13) CASOS PRINCIPALES DE LOS INTENTOS DE OBTENER UN ALZA DE SALARIOS O DE RESISTIRSE A SU BAJA

Consideremos ahora seriamente los principales casos en que se intenta un alza de los salarios o se resiste una reducción de los mismos.

1. Hemos visto que el valor de la fuerza de trabajo, o, en lenguaje más corriente, el valor del trabajo, está determinado por el valor de los medios de subsistencia, o por la cantidad de trabajo necesaria para producirlos.
Si, pues, en un país dado, el valor del promedio diario de los medios de subsistencia del obrero representara seis horas de trabajo expresadas en tres chelines, el obrero tendría que trabajar seis horas diarias para producir un equivalente de su sustento diario. Si la jornada total de trabajo fuese de doce horas, el capitalista le pagaría el valor de su fuerza de trabajo pagándole tres chelines. La mitad de la jornada sería trabajo no retribuido, y la tasa de ganancia ascendería al 100 por ciento. Pero supongamos ahora que, a consecuencia de una disminución de la productividad, se requiriese más trabajo para producir, digamos, la misma cantidad de productos agrícolas, de tal modo que el precio del promedio diario de los medios de subsistencia subiera de tres a cuatro chelines. En ese caso, el valor de la fuerza de trabajo subiría en una tercera parte, o sea, un 33 1/3 por ciento. Se necesitarían ocho horas de la jornada laboral para producir un equivalente del sustento diario del obrero, de acuerdo con su antiguo nivel de vida. El plustrabajo se reduciría, por tanto, de seis horas a cuatro, y la tasa de ganancia del 100 al 50 por ciento. Pero, al insistir en un alza de los salarios, el obrero no haría sino insistir en obtener el valor incrementado de su fuerza de trabajo, como cualquier otro vendedor de una mercancía que, habiendo aumentado los costos de la suya, procura que se le pague ese valor acrecentado. Si los salarios no subieran, o no subieran lo bastante para compensar los valores incrementados de los medios de subsistencia, el precio del trabajo caería por debajo del valor de la fuerza de trabajo y el nivel de vida del obrero se deterioraría.

Pero también podría producirse un cambio en sentido opuesto. En virtud de la mayor productividad del trabajo, la misma cantidad del promedio diario de los medios de subsistencia podría bajar de tres a dos chelines, o, en otras palabras, bastarían sólo cuatro horas de la jornada, en vez de seis, para reproducir un equivalente del valor de los medios de subsistencia diarios. El obrero podría ahora comprar con dos chelines tantos medios de subsistencia como antes compraba con tres. Ciertamente, el valor de la fuerza de trabajo habría descendido, pero ese valor disminuido dominaría la misma cantidad de mercancías que antes. Entonces las ganancias subirían de tres a cuatro chelines, y la tasa de ganancia del 100 al 200 por ciento. Aunque el nivel de vida absoluto del obrero hubiera seguido siendo el mismo, sus salarios relativos, y con ellos su posición social relativa, comparada con la del capitalista, habrían descendido. Si el obrero se resistiera a esa reducción de los salarios relativos, no haría sino intentar obtener alguna participación en las mayores fuerzas productivas de su propio trabajo y mantener su anterior posición relativa en la escala social. Así, después de la abolición de las leyes cerealeras, y en flagrante violación de las promesas más solemnes hechas durante la agitación contra dichas leyes, los lores fabriles ingleses redujeron por lo general los salarios un diez por ciento. La resistencia de los obreros fue al principio frustrada, pero, a consecuencia de circunstancias en las que no puedo entrar ahora, el diez por ciento perdido fue recuperado después.

2. Los valores de los medios de subsistencia y, por consiguiente, el valor de la fuerza de trabajo, podrían seguir siendo los mismos, pero podría producirse un cambio en sus precios en dinero, a consecuencia de un cambio previo en el valor del dinero.

Mediante el descubrimiento de minas más fértiles, etc., dos onzas de oro, por ejemplo, podrían costar el mismo trabajo que antes costaba una onza. El valor del oro se depreciaría entonces en un 50 por ciento, o sea, a la mitad. Como los valores de todas las demás mercancías se expresarían entonces en el doble de sus anteriores precios en dinero, lo mismo ocurriría con el valor de la fuerza de trabajo. Doce horas de trabajo, antes expresadas en seis chelines, se expresarían ahora en doce chelines. Si el salario del obrero permaneciera en tres chelines, en vez de subir a seis, el precio en dinero de su trabajo equivaldría sólo a la mitad del valor de su fuerza de trabajo, y su nivel de vida se deterioraría de manera terrible. Esto mismo ocurriría, en mayor o menor grado, si sus salarios subieran, pero no en proporción a la baja del valor del oro. En tal caso, nada habría cambiado, ni en las fuerzas productivas del trabajo, ni en la oferta y la demanda, ni en los valores. Nada podría haber cambiado, salvo las denominaciones monetarias de esos valores. Decir que, en semejante caso, el obrero no debería insistir en un alza proporcional de los salarios, equivale a decir que debe contentarse con que se le pague con nombres, en vez de con cosas. Toda la historia pasada demuestra que, siempre que se produce una depreciación semejante del dinero, los capitalistas se apresuran a aprovechar la ocasión para defraudar al obrero. Una nutrida escuela de economistas políticos afirma que, a consecuencia de los nuevos descubrimientos de yacimientos auríferos, de la mejor explotación de las minas de plata y del suministro más barato de azogue, el valor de los metales preciosos ha vuelto a depreciarse. Esto explicaría los intentos generales y simultáneos de alza de salarios en el continente.

3. Hemos supuesto hasta ahora que la jornada de trabajo tiene límites dados. La jornada de trabajo, sin embargo, no tiene, por sí misma, límites constantes. La tendencia constante del capital es prolongarla hasta el máximo de su duración físicamente posible, porque en la misma medida aumentará el plustrabajo y, por consiguiente, la ganancia que de él se deriva. Cuanto más consigue el capital prolongar la jornada de trabajo, mayor es la cantidad de trabajo ajeno de la que se apropia. Durante el siglo XVII e incluso los dos primeros tercios del siglo XVIII, una jornada de diez horas era la jornada normal en toda Inglaterra. Durante la guerra antijacobina, que fue en realidad una guerra librada por los barones británicos contra las masas trabajadoras británicas»* el capital celebró sus bacanales y prolongó la jornada de trabajo de diez a doce, catorce, dieciocho horas. Malthus, que no era precisamente un hombre de quien pudiera sospecharse un sentimentalismo sensiblero, declaró en un folleto publicado hacia 1815 que, si aquello seguía así, la vida de la nación sería atacada en su fuente misma.* Unos años antes de la introducción general de la maquinaria recién inventada, hacia 1765, apareció en Inglaterra un folleto titulado *An Essay on Trade*. El autor anónimo, enemigo declarado de las clases trabajadoras, declama sobre la necesidad de ampliar los límites de la jornada de trabajo. Entre otros medios para este fin, propone workhouses, que, dice, deberían ser «Houses of Terror». ¿Y cuál es la duración de la jornada de trabajo que prescribe para esas «Houses of Terror»? Doce horas, el mismo tiempo que en 1832 declararon los capitalistas, los economistas políticos y los ministros ser no sólo la jornada existente, sino la jornada necesaria para un niño menor de doce años.

Al vender su fuerza de trabajo —y tiene que hacerlo bajo el sistema actual—, el obrero cede al capitalista el consumo de esa fuerza, pero dentro de ciertos límites racionales. Vende su fuerza de trabajo para conservarla, aparte de su desgaste natural, pero no para destruirla. Al vender su fuerza de trabajo por su valor diario o semanal, se sobreentiende que, en un día o en una semana, esa fuerza de trabajo no será sometida al desgaste o al deterioro de dos días o de dos semanas. Tómese una máquina que valga 1.000 libras esterlinas. Si se consume en diez años, añadirá anualmente 100 libras al valor de las mercancías en cuya producción colabora. Si se consume en cinco años, añadirá 200 libras al año, es decir, el valor de su desgaste anual está en razón inversa de la rapidez con que se consume. Pero en esto se distingue el obrero de la máquina. La maquinaria no se desgasta exactamente en la misma proporción en que se la utiliza. El hombre, por el contrario, decae en una proporción mayor de la que se desprendería de la simple suma numérica de trabajo.

En sus intentos de reducir la jornada de trabajo a sus anteriores dimensiones racionales o, donde no pueden imponer una fijación legal de una jornada normal, de frenar el exceso de trabajo mediante un alza de salarios —un alza no sólo en proporción al tiempo de plustrabajo exigido, sino en una proporción mayor—, los obreros no hacen sino cumplir con un deber para consigo mismos y para con su raza. No hacen más que poner límites a las tiránicas usurpaciones del capital. El tiempo es el ámbito del desarrollo humano. Un hombre que no dispone de tiempo libre, cuya vida entera, aparte de las meras interrupciones físicas del sueño, las comidas, etc., está absorbida por su trabajo para el capitalista, es menos que una bestia de carga. No es más que una máquina de producir riqueza ajena, quebrantado en el cuerpo y embrutecido en la mente. Y, sin embargo, toda la historia de la industria moderna demuestra que el capital, si no se le ponen trabas, trabajará de manera desconsiderada y despiadada para hundir a toda la clase obrera en el estado más extremo de degradación.

Al prolongar la jornada de trabajo, el capitalista puede pagar salarios más altos y aun así rebajar el valor de la fuerza de trabajo, si el alza de los salarios no corresponde a la mayor cantidad de trabajo extraída ni al más rápido deterioro de la fuerza de trabajo que ello ocasiona. Esto puede hacerse también de otro modo. Los estadísticos de la clase media os dirán, por ejemplo, que el promedio de los salarios de las familias fabriles en Lancashire ha aumentado. Olvidan que, en lugar del trabajo del hombre, cabeza de familia, ahora son arrojados bajo las ruedas del Juggernaut del capital su mujer y quizá tres o cuatro hijos, y que el aumento total de los salarios no corresponde al plustrabajo total extraído a la familia.

Incluso con límites dados de la jornada de trabajo, como los que hoy existen en todas las ramas industriales sometidas a las leyes fabriles, puede ser necesario un alza de salarios, aunque sólo sea para mantener el antiguo valor estándar de la fuerza de trabajo. Al aumentar la intensidad del trabajo, se puede hacer que un hombre despliegue en una hora tanta fuerza vital como antes en dos. Esto se ha logrado hasta cierto grado en los oficios sometidos a las leyes fabriles, mediante la aceleración de la maquinaria y el mayor número de máquinas en funcionamiento que un solo individuo tiene hoy que vigilar. Si el aumento de la intensidad del trabajo, o de la masa de trabajo gastada en una hora, guarda una proporción justa con la disminución de la extensión de la jornada, el obrero seguirá saliendo ganando. Si se rebasa ese límite, pierde en una forma lo que ha ganado en otra, y diez horas de trabajo pueden entonces resultar tan ruinosas como lo eran antes doce horas. Al contener esta tendencia del capital, luchando por un alza de salarios correspondiente al aumento de la intensidad del trabajo, el obrero no hace sino resistirse a la depreciación de su fuerza de trabajo y al deterioro de su raza.

4. Todos ustedes saben que, por razones que no tengo ahora que explicar, la producción capitalista se mueve a través de ciertos ciclos periódicos. Atraviesa un estado de calma, de animación creciente, de prosperidad, de sobreexpansión comercial, de crisis y de estancamiento. Los precios de mercado de las mercancías, así como las tasas de ganancia del mercado, siguen estas fases, hundiéndose a veces por debajo de sus promedios, elevándose otras por encima de ellos. Si se considera el ciclo en su conjunto, se verá que una desviación del precio de mercado es compensada por la otra, y que, tomando el promedio del ciclo, los precios de mercado de las mercancías están regulados por sus valores. ¡Bien! Durante la fase de precios de mercado en baja y las fases de crisis y estancamiento, el trabajador, si no queda del todo sin empleo, ve con seguridad reducido su salario. Para no ser defraudado, debe, incluso ante semejante caída de los precios de mercado, discutir con el capitalista en qué proporción se ha hecho necesaria una reducción del salario. Si durante las fases de prosperidad, cuando se obtienen ganancias extraordinarias, no luchara por un aumento del salario, tomando el promedio de un ciclo industrial, no recibiría siquiera su salario medio, o el valor de su trabajo. Es el colmo de la insensatez exigir que, mientras sus salarios se ven necesariamente afectados por las fases adversas del ciclo, él se excluya a sí mismo de la compensación durante las fases prósperas del mismo. En general, los valores de todas las mercancías sólo se realizan mediante la compensación de los precios de mercado en continuo cambio, surgidos de las constantes fluctuaciones de la oferta y la demanda. Sobre la base del sistema actual, el trabajo es solo una mercancía como las demás. Por tanto, ha de pasar por las mismas fluctuaciones para obtener un precio medio correspondiente a su valor. Sería absurdo tratarlo, por un lado, como una mercancía y, por otro, pretender eximirlo de las leyes que regulan los precios de las mercancías. El esclavo recibe una cantidad permanente y fija de medios de subsistencia; el asalariado, no. Éste ha de tratar de obtener un aumento de salario en un caso, aunque solo sea para compensar una reducción del salario en el otro. Si se resignase a aceptar la voluntad, los dictados del capitalista como ley económica permanente, compartiría todas las miserias del esclavo, sin la seguridad de éste.

5. En todos los casos que he considerado, y que forman el noventa y nueve por ciento, ustedes han visto que una lucha por un aumento del salario sigue solo la estela de cambios anteriores y es el resultado necesario de cambios previos en el volumen de la producción, en las fuerzas productivas del trabajo, en el valor del trabajo, en el valor del dinero, en la extensión o intensidad del trabajo extraído, en las fluctuaciones de los precios de mercado, dependientes de las fluctuaciones de la oferta y la demanda y conformes con las distintas fases del ciclo industrial; en una palabra, como reacciones del trabajo contra la acción anterior del capital. Al tratar la lucha por un aumento del salario con independencia de todas estas circunstancias, al fijarse solo en el cambio de salarios y pasar por alto todos los demás cambios de los que aquellos emanan, parten ustedes de una premisa falsa para llegar a conclusiones falsas.

14) LA LUCHA ENTRE EL CAPITAL Y EL TRABAJO Y SUS RESULTADOS

1. Habiendo mostrado que la resistencia periódica de los trabajadores contra una reducción de los salarios y sus intentos periódicos de obtener un aumento de los mismos son inseparables del sistema del salariado y vienen dictados por el hecho mismo de que el trabajo sea asimilado a las mercancías y, por consiguiente, esté sometido a las leyes que regulan el movimiento general de los precios; habiendo mostrado, además, que un aumento general de los salarios daría por resultado una baja en la tasa general de ganancia, pero no afectaría a los precios medios de las mercancías, ni a sus valores, la cuestión que ahora se plantea en último término es hasta qué punto, en esta lucha incesante entre el capital y el trabajo, tiene este último probabilidades de éxito.

Podría responder mediante una generalización y decir que, como con todas las demás mercancías, también con el trabajo su precio de mercado se adaptará, a la larga, a su valor; que, por tanto, pese a todos los altibajos y haga lo que haga, el trabajador no recibirá, por término medio, sino el valor de su trabajo, el cual se resuelve en el valor de su fuerza de trabajo, que viene determinado por el valor de los medios de subsistencia necesarios para su mantenimiento y reproducción, valor de los medios de subsistencia que, finalmente, está regulado por la cantidad de trabajo necesaria para producirlos.

Pero hay ciertos rasgos peculiares que distinguen el valor de la fuerza de trabajo, o el valor del trabajo, de los valores de todas las demás mercancías. El valor de la fuerza de trabajo está formado por dos elementos: uno meramente físico, el otro histórico o social. Su límite último viene determinado por el elemento físico; es decir, que para mantenerse y reproducirse, para perpetuar su existencia física, la clase obrera tiene que recibir los medios de subsistencia absolutamente indispensables para vivir y multiplicarse. El valor de esos medios de subsistencia indispensables constituye, por tanto, el límite último del valor del trabajo. Por otra parte, la duración de la jornada laboral también está limitada por fronteras últimas, aunque muy elásticas. Su límite último está dado por la fuerza física del trabajador. Si el agotamiento diario de sus fuerzas vitales excede un cierto grado, no pueden ser ejercidas de nuevo, día tras día. Sin embargo, como he dicho, este límite es muy elástico. Una rápida sucesión de generaciones enfermizas y de corta vida mantendrá el mercado de trabajo tan bien abastecido como una serie de generaciones vigorosas y longevas.

Además de este elemento meramente físico, el valor del trabajo en cada país viene determinado por un nivel de vida tradicional. No se trata de la mera vida física, sino de la satisfacción de ciertas necesidades que brotan de las condiciones sociales en que la gente se sitúa y se cría. El nivel de vida inglés puede ser reducido al nivel irlandés; el nivel de vida de un campesino alemán, al de un campesino de Livonia. La importante parte que la tradición histórica y el hábito social desempeñan a este respecto pueden ustedes aprenderla del libro del Sr. Thornton sobre la Superpoblación, donde muestra que los salarios medios en distintos distritos agrícolas de Inglaterra difieren todavía hoy más o menos según las circunstancias más o menos favorables bajo las cuales esos distritos salieron del estado de servidumbre.

Este elemento histórico o social que entra en el valor del trabajo puede expandirse, contraerse o extinguirse por completo, de modo que no quede más que el límite físico. Durante el tiempo de la guerra antijacobina, emprendida, como solía decir el incorregible devorador de impuestos y sinecurista, el viejo George Rose, para salvar las comodidades de nuestra santa religión de las incursiones de los infieles franceses, los honrados granjeros ingleses, tan tiernamente tratados en un capítulo anterior nuestro, redujeron los salarios de los jornaleros agrícolas incluso por debajo de aquel mínimo meramente físico, pero compensaban mediante las Leyes de Pobres* el resto necesario para la perpetuación física de la raza. Éste fue un modo glorioso de convertir al asalariado en esclavo, y al orgulloso yeoman de Shakespeare en un indigente.

Comparando los salarios normales o los valores del trabajo en diferentes países, y comparándolos en diferentes épocas históricas de un mismo país, se verá que el valor del trabajo mismo no es una magnitud fija, sino variable, aun suponiendo que los valores de todas las demás mercancías permanezcan constantes.

Una comparación semejante probaría que no solo cambian las tasas de ganancia del mercado, sino también sus tasas medias.

En cuanto a la ganancia, no existe ninguna ley que determine su mínimo. No podemos decir cuál es el límite último de su disminución. ¿Y por qué no podemos fijar ese límite? Porque, si bien podemos fijar el mínimo de los salarios, no podemos fijar su máximo. Solo podemos decir que, dados los límites de la jornada laboral, el máximo de la ganancia corresponde al mínimo físico de los salarios; y que, dados los salarios, el máximo de la ganancia corresponde a una prolongación tal de la jornada laboral que sea compatible con las fuerzas físicas del trabajador. El máximo de la ganancia está, pues, limitado por el mínimo físico de los salarios y el máximo físico de la jornada laboral. Es evidente que entre los dos límites de esta tasa máxima de ganancia es posible una escala inmensa de variaciones. La fijación de su grado efectivo solo queda decidida por la lucha continua entre el capital y el trabajo, tendiendo constantemente el capitalista a reducir los salarios a su mínimo físico y a prolongar la jornada laboral hasta su máximo físico, mientras el trabajador presiona constantemente en la dirección opuesta.

La cuestión se resuelve en un problema de las respectivas fuerzas de los combatientes.

2. En cuanto a la limitación de la jornada laboral en Inglaterra, como en todos los demás países, nunca se ha establecido excepto por intervención legislativa. Sin la presión continua de los trabajadores desde fuera, esa intervención nunca se habría producido. Pero, en todo caso, el resultado no se podía alcanzar mediante un acuerdo privado entre los trabajadores y los capitalistas. Esta necesidad misma de una acción política general ofrece la prueba de que, en su acción meramente económica, el capital es la parte más fuerte.

En lo que se refiere a los límites del valor del trabajo, su fijación efectiva depende siempre de la oferta y la demanda. Me refiero a la demanda de trabajo por parte del capital y a la oferta de trabajo por parte de los trabajadores. En los países coloniales, la ley de la oferta y la demanda favorece al trabajador. De ahí el nivel relativamente alto de los salarios en los Estados Unidos. Allí el capital puede esforzarse al máximo. No puede impedir que el mercado de trabajo se vacíe continuamente por la constante conversión de asalariados en campesinos independientes y autosuficientes. La posición de asalariado es para una gran parte del pueblo americano un mero estado de prueba, del que están seguros de salir en un plazo más o menos largo. Para enmendar este estado de cosas colonial, el paternal gobierno británico aceptó durante algún tiempo lo que se llama la teoría moderna de la colonización, que consiste en poner un precio artificialmente alto a la tierra colonial, a fin de impedir la conversión demasiado rápida del asalariado en campesino independiente.*

Pero vengamos ahora a los viejos países civilizados, en los que el capital domina todo el proceso de producción. Tomemos, por ejemplo, la subida de los salarios agrícolas en Inglaterra de 1849 a 1859. ¿Cuál fue su consecuencia? Los granjeros no pudieron, como les habría aconsejado nuestro amigo Weston, elevar el valor del trigo, ni siquiera sus precios de mercado. Tuvieron, por el contrario, que someterse a su baja. Pero durante estos once años introdujeron maquinaria de todo tipo, adoptaron métodos más científicos, convirtieron parte de la tierra de labor en pastos, aumentaron el tamaño de las granjas y, con ello, la escala de producción, y mediante éstos y otros procedimientos, disminuyendo la demanda de trabajo al aumentar su fuerza productiva, volvieron a hacer relativamente superflua a la población agrícola. Este es el método general con que una reacción, más rápida o más lenta, del capital contra una subida de los salarios se opera en los países viejos y asentados. Ricardo ha observado con razón que la maquinaria está en constante competencia con el trabajo, y a menudo solo puede ser introducida cuando el precio del trabajo ha alcanzado cierta altura, pero la aplicación de maquinaria no es más que uno de los muchos métodos para aumentar las fuerzas productivas del trabajo. Este mismo desarrollo que vuelve relativamente superfluo el trabajo común, simplifica por otra parte el trabajo calificado, depreciándolo así.

La misma ley se presenta bajo otra forma. Con el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo, la acumulación del capital se acelerará, incluso a pesar de una tasa de salarios relativamente alta. De ahí podría inferirse, como infirió Adam Smith –en cuyos días la industria moderna se hallaba todavía en su infancia–, que la acumulación acelerada del capital debe inclinar la balanza a favor del obrero, asegurando una demanda creciente de su trabajo. Desde este mismo punto de vista, muchos escritores contemporáneos se han asombrado de que, habiendo crecido el capital inglés en los últimos veinte años mucho más rápidamente que la población inglesa, los salarios no se hayan elevado en mayor medida. Pero, simultáneamente con el progreso de la acumulación, se produce un cambio progresivo en la composición del capital. Aquella parte del capital global que consiste en capital fijo, maquinaria, materias primas, medios de producción en todas las formas posibles, aumenta progresivamente en comparación con la otra parte del capital, la que se desembolsa en salarios o en la compra de trabajo. Esta ley ha sido enunciada, de manera más o menos precisa, por el señor Barton, Ricardo, Sismondi, el profesor Richard Jones, el profesor Ramsay, Cherbuliez y otros.

Si la proporción de estos dos elementos del capital era originariamente de uno a uno, en el progreso de la industria llegará a ser de cinco a uno, y así sucesivamente. Si de un capital total de 600, 300 se desembolsan en instrumentos, materias primas, etc., y 300 en salarios, basta con duplicar el capital total para crear una demanda de 600 obreros en lugar de 300. Pero si de un capital de 600, 500 se desembolsan en maquinaria, materiales, etc., y sólo 100 en salarios, el mismo capital debe aumentar de 600 a 3.600 para crear una demanda de 600 obreros en lugar de 300. En el progreso de la industria, la demanda de trabajo no mantiene, pues, el mismo ritmo que la acumulación de capital. Seguirá aumentando, pero en una proporción constantemente decreciente en comparación con el incremento del capital.

Estas pocas indicaciones bastarán para mostrar que el desarrollo mismo de la industria moderna debe inclinar progresivamente la balanza a favor del capitalista y en contra del obrero, y que, en consecuencia, la tendencia general de la producción capitalista no es a elevar, sino a hundir el nivel medio de los salarios, o a empujar el valor del trabajo más o menos a su límite mínimo. Si tal es la tendencia de las cosas en este sistema, ¿quiere esto decir que la clase obrera debe renunciar a su resistencia contra las usurpaciones del capital y abandonar sus intentos de aprovechar al máximo las ocasiones ocasionales para su mejoramiento temporal? Si lo hiciera, quedaría degradada a una masa uniforme de desdichados hundidos sin salvación posible. Creo haber mostrado que sus luchas por el nivel de los salarios son incidentes inseparables de todo el sistema del trabajo asalariado, que en 99 casos de cada 100 sus esfuerzos por elevar los salarios no son más que esfuerzos por mantener el valor dado del trabajo, y que la necesidad de debatir su precio con el capitalista es inherente a su condición de tener que venderse a sí mismos como mercancías. Cediendo cobardemente en su conflicto cotidiano con el capital, se inhabilitarían ciertamente para iniciar cualquier movimiento de mayor envergadura.

Al mismo tiempo, y con total independencia de la servidumbre general que implica el sistema del trabajo asalariado, la clase obrera no debe exagerar ante sí misma el resultado último de estas luchas cotidianas. No debe olvidar que combate los efectos, pero no las causas de esos efectos; que retarda el movimiento descendente, pero no cambia su dirección; que aplica paliativos, no cura la enfermedad. No debe, por tanto, dejarse absorber exclusivamente por esas inevitables guerrillas que brotan incesantemente de las nunca cesantes usurpaciones del capital o de los cambios del mercado. Debe comprender que, con todas las miserias que le impone, el sistema actual engendra simultáneamente las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para una reconstrucción económica de la sociedad. En lugar del lema conservador: «¡Un salario justo por una jornada justa!», debe inscribir en su bandera la consigna revolucionaria: «¡Abolición del sistema del trabajo asalariado!»

Tras esta muy larga y, temo, tediosa exposición que me vi obligado a realizar para hacer alguna justicia al tema, concluiré proponiendo las siguientes resoluciones:

Primero. Un aumento general de la tasa de salarios redundaría en una baja de la tasa general de ganancia, pero, en términos generales, no afectaría los precios de las mercancías.

Segundo. La tendencia general de la producción capitalista no es a elevar, sino a hundir el nivel medio de los salarios.

Tercero. Los sindicatos obreros funcionan bien como centros de resistencia contra las usurpaciones del capital. Fracasan parcialmente por un uso imprudente de su poder. Fracasan en general por limitarse a una guerra de guerrillas contra los efectos del sistema existente, en lugar de intentar al mismo tiempo cambiarlo, en lugar de emplear sus fuerzas organizadas como palanca para la emancipación final de la clase obrera, es decir, la abolición definitiva del sistema del trabajo asalariado.

Karl Marx

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