del trabajo y la manufactura, de la maquinaria y la gran industria en sus conexiones y efectos históricos y económicos; en todo caso, aquí podrían aprender mucho que es nuevo. Y, ¿qué dirán en particular del hecho que contradice todas las teorías tradicionales de la libre competencia y que, sin embargo, aquí se comprueba con material oficial, a saber, que en Inglaterra, la patria de la libre competencia, casi no queda industria en la que las horas de trabajo diarias no estén estrictamente prescritas por la intervención del gobierno y que no esté vigilada por inspectores de fábrica? ¿Y que, no obstante, no sólo prosperan las ramas industriales en consonancia con la reducción de las horas de trabajo, sino que el obrero individual también produce más en las horas más cortas de lo que antes producía en las horas más largas?

¡Ay!, no podemos negar que el tono particularmente amargo que el autor emplea contra los economistas alemanes oficiales no carece de justificación. Pertenecen, más o menos, todos a los «economistas vulgares»; han prostituido su ciencia en aras de la popularidad momentánea y renegado de sus grandes exponentes clásicos. Hablan de «armonías» y se revuelcan en las contradicciones más banales. Que la severa lección que este libro les da sirva para despertarlos de su letargo, para recordarles que la economía política no es meramente una vaca lechera que nos proporciona mantequilla, sino una ciencia que exige aplicación seria y celosa.