Que la Guerra Civil Americana, dado el espíritu inventivo de la nación y el alto nivel técnico de la ingeniería en América, habría de conducir a grandes avances y marcar el comienzo de una nueva época en el aspecto técnico de la guerra, era sólo de esperar. El combate entre el Monitor y el Merrimac,¹ al que la Allgemeine Militar-Zeitung volvió de nuevo,² ha justificado esta expectativa. Ahora tenemos algunos hechos nuevos que dejar consignados.

Aunque el resultado final fue favorable al buque de torreta, el combate entre el Monitor y el Merrimac no sirvió aún para decidir la cuestión de qué clase de buques de guerra era superior: si los de torreta o los de batería en andanada. Sin embargo, hace poco tiempo³ tuvo lugar un combate que, según todas las apariencias, zanjará el asunto de una vez por todas, y que examinamos con tanto mayor gusto por cuanto, a nuestro entender, apenas se conoce en Inglaterra y Francia, y en absoluto en Alemania.

Los confederados tenían en el puerto de Savannah un vapor mercante de construcción escocesa, el Fingal, blindado con 4 pulgadas de madera de pino, 4 pulgadas de roble y 4 pulgadas de hierro. El blindaje de hierro

¹ «1863» en la Allgemeine Militar-Zeitung, núm. 20, 16 de mayo de 1863.— Ed.

² El 17 de junio de 1863.— Ed.

⁃ El 17 de junio de 1863.— Ed.

consistía en dos capas de placas de 6 pulgadas de ancho y 2 pulgadas de espesor, la capa inferior horizontal y la superior vertical, aseguradas con fuertes pernos. A la manera del Merrimac, el blindaje estaba colocado inclinado o en forma de techo sobre el buque, aunque aplanado en la parte superior, de modo que el barco parecía una pirámide truncada. Llevaba 4 cañones de a seis pulgadas en batería lateral y dos cañones pivotantes de a siete pulgadas (a proa y a popa).

El Atlanta, como se llamaba el barco, descendió por el río Savannah una madrugada y pronto se topó con los dos buques de bloqueo, dos buques torreta, el Weehawken y el Nahant, que se dirigieron inmediatamente hacia él. (Para nuestra descripción del combate, seguimos el informe del New York Harper’s Weekly del 11 de julio.°) El Atlanta abrió el combate disparando tres cañonazos contra el Weehawken, que se acercó sin hacer fuego y luego respondió con balas sólidas de 440 libras (inglesas) de su cañón Dahlgren de 15 pulgadas.* El primer disparo atravesó ambos costados del Atlanta y puso fuera de combate a unos 40 hombres, en parte por las astillas, en parte por la conmoción. Entre estos últimos se encontraba un teniente que dijo después que no había podido mantenerse en pie durante diez minutos. El segundo disparo atravesó la cubierta de hierro de una tronera, matando o hiriendo a 17 hombres. El tercer proyectil destrozó la sección superior del puente blindado en la cubierta alta, matando a los dos prácticos y derribando a los dos timoneles. El cuarto dio en el borde, donde el costado del buque se une con la cubierta, y parece que rebotó sin causar daño alguno. El quinto atravesó la chimenea justo cuando el Atlanta izaba la bandera blanca para rendirse, antes de que el Nahant, que acababa de llegar a la escena, pudiera siquiera disparar un solo tiro. En un cuarto de hora todo había terminado.

Ayer, el autor de este artículo visitó la flota inglesa del Canal fondeada en el puerto de Liverpool. Allí se encontraban el Warrior, el Black Prince, el Royal Oak, el Defence, el Resistance —todos ellos buques de guerra con cañones en batería lateral (de ánima lisa, de 68 libras, calibre de 8 pulgadas, y Armstrong de 110 libras, calibre de 7 pulgadas), blindados con maderos de 18 a 24 pulgadas y hierro de 4,5 a 5 pulgadas; innegablemente la flota blindada más hermosa y poderosa a flote actualmente, que, si su calado lo permitiera, podría navegar impunemente entre cualquier fuerte costero europeo, tal como están armados actualmente, y entrar en el puerto que se halla tras ellos. Pero, ¿cómo le iría al mejor de estos buques frente a uno de esos buques torreta americanos con su cañón de 440 libras? A juzgar por las pruebas realizadas por los propios ingleses, un calibre mucho menor es suficiente para perforar sus costados; ¡qué estragos no causaría un proyectil de 440 libras en sus entrañas! Un solo impacto en la línea de flotación bastaría para hundir la nave, pues una vía de agua así no se puede taponar. A la vista de estos espléndidos buques, cada uno de los cuales debe de haber costado cerca de un millón de libras esterlinas, incluidos los experimentos, uno no puede por menos que pensar que todos ellos estaban ya condenados y completamente anticuados.

De ahora en adelante, parecería ser una necesidad absoluta equipar los buques de guerra con los calibres más pesados que un barco pueda llevar. Estos cañones, sin embargo, no pueden ser cañones de batería lateral; el mayor buque solo puede llevar unos pocos de ellos, y estos han de estar situados en el centro del barco. Pero esto solo es posible con buques torreta, y por esta razón los buques torreta constituirán, a partir de ahora, la fuerza decisiva de toda armada.

Es verdad que los buques torreta construidos hasta ahora solo han sido aptos para navegar en un sentido limitado. Esto se debía a que fueron construidos en América con un propósito específico: para operaciones en aguas costeras poco profundas. Si se construyen más grandes y se les da mayor calado, seguramente resultarán al menos tan marineros como los acorazados de batería lateral, que todavía dejan mucho que desear a este respecto. Pero, aun limitándonos a la experiencia que tenemos actualmente, los siguientes puntos son bastante claros:

1) Los buques torreta con cañones pesados (calibre de 10 a 15 pulgadas) son incomparablemente los buques más poderosos tanto para la defensa propiamente dicha como para operaciones ofensivas en costas cercanas.

2) Los acorazados con blindaje de hierro de 2,5 a 5 pulgadas y cañones de batería lateral de calibre de 8 pulgadas pueden ser de gran ventaja para operaciones a mayor distancia, contra costas, si se tienen estaciones carboneras y, sobre todo, si no se tiene que luchar contra buques torreta.

3) Para una verdadera táctica móvil en alta mar, los buques de madera siguen siendo los únicos adecuados. Solo ellos son capaces de llevar suficientes provisiones, carbón y municiones para transportar consigo su propia base de operaciones durante varios meses; solo ellos son capaces de efectuar por sí mismos las reparaciones necesarias tras un combate. En la India y en China, por ejemplo, los buques blindados de cualquier tipo serían inservibles, incluso en manos de los ingleses.

¿Cuáles son las conclusiones en lo que respecta a Alemania?

1) Aprender a fundir cañones del calibre americano y construir buques torreta. Dos de estos buques en el Elba o el Weser mantendrán despejada toda la costa del Mar del Norte. Cuatro de ellos en el Báltico pondrán el mar bajo nuestro control y, si es necesario, obligarán a Copenhague a capitular; entonces nadie volverá a tomar en serio a la actual armada danesa.* Aunque se introduzcan mejoras que hagan posibles buques torreta realmente marineros, los viejos seguirán siendo la mejor defensa portuaria que exista. En cualquier caso, son baratos.

2) Los acorazados de batería lateral de 6 a 7.000 toneladas como los ingleses y franceses cuestan cada uno tanto como seis buques torreta, mientras que dos buques torreta bastan para derrotar a uno de ellos. No valen lo que cuestan. En cambio, vapores de hélice muy rápidos de dimensiones moderadas, blindados con 2,5 a 3 pulgadas del mejor hierro (por ejemplo, de Estiria) y con unos pocos cañones, pero pesados, pueden prestar un servicio considerable contra las marinas existentes. Son capaces de eludir a las grandes y pesadas fragatas blindadas y pueden enfrentarse perfectamente a un navío de línea de madera.

3) Para operaciones a larga distancia son indispensables los buques de madera, tanto de vela como vapores de hélice. Ya tenemos la estación de China;⁴ está llamada a cobrar mayor importancia cada año. Mientras no tengamos allí una estación carbonera, los buques de vela son los únicos que pueden emplearse; por el momento, también bastan. Estaciones en las Indias Occidentales, en las costas oriental y occidental de América del Norte y del Sur y en el Levante se necesitan desde hace mucho; en todas partes hay que proteger el comercio alemán y ganar respeto para el nombre de Alemania. Un veinticinco por ciento de vapores por un setenta y cinco por ciento de buques de vela bastaría allí. En la patria, sin embargo, muchos buques grandes de madera no sirven de nada; de hecho, ya no tiene sentido alguno tener buques mayores que fragatas de 60 cañones, pues los navíos de línea actuales están anticuados, y los del futuro aún están por inventar.

II

Según la práctica establecida, al sitiar murallas fortificadas las baterías de brecha se emplazaban en la cresta del glacis, a unos cincuenta pasos del muro que se iba a batir. Cuando se propusieron las obras acasamatadas de Montalembert con muros de piedra descubiertos, y especialmente cuando tal mampostería descubierta se utilizó en muchos lugares de Alemania, se discutió mucho si tales muros de piedra podían ser brechados incluso a distancia; en cuanto a experimentos reales, sin embargo, el único que conocemos es el de Wellington en 1823, cuando un muro exento cubierto por una contraguardia fue brechado a 500 y 600 pasos por impactos indirectos. La Guerra de Crimea solo demostró que los fuertes costeros de piedra eran seguros contra los buques; Bomarsund solo demostró que el gobierno ruso había sido terriblemente estafado por los contratistas de obras. La Guerra de Italia no demostró nada, ya que nunca se llegó a operaciones de asedio. Hasta entonces se podía suponer que, con los medios artilleros disponibles en aquel momento, los muros de piedra descubiertos de las casamatas podían, en ciertas circunstancias, hacer posible una superior potencia de fuego tal contra las baterías de sitio que justificara su coste. Los ensayos de Jülich han demostrado que los cañones rayados con proyectiles de percusión, incluso de calibre ligero, son capaces de abrir brecha en fortificaciones de ladrillo a 1.200 pasos, incluso por un impacto indirecto. Y en América están ocurriendo ahora cosas que nos enseñan lecciones muy distintas.

Durante el ataque a Port Pulaski (a las afueras de Savannah), el general Gilmore (indiscutiblemente el primer artillero americano vivo) solo disponía de pesadas columbiads, cañones de ánima lisa de hasta 15 pulgadas de calibre para proyectiles sólidos y cargas potentes.** Emplazó sus baterías a 1.200 pasos y redujo a un montón de escombros en pocos días la fortificación acasamatada hecha de sólida mampostería. No obstante, este experimento le convenció de que a mayores distancias sus cañones no serían capaces de derribar fortificaciones de piedra. Desgraciadamente, carecemos de datos sobre las cargas, ya que todos los informes americanos están redactados de manera extremadamente superficial; pero es evidente que con tales cañones están completamente fuera de cuestión las cargas pesadas de 1/2 del peso del proyectil.

* El cañón Dahlgren es un cañón relativamente corto, de unas 12-14 veces el calibre de longitud. Su forma externa fue determinada por Dahlgren (hoy almirante al mando de Charleston) de la siguiente manera: a distancias iguales entre sí, se perforaban perpendicularmente al eje del ánima desde el exterior agujeros del calibre de fusil, y se cargaban con balas de fusil, mientras el cañón se cargaba y se disparaba de la forma habitual. La velocidad inicial de las balas individuales se determinaba de la manera normal y se tomaba como medida de la presión de los gases de la explosión en el punto correspondiente de la pared del tubo del cañón. Las abscisas correspondientes se trazaban sobre el eje del ánima como ordenadas, y la curva que las unía indicaba la forma exterior del cañón. Los cañones construidos según este principio son muy gruesos en la culata y en la región de los muñones, y solo se estrechan bruscamente hacia la boca. Parecen más bien una botella de agua de Seltz. Son de ánima lisa y se funden huecos, sobre un núcleo hueco por el que corre agua fría durante el enfriamiento. Este enfriamiento desde el interior confiere a los cañones tal resistencia —incluso de hierro fundido— que es posible fundir cañones de 15 y hasta 20 pulgadas de calibre capaces de soportar 500 disparos con una carga potente sin peligro. Destinados en un principio solo para proyectiles huecos, han sido luego reforzados para que también puedan disparar balas sólidas. Estos cañones reforzados se llaman Columbiads.

Gillmore exigió, por tanto, cañones rayados de grueso calibre para el asalto a Charleston, y los obtuvo. Eran los llamados cañones Parrott, piezas de retrocarga con 4 a 7 estrías según el calibre. El rayado es plano y tiene menor torsión que el de los cañones Armstrong. Las piezas son de hierro colado, con un anillo de hierro forjado soldado encima de la recámara, que alcanza hasta los muñones, y presentan la misma forma que los cañones ordinarios. Se dice que, quintal por quintal, cuestan exactamente la cuarta parte de lo que cuestan los pesados Armstrong ingleses. Los proyectiles eran cilindro-ojivales y llevaban una capa de metal blando para que se incrustara en el rayado.

Con estos cañones atacó Gillmore el fuerte Wagner (véase el plano de Charleston, recientemente publicado en el Allgemeine Militär-Zeitung). Pero esta fortificación, construida con la arena suelta de las dunas, resistió. Los abrigos cubiertos a prueba de bomba mantuvieron a salvo la guarnición, y varios asaltos fueron rechazados. Fue necesario preparar un ataque en regla, y para eso los cañones pesados resultaban demasiado buenos. Gillmore los hizo emplazar, por tanto, en tres nuevas baterías que había establecido frente a Fort Sumter, situado en medio de la entrada del puerto. Dichas baterías, una de las cuales se hallaba en el pantano, distaban de Fort Sumter entre 3.300 y 4.200 yardas (de 4.000 a 5.000 pasos).

Fort Sumter estaba construido sobre una isla artificial, con un ladrillo especial muy duro. Las murallas tenían de 6 a 7 pies de espesor, y hasta 12 en la base; las arcadas de las casamatas y los contrafuertes, de 8 a 9 pies. Contaba con dos plantas de casamatas y una planta de cañones sobre el techo, que disparaban a barbeta. Su forma era la de una luneta trunca; fundamentalmente, la gola y uno de los flancos eran los sectores expuestos a las baterías de Gillmore. El fuerte albergaba 140 emplazamientos de cañón.

El bombardeo duró 8 días, del 16 al 23 de agosto; de cuando en cuando intervino la marina, aunque sin gran éxito. Pero los rayados de 200 libras cumplieron su cometido. Cayeron primero los muros de la gola y del flanco, y luego los frentes tomados de revés.* Al final del bombardeo, el fuerte era, como dijo Gillmore, una masa informe de ruinas. En total se dispararon 7.551 proyectiles, de los cuales 5.626 hicieron blanco (¡a estas distancias enormes!); 3.495 impactaron en la superficie exterior de los muros y 2.130 en la interior. Después de haber batido los muros durante un tiempo, muchos proyectiles atravesaron ambos por completo.

Gillmore disponía también de un rayado de 300 libras, pero reventó al séptimo disparo. Se dice, sin embargo, que los primeros seis proyectiles atravesaron ambos muros y causaron derrumbes de obra de fábrica de hasta 20 pies de altura en algunos puntos.

* N.º 20, 16 de mayo de 1863.— Ed.

Como es comprensible, el fuerte apenas respondió a los fuegos. Las baterías no podían ofrecer blanco visible a media milla alemana de distancia, aunque hubiera habido cañones con semejante alcance. Al encontrarse bajo el fuego cercano de muchas baterías confederadas, no se intentó ocuparlo de inmediato; pero ahora que han caído el fuerte Wagner y Cummings Point, es probable que esto ya haya ocurrido.**

Desde las mismas baterías lanzó Gillmore 15 bombas incendiarias sobre la ciudad de Charleston —a más de una milla alemana de distancia— y solo interrumpió el bombardeo porque, tras un recorrido tan largo, sus proyectiles de percusión, al no caer de punta, no estallaban.

¿Qué hemos de sacar en Alemania de todos estos disparos? ¿Qué pensar de nuestras fortificaciones de muros de piedra, desenfiladas? ¿Y de los fuertes destacados, a 800–1.200 pasos del recinto principal, que supuestamente han de proteger la plaza contra el bombardeo? ¿Qué decir de los reductos de los fuertes de Colonia, de las puertas de flanqueo de Coblenza, y qué de Ehrenbreitstein? Nuestros enemigos, que son potencias navales, dispondrán pronto de artillería rayada de los calibres más pesados en cantidad suficiente, y ferrocarriles para transportarla los hay por doquier. Por otro lado, que nosotros sepamos, el mayor calibre rayado introducido hasta ahora es el del cañón de 24 libras, aproximadamente 4 1/2 pulgadas: un verdadero cañón enano en comparación con lo que nuestros enemigos nos echarán encima; y, aun cuando tuviéramos en nuestras casamatas la misma artillería, no sería posible batir baterías a 5.000 pasos. Nuestras fortalezas del Rin, por insuficientemente fortificada que esté la línea del río, han sido hasta ahora nuestra fuerza principal frente al primer ataque francés; pero ¿qué valen tras experiencias como las arriba descritas?

No es momento para reflexiones. Hay que actuar, y de inmediato. Cualquier demora puede costarnos una campaña. Videant consules, ne quid respublica detrimenti captat.