La caída de Nueva Orléans permitió al general Lovell y a sus tropas reforzar el ejército de Beauregard, que tenía mucha más necesidad de ese refuerzo por cuanto tenía a su frente una concentración de ciento sesenta mil hombres (¡exageran un poco!) bajo las órdenes de Halleck y por otra parte, el general Mitchel había cortado los contactos de Beauregard con el este al interrumpir las comunicaciones ferroviarias de Menphis a Chattanooga, es decir la línea en dirección,a Richmond, Charleston y Savannah *?. Después de este corte de comunicaciones (del que habíamos dado cuenta mucho antes de la batalla de Corinth como movimiento estratégico previsible), Beauregard ya no disponía de ninguna comunicación ferroviaria con Corinth, fuera de la que lleva a Mobile y Nueva Orleáns. Después de la caída de Nueva Orleáns solo disponía de la línea de Mobile y no podía aprovisionar convenientemente a sus tropas. Por lo tanto debió replegarse sobre Menphis: ¡según la prensa: proesclavista inglesa, su capacidad de aprovisionamiento se ve: mejorada por su unión con las tropas de Lovell! Por otra parte, esos oráculos señalan que la fiebre amarilla sacará a los federados de Nueva Orléans, y que si la ciudad no es Moscú, su alcalde muy bien podría ser Bruto. Basta leer (cf. New York Herald) la epístola melodramáticamente alentadora al comandante Farragut. “¡Nobles palabras, señor, hermosas palabras)” * ¡Pero las palabras por duras que sean, no quiebran huesos!

Sin embargo, la prensa de los esclavistas no es tan optimista como sus consoladores ingleses, en lo que concierne a la caída de Nueva Orléans.

El Richmond Dispatch escribe: “¿Qué se hicieron nuestras cañoneras blindadas, Misisipí y Luisiana, de las que esperábamos la salvación de la ciudad en media luna? Es como si hubieran sido de vidrio, por su efecto sobre el adversario. Es en vano negar que la toma de Nueva Orleáns es para nosotros un golpe muy duro. Con esto el gobierno confederado está separado de Luisiana occidental, de Tejas, de Misuri, y de Arkansas.” El Norfolk Day Book señala: “Es la derrota más seria desde el comienzo de la guerra. Augura privaciones y restricciones para todas las clases sociales, peor aún: amenaza el aprovisionamiento de nuestro ejército,” El Atlantic Intelligentzer se lamenta: “Esperábamos otro resultado. El avance enemigo no era un ataque sorpresa; estaba previsto desde hacía mucho tiempo. Nos habían prometido que si el adversario pasaba frente a Fort Jackson, una artillería temible lo obligaría a la retirada o aseguraría su destrucción. En todo esto nos engañamos, como todas las veces que las fortificaciones debieron garantizar la seguridad de una plaza o de una ciudad. Pareciera que las invenciones modernas hubieran arruinado la capacidad defensiva de las fortificaciones. Las cañoneras blindadas las destruyen o pasan ante ellas sin problemas. 'Tememos que Memphis comparta la suerte de Nueva Orleáns. ¿Acaso no sería insensato acunarnos con ilusiones?” Petersburg Express escribe: “La toma de Nueva Orleáns por los federados es el acontecimiento más extraordinario y el más fatal de toda la guerra.” Federico ENGELS y CARLOS MARX LA SITUACIÓN EN EL TEATRO DE LA GUERRA AMERICANA Die Presse, 30/5/1862 La toma de Nueva Orleáns tal como la relatan los boletines que hemos recibido hasta ahora, se señala como un acto de bravura prácticamente sin paralelos en la historia de la flota. La flota de los unionistas sólo tiene barcos de madera: alrededor de seis barcos de guerra, cada uno armado con catorce a veinte cañones, apoyados por una numerosa flotilla de cañoneras y de navíos con morteros. Esta flota tenía que vérselas con dos fuertes que barricaban el paso del Misisipi. Al alcance del fuego de los cien cañones de esos fuertes, el río estaba barricado con una fuerte cadena detrás de la cual había un gran número de minas, brulotes y otros mecanismos de destrueción. Por lo tanto, había que pasar esos primeros obstáculos antes de deslizarse entre los fuertes. Sin embargo, del otro lado de los fuertes había una segunda y poderosa línea de defensa constituida por cañoneras blindadas, entre ellas el Manassas, un acorazado blinado y la Luisiana, una poderosa batería flotante. Después que los unionistas bombardearon durante seis días, sin ningún resultado, los dos fuertes que dominaban cl río decidieron desafiar el fuego, forzar con tres columnas la barrera de acero, subir por el río y atacar las fortificaciones. Esta empresa temeraria dio resultado. Apenas la flotilla desembarcó en Nueva Orleáns, la vict ria estaba lograda. Co Ahora Beauregard no tiene más nada que defender en Corinth Su posición solo tenía sentido durante el tiempo que cubría Misisipí y Luisiana, y particularmente Nueva Orleáns. Desde el punto de vista estratégico es tal, que si pierde la mínima batalla, no le queda otra elección que dispersar a su ejército en guerrillas. En efecto no puede mantener durante mucho ticmpo unida a una gran masa de soldados, si ya no tiene una gran ciudad donde estén concentrados a 9 retaguar ia de su ejército los ferrocarriles y los aprovisionaDe manera irrefutable, McClellan ha revelado ser una nulidad en el plano Militar. En cfecto, habiendo llegado por una scrie de circunstancias felices a una posición de mando y de responsabilidad no conduce la guerra para vencer al enemigo sino por el contrario para que no lo derroten, lo que le hará perder su prestigio usurpado. Se comporta como esos viejos generales llamados “maniobreros” que se justifican de huir temerosamente de toda decisión táctica obligando al enemigo a abandonar sus posiciones gracias a un cercamiente estratégico. Los confederados siempre se le eseapan porque en el momento decisivo no se anima a cargar sobre ellos. Así aunque el plan de retirada de los confederados fue anunciado diez días antes por los diarios neoyorquinos (por ejemplo Tribune) los deió retirarse tranquilamente desde Manassas a Richmond. Luego dividió sw ejército y flanqueó a los confederados estratégicamente instalándose frente a Yorktown con un cuerpo de tropa: una guerra de fortaleza siempre da pretextos para perder tiempo y cvitar la batalla. A enas tuvo concentrada una tropa superior a la de los confederados los dejó retirarse de Yorktow hacia Williamsburg y aun más allá sin obligarlos 2 pelear. Nunca una guerra fue conducida tan lamentablemente. Si el enganche de elementos en retirada cerca de Williamsburg en lugar de terminar en un segundo Bull Run, terminó con una derrota de la retaguardia confederada, es porque McClellan es ajeno a esc resultado.

Después de una marcha de alrededor de doce millas (inglesas) bajo una lluvia diluviana de veinticuatro horas, por caminos transformados en verdaderos pantanos, los ocho mil unionistas a las órdenes del general Heintzelmann (descendiente de alemanes, pero nativo de Pensilvania) llegaron a los alrededores de Williamsburg y chocaron con un débil piquete enemigo. Pero éstos al darse cuenta de su debilidad numérica pidieron en seguida refuerzos a Williamsburg, desde donde les despacharon tropas seleccionadas que pronto llegaron a los veinticinco mil hombres. Alrededor de las nueve de la mañana la batalla se puso seria. A ceso de la una y media el general Heintzelmann se dio cuenta de que la batalla se volvía ventajosa para el adversario. Envió mensaje tras mensaje al general Kearny que estaba ocho millas atrás, pero que en razón de los caminos totalmente “deshechos” por la lluvia solo podía avanzar muy lentamente. Heintzelmann estuvo toda una hora sin refuerzos, y los 7% y 8% regimientos de Jersey que liabían agotado sus municiones empezaron a huir por los bosques que bordean los dos lados del camino. Heintzelmann ordenó al coronel Menill y a un escuadrón de caballería de Pensilvania que tomaran posición sobre los dos costados del bosque para tirar, eventualmente, sobre los fugitivos. Esto los detuvo. Además, el orden fue restablecido gracias al ejemplo de un regimiento de Massachusetts que al agotar sus municiones £1ió la bayoneta al fusil y esperó al enemigo a pie firme. Por fin, la vanguardia de Kearny a las órdenes del general de brigada Berry (del Estado de Maine) estuvo al alcance de la vista. El ejército de Heintzelmann acogió a los salvadores largando furiosos hurras, y éste hizo tocar la marcha del regimiento, la Yankee Doodle y alineó delante de sus tropas agotadas los refuerzos de Berry, en un frente de alrededor de media milla. Después de un breve tiroteo con armas de fuego la brigada de Berry cargó con la bayoneta y del campo de batalla sacó al enemigo que se refugió en sus trincheras, la más grande de las cuales fue ocupada por las tropas de la Unión después de numerosos ataques y contrataques. Así se restableció el equilibrio de la batalla. La llegada de Berry había salvado a los unionistas. Alrededor de las cuatro, la llegada de las brigadas