. Pero A y B juntos solo tienen 90. A tiene 50 y B solo 40; el valor se ha transferido pero no creado. La clase capitalista, en su conjunto, en cualquier país, no puede estafarse a sí misma. (Pág. 126.)

Por consiguiente: si se intercambian equivalentes, no resulta plusvalía; y si se intercambian no equivalentes, tampoco resulta plusvalía. La circulación de mercancías no crea ningún valor nuevo.

Por eso las formas más antiguas y populares de capital, el capital mercantil y el capital usurario, no se consideran aquí. Si la expansión del capital mercantil no ha de explicarse por el mero engaño, se requieren muchos factores intermedios, que faltan aquí todavía. Más aún para el capital usurario y el capital a interés. Se verá más tarde que ambas son formas derivadas, y por qué aparecen históricamente antes que el capital moderno.

Por tanto, la plusvalía no puede originarse en la circulación. ¿Pero fuera de ella? Fuera de ella, el poseedor de mercancías es el simple productor de su mercancía, cuyo valor depende de la cantidad de su propio trabajo contenido en ella, medido según una determinada ley social; este valor se expresa en dinero de cuenta, por ejemplo, en un precio de £10. Pero este valor no es al mismo tiempo un valor de £11; su trabajo crea valores, pero no valores que se expandan a sí mismos. Puede añadir más valor al valor existente, pero esto ocurre solo mediante la adición de más trabajo. Así, el productor de mercancías no puede producir plusvalía fuera de la esfera de la circulación sin entrar en contacto con otros poseedores de mercancías.

Por consiguiente, el capital debe originarse en la circulación de mercancías y, sin embargo, no en ella. (Pág. 128.)

Así pues: la transformación del dinero en capital ha de explicarse sobre la base de las leyes inmanentes al intercambio de mercancías, formando el intercambio de equivalentes el punto de partida. Nuestro poseedor de dinero, todavía mera crisálida de capitalista, tiene que comprar sus mercancías a su valor, venderlas a su valor y, sin embargo, al final de este proceso, extraer más valor del que invirtió en él. Su desarrollo en mariposa debe tener lugar en la esfera de la circulación y, sin embargo, no en ella. Estas son las condiciones del problema. Hic Rhodus, hic salta!* (Pág. 129.)

3. LA COMPRA Y VENTA DE LA FUERZA DE TRABAJO

El cambio de valor del dinero que ha de convertirse en capital no puede tener lugar en el dinero mismo, pues en la compra él solo realiza el precio de la mercancía y, por otra parte, mientras permanece como dinero, no cambia la magnitud de su valor; y en la venta, tampoco hace más que convertir la mercancía de su forma natural a su forma de dinero. El cambio debe, por tanto, tener lugar en la mercancía de D—M—D; pero no en su valor de cambio, puesto que se intercambian equivalentes; solo puede surgir de su valor de uso como tal, es decir, de su consumo. Para ello se requiere una mercancía cuyo valor de uso posea la propiedad de ser fuente de valor de cambio —y ésta existe— la fuerza de trabajo. (Pág. 130.)

Pero para que el poseedor de dinero encuentre en el mercado la fuerza de trabajo como mercancía, es necesario que esta sea vendida por su propio poseedor, es decir, que sea fuerza de trabajo libre. Dado que comprador y vendedor, como partes contratantes, son personas jurídicamente iguales, la fuerza de trabajo debe venderse solo temporalmente, ya que en una venta en bloque el vendedor deja de ser vendedor y se convierte él mismo en mercancía. Pero entonces, el poseedor, en vez de poder vender mercancías en las que se haya objetivado su trabajo, debe hallarse en la situación de tener que vender su propia fuerza de trabajo como mercancía. (Pág. 131.)

Para convertir su dinero en capital, el poseedor de dinero tiene, pues, que encontrar en el mercado de mercancías al obrero libre, libre en un doble sentido: por una parte, como hombre libre, puede disponer de su fuerza de trabajo como mercancía propia, y por otra parte, no tiene otras mercancías que vender, está desprendido de, está libre de todas las cosas necesarias para la realización de su fuerza de trabajo. (Pág. 132.)

Dicho sea de paso, la relación entre el poseedor de dinero y el poseedor de fuerza de trabajo no es una relación natural, ni una relación social común a todas las épocas, sino una relación histórica, producto de muchas revoluciones económicas. También las categorías económicas consideradas hasta ahora llevan su sello histórico. Para convertirse en mercancía, un producto ya no debe ser producido como medio inmediato de subsistencia. La masa de productos solo puede asumir la forma de mercancía dentro de un modo de producción específico, el modo capitalista, aunque la producción y circulación de mercancías pueden tener lugar incluso allí donde la masa de productos nunca llega a convertirse en mercancías. De igual modo, el dinero puede existir en todas las épocas que han alcanzado cierto nivel de circulación de mercancías; las formas específicas del dinero, desde el mero equivalente hasta el dinero mundial, presuponen diversos estadios de desarrollo; sin embargo, una circulación de mercancías muy poco desarrollada puede engendrarlas todas. El capital, en cambio, solo surge bajo la condición arriba mencionada, y esta condición única encierra una historia mundial. (Pág. 133.)

La fuerza de trabajo tiene un valor de cambio que se determina, como el de todas las demás mercancías, por el tiempo de trabajo requerido para su producción, y por tanto también para su reproducción. El valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de subsistencia necesarios para el mantenimiento de su poseedor, es decir, para mantenerlo en un estado de capacidad normal de trabajo. Esto depende del clima, las condiciones naturales, etc., así como del nivel de vida históricamente dado en cada país. Estos varían, pero están dados para cada país particular y para cada época particular. Además, su mantenimiento incluye los medios de subsistencia para sus sustitutos, esto es, sus hijos, para que la raza de estos peculiares poseedores de mercancías se perpetúe. Y además, en el caso del trabajo calificado, el costo de la educación. (Pág. 135.)

El límite mínimo del valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de subsistencia físicamente indispensables. Si el precio de la fuerza de trabajo desciende hasta este mínimo, desciende por debajo de su valor, ya que este último presupone una calidad normal, no atrofiada, de la fuerza de trabajo. (Pág. 136.)

La naturaleza del trabajo implica que la fuerza de trabajo se consume solo después de la conclusión del contrato, y, como el dinero es usualmente el medio de pago para tales mercancías en todos los países con el modo capitalista de producción, la fuerza de trabajo se paga solo después de consumida. En todas partes, por consiguiente, el obrero da crédito al capitalista. (Págs. 137, 138.)

El proceso de consumo de la fuerza de trabajo es al mismo tiempo el proceso de producción de mercancías y plusvalía, y este consumo tiene lugar fuera de la esfera de la circulación. (Pág. 140.)