Los asesores jurídicos de la Corona¹ tuvieron que emitir ayer su dictamen sobre el incidente naval en el Canal de Bahamas.² Sus antecedentes del caso consistían en los informes escritos de los oficiales británicos que han permanecido a bordo del Trent y en el testimonio oral del comodoro Williams, quien se hallaba a bordo del Trent como agente del Almirantazgo, pero desembarcó del vapor La Plata el 27 de noviembre en Southampton, desde donde fue convocado inmediatamente por telégrafo a Londres. Los asesores jurídicos de la Corona reconocieron el derecho del San Jacinto a visitar y registrar el Trent. Puesto que la proclama de neutralidad de la reina Victoria al estallar la Guerra Civil norteamericana³ enumera expresamente los despachos entre los artículos de contrabando,⁴ tampoco cabía duda sobre este punto. Quedaba, pues, la cuestión de si los señores Mason, Slidell y compañía eran ellos mismos contrabando y, por tanto, confiscables. Los asesores jurídicos de la Corona parecen sostener esta opinión, pues han dejado enteramente de lado la cuestión jurídica material. Según el informe del Times,⁵ su dictamen censura al comandante del San Jacinto⁶ sólo por un error de procedimiento. En lugar de apresar a los señores Mason, Slidell y compañía, debió haber tomado a remolque al propio Trent como presa, conducirlo al puerto norteamericano más próximo y someterlo allí al fallo de un tribunal de presas norteamericano.⁷ Éste es, incontestablemente, el procedimiento que corresponde al derecho marítimo británico y, por tanto, al norteamericano.

Es igualmente incontestable que los británicos violaron con frecuencia esta regla durante la guerra antijacobina y procedieron según el método sumario del San Jacinto. Sea como fuere, todo el conflicto queda reducido por este dictamen de los asesores jurídicos de la Corona a un error técnico y, en consecuencia, despojado de toda importancia inmediata. Dos circunstancias facilitan al gobierno de la Unión aceptar este punto de vista y, por tanto, ofrecer una satisfacción formal. En primer lugar, el capitán Wilkes, comandante del San Jacinto, no pudo haber recibido instrucciones directas de Washington. En su viaje de regreso de África a Nueva York, hizo escala el 2 de noviembre en La Habana, que abandonó de nuevo el 4 de noviembre, mientras que su encuentro con el Trent tuvo lugar en alta mar el 8 de noviembre. La estancia del capitán Wilkes de sólo dos días en La Habana no permitió ningún intercambio de notas entre él y su gobierno. El cónsul de la Unión⁸ era la única autoridad norteamericana con la que podía tratar. En segundo lugar, sin embargo, había perdido manifiestamente la cabeza, como lo prueba el hecho de que no insistiera en la entrega de los despachos.

La importancia del incidente reside en su efecto moral sobre el pueblo inglés y en el capital político que pueden sacar fácilmente de él los amigos algodoneros británicos de la secesión. Característica de estos últimos es la reunión de protesta de Liverpool organizada por ellos y que ya he mencionado anteriormente.⁹ La reunión tuvo lugar el 27 de noviembre a las tres de la tarde, en las salas de subastas de algodón de la Bolsa de Liverpool, una hora después de que llegara la alarmante comunicación telegráfica de Southampton.

Tras vanos intentos de imponer la presidencia al señor Cunard, propietario de los vapores de la Cunard que cubren la línea entre Liverpool y Nueva York, y a otros altos funcionarios del comercio, ocupó la presidencia un joven comerciante llamado Spence, notorio por una obra que escribió en apoyo de la república esclavista.¹⁰ Contrariamente a las reglas de las reuniones inglesas, él, el presidente, propuso él mismo la moción de

«pedir al gobierno que afirme la dignidad del pabellón británico exigiendo una pronta reparación por este ultraje».¹¹

¡Tremendos aplausos, palmadas y vítores sobre vítores! El argumento principal del orador inaugural en favor de la república esclavista fue que los buques negreros habían estado hasta entonces protegidos por el pabellón norteamericano del derecho de visita reclamado por Gran Bretaña. ¡Y luego este filántropo lanzó un furibundo ataque contra la trata de esclavos! Admitió que Inglaterra había provocado la guerra de 1812-14 con los Estados Unidos al insistir en registrar los buques de guerra de la Unión en busca de desertores de la Marina británica.

«Pero —continuó con maravillosa dialéctica—, hay una diferencia entre el derecho de visita para recuperar desertores de la Marina británica y el derecho de apresar pasajeros, como el señor Mason y el señor Slidell, hombres de la más alta respetabilidad, ¡sin tener en cuenta el hecho de que estaban protegidos por el pabellón británico!»

Sin embargo, jugó su triunfo más alto al final de su diatriba.

«El otro día —vociferó—, mientras me hallaba en el continente europeo, oí observaciones sobre nuestra conducta con respecto a los Estados Unidos que me hicieron sonrojar. ¿Cuál es el sentimiento de todo hombre inteligente en el continente? Que nos someteríamos servilmente a cualquier ultraje y sufriríamos toda indignidad que nos infligiera el gobierno de los Estados Unidos. ¿Qué podía responder yo a esto? Sólo podía sonrojarme. Pero tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe. Nuestra paciencia se ha ejercitado durante demasiado tiempo: tanto como era posible controlarla. ¡Por fin hemos llegado a los hechos [!]: éste es un hecho muy duro y sorprendente [!] y es deber de todo inglés informar al gobierno de cuán fuerte y unánime es el sentimiento de esta gran comunidad ante el ultraje inferido a nuestro pabellón.»

Este disparatado galimatías fue acogido con una salva de aplausos. Las voces opuestas fueron abucheadas, silbadas y pisoteadas. A la observación de un tal señor Campbell de que toda la reunión era «irregular», el inexorable Spence respondió: «Puede que lo sea, pero el hecho que nos hemos reunido para considerar es más bien un hecho irregular.» A la propuesta de un señor Turner de aplazar la reunión hasta el día siguiente, para que «la ciudad de Liverpool pueda pronunciarse y no una camarilla de corredores de algodón usurpe su nombre», resonaron por todas partes gritos de «¡Agarradlo, echadlo fuera!». Imperturbable, el señor Turner repitió su moción, la cual, sin embargo, no fue sometida a votación, una vez más en contra de todas las reglas de las reuniones inglesas. Spence triunfó. Pero, de hecho, nada ha contribuido más a enfriar los ánimos en Londres que la noticia del triunfo del señor Spence.

¹ No. 24103, 29 de noviembre de 1861, artículo de fondo.— Ed.
² Los artículos del New-York Daily Tribune no llevaban título; los títulos de los artículos de Marx y Engels que se han conservado fueron puestos, en algunos casos, por la redacción del periódico, y en otros, por los editores de las obras de Marx y Engels. En la presente edición se conservan ambos tipos de títulos. La numeración de las notas de la redacción del Tribune, que Marx solía poner al final de los artículos, se sustituye por llamadas alfabéticas para distinguirlas de las notas del Instituto de Marxismo-Leninismo, numeradas correlativamente y colocadas al pie de página.— Ed.
³ Se refiere a la proclama de neutralidad emitida por la reina Victoria el 13 de mayo de 1861.
⁴ En la proclama se enumeran los artículos considerados contrabando de guerra, entre ellos «despachos oficiales» (official despatches).
⁵ «Liverpool, Wednesday», The Times, No. 24102, 28 de noviembre de 1861.— Ed.
⁶ El comandante del San Jacinto era el capitán Charles Wilkes.
⁷ Tribunal encargado de juzgar las presas marítimas.
⁸ Cónsul de los Estados Unidos de América (la Unión) en La Habana.
⁹ Marx se refiere a su artículo «La intervención en México», publicado en el New-York Daily Tribune, No. 6340, del 7 de noviembre de 1861.
¹⁰ James Spence, autor de The American Union; its effect on national character and policy, with an inquiry into secession as a constitutional right, and the causes of the disruption, Londres, 1861.— Ed.
¹¹ «Liverpool, Wednesday», The Times, No. 24102, 28 de noviembre de 1861, artículo de fondo.— Ed.