3. DIVISIÓN DEL TRABAJO Y MANUFACTURA

La manufactura, forma clásica de la cooperación basada en la división del trabajo, predomina aproximadamente desde 1550 hasta 1770.

Surge:

1) Ya sea por la reunión de diversos oficios, cada uno de los cuales ejecuta una operación de detalle (por ejemplo, la construcción de vehículos), con lo cual el artesano individual de que se trate pierde muy pronto su capacidad para ejercer todo su oficio manual, pero, en cambio, realiza su trabajo de detalle tanto mejor; y así el proceso se convierte en la división de la operación entera en sus partes componentes. (Pp. 318, 319.)

2) O bien, muchos artesanos que ejecutan el mismo trabajo o uno similar son reunidos en la misma fábrica, y las operaciones individuales, en lugar de ser realizadas sucesivamente por un mismo obrero, se separan gradualmente y se ejecutan de manera simultánea por varios obreros (agujas, etc.). En vez de ser obra de un artesano, el producto es ahora obra de una unión de artesanos, cada uno de los cuales ejecuta sólo una operación de detalle. (Pp. 319, 320.)

En ambos casos, su resultado es un mecanismo de producción cuyos órganos son seres humanos. El trabajo conserva un carácter artesanal; cada proceso de detalle por el que atraviesa el producto debe ser realizable a mano; de ahí que quede excluido todo análisis realmente científico del proceso de producción. Cada obrero individual se halla totalmente encadenado a una función de detalle debido a su carácter artesanal. (P. 321.)

De este modo se ahorra trabajo en comparación con el artesano, y esto se acrecienta aún más por la transmisión a las generaciones sucesivas. Así, la división del trabajo en la manufactura corresponde a la tendencia de las sociedades anteriores a hacer hereditario un oficio. Castas, gremios. (P. 322.)

Subdivisión de las herramientas mediante su adaptación a las diversas operaciones parciales: 500 clases de martillos en Birmingham. (Pp. 323-24.)

La manufactura, considerada desde el punto de vista de su mecanismo total, presenta dos aspectos: o bien simple ensamblaje mecánico de productos de detalle independientes (reloj), o bien una serie de procesos conexos en un mismo taller (aguja).

En la manufactura, cada grupo de obreros suministra a otro su materia prima. De ahí que la condición básica sea que cada grupo produzca un quantum dado en un tiempo dado; se crea así una continuidad, regularidad, uniformidad e intensidad del trabajo de un tipo completamente distinto al de la cooperación propiamente dicha. Así, pues, tenemos aquí la ley tecnológica del proceso de producción: que el trabajo sea trabajo socialmente necesario. (P. 329.)

La desigualdad del tiempo requerido para las operaciones individuales estipula que los distintos grupos de obreros tengan diferente magnitud y número (en la fundición de tipos: cuatro fundidores y dos rompedores por cada pulidor). De este modo, la manufactura establece una proporción matemáticamente fija para la extensión cuantitativa de los órganos separados del trabajador colectivo, y la producción sólo puede expandirse empleando un múltiplo adicional del grupo entero. Además, sólo después de alcanzarse un nivel determinado de producción vale la pena independizar ciertas funciones: la supervisión, el transporte de los productos de un lugar a otro, etc. (Pp. 329, 330.)

También se da la combinación de varias manufacturas en una manufactura unificada, pero hasta ahora siempre le falta la unidad tecnológica real, la cual surge únicamente con la maquinaria. (P. 331.)

Las máquinas aparecieron en la manufactura en una fecha temprana —de manera esporádica—: molinos de grano, de pisón, etc., pero sólo como algo subordinado. La maquinaria principal de la manufactura es el trabajador colectivo combinado, que posee un grado mucho más alto de perfección que el antiguo obrero artesanal individual, y en el cual todas las imperfecciones, como las que a menudo se desarrollan necesariamente en el obrero parcial, aparecen como perfección. (P. 333.) La manufactura desarrolla diferencias entre estos obreros parciales, calificados y no calificados, e incluso una jerarquía completa de trabajadores. (P. 334.)

División del trabajo: 1) general (en agricultura, industria, navegación, etc.); 2) particular (en especies y subespecies); 3) de detalle (en el taller). La división social del trabajo también se desarrolla a partir de diferentes puntos de partida. 1) Dentro de la familia y la tribu, la división natural del trabajo según el sexo y la edad, más la esclavitud mediante la violencia contra los vecinos, que la extiende. (P. 335.) 2) Distintas comunidades, según la ubicación, el clima y el nivel de cultura, producen diferentes productos que se intercambian cuando dichas comunidades entran en contacto. (P. 49.) El intercambio con comunidades extrañas es entonces uno de los principales medios para romper la asociación natural de la comunidad misma, mediante el desarrollo ulterior de la división natural del trabajo. (P. 336.)

Así, la división del trabajo en la manufactura presupone un cierto grado de desarrollo de la división social del trabajo; por otra parte, desarrolla a esta última aún más —como en la división territorial del trabajo. (Pp. 337, 338.)

A pesar de todo, siempre existe esta diferencia entre la división social del trabajo y la división del trabajo en la manufactura: la primera produce necesariamente mercancías, mientras que en la última el obrero parcial no produce mercancías. De ahí la concentración y organización en ésta, la dispersión y el desorden de la competencia en aquélla. (Pp. 339, 341.)

Organización anterior de las comunidades indias. (Pp. 341, 342.) Los gremios. (Pp. 343-44.) Mientras que en todos estos casos existe división del trabajo en la sociedad, la división del trabajo en la manufactura es una creación específica del modo capitalista de producción.

Al igual que en la cooperación, el cuerpo trabajador en funcionamiento es una forma de existencia del capital también en la manufactura. De ahí que la fuerza productiva que surge de la combinación de los trabajos aparezca como fuerza productiva del capital. Pero mientras que la cooperación deja en general inalterado el modo de trabajar del individuo, la manufactura lo revoluciona, mutila al obrero; incapaz de elaborar un producto de manera independiente, éste es ahora un mero apéndice del taller del capitalista. Las facultades intelectuales del trabajo desaparecen para la mayoría, para expandirse en alcance para el uno. Es un resultado de la división del trabajo en la manufactura el que los obreros se vean enfrentados a las facultades intelectuales del proceso de trabajo como propiedad de otro y como poder dominante. Este proceso de separación, que comienza ya en la cooperación y se desarrolla en la manufactura, se completa en la gran industria, la cual separa a la ciencia como fuerza productiva independiente del trabajo y la pone al servicio del capital. (P. 346.)

Citas ilustrativas.'*' (P. 347.)

La manufactura, en un aspecto, es una organización determinada del trabajo social; en otro, es sólo un método particular de engendrar plusvalía relativa. (P. 350.) Su significación histórica reside precisamente en esto.

Obstáculos al desarrollo de la manufactura incluso durante su período clásico: limitación del número de obreros no calificados debido al predominio de los calificados; limitación del trabajo de mujeres y niños por la resistencia de los hombres; la insistencia en las Leyes de Aprendizaje hasta tiempos recientes, incluso allí donde resultan superfluas; insubordinación continua de los obreros, ya que el trabajador colectivo no posee todavía un armazón independiente de los obreros; emigración de los obreros. (Pp. 353, 354.)

Además, la manufactura misma era incapaz de revolucionar la totalidad de la producción social o incluso simplemente de dominarla. Su estrecha base técnica entró en conflicto con las necesidades de producción que ella misma había creado. La máquina se hizo necesaria, y la manufactura ya había aprendido a hacerla. (P. 355.) |

4. MAQUINARIA Y GRAN INDUSTRIA

a. La maquinaria como tal

La revolución en el modo de producción, que en la manufactura comienza con la fuerza de trabajo, aquí comienza con los instrumentos de trabajo.

Toda maquinaria plenamente desarrollada consta de 1) el mecanismo motor; 2) el mecanismo de transmisión; 3) la máquina herramienta. (P. 357.) La revolución industrial del siglo XVIII comenzó con la máquina herramienta. Lo que la caracteriza es que la herramienta —en una forma más o menos modificada— es transferida del hombre a la máquina, y es puesta en acción por la máquina bajo la operación del hombre. De entrada, es indiferente que la fuerza motriz sea humana o natural. La diferencia específica es que el hombre utiliza únicamente sus propios órganos, mientras que la máquina puede, dentro de ciertos límites, emplear tantas herramientas como se exija. (Rueca, 1 huso; jenny, de 12 a 18 husos.)

Hasta entonces, en la rueca no es el pedal, la fuerza motriz, sino el huso lo que resulta afectado por la revolución [industrial]: al principio, el hombre es en todas partes a la vez fuerza motriz y vigilante. La revolución de la máquina herramienta, por el contrario, hizo primero del perfeccionamiento de la máquina de vapor una necesidad, y luego lo llevó a cabo. (Pp. 359-60; también pp. 361-62.)

Dos tipos de maquinaria en la gran industria: o bien (1) cooperación de máquinas similares (telar mecánico, máquina de hacer sobres, que combina el trabajo de una serie de obreros parciales mediante la combinación de diversas herramientas); en este caso ya existe unidad tecnológica a través de la transmisión y la fuerza motriz; o bien 2) sistema de máquinas, combinación de distintas máquinas de detalle (hilandería). La base natural para esto es la división del trabajo en la manufactura. Pero en seguida se presenta una diferencia esencial. En la manufactura, cada proceso parcial debía adaptarse al obrero; aquí ello ya no es necesario: el proceso de trabajo puede ser disecado objetivamente en sus partes componentes, las cuales se dejan luego a la ciencia, o a la experiencia basada en ella, para que sean dominadas por las máquinas.— Aquí la proporción cuantitativa de los distintos grupos de obreros se repite como la proporción de los distintos grupos de máquinas. (Pp. 363-66.)

En ambos casos, la fábrica constituye un enorme autómata (llevado a ese estadio de perfección sólo recientemente) y ésta es su forma adecuada. (P. 367.) Y su forma más perfecta es el autómata constructor de máquinas, que abolió la base artesanal y manufacturera de la gran industria, y proporcionó así por primera vez la forma consumada de la maquinaria. (Pp. 369-72.)

Conexión entre la revolución de las diversas ramas, hasta los medios de comunicación. (P. 370.)

En la manufactura, la combinación de los obreros es subjetiva. Aquí hay un organismo mecánico objetivo de producción, que el obrero encuentra ya dispuesto, y que sólo puede funcionar mediante el trabajo colectivo; el carácter cooperativo del proceso de trabajo es ahora una necesidad tecnológica. (P. 372.)

Las fuerzas productivas que surgen de la cooperación y la división del trabajo no le cuestan nada al capital; las fuerzas naturales: el vapor, el agua, tampoco cuestan nada. Tampoco las fuerzas descubiertas por la ciencia. Pero estas últimas sólo pueden realizarse con un aparato adecuado, que únicamente puede construirse a gran costo; de igual modo, las máquinas herramientas cuestan mucho más que las viejas herramientas. Pero estas máquinas tienen una vida mucho más larga y un campo de producción mucho mayor que la herramienta; por consiguiente, transfieren una porción de valor comparativamente mucho menor al producto que una herramienta, y de ahí que el servicio gratuito prestado por la máquina (el cual no reaparece en el valor del producto) sea mucho mayor que en el caso de la herramienta. (Pp. 374, 375, 376.)

La reducción del costo mediante la concentración de la producción es mucho mayor en la gran industria que en la manufactura. (P. 375.)

Los precios de los productos acabados demuestran cuánto ha abaratado la máquina la producción, y que la porción de valor debida a los instrumentos de trabajo crece relativamente pero disminuye de manera absoluta. La productividad de la máquina se mide por la medida en que reemplaza fuerza de trabajo humana. Ejemplos. (Pp. 377-79.)

Suponiendo que una máquina de vapor para arar tome el lugar de 150 obreros que reciben un salario anual de £3.000, este salario anual no representa todo el trabajo ejecutado por ellos, sino solo el trabajo necesario — sin embargo, ellos ejecutan además plustrabajo. Pero si la máquina de vapor para arar cuesta £3.000, eso es la expresión en dinero de todo el trabajo materializado en ella. Así, si la máquina cuesta tanto como la fuerza de trabajo que remplaza, el trabajo humano materializado en ella es siempre mucho menor que aquel que remplaza. (P. 380.)

Como medio para abaratar la producción, la máquina debe costar menos trabajo del que remplaza. Pero para el capital, su valor debe ser menor que el de la fuerza de trabajo suplantada por ella. Por consiguiente, máquinas que no resultan rentables en Inglaterra pueden serlo en América (por ejemplo, para la trituración de piedras). De ahí que, como resultado de ciertas restricciones legales, máquinas que antes no resultaban rentables para el capital puedan hacer súbitamente su aparición. (Pp. 380-81.)

b. Apropiación  
de fuerza de trabajo mediante la maquinaria

Puesto que la maquinaria misma contiene la fuerza que la impulsa, la fuerza muscular pierde valor.— Trabajo de mujeres y niños; aumento inmediato del número de trabajadores asalariados mediante el enrolamiento de miembros de la familia que antes no trabajaban por un salario. Así, el valor de la fuerza de trabajo del hombre se distribuye sobre la fuerza de trabajo de toda la familia, es decir, se deprecia.— Ahora, cuatro personas deben ejecutar no solo trabajo, sino también plustrabajo para el capital a fin de que una familia pueda vivir, donde antes lo hacía una sola. Así, el grado de explotación aumenta junto con el material de la explotación. (P. 383.)

Antes, la compra y venta de fuerza de trabajo era una relación entre personas libres; ahora se compra a menores o niños; el obrero vende ahora a su mujer y a su hijo — se convierte en un traficante de esclavos. Ejemplos (pp. 384-85).

Deterioro físico— mortalidad de los hijos de los obreros (p. 386), también en la agricultura industrializada. (Sistema de bandas.*) (P. 387.)

Degradación moral. (P. 389.) Cláusulas educativas y la resistencia de los fabricantes a ellas. (P. 390.)

La entrada de las mujeres y los niños en la fábrica quiebra finalmente la resistencia del obrero varón al despotismo del capital. (P. 391.)

Si la maquinaria acorta el tiempo de trabajo necesario para producir un objeto, en manos del capital se convierte en el arma más poderosa para prolongar la jornada laboral mucho más allá de sus límites normales. Crea, por un lado, nuevas condiciones que permiten al capital hacerlo, y por el otro, nuevos motivos para ello.

La maquinaria es capaz de movimiento perpetuo, y solo está limitada por la debilidad y las limitaciones de la fuerza de trabajo humana que la asiste. La máquina que se desgasta en siete años y medio, trabajando veinte horas diarias, absorbe para el capitalista exactamente tanto plustrabajo, pero en la mitad del tiempo, que otra que se desgasta en quince años trabajando diez horas diarias. (P. 393.)

La depreciación moral de la máquina —es decir, su superación técnica— se arriesga así todavía menos. (P. 394.)

Además, se absorbe una cantidad mayor de trabajo sin aumentar las inversiones en edificios y máquinas; así, no solo crece la plusvalía con una jornada laboral prolongada, sino que el desembolso requerido para obtenerla disminuye relativamente. Esto es tanto más importante cuanto que la proporción de capital fijo predomina en gran medida, como ocurre en la gran industria. (P. 395.)

Durante el primer período de la maquinaria, cuando esta posee un carácter monopólico, las ganancias son enormes, y de ahí la sed de más, de una prolongación ilimitada de la jornada laboral. Con la introducción generalizada de la maquinaria, esta ganancia monopólica se desvanece, y se impone la ley de que la plusvalía no surge del trabajo suplantado por la máquina, sino del trabajo empleado por ella, es decir, del capital variable. Pero bajo la producción maquinizada, este último se ve necesariamente reducido por los grandes desembolsos. He aquí, pues, una contradicción inmanente en el empleo capitalista de la maquinaria: para una masa dada de capital, aumenta uno de los factores de la plusvalía, su tasa, al reducir el otro, el número de obreros. Tan pronto como el valor de una mercancía fabricada a máquina se convierte en el valor social regulador de esa mercancía, esta contradicción sale a la luz e impulsa de nuevo hacia la prolongación de la jornada laboral. (P. 397.)

Pero al mismo tiempo la maquinaria, al liberar a los obreros suplantados, así como al enrolar a mujeres y niños, produce una población obrera excedente, la cual debe dejar que el capital le dicte la ley. De ahí que la maquinaria derribe todas las barreras morales y naturales de la jornada laboral. De ahí la paradoja de que el medio más poderoso para acortar el tiempo de trabajo sea el medio más infalible para convertir toda la vida del obrero y de su familia en tiempo de trabajo disponible para expandir el valor del capital. (P. 398.)

Ya hemos visto cómo ocurre aquí la reacción social mediante la fijación de la jornada normal de trabajo; sobre esta base se desarrolla ahora la intensificación del trabajo. (P. 399.)

Al principio, con la aceleración de la máquina, la intensidad del trabajo aumenta simultáneamente con la prolongación del tiempo de trabajo. Pero pronto se alcanza el punto en que los dos se excluyen mutuamente. Distinto es, sin embargo, cuando el tiempo de trabajo está restringido. La intensidad puede crecer ahora; en 10 horas se puede ejecutar tanto trabajo como ordinariamente en 12 o más, y ahora la jornada laboral más intensiva cuenta como elevada a una potencia superior, y el trabajo no se mide meramente por su extensión temporal, sino por su intensidad. (P. 400.) Así, en 5 horas de trabajo necesario y 5 de plustrabajo, puede alcanzarse la misma plusvalía que en 6 horas de trabajo necesario y 6 de plustrabajo a menor intensidad. (P. 400.)

¿Cómo se intensifica el trabajo? En la manufactura se ha demostrado (nota 159, p. 401), la alfarería, por ejemplo, etc., que la mera reducción de la jornada laboral basta para elevar la productividad enormemente. En el trabajo con maquinaria esto era mucho más dudoso. Pero la prueba de R. Gardner. (Pp. 401-02.)

Tan pronto como la jornada laboral reducida se convierte en ley, la máquina se transforma en un medio para extraer del obrero trabajo más intensivo.