Hoy, como hace quince años, Inglaterra se enfrenta a una catástrofe que amenaza con golpear la raíz de todo su sistema económico. Como es sabido, la patata constituía el alimento exclusivo de Irlanda y de una parte no desdeñable de la clase trabajadora inglesa cuando la plaga de la patata de 1845 y 1846 atacó con la podredumbre la raíz de la vida irlandesa. Los resultados de esta gran catástrofe son conocidos. La población irlandesa disminuyó en dos millones, de los cuales una parte murió de hambre y la otra huyó a través del Atlántico. Al mismo tiempo, esta terrible desgracia ayudó al partido librecambista inglés a triunfar; la aristocracia terrateniente inglesa se vio obligada a sacrificar uno de sus monopolios más lucrativos, y la abolición de las Leyes de Cereales* aseguró una base más amplia y sana para la reproducción y el sostenimiento de los millones de trabajadores.

Lo que la patata fue para la agricultura irlandesa, es el algodón para la rama dominante de la industria de Gran Bretaña. De su manufactura depende la subsistencia de una masa de gente mayor que el número total de habitantes de Escocia y que dos tercios del número actual de habitantes de Irlanda. Pues según el censo de 1861, la población de Escocia era de 3.061.117 personas, y la de Irlanda hoy de sólo 5.764.543, mientras que más de cuatro millones de personas en Inglaterra y Escocia viven directa o indirectamente de la industria algodonera. Ahora bien, la planta del algodón no está, en efecto, enferma. Tampoco su producción es el monopolio de unas pocas regiones de la tierra. Por el contrario, ninguna otra planta que proporcione materia textil prospera en zonas tan extensas de América, Asia y África. El monopolio algodonero de los estados esclavistas de la Unión americana no es un monopolio natural, sino histórico. Creció y se desarrolló simultáneamente con el monopolio de la industria algodonera inglesa en el mercado mundial. En el año 1793, poco después de la época de los grandes inventos mecánicos en Inglaterra, un cuáquero de Connecticut, Ely Whitney, inventó la desmotadora de algodón,* una máquina para limpiar el algodón que separa la fibra de la semilla. Antes de este invento, un día del trabajo más intensivo de un negro apenas bastaba para separar una libra de fibra de algodón de la semilla. Tras la invención de la desmotadora, una vieja negra podía suministrar cómodamente cincuenta libras de algodón al día, y mejoras graduales han duplicado posteriormente la eficiencia de la máquina. Las trabas que pesaban sobre el cultivo del algodón en los Estados Unidos quedaron así rotas. De la mano de la industria algodonera inglesa, creció rápidamente hasta convertirse en una gran potencia comercial. De vez en cuando, en el curso del desarrollo, Inglaterra parecía asustarse del monopolio del algodón americano como ante un espectro amenazador. Un momento así fue, por ejemplo, aquel en que se compró la emancipación de los negros en las colonias inglesas por £20.000.000.* Era motivo de inquietud que la industria en Lancashire y Yorkshire descansara sobre la soberanía del látigo esclavista en Georgia y Alabama, mientras que la nación inglesa se imponía un sacrificio tan grande para abolir la esclavitud en sus propias colonias. La filantropía, sin embargo, no hace la historia, y menos aún la historia comercial. Surgían dudas semejantes cada vez que se producía una pérdida de la cosecha de algodón en los Estados Unidos y, además, ese fenómeno natural era explotado por los esclavistas para elevar artificialmente aún más el precio del algodón mediante combinaciones. Los hilanderos y tejedores ingleses de algodón amenazaban entonces con rebelarse contra el «Rey Algodón». Salieron a la luz múltiples proyectos para obtener algodón de fuentes asiáticas y africanas. Así sucedió, por ejemplo, en 1850. Sin embargo, la buena cosecha siguiente en los Estados Unidos disipó triunfalmente tales anhelos de emancipación. De hecho, en los últimos años el monopolio algodonero americano alcanzó dimensiones apenas soñadas antes, en parte como consecuencia de la legislación librecambista, que derogó el arancel diferencial hasta entonces existente sobre el algodón cultivado por esclavos; en parte como consecuencia de los gigantescos avances simultáneos de la industria algodonera inglesa y del cultivo algodonero americano durante el último decenio. En el año 1857, el consumo de algodón en Inglaterra ascendió ya a cerca de 1.500 millones de libras.

Ahora, de repente, la Guerra Civil norteamericana amenaza este gran pilar de la industria inglesa. Mientras la Unión bloquea los puertos de los estados del Sur a fin de cortar la principal fuente de ingresos de los secesionistas impidiendo la exportación de su cosecha de algodón de este año, la Confederación dota a este bloqueo de fuerza coactiva con la decisión de no exportar una sola bala de algodón por propia voluntad, sino más bien de obligar a Inglaterra a ir ella misma a buscar su algodón a los puertos del Sur. Se trata de llevar a Inglaterra hasta el punto de romper por la fuerza el bloqueo, de declarar luego la guerra a la Unión y, con ello, de arrojar su espada en la balanza del lado de los estados esclavistas.

Desde el comienzo de la Guerra Civil norteamericana, el precio del algodón en Inglaterra subió continuamente; aunque por un tiempo considerable en menor grado de lo que era de esperar. En conjunto, el mundo mercantil inglés parecía contemplar la crisis americana con gran flema. La causa de esta manera de ver las cosas a sangre fría era inconfundible. La totalidad de la última cosecha americana se hallaba en Europa desde hacía tiempo. El rendimiento de una nueva cosecha nunca se embarca antes de finales de noviembre, y este embarque rara vez alcanza dimensiones importantes antes de finales de diciembre. Hasta entonces, por tanto, resultaba poco más o menos indiferente que las balas de algodón se retuvieran en las plantaciones o se enviaran a los puertos del Sur inmediatamente después de su empaque. Si el bloqueo cesara en cualquier momento antes de finales de año, Inglaterra podía contar con seguridad con recibir sus importaciones habituales de algodón en marzo o abril, como si el bloqueo jamás hubiera tenido lugar. El mundo mercantil inglés, en gran medida engañado por la prensa inglesa, cayó, sin embargo, en el espejismo de que un espectáculo de guerra de unos seis meses terminaría con el reconocimiento de la Confederación por parte de los Estados Unidos. Pero a finales de agosto, los norteamericanos aparecieron en el mercado de Liverpool para comprar algodón, en parte para especular en Europa, en parte para reexpedirlo a Norteamérica. Este acontecimiento inaudito abrió los ojos de los ingleses. Empezaron a comprender la gravedad de la situación. Desde entonces, el mercado algodonero de Liverpool se encuentra en un estado de febril excitación; los precios del algodón pronto se vieron elevados un 100 por ciento por encima de su nivel medio; la especulación con algodón adquirió las mismas características desenfrenadas que distinguieron la especulación ferroviaria en 1845.* Las fábricas de hilado y tejido en Lancashire y otras sedes de la industria algodonera británica limitaron su jornada de trabajo a tres días por semana; varias fábricas pararon por completo sus máquinas; no se hizo esperar la desastrosa repercusión sobre otras ramas industriales, y en estos momentos toda Inglaterra tiembla ante la proximidad de la mayor catástrofe económica que jamás la haya amenazado.

El consumo de algodón indio aumenta naturalmente, y la subida de los precios asegurará un nuevo incremento de las importaciones desde la antigua patria del algodón. No obstante, sigue siendo imposible cambiar radicalmente las condiciones de producción y el curso del comercio, por así decirlo, con un preaviso de unos pocos meses. Inglaterra expía ahora, de hecho, su larga mala administración de la India. Sus actuales intentos espasmódicos de sustituir el algodón americano por el indio tropiezan con dos grandes obstáculos: la falta de medios de comunicación y transporte en la India, y la miserable condición del campesino indio, que le impide aprovechar las circunstancias momentáneamente favorables. Pero, aparte de esto, aparte del proceso de mejoramiento por el que el algodón indio aún ha de pasar para poder ocupar el lugar del americano, incluso en las circunstancias más favorables, pasarán años antes de que la India pueda producir para la exportación la cantidad necesaria de algodón. Sin embargo, está estadísticamente demostrado que dentro de cuatro meses se agotarán las existencias de algodón en Liverpool. Durarán incluso tanto tiempo sólo si los hilanderos y tejedores de algodón británicos llevan la limitación de la jornada de trabajo a tres días por semana y la parada total de parte de la maquinaria a una escala aún mayor que hasta ahora. Semejante proceder ya está exponiendo a los distritos fabriles a los mayores sufrimientos sociales. ¡Pero si el bloqueo norteamericano continúa más allá de enero! ¿Qué sucederá entonces?