El Libro Azul sobre la intervención en México,* recién publicado, 
contiene la denuncia más condenatoria de la diplomacia inglesa moderna, 
con toda su hipócrita jerga, su ferocidad contra el débil, su arrastrase 
ante el fuerte y su absoluto desprecio del derecho internacional. He de 
reservar para otra carta la tarea de presentar, mediante un análisis 
minucioso de los despachos cruzados entre Downing Street y los 
representantes británicos en México, la prueba irrefragable de que el 
presente embrollo es de origen inglés, de que Inglaterra tomó la 
iniciativa para provocar la intervención, y lo hizo con pretextos tan 
endebles y contradictorios entre sí que ni siquiera logran velar los 
motivos reales pero inconfesados de su proceder. Esta infamia de los 
medios empleados para poner en marcha la intervención mexicana solo es 
superada por la imbecilidad senil con que el gobierno británico finge 
sorprenderse y escurre el bulto ante la ejecución del nefando plan 
tramado por él mismo. De esta última parte del asunto me propongo 
ocuparme por el momento.

El 13 de diciembre de 1861, el señor Istúriz, embajador español en 
Londres, entregó a John Russell una nota que incluía las instrucciones 
enviadas por el capitán general de Cuba a los comandantes españoles al 
frente de la expedición a México. John Russell archivó la nota y guardó 
silencio. El 23 de diciembre, el señor Istúriz le dirige una nueva nota, 
en la que pretende explicar las razones que habían inducido a la 
expedición española a zarpar de Cuba antes de la llegada de las fuerzas 
inglesas y francesas. John Russell vuelve a archivar la nota y persiste 
en su actitud taciturna. El señor Istúriz, ansioso por averiguar si esa 
prolongada contención verbal, tan inusual en el verborreico vástago de 
la casa de Bedford, significa tal vez alguna malicia, urge una entrevista 
personal, que le es concedida, y que tiene lugar el 7 de enero. Hacía ya 
más de un mes que John Russell estaba plenamente enterado del inicio 
unilateral de las operaciones contra México por parte de España. Casi 
un mes había transcurrido desde que el señor Istúriz le comunicara 
oficialmente el hecho. A pesar de todo ello, en su entrevista personal con 
el embajador español, John Russell no pronuncia palabra alguna que 
trasluzca la más mínima contrariedad o asombro por los «pasos 
precipitados dados por el general Serrano», ni sus palabras dejan la más 
leve impresión en el ánimo del señor Istúriz de que algo no marchara 
bien y de que el gobierno británico no aprobara plenamente la 
actuación española. El orgullo castellano del señor Istúriz rehúye, por 
supuesto, toda idea de que sus poderosos aliados estén jugando con 
España y la conviertan en un mero instrumento.

Sin embargo, se aproximaba la fecha de la reunión del Parlamento, y 
John Russell tenía ahora que redactar una serie de despachos destinados 
especialmente no a los asuntos internacionales, sino al consumo 
parlamentario. En consecuencia, el 16 de enero redacta un despacho en 
el que inquiere, en tono más bien airado, acerca de la iniciativa 
unilateral a la que se había aventurado España. Dudas y escrúpulos que 
durante más de un mes habían dormitado en su pecho, sin que siquiera 
maduraran en síntomas de existencia, durante su entrevista personal con 
el señor Istúriz el 7 de enero, perturban de repente el plácido sueño de 
ese confiado, sincero y desprevenido estadista. El señor Istúriz se queda 
estupefacto y, en su respuesta fechada el 18 de enero, le recuerda con 
cierta ironía a su excelencia las oportunidades perdidas de dar rienda 
suelta a su bilis póstuma. De hecho, le paga a su excelencia con su 
propia moneda, adoptando, en su justificación de la iniciativa tomada 
por España, el mismo aire de candidez que lord John Russell afectó al 
solicitarle una explicación.

«El capitán general de Cuba —dice el señor Istúriz— “llegó demasiado 
pronto porque temía llegar demasiado tarde a Veracruz”. “Además” —y 
aquí le lanza un pinchazo a lord John—, “la expedición llevaba mucho 
tiempo lista en todos los puntos”, aunque el capitán general, hasta 
mediados de diciembre, “desconocía los detalles del tratado y el punto 
fijado para la reunión de las escuadras”.»

Ahora bien, el tratado no se concluyó hasta el 20 de noviembre. Si, 
pues, el capitán general tenía su expedición «lista en todos los puntos 
desde mucho antes de mediados de diciembre», las órdenes que 
originalmente se le habían enviado desde Europa para poner en marcha 
la expedición no habían esperado al tratado. En otras palabras, el 
acuerdo original entre las tres potencias y las medidas adoptadas para 
ejecutarlo no dependieron del tratado, y diferían en sus «detalles» de las 
cláusulas del tratado, las cuales, desde el principio, no estaban 
concebidas como una regla de acción, sino sólo como fórmulas 
decorosas necesarias para conciliar al espíritu público con el plan 
nefando. El 23 de enero, John Russell responde al señor Istúriz con 
una nota bastante brusca, dándole a entender que «el gobierno británico 
no quedaba enteramente satisfecho con la explicación ofrecida», pero 
que, al mismo tiempo, no sospecharía que España tuviera la temeridad 
de pretender actuar en contra de Inglaterra y Francia. Lord John 
Russell, tan soñoliento, tan inactivo, durante todo un mes, cobra vida y 
se vuelve todo oídos a medida que la sesión parlamentaria se aproxima 
rápidamente. No hay tiempo que perder.

El 19 de enero tiene una entrevista personal con el conde Flahaut, el 
embajador francés en Londres. Flahaut le comunica la funesta nueva de 
que su amo consideraba necesario «enviar un refuerzo adicional a 
México», que España con su iniciativa precipitada había echado a 
perder el pastel; que

«los aliados debían ahora avanzar hacia el interior de México, y que no 
sólo las fuerzas acordadas resultarían ahora insuficientes para la 
operación, sino que la operación misma asumiría un carácter respecto 
del cual Luis Bonaparte no podía permitir que las fuerzas francesas 
estuvieran en una posición de inferioridad respecto a las de España, ni 
corrieran el riesgo de verse comprometidas.»

Ahora bien, la argumentación de Flahaut era de todo menos 
concluyente. Si España se había extralimitado en la convención, una 
sola nota a Madrid desde los gabinetes de St. James y las Tullerías 
habría bastado para advertirle que desistiera de sus ridículas 
pretensiones y la hiciera retroceder al modesto papel que le imponía la 
convención. Pero no. Por el hecho de que España hubiera roto la 
convención —una ruptura meramente formal y sin consecuencias, pues 
su llegada prematura a Veracruz no cambiaba nada en el objetivo y 
propósito declarados de la expedición—, porque España había tenido la 
osadía de echar anclas en Veracruz en ausencia de las fuerzas inglesas 
y francesas, a Francia no le quedaba otra salida que seguir la estela de 
España, romper también la convención y aumentar, no sólo sus fuerzas 
expedicionarias, sino cambiar todo el carácter de la operación. Por 
supuesto, no se necesitaba ningún pretexto para que las potencias 
aliadas sacaran a relucir el asesinato y, desde el comienzo mismo de la 
expedición, pisotearan los pretextos y propósitos con que 
ostensiblemente la habían iniciado.

En consecuencia, John Russell, aunque «lamenta el paso» dado por 
Francia, lo respalda diciendo al conde Flahaut que «no tenía objeción 
alguna que oponer, en nombre del gobierno de Su Majestad, a la 
validez del argumento francés». En un despacho fechado el 20 de 
enero, transmite a Earl Cowley, el embajador inglés en París, el relato 
de esta su entrevista con el conde Flahaut. El día anterior, el 19 de 
enero, había redactado un despacho para Sir F. Crampton, el 
embajador inglés en Madrid, despacho que es una curiosa mezcolanza 
de hipócrita jerga dirigida al Parlamento británico y de astutas 
insinuaciones a la corte de Madrid sobre el valor intrínseco de la 
retórica liberal con tanta prodigalidad usada. «Los procedimientos del 
mariscal Serrano —dice— son como para producir cierta inquietud», no 
sólo por la partida precipitada de la expedición española de La 
Habana, sino también «por el tono de las proclamas emitidas por el 
gobierno español». Pero, al mismo tiempo, el bon homme sugiere a la 
corte de Madrid una excusa plausible para su aparente violación de la 
convención. Está plenamente convencido de que la corte de Madrid no 
tiene malas intenciones; pero, eso sí, los comandantes, a distancia de 
Europa, son a veces «imprudentes» y necesitan «ser vigilados muy de 
cerca». Así, el bueno de Russell se ofrece voluntariamente para trasladar 
la responsabilidad de la corte de Madrid a los hombros de indiscretos 
comandantes españoles «a distancia», e incluso fuera del alcance de los 
sermones del bueno de Russell.

No menos curiosa es la otra parte de su despacho. Las fuerzas aliadas 
no deben privar a los mexicanos de su derecho «a elegir su propio 
gobierno», dando a entender así que en México «no existe gobierno» 
alguno; sino que, por el contrario, no sólo nuevos gobernantes, sino 
incluso «una nueva forma de gobierno», deben ser elegidos por los 
mexicanos bajo los auspicios de los invasores aliados. Su «constitución 
de un nuevo gobierno» «deleitaría» al gobierno británico; pero, por 
supuesto, las fuerzas militares de los invasores no deben falsear el 
sufragio universal al que piensan convocar a los mexicanos para la 
instalación de un nuevo gobierno. Corresponde, naturalmente, a los 
comandantes de la invasión armada juzgar qué forma de nuevo 
gobierno es o no «repugnante a los sentimientos de México». En todo 
caso, el bueno de Russell se lava las manos en inocencia. Envía 
dragones extranjeros a México para forzar al pueblo a «elegir» un 
nuevo gobierno; pero espera que los dragones hagan la cosa con 
suavidad y tengan mucho cuidado al escrutar los sentimientos políticos 
del país que invaden. ¿Es necesario explayarse un solo momento sobre 
esta farsa transparente? Fuera del contexto de los despachos del bueno 
de Russell, léanse The Times y The Morning Post de octubre, seis 
semanas antes de la conclusión de la convención simulada del 30 de 
noviembre,* y se hallará que los periódicos del gobierno inglés 
pronostican todos esos mismos infaustos acontecimientos que Russell 
finge descubrir sólo a finales de enero, y que explica por la 
«imprudencia» de algunos embajadores españoles a distancia de 
Europa.

La segunda parte de la farsa que Russell debía representar era poner 
sobre el tapete al archiduque Maximiliano de Austria como rey de 
México que Inglaterra y Francia guardaban in petto.

El 24 de enero, unos diez días antes de la apertura del Parlamento, 
lord Cowley escribe a lord Russell que no sólo los chismes de París se 
ocupaban mucho del archiduque, sino que los propios oficiales que 
iban con los refuerzos a México pretendían que la expedición tenía por 
objeto hacer al archiduque Maximiliano rey de México. Cowley cree 
necesario interpelar a Thouvenel sobre tan delicado asunto. Thouvenel 
le responde que no había sido el gobierno francés, sino emisarios 
mexicanos, «venidos con ese propósito y marchados a Viena», quienes 
habían puesto en marcha tales negociaciones con el gobierno austriaco.

Ahora, por fin, cabría esperar que el desprevenido John Russell, que 
tan sólo cinco días antes, en su despacho a Madrid, había insistido en 
los términos de la convención, que incluso más tarde, en el discurso 
real del 6 de febrero, había proclamado que «la reparación» de los 
agravios sufridos por los súbditos europeos era el motivo y propósito 
exclusivos de la intervención —cabría esperar que ahora, al fin, montara 
en cólera y echara espuma por la boca ante la sola idea de que se 
hubieran gastado bromas tan inauditas a su bondadosa confianza. ¡Nada 
de eso! El bueno de Russell recibe el chisme de Cowley el 26 de enero, 
y al día siguiente se apresura a sentarse y escribir un despacho 
ofreciendo voluntariamente su patrocinio a la candidatura del 
archiduque Maximiliano al trono de México.

«Informa a Sir C. Wyke, su representante en México, que las tropas 
francesas y españolas marcharán “de inmediato” a la ciudad de México; 
que se “dice” que el archiduque Maximiliano es el ídolo del pueblo 
mexicano, y que, si tal fuera el caso, “no hay nada en la convención que 
impida su advenimiento al trono de México”.»

Hay dos cosas notables en estas revelaciones diplomáticas: primera, el ridículo papel que se hace representar a España; segunda, que jamás cruza por la mente de Russell el más leve pensamiento de que no puede hacer la guerra a México sin una previa declaración de guerra, y de que no puede formar para tal guerra coalición alguna con potencias extranjeras, excepto sobre la base de un tratado obligatorio para todas las partes. ¡Y tal es el pueblo que nos ha fatigado durante dos meses con su hipócrita cantinela sobre lo sagrado de las estrictas reglas del derecho internacional y sobre el homenaje que les rinde!