Tengo el honor de adjuntar como Apéndice I una copia de una comunicación del Bibliotecario que me fue entregada no hace mucho.*4? Cuando me tomé la libertad de hacer algunas observaciones al Sr. Stossel acerca de ciertas expresiones empleadas en ella, su respuesta, como era de esperar, fue que la comunicación era una mera copia del formulario establecido por la Sección Literaria del Directorio.

Si, por tanto, me veo ahora obligado a someter dichas observaciones a la atención del Directorio, quisiera, ante todo, enfatizar que éstas no se refieren en modo alguno al contenido de la comunicación misma. Sin duda, todos suscribirán este último: la estricta observancia del plazo prescrito para el préstamo de libros, la imposición de “multas” en caso de superarse dicho plazo, y el cumplimiento de las reglas y regulaciones del Instituto en general. Lo que aquí me ocupa es meramente el tono de este documento. Ese tono difiere tanto del habitual en la correspondencia entre personas cultas que, debo confesarlo, no estoy acostumbrado a recibir tales cartas, ni soy el primero, según me dice el Sr. Stossel, a quien ha chocado esta, por no decir otra cosa, forma tosca de interpelación.

En efecto, cuando leí esta misiva, fue como si me hubieran transportado de repente a la patria. Fue como si, en lugar de una comunicación del Bibliotecario del Instituto Schiller, tuviera en mis manos un requerimiento perentorio de un inspector de policía alemán, conminándome, so pena de una grave sanción, a subsanar algún tipo de infracción “en un plazo de 24 horas”. El por lo demás muy inofensivo uniforme del bedel que me entregó este documento no pudo, en esta ocasión, sino contribuir a completar la ilusión.

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Inmediatamente después de este incidente, aproveché la ocasión para releer el manifiesto fechado el 12 de noviembre de 1859 y emitido, por así decirlo, como programa del incipiente Instituto Schiller. Visto a la luz de la mencionada comunicación del Bibliotecario, aquel programa aparece ahora bajo una luz un tanto peculiar. En él leemos que el Instituto Schiller estaba destinado a ser tal

“que un joven alemán... se sintiera de inmediato más como en casa aquí... se viera mejor cuidado y atendido, tanto moral como intelectualmente... y, sobre todo, regresara a la patria sin haberse extrañado en modo alguno de ella”.

Sin duda, el estilo burocrático de tales comunicaciones oficiales es justamente lo que hace que el destinatario se sienta al instante en terreno patrio, y le infunde la creencia de que está tan bien o mejor “cuidado y atendido” de lo que estaría en casa, en el querido y viejo Estado policial patriarcal, esa gran institución que cuida y atiende a los niños pequeños; ni, mientras tales comunicaciones oficiales sigan proliferando, puede existir el más remoto peligro de que ningún miembro del Instituto Schiller llegue a extrañarse de la patria. Es más, si por casualidad hubiera algún miembro del Instituto Schiller que no hubiera tenido ocasión de familiarizarse en la patria con las formas de la burocracia y el lenguaje imperioso del funcionariado, el Instituto Schiller parecería ofrecerle una excelente oportunidad para hacerlo; de nuevo, ésta es presumiblemente la interpretación que debe darse al compromiso del programa de que el Instituto Schiller contribuirá a asegurar

“que incluso aquel de edad avanzada que decida regresar a casa y establecerse allí de nuevo, conserve, junto con la lengua y la cultura alemanas, y desarrolle incluso en grado superior, su capacidad para el servicio público como hombre y ciudadano alemán”.

Ciertamente, a muchos miembros difícilmente se les habría ocurrido que “el espíritu alemán en el más pleno sentido del término”, para cuyo cultivo el Instituto Schiller había de ser un punto de encuentro, debiera comprender, entre otras cosas, también ese espíritu de burocracia en cuyas manos, por desgracia, sigue todavía investido casi todo el poder político en la patria, pero contra el cual lucha toda Alemania y sobre el cual, en este preciso momento, está obteniendo victoria tras victoria. Este tono conminatorio, estas exigencias categóricas de que una orden sea obedecida en 24 horas, están, en todo caso, fuera de lugar aquí, y si conllevan, no dos semanas de prisión a pan y agua, sino la temible amenaza de una multa de media corona, entonces el efecto resulta cómico por añadidura.

Entre sus miembros el Instituto Schiller cuenta no sólo con

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alemanes, sino también con ingleses, holandeses y daneses, para quienes este tono ciertamente no tendrá el timbre de “la patria”. Me permito preguntar qué pensarán probablemente tales miembros del “espíritu alemán” al recibir misivas de esta clase.

Da la casualidad de que actualmente yo mismo pertenezco a la Sección Literaria de otra sociedad** aquí, la cual no se vanagloria de tener bibliotecario y, en casos similares, a menudo me corresponde a mí enviar circulares a los miembros. Adjunto por la presente el formulario habitual (Apéndice II),°7° no porque tenga pretensión alguna de servir de modelo, sino más bien porque tal vez pueda mostrar que el mismo objeto puede alcanzarse sin atentar contra la deferencia que una persona culta debe a otra.

Repito que si bien el fortiter in re* es ciertamente muy loable, los miembros me parecería que también tienen derecho a algo de suaviter in modo.* En buena hora, que la mano de hierro de la Sección Literaria descienda sobre la cabeza de cada miembro, pero que lleve también guante de terciopelo. Y es por esto que rogaría al Directorio que tenga la bondad de asegurar que la correspondencia oficial de la Sección Literaria con los miembros se modele, no tanto según las órdenes emitidas por las oficinas administrativas alemanas a sus administrados, sino según lo que es propio en la correspondencia entre personas cultas.