La decadencia de la infantería romana halló continuación en la de los soldados de infantería bizantinos. Se mantenía aún una especie de leva forzosa, pero sin otro resultado que formar la misma hez del ejército. Auxiliares y mercenarios bárbaros componían sus partes mejores, pero ni siquiera éstas tenían gran valor. La organización jerárquica y administrativa de las tropas se perfeccionó hasta un estado de burocracia casi ideal, pero con el mismo resultado que hoy vemos en Rusia: una perfecta organización del desfalco y del fraude a costa del Estado, con ejércitos que costaban sumas enormes y que en parte sólo existían sobre el papel. El contacto con la caballería irregular de Oriente fue reduciendo cada vez más la importancia y la calidad de la infantería. Los arqueros montados se convirtieron en el arma favorita; la mayor parte, si no toda, de la infantería estaba también equipada con el arco, además de la lanza y la espada. Así, el combate a distancia se puso de moda y los encuentros cuerpo a cuerpo se consideraban anticuados. La infantería era tenida por una bazofia tal que intencionadamente se la mantenía alejada del campo de batalla y se la destinaba sobre todo al servicio de guarnición; la mayor parte de las batallas de Belisario las libró la caballería en exclusiva, y cuando la infantería intervenía en ellas, era seguro que huía. Su táctica se basaba enteramente en el principio de evitar el combate a corta distancia y de cansar al enemigo. Si con esto tuvo éxito frente a los godos, que no poseían armas de largo alcance en absoluto, escogiendo un terreno quebrado en el que su falange no podía actuar, fue derrotado por los francos, cuya infantería conservaba algo del antiguo modo de combatir romano, y por los persas, cuya caballería era ciertamente superior a la suya.

Los invasores germánicos del Imperio romano estaban compuestos originariamente, en su mayor parte, por infantería y combatían en una especie de falange dórica: los jefes y los hombres más ricos en las primeras filas, los demás tras ellos. Sus armas eran la espada y la lanza. Sin embargo, los francos llevaban hachas de combate cortas, de doble filo, que arrojaban, como el *pilum* romano, contra la masa enemiga en el momento justo antes de cargar con la espada en la mano. Ellos y los sajones conservaron durante algún tiempo una infantería buena y respetada; pero gradualmente los conquistadores teutones adoptaron en todas partes el servicio de caballería, y dejaron el deber de los soldados de infantería a los provinciales romanos conquistados; de este modo, el servicio de infantería pasó a ser despreciado como atributo de esclavos y siervos, y el carácter del soldado de a pie decayó necesariamente en la misma proporción. Hacia finales del siglo X, la caballería era la única arma que decidía realmente las batallas en toda

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Europa; la infantería, aunque mucho más numerosa en todo ejército que la caballería, no era más que una chusma mal armada, sin apenas intento de organización. Un soldado de infantería ni siquiera era considerado soldado; la palabra *miles* se convirtió en sinónimo de jinete. La única posibilidad de mantener una infantería respetable residía en las ciudades, especialmente en Italia y Flandes. Éstas tenían una milicia propia, forzosamente compuesta de infantería; y como su servicio para la protección de las ciudades, en medio de las interminables querellas entre los nobles circundantes, era permanente, pronto se consideró conveniente disponer de una fuerza de mercenarios pagados en lugar de una milicia compuesta por los ciudadanos, reservándose esta última fuerza para ocasiones extraordinarias. Aun así, no encontramos que los contingentes de las ciudades mostraran una superioridad marcada sobre el tropel de peones reunidos por los nobles, a los que en batalla siempre se dejaba proteger el bagaje. Esto vale, por lo menos, para el período clásico de la caballería. En la caballería de aquellos tiempos, cada caballero aparecía armado cap-a-pied,a cubierto por completo de armadura, y montando un caballo armado de modo similar. Le acompañaba un escudero con armamento algo más ligero, y algunos otros hombres montados sin armadura y armados con arcos. En el orden de batalla, estas fuerzas se disponían según un principio similar al de la antigua falange dórica: los caballeros fuertemente armados en primer lugar, los escuderos en la segunda fila y los arqueros montados tras ellos. Estos últimos, por la naturaleza de su arma, pronto se emplearon en combate desmontado, lo cual se convirtió cada vez más en la regla para ellos, de modo que sus caballos se usaban principalmente para la locomoción, no para una carga. Los arqueros ingleses, armados con el arco largo, mientras que los del sur de Europa llevaban la ballesta, sobresalieron especialmente en esta forma de combatir a pie, y fue muy probablemente esta circunstancia la que pronto llevó a una extensión, en este servicio, de la lucha desmontada. No hay duda de que, en sus largas campañas en Francia, los caballos de los caballeros fuertemente armados se agotaban enseguida y quedaban inservibles para otra cosa que no fuera el transporte. En esta situación, era natural que los gendarmes peor montados desmontaran y formasen una falange de lanzas, completada por la parte mejor de los peones (especialmente los galeses); mientras que aquéllos cuyos caballos aún estaban en condiciones para cargar formaban ahora la caballería de combate propiamente dicha. Semejante disposición parecía muy adecuada para batallas defensivas, y sobre ella se basaron todas las batallas del Príncipe Negro,b y, como bien se sabe, con pleno éxito. El nuevo modo de combatir fue pronto adoptado por los franceses y otras naciones, y puede considerarse casi como el sistema normal de los siglos XIV y XV. Así, después de 1.700 años, nos vemos devueltos casi a la táctica de Alejandro; con esta única diferencia: que con Alejandro la caballería era un arma nuevamente introducida, que tenía que reforzar las capacidades declinantes de la infantería pesada, mientras que aquí la infantería pesada, formada por jinetes desmontados, era una prueba viva de que la caballería estaba en decadencia y de que un nuevo día había amanecido para la infantería.

IV. EL RESURGIMIENTO DE LA INFANTERÍA

De las ciudades flamencas, el primer distrito manufacturero del mundo, y de las montañas suizas, surgieron las primeras tropas que, después de siglos de decadencia, merecieron de nuevo el nombre de infantería. La caballería francesa sucumbió tanto ante los tejedores y bataneros, los orfebres y curtidores de las ciudades belgas, como la nobleza borgoñona y austríaca ante los campesinos y vaqueros de Suiza. Buenas posiciones defensivas y un armamento ligero hicieron lo principal, apoyados, en el caso de los flamencos, por numerosas armas de fuego, y en el de los suizos, por un país casi impracticable para los caballeros fuertemente armados de la época. Los suizos llevaban principalmente alabardas cortas, que podían usarse tanto para golpear como para herir de punta, y que no eran demasiado largas para la lucha cuerpo a cuerpo; posteriormente también tuvieron picas, ballestas y armas de fuego; pero en una de sus batallas más célebres, en Laupen (1339),° no tenían más armas para el combate a distancia que piedras. De los encuentros defensivos en sus montañas inaccesibles, pasaron pronto a batallas ofensivas en la llanura, y con ellas, a una táctica más regular. Combatían en una falange profunda; la armadura defensiva era ligera y, en general, se limitaba a las filas delanteras y a las hileras de los flancos, llenándose el centro con hombres sin armadura; sin embargo, la falange suiza se formaba siempre en 3 cuerpos distintos: una vanguardia, un grueso y una retaguardia, con lo que se aseguraban una mayor movilidad y la posibilidad de variadas disposiciones tácticas. Pronto se hicieron expertos en aprovechar los accidentes del terreno, lo cual, unido al perfeccionamiento de las armas de fuego, les protegía contra el embate de la caballería, mientras que contra la infantería armada con largas lanzas idearon diversos medios para abrirse paso en algún punto a través del bosque de lanzas, tras lo cual sus cortas y pesadas alabardas les daban una ventaja inmensa, incluso contra hombres enfundados en armaduras. Muy pronto aprendieron, especialmente cuando estaban asistidos por artillería y pequeñas

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armas de fuego, a resistir en cuadros o cuerpos en forma de cruz las cargas de la caballería; y tan pronto como una infantería volvió a ser capaz de hacer eso, los días de la caballería estaban contados.

Hacia mediados del siglo XV, la lucha de las ciudades contra la nobleza feudal había sido retomada en todas partes por los príncipes de las monarquías más grandes que se estaban consolidando, y en consecuencia éstos habían comenzado a formar ejércitos de mercenarios tanto para someter a los nobles como para llevar a cabo objetivos independientes de política exterior. Junto a los suizos, los alemanes, y poco después la mayoría de las demás naciones europeas, empezaron a proveer grandes contingentes de mercenarios, reclutados mediante alistamiento voluntario y vendiendo sus servicios al mejor postor sin consideración alguna de nacionalidad. Estas bandas se formaban tácticamente según el mismo principio que los suizos; iban armadas principalmente con picas y combatían en grandes batallones cuadrados, con tantas filas de profundidad como hombres tenía la primera fila. Tenían que combatir, sin embargo, bajo circunstancias diferentes de las de los suizos que defendían sus montañas; tenían que atacar tanto como resistir en posiciones defensivas; tenían que enfrentarse al enemigo en las llanuras de Italia y Francia tanto como en las colinas; y muy pronto se encontraron cara a cara con las armas de fuego pequeñas, que mejoraban rápidamente. Estas circunstancias provocaron algunas desviaciones de la vieja táctica suiza, que eran diferentes según las distintas nacionalidades; pero las características principales, la formación en 3 columnas profundas, que figuraban de nombre, si no siempre de hecho, como vanguardia, grueso y retaguardia o reserva, siguieron siendo comunes a todas. Los suizos conservaron su superioridad hasta la batalla de Pavía,’ después de la cual los Landsknechte alemanes, que ya desde hacía algún tiempo les habían estado cerca si no a la par, fueron considerados la primera infantería de Europa. Los franceses, cuya infantería todavía no había servido nunca para nada, se esforzaron mucho durante este período en formar un cuerpo nacional útil de soldados de a pie; pero sólo tuvieron éxito con los naturales de dos provincias, los picardos y los gascones. La infantería italiana de este período nunca contó para nada. Sin embargo, los españoles, entre quienes Gonsalvo de Córdova, durante las guerras con los moros de Granada,’ introdujo por primera vez la táctica y el armamento suizos, alcanzaron muy pronto una reputación considerable y después de mediados del siglo XVI empezaron a ser tenidos por la mejor infantería de Europa. Mientras los italianos, y tras ellos los franceses y alemanes, alargaron la pica de 10 a 18 pies, ellos conservaron lanzas más cortas y manejables, y su agilidad los hizo muy temibles con la espada y la daga en el encuentro cercano. Mantuvieron esta reputación en Europa occidental —al menos en Francia, Italia y los Países Bajos— hasta finales del siglo XVII.

El desprecio de los suizos por la armadura defensiva, basado en tradiciones de una época diferente, no fue compartido por los piqueros del siglo XVI. Tan pronto como se formó una infantería europea en la que los distintos ejércitos se iban igualando cada vez más en cualidades militares, el sistema de revestir la falange con unos pocos hombres cubiertos con petos y cascos resultó insuficiente. Si los suizos habían considerado tal falange impenetrable, ya no era el caso cuando se encontraba con otra falange enteramente igual. Aquí cierta cantidad de armadura defensiva cobraba alguna importancia; mientras no impidiera demasiado la movilidad de las tropas, era una ventaja decidida. Los españoles, además, nunca habían participado de ese desprecio por los petos, y empezaron a ser respetados. En consecuencia, petos, cascos, quijotes, brazales y guanteletes empezaron de nuevo a formar parte del equipo regular de todo piquero. A ello se añadía una espada, más corta entre los alemanes, más larga entre los suizos, y de vez en cuando una daga.

V. LA INFANTERÍA DE LOS SIGLOS XVI Y XVII

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a De la cabeza a los pies.— Ed.
b Edward, Prince of Wales.—FEd.

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El arco largo había desaparecido hacía ya tiempo del continente europeo, salvo en Turquía; la ballesta hizo su última aparición entre los gascones franceses en el primer cuarto del siglo XVI. Fue sustituido en todas partes por el mosquete de mecha, que, en distintos grados de perfección, o más bien de imperfección, pasó a ser entonces el arma secundaria de la infantería. Los mosquetes de mecha del siglo XVII, máquinas pesadas y de construcción defectuosa, eran de calibre muy grueso, para asegurar, además del alcance, cierta precisión al menos, y la fuerza necesaria para perforar la coraza de un piquero. La forma generalmente adoptada hacia 1530 fue el mosquete pesado que se disparaba apoyado en una horquilla, ya que un hombre no podía apuntar sin ese soporte. Los mosqueteros llevaban espada, pero ninguna armadura defensiva, y se empleaban ya en escaramuzas, ya en una especie de orden abierto, para mantener posiciones defensivas o preparar la carga de los piqueros para el ataque de tales posiciones. Pronto llegaron a ser muy numerosos en proporción a los piqueros; en las batallas de Francisco I en Italia eran muy inferiores en número a los piqueros, pero al cabo de 30 años los igualaban al menos en cantidad. Este aumento del número de mosqueteros obligó a inventar algún método táctico para encajarlos regularmente en el orden de batalla. Esto se hizo mediante el sistema de táctica denominado ordenanza húngara, inventado por las tropas imperiales en sus guerras contra los turcos en Hungría. Los mosqueteros, al no poder defenderse en el cuerpo a cuerpo, se situaban siempre de manera que pudieran retirarse detrás de los piqueros. Así, a veces se colocaban en una u otra ala, a veces en las cuatro esquinas de las alas; muy a menudo todo el cuadrado o columna de piqueros estaba rodeado por una fila de mosqueteros, que hallaban protección bajo las picas de los hombres de las filas traseras. Finalmente, el plan de situar a los mosqueteros en los flancos de los piqueros se impuso en el nuevo sistema táctico introducido por los holandeses en su guerra de independencia. Este sistema se distingue especialmente por la subdivisión de las tres grandes falanges en que se formaba todo ejército, tanto según la táctica suiza como la húngara. Cada una de ellas se formaba en tres líneas; la del centro se subdividía a su vez en un ala derecha y un ala izquierda, separadas entre sí por una distancia al menos igual a la extensión del frente de la primera línea. Estando todo el ejército organizado en medios regimientos, que llamaremos batallones, cada batallón tenía a sus piqueros en el centro y a sus mosqueteros en los flancos. La vanguardia de un ejército, compuesta de tres regimientos, se formaría por lo tanto de la siguiente manera: dos medios regimientos en línea contigua en la primera línea; detrás de cada una de sus alas otro medio regimiento; más a retaguardia, y cubriendo la primera línea, los dos medios regimientos restantes, también en línea contigua. El grueso y la retaguardia podían colocarse en el flanco o detrás de la vanguardia, pero se formarían según el mismo plan. Aquí tenemos, en cierto grado, un retorno a la antigua formación romana en tres líneas y en pequeños cuerpos separados.

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Los imperiales, y con ellos los españoles, habían visto la necesidad de dividir sus grandes ejércitos en más de las tres masas ya mencionadas; pero sus batallones o unidades tácticas eran mucho mayores que los holandeses, combatían en columna o en cuadro en vez de en línea, y no tuvieron una formación regular de orden de batalla hasta que, durante la guerra de independencia holandesa, los españoles comenzaron a formarlos en lo que se conoce como brigada española. Cuatro de estos grandes batallones, compuesto cada uno a menudo de varios regimientos, formados en cuadro, rodeados por una o dos filas de mosqueteros, y con alas de mosqueteros en las esquinas, se disponían a intervalos adecuados en las cuatro esquinas de un cuadrado, con una esquina vuelta hacia el enemigo. Si el ejército era demasiado grande para caber en una sola brigada, se podían formar dos; y así surgieron tres líneas, con dos batallones en la primera, cuatro (a veces solo tres) en la segunda y dos en la tercera. Como en el sistema holandés, encontramos aquí el intento de retornar al antiguo sistema romano de tres líneas.

Otro gran cambio tuvo lugar durante el siglo XVI; la caballería pesada de los caballeros fue descompuesta y sustituida por una caballería mercenaria, armada de manera similar a nuestros coraceros modernos, con coraza, casco, espada y pistolas. Esta caballería, muy superior en movilidad a sus predecesoras, se hizo así también más temible para la infantería; sin embargo, los piqueros de la época nunca la temieron. Con este cambio la caballería se convirtió en un arma uniforme, y entró en una proporción mucho mayor en la composición de los ejércitos, especialmente durante el período que ahora hemos de considerar, a saber, la guerra de los Treinta Años. En esa época el sistema de servicio mercenario era universal en Europa; se había formado una clase de hombres que vivían de la guerra y por la guerra; y aunque la táctica pudiera haber ganado con ello, el carácter de los hombres, el material que componía los ejércitos así como su moral, ciertamente habían sufrido. Europa Central se vio invadida por condottieri de toda laya, que tomaban las querellas religiosas y políticas como pretexto para saquear y devastar todo el país. El carácter del soldado individual había entrado en esa degradación que fue en aumento hasta que la Revolución Francesa barrió finalmente este sistema de servicio mercenario. Los imperiales formaban sus batallas según el sistema de la brigada española, disponiendo cuatro o más brigadas en línea y formando así tres líneas. Los suecos bajo Gustavo Adolfo formaban en brigadas suecas, cada una compuesta de tres batallones, uno al frente y dos un poco a retaguardia, cada uno desplegado en línea, con las picas en el centro y los mosqueteros en las alas. Estaban dispuestos de tal manera (estando ambas armas representadas en número igual), que formando una línea contigua cada una podía cubrir a la otra. Suponiendo que se diera la orden de formar una línea contigua de mosqueteros, las dos alas de esa arma del batallón del centro o de vanguardia cubrirían sus propias picas avanzando delante de ellas, mientras que las de los otros dos batallones avanzarían, cada una por su flanco, a alinearse con la primera. Si se temía un ataque de la caballería, todos los mosqueteros se retiraban detrás de los piqueros, mientras que las dos alas de estos últimos avanzaban a alinearse con el centro, y formaban así una línea contigua de picas. El orden de batalla se formaba con dos líneas de tales brigadas, que componían el centro del ejército, mientras que la numerosa caballería se estacionaba en las dos alas, entremezclada con pequeños cuerpos de mosqueteros. Lo característico de este sistema sueco es que los piqueros, que en el siglo XVI habían sido la gran arma ofensiva, habían perdido ahora toda capacidad de ataque. Se habían convertido en un mero medio de defensa, y su oficio era proteger a los mosqueteros de una carga de caballería; era esta última arma, de nuevo, la que tenía que realizar toda la labor de ataque. Así, la infantería había perdido terreno y la caballería lo había recuperado. Pero entonces Gustavo Adolfo puso fin al fuego, que se había convertido en un modo favorito de combate de la caballería, y ordenó a sus jinetes cargar siempre a toda velocidad y espada en mano; y desde entonces hasta que se reanudó el combate en terreno accidentado, toda caballería que se atuvo a estas tácticas pudo jactarse de grandes éxitos sobre la infantería. No puede haber mayor condena de la infantería mercenaria de los siglos XVII y XVIII que ésa; y sin embargo era, a todos los efectos de la batalla, la infantería más disciplinada de todos los tiempos.

El resultado general de la guerra de los Treinta Años sobre la táctica europea fue que tanto las brigadas suecas como las españolas desaparecieron, y los ejércitos se dispusieron en dos líneas, formando la caballería las alas y la infantería el centro. La artillería se colocaba delante del frente o en los intervalos de las otras armas. A veces se conservaba una reserva de caballería, o de caballería e infantería. La infantería se desplegaba en línea, con 6 de fondo; los mosquetes se habían aligerado tanto que se pudo prescindir de la horquilla, y en todas partes se habían adoptado los cartuchos y las cartucheras. La mezcla de mosqueteros y piqueros en los mismos batallones de infantería dio lugar ahora a los movimientos tácticos más complicados, todos basados en la necesidad de formar lo que se llamaban batallones defensivos, o lo que nosotros llamaríamos cuadros contra la caballería. Incluso en un simple cuadro, no era poca cosa lograr que las 6 filas de piqueros del centro se separaran de tal modo que rodearan por completo en todos los lados a los mosqueteros, quienes, por supuesto, estaban indefensos contra la caballería; ¡pero qué no sería formar de manera semejante el batallón en cruz, en octágono u otras figuras caprichosas! Así sucedió que el sistema de instrucción de este período fue el más complicado que jamás se haya visto, y nadie, salvo un soldado de por vida, tenía posibilidad alguna de alcanzar siquiera la más común destreza en él. Al mismo tiempo, es evidente que, ante el enemigo, todos estos intentos de formar un cuerpo capaz de resistir a la caballería eran perfectamente inútiles; cualquier caballería decente habría estado en medio de tal batallón antes de que se hubiera podido ejecutar la cuarta parte de los movimientos.

Durante la segunda mitad del siglo XVII, el número de piqueros se redujo mucho en proporción al de mosqueteros; pues desde el momento en que habían perdido todo poder de ataque, los mosqueteros eran la parte realmente activa de la infantería. Además, se comprobó que la caballería turca, la más formidable de la época, irrumpía muy a menudo en los cuadros de piqueros, mientras que era rechazada con igual frecuencia por el fuego bien dirigido de una línea de mosqueteros. En consecuencia, los imperiales suprimieron todas las picas en su ejército húngaro, y las sustituían a veces por caballos de frisia, que se armaban sobre el terreno, llevando los mosqueteros las cuchillas como parte de su equipo ordinario. También en otros países se dieron casos de que los ejércitos fueran enviados al campo sin un solo piquero, confiando los mosqueteros en su fuego y en la ayuda de su propia caballería cuando se veían amenazados por una carga de caballería. Sin embargo, se necesitaron dos inventos para eliminar por completo la pica: la bayoneta, inventada en Francia hacia 1640 y perfeccionada en 1699 hasta convertirse en el arma manejable que se usa ahora; y la llave de chispa, inventada hacia 1650. La primera, aunque ciertamente un sustituto imperfecto de la pica, permitía al mosquetero darse, en cierta medida, aquella protección que hasta entonces se suponía que encontraba en los piqueros; la segunda, al simplificar el proceso de carga, le permitía hacer mucho más que compensar con la rapidez de fuego las imperfecciones de la bayoneta.

VI. LA INFANTERÍA DEL SIGLO XVIII

Con la sustitución de la pica, toda armadura defensiva desapareció del equipo de infantería, y esta arma quedó compuesta en adelante por una sola clase de soldados, armados con el mosquete de chispa y la bayoneta. Este cambio se consumó en los primeros años de la guerra de sucesión española, a coincidiendo con los primeros años del siglo XVIII. a La New American Cyclopaedia indica aquí 1670. — Ed.

Al mismo tiempo, encontramos ya por doquier ejércitos permanentes de considerable magnitud, reclutados tanto como fuera posible mediante alistamiento voluntario combinado con el secuestro, pero, en caso necesario, también por conscripción forzosa. Estos ejércitos estaban ahora organizados regularmente en batallones de 500 a 700 hombres como unidades tácticas, subdivididos para fines especiales en compañías; varios batallones formaban un regimiento. De este modo, la organización de la infantería comenzó a adoptar una forma más estable y asentada. Como el manejo del fusil de chispa requería mucho menos espacio que el del viejo mosquete de mecha, se suprimió el antiguo orden abierto y las filas se cerraban bien apretadas unas contra otras, con el fin de disponer del mayor número posible de hombres disparando en el mismo espacio. Por la misma razón, los intervalos entre los distintos batallones en la línea de batalla se redujeron al mínimo, de modo que todo el frente formaba una línea rígida e ininterrumpida; la infantería, en dos líneas, en el centro, y la caballería en las alas.

El fuego, que antes se hacía por filas, retirándose cada fila a retaguardia para recargar después de haber disparado, se hacía ahora por pelotones o compañías, disparando simultáneamente las tres filas delanteras de cada pelotón a la voz de mando. De este modo, cada batallón podía mantener un fuego ininterrumpido contra el enemigo que tenía al frente. Cada batallón ocupaba un lugar distinto en esta larga línea, y la orden que asignaba a cada uno su puesto se llamaba orden de batalla. La gran dificultad consistía ahora en organizar el orden de marcha del ejército de manera que siempre pudiera pasar con facilidad de la formación de marcha a la de combate, y que cada parte de la línea ocupara enseguida y con rapidez el lugar que le correspondía. Los campamentos al alcance del enemigo se disponían con el mismo propósito. De este modo, el arte de hacer marchar y acampar a los ejércitos progresó mucho durante esta época; no obstante, la rigidez y la falta de maniobrabilidad del orden de batalla constituían una pesada traba para todos los movimientos de un ejército. Al mismo tiempo, su formalismo, y la imposibilidad de manejar una línea semejante más que en las llanuras más niveladas, restringían aún más la elección del terreno para los campos de batalla; pero mientras ambos bandos estuvieron atados por las mismas trabas, esto no representó desventaja para ninguno. Desde Malplaquet*” hasta el estallido de la Revolución Francesa, un camino, una aldea o un corral eran tabú para la infantería; incluso una zanja o un seto eran considerados casi un inconveniente por quienes tenían que defenderlos.

La infantería prusiana es la infantería clásica del siglo XVIII. Fue formada principalmente por el príncipe Leopoldo de Dessau. Durante la guerra de sucesión española, la línea de infantería se había reducido de 6 a 4 de fondo. Leopoldo suprimió la cuarta fila y formó a los prusianos en 3 de fondo. Introdujo también la baqueta de hierro, que permitía a sus tropas cargar y disparar 5 veces por minuto, mientras que los demás apenas disparaban 3. Al mismo tiempo, se los adiestraba para disparar mientras avanzaban; pero como tenían que detenerse para hacer fuego, y como había que mantener la alineación de toda la larga línea, el paso era forzosamente lento: lo que se llama el paso de ganso. El fuego comenzaba a 200 yardas del enemigo; la línea avanzaba al paso de ganso, acortando el paso y redoblando el fuego a medida que se acercaba al enemigo, hasta que éste cedía o quedaba tan quebrantado que una carga de la caballería desde las alas, y un avance a la bayoneta de la infantería, lo arrojaban de su posición. El ejército se formaba siempre en dos líneas; pero como apenas había intervalos en la primera, resultaba muy difícil que la segunda acudiera en ayuda de la primera cuando era necesario. Tal era el ejército y tales eran las tácticas que Federico II de Prusia encontró a su disposición al subir al trono. Parecía haber muy pocas posibilidades de que un hombre de genio mejorase este sistema, a menos que lo rompiera por completo, cosa que Federico, en su posición y con el material de soldados de que disponía, no podía hacer. Con todo, se las ingenió para organizar su modo de ataque y su ejército de tal manera que, con los recursos de un reino más pequeño que la Cerdeña actual y con escaso apoyo pecuniario de Inglaterra, pudo sostener una guerra contra casi toda Europa. El misterio se explica fácilmente. Hasta entonces, las batallas del siglo XVIII habían sido batallas paralelas: ambos ejércitos se desplegaban en líneas paralelas entre sí, luchando en una llanura, en un combate limpio y frontal, sin estratagemas ni ardides de artificio; la única ventaja que obtenía la parte más fuerte era que sus alas desbordaban las del adversario. Federico aplicó al orden de batalla en línea el sistema de ataque oblicuo inventado por Epaminondas. Elegía un ala del enemigo para el primer ataque y lanzaba contra ella una de sus alas, que desbordaba la del enemigo, y parte de su centro, mientras retenía al resto de su ejército. De esta manera, no sólo tenía la ventaja de desbordar al enemigo, sino también la de aplastar con fuerzas superiores a las tropas expuestas a su ataque. Las demás tropas enemigas no podían acudir en auxilio de las atacadas; pues no sólo estaban atadas a sus puestos en la línea, sino que, cuando el ataque contra un ala resultaba victorioso, el resto del ejército entraba en línea y empeñaba al centro enemigo por el frente, en tanto que el ala atacante original, después de haber derrotado el ala, caía sobre su flanco. Éste era, en efecto, el único método imaginable mediante el cual, manteniendo el sistema de líneas, era posible lanzar una fuerza superior sobre cualquier punto de la línea de batalla enemiga. Todo dependía, pues, de la formación del ala atacante; y en la medida en que la rigidez del orden de batalla lo consentía, Federico siempre la reforzaba. Muy a menudo situaba delante de la primera línea de infantería del ala atacante una línea avanzada formada por sus granaderos o tropas de élite, para asegurar el éxito en la mayor medida posible desde el primer choque.

El segundo medio que Federico empleó para mejorar su ejército fue la reorganización de su caballería. Las enseñanzas de Gustavo Adolfo se habían olvidado; la caballería, en lugar de confiar en la espada y el ímpetu de la carga, había vuelto, salvo raras excepciones, a combatir con la pistola y la carabina. Por eso, las guerras de principios del siglo XVIII no abundaron en cargas victoriosas de jinetes; la caballería prusiana estaba especialmente descuidada. Pero Federico volvió al viejo plan de cargar espada en mano y a galope tendido, y formó una caballería sin igual en la historia; y a esta caballería debió una parte muy grande de sus éxitos. Cuando su ejército se convirtió en el modelo de Europa, Federico, para cegar a los militares de otras naciones, empezó a complicar hasta un grado asombroso el sistema de evoluciones tácticas, todas ellas inadecuadas para la guerra real y destinadas únicamente a ocultar la sencillez de los medios que le habían procurado la victoria. Tuvo tanto éxito en esto que nadie quedó más cegado que sus propios subordinados, quienes realmente creían que esos complicados métodos de formar la línea eran la verdadera esencia de su táctica; y de este modo Federico, además de poner los cimientos de esa pedantería y ese martinetismo que desde entonces han distinguido a los prusianos, los preparó realmente para la deshonra sin par de Jena y Auerstadt.*”

Junto a la infantería de línea, que hemos descrito hasta aquí y que combatía siempre en filas cerradas, existía cierta clase de infantería ligera; pero ésta no aparecía en las grandes batallas. Su misión era la guerra de partidas; para ella los croatas austríacos estaban admirablemente adaptados, mientras que para cualquier otro fin eran inútiles. Siguiendo el modelo de estos medio salvajes de la frontera militar contra Turquía, los demás Estados europeos formaron su infantería ligera. Pero el escaramuceo en las grandes batallas, tal como lo practicaban los infantes ligeros de la Antigüedad y de la Edad Media, e incluso hasta el siglo XVII, había desaparecido por completo. Tan sólo los prusianos, y después de ellos los austríacos, formaron uno o dos batallones de fusileros, compuestos de guardabosques y guardas forestales, todos tiradores de primera, que en la batalla se distribuían por todo el frente y disparaban contra los oficiales; pero eran tan pocos que apenas contaban. La resurrección del escaramuceo es producto de la guerra de independencia americana. Mientras que a los soldados de los ejércitos europeos, mantenidos unidos por la compulsión y un trato severo, no se les podía confiar el combate en orden abierto, en América tenían que habérselas con una población que, sin adiestramiento en la instrucción regular del soldado de línea, eran buenos tiradores y muy conocedores del rifle. La naturaleza del terreno los favorecía; en lugar de intentar maniobras de las que al principio eran incapaces, cayeron inconscientemente en el escaramuceo. Así, el combate de Lexington y Concord marca una época en la historia de la infantería.