Cuando la coalición europea invadió la Francia revolucionaria, los franceses se hallaban en una situación parecida a la de los norteamericanos poco antes, con la diferencia de que no contaban con las mismas ventajas del terreno. Para combatir a los numerosos ejércitos que invadían o amenazaban con invadir el país según el viejo principio lineal, habrían necesitado tropas perfectamente instruidas, y éstas escaseaban, mientras que abundaban los voluntarios sin instrucción. En la medida en que el tiempo lo permitía, se los ejercitaba en las evoluciones elementales de la táctica lineal; pero, apenas entraban en fuego, los batallones desplegados en línea se disolvían, de manera inconsciente, en densos enjambres de tiradores que buscaban protección contra el fuego aprovechando todos los accidentes del terreno, mientras que la segunda línea formaba una especie de reserva que, a menudo, se veía envuelta en el combate desde el inicio mismo del encuentro. Los ejércitos franceses, además, estaban organizados de manera muy distinta a sus adversarios. No se formaban en una rígida y monótona línea de batallones, sino en divisiones de ejército, cada una de las cuales se componía de artillería, caballería e infantería. De golpe se redescubrió el gran hecho de que no importa que un batallón combata en su puesto “correcto” dentro del orden de batalla, siempre que avance hacia la línea cuando se le ordene y luche bien. Como el gobierno francés era pobre, se suprimieron las tiendas de campaña y el inmenso bagaje del siglo XVIII; se inventó el vivaque, y las comodidades de los oficiales, que en otros ejércitos constituían una parte considerable de los impedimentos, se redujeron a lo que podían llevar a la espalda. El ejército, en lugar de ser abastecido desde almacenes, tuvo que depender de las requisas en el país recorrido. Así, los franceses alcanzaron una movilidad y una facilidad para formar el orden de batalla completamente desconocidas para sus enemigos. Si eran derrotados, en pocas horas quedaban fuera del alcance de la persecución; si avanzaban, podían aparecer en puntos inesperados, en los flancos del enemigo, antes de que éste tuviera noticia. Esta movilidad, y los celos mutuos entre los jefes de la coalición, les dieron el respiro necesario para instruir a sus voluntarios y para elaborar el nuevo sistema táctico que iba surgiendo entre ellos.

A partir del año 1795 encontramos que este nuevo sistema adopta la forma definida de una combinación de tiradores y columnas cerradas. Posteriormente se añadió la formación en línea, aunque ya no para todo un ejército como hasta entonces, sino tan sólo para batallones aislados, que se desplegaban en línea siempre que una oportunidad parecía requerirlo. Es evidente que esta última maniobra, que exigía mayor solidez de instrucción, fue la última en ser retomada por las bandas irregulares de la revolución francesa. Tres batallones formaban una semibrigada, seis una brigada; dos o tres brigadas de infantería componían una división, a la que se añadían dos baterías de artillería y algo de caballería; varias de estas divisiones formaban un ejército. Cada vez que una división se encontraba con el enemigo, los tiradores de su vanguardia se apostaban en una posición defensiva, formando la vanguardia su reserva hasta que la división llegaba. Las brigadas se formaban entonces en dos líneas y una reserva, pero todos los batallones en columna y sin intervalos fijos; para la protección de los claros en el orden de batalla estaban la caballería y la reserva. La línea de batalla ya no era necesariamente recta e ininterrumpida; podía quebrarse en todas direcciones según lo exigiera el terreno, pues ya no se elegían llanuras peladas y niveladas como campos de batalla; por el contrario, los franceses preferían el terreno accidentado, y sus tiradores, formando una cadena al frente de toda la línea de batalla, se lanzaban a cada pueblo, granja o soto del que podían apoderarse. Si los batallones de la primera línea se desplegaban, por lo general todos ellos se convertían pronto en tiradores; los de la segunda línea permanecían siempre en columna y, en la mayoría de los casos, cargaban en esta formación contra las delgadas líneas enemigas con gran éxito. De este modo, la formación táctica de un ejército francés para la batalla llegó gradualmente a consistir en dos líneas, cada una formada por batallones en columna cerrada, colocados en échiquier* y con tiradores al frente, y una reserva compacta en la retaguardia.

Fue en esta fase de desarrollo donde Napoleón encontró la táctica de la Revolución Francesa. Tan pronto como su acceso al poder político se lo permitió, comenzó a desarrollar aún más el sistema. Concentró su ejército en el campamento de Boulogne y allí les impartió un curso regular de instrucción. Los adiestró especialmente en la formación de masas de reserva compactas en un espacio reducido y en el rápido despliegue de estas masas para entrar en línea. Formó cuerpos de ejército de dos o tres divisiones para simplificar el mando. Inventó y llevó a su más alta perfección el nuevo orden de marcha, que consiste en extender las tropas sobre una superficie tan grande que puedan subsistir con los recursos que ésta encierra, manteniéndose al mismo tiempo tan bien agrupadas que puedan reunirse en cualquier punto dado antes de que la parte atacada sea aplastada por el enemigo. A partir de la campaña de 1809, Napoleón empezó a idear nuevas formaciones tácticas, como las columnas profundas de brigadas y divisiones enteras, que sin embargo fracasaron estrepitosamente y nunca más se repitieron. Después de 1813, este nuevo sistema francés se convirtió en patrimonio común de todas las naciones del continente europeo. Tanto el viejo sistema lineal como el sistema de reclutamiento de mercenarios habían sido abandonados. En todas partes se reconoció la obligación de todo ciudadano al servicio militar, y en todas partes se introdujo la nueva táctica.

En Prusia y Suiza, todos debían servir realmente; en los demás estados se introdujo una conscripción, echando a suertes entre los jóvenes para decidir quiénes habían de servir; en todas partes se instauraron sistemas de reserva, licenciando a una parte de los hombres, una vez instruidos, a sus hogares, con el fin de disponer de un gran número de hombres instruidos en caso de guerra con poco gasto en tiempos de paz.

Desde entonces han ocurrido varios cambios en el armamento y la organización de la infantería, producidos en parte por el progreso de la fabricación de armas portátiles y en parte por el choque de la infantería francesa con los árabes de Argelia. Los alemanes, siempre aficionados al rifle, habían aumentado sus batallones de cazadores ligeros; los franceses, impulsados por la necesidad de contar en Argelia con un arma de mayor alcance, formaron por fin en 1840 un batallón de cazadores armados con un rifle perfeccionado de gran precisión y alcance. Estos hombres, instruidos para realizar todas sus evoluciones e incluso largas marchas en una especie de trote (pas gymnastique), demostraron pronto una eficacia tal que se formaron nuevos batallones. De esta suerte se creó una nueva infantería ligera, no con cazadores por afición y guardabosques, sino con los hombres más fuertes y ágiles; la precisión del fuego y el gran alcance se combinaban con la agilidad y la resistencia, y se formó una fuerza que, dentro de sus límites, era ciertamente superior a cualquier otra infantería existente. Al mismo tiempo, el pas gymnastique se introdujo en la infantería de línea, y lo que incluso Napoleón habría considerado el colmo de la insensatez, correr, se practica ahora en todos los ejércitos como parte esencial de la instrucción de la infantería.

El éxito del nuevo rifle de los cazadores franceses (Delvigne-Poncharra) produjo pronto nuevos perfeccionamientos.* Se introdujo la bala cónica para las armas rayadas. Minié, Lorenz y Wilkinson inventaron nuevos medios para hacer que la bala se deslizara fácilmente por el ánima y, una vez abajo, se expandiera para llenar las estrías con su plomo y darle así la rotación lateral y la fuerza de las que depende el efecto del rifle; por otra parte, Dreyse inventó el fusil de aguja, que se carga por la recámara y no requiere cebado aparte. Todos estos rifles eran capaces de hacer blanco a mil yardas y se cargaban con tanta facilidad como un mosquete común de ánima lisa. Entonces surgió la idea de armar a toda la infantería con tales rifles. Inglaterra fue la primera en llevar a cabo esta idea; Prusia, que se había preparado para este paso mucho tiempo antes, la siguió; luego Austria y los estados alemanes menores; por último

Francia. Rusia, los estados italianos y escandinavos siguen aún a la zaga. Este nuevo armamento ha cambiado por completo el aspecto de la guerra, pero no en el sentido que esperaban los teóricos de la táctica, y por una razón matemática muy sencilla. Puede demostrarse fácilmente, construyendo la trayectoria de estas balas, que un error de 20 a 30 yardas en la apreciación de la distancia del objetivo anula toda probabilidad de hacer blanco más allá de 300 o 350 yardas. Ahora bien, mientras que en el campo de ejercicios las distancias son conocidas, en el campo de batalla no lo son y cambian a cada instante. La infantería apostada en una posición defensiva, que ha tenido tiempo de medir a pasos las distancias de los objetos más conspicuos frente a ella, poseerá así una ventaja inmensa, desde mil hasta 300 yardas, sobre una fuerza atacante. Esto sólo puede obviarse avanzando con rapidez y sin hacer fuego, a paso de carga, hasta unas 300 yardas, momento en que el fuego de ambos bandos será igualmente eficaz. A esta distancia el tiroteo entre dos líneas de tiradores bien apostadas se volverá tan mortífero, y tantas balas alcanzarán a los piquetes y reservas, que una infantería valiente no puede hacer nada mejor que aprovechar la primera oportunidad para lanzarse contra el enemigo, descargando una andanada a 40 o 50 yardas. Estas reglas, demostradas teóricamente por primera vez por el mayor prusiano Trotha,* fueron probadas en la práctica por los franceses en su última guerra contra los austriacos, y con éxito. Por tanto, pasarán a formar parte integrante de la táctica moderna de la infantería, sobre todo si resultan ser de igual buen efecto cuando se prueben contra un arma de carga tan rápida como el fusil de aguja prusiano. El armar a toda la infantería con un solo y mismo fusil rayado tenderá a eliminar las distinciones, aún existentes, entre infantería ligera y de línea, formando una infantería apta para todo servicio. En esto consistirá evidentemente el próximo perfeccionamiento de este arma.

Escrito entre fines de agosto y el 10 de octubre de 1859. Reproducido de The New American Cyclopædia, Vol. TX, 1860.

Frederick Engels

Armada, término colectivo para los buques de guerra pertenecientes a un soberano o nación. Las flotas de guerra de los antiguos, aunque a menudo numerosas, eran insignificantes comparadas con las de nuestros días, en lo que respecta al tamaño de los barcos, sus capacidades de locomoción y su aptitud para la ofensiva. Las embarcaciones de alta mar de Fenicia y Cartago, de Grecia y Roma, eran barcazas de fondo plano, incapaces de resistir un temporal; la falta de espacio para maniobrar, en un chubasco, significaba su destrucción; se arrastraban a lo largo de las costas, echando anclas por la noche en alguna ensenada o cala. Cruzar de Grecia a Italia, o de África a Sicilia, era una operación peligrosa. Los barcos, incapaces de soportar el impulso del velamen al que están acostumbrados nuestros modernos buques de guerra, iban provistos de muy poca lona; se confiaba en los remos para propulsarlos perezosamente a través de las olas. La brújula aún no se había descubierto; se desconocían las latitudes y longitudes; y los puntos de referencia en tierra y la estrella polar eran las únicas guías en la navegación. Los instrumentos para la guerra ofensiva eran igualmente ineficaces. Arcos y flechas, jabalinas, toscas balistas y catapultas, eran las únicas armas que podían usarse a distancia. No se podía infligir daño grave a un enemigo en el mar hasta que los dos buques en combate entraban en contacto efectivo. Así, sólo eran posibles dos modos de combate naval: maniobrar para que la afilada, fuerte y ferrada proa de la propia nave se estrellara con toda fuerza contra el costado del enemigo a fin de echarlo a pique; o bien, abordar costado contra costado, amarrar las dos naves y abordar al enemigo de inmediato. Después de la primera guerra púnica, que destruyó la superioridad naval de los cartagineses,* no hay un solo enfrentamiento naval en la historia antigua que ofrezca el más mínimo interés profesional, y el dominio romano pronto puso fin a la posibilidad de ulteriores contiendas navales en el Mediterráneo.

La verdadera cuna de nuestras armadas modernas es el océano germánico.² Por la época en que la gran masa de las tribus teutónicas de la Europa central se alzó para pisotear el decadente imperio romano y regenerar la Europa occidental, sus hermanos de las costas septentrionales, los frisios, sajones, anglos, daneses y normandos, comenzaron a hacerse a la mar. Sus embarcaciones eran botes marineros firmes y robustos, con quilla prominente y líneas afiladas, que confiaban sobre todo en las velas y no temían afrontar un temporal en medio de ese mar septentrional proceloso. Fue con esta clase de buques que los anglosajones pasaron de las desembocaduras del Elba y el Eider a las costas de Britania, y que los normandos emprendieron sus expediciones de saqueo, que se extendieron hasta Constantinopla por un lado y hasta América por el otro. Con la construcción de barcos que osaban cruzar el Atlántico, la navegación experimentó una revolución completa; y antes de que terminara la Edad Media, los nuevos botes marineros de fondo afilado habían sido adoptados en todas las costas de Europa. Los buques en que los normandos realizaban sus incursiones probablemente no eran de gran tamaño, quizá no excedieran en ningún caso las 100 toneladas de arqueo, y llevaban uno o, a lo sumo, dos mástiles, aparejados de cuchillo.

Durante mucho tiempo, tanto la construcción naval como la navegación parecen haberse mantenido estacionarias; durante toda la Edad Media los buques fueron pequeños; y el espíritu audaz de los normandos y los frisios se había desvanecido; las mejoras que se hicieron se debieron a italianos y portugueses, que se convirtieron en los marineros más audaces. Los portugueses descubrieron la ruta marítima a la India; dos italianos al servicio extranjero, Colón y Caboto, fueron los primeros desde los tiempos de Leif el Normando en cruzar el Atlántico. Los largos viajes por mar se convirtieron entonces en una necesidad, y exigían grandes barcos; al mismo tiempo, la necesidad de armar los buques de guerra, e incluso los mercantes, con artillería pesada, tendió igualmente a aumentar el tamaño y el tonelaje. Las mismas causas que habían producido ejércitos permanentes en tierra, produjeron ahora armadas permanentes a flote; y sólo a partir de esta época podemos hablar propiamente de armadas. La era de la empresa colonial que se abrió entonces para todas las naciones marineras, presenció también la formación de grandes flotas de guerra para proteger las colonias recién formadas y su comercio; y siguió un período más rico en luchas navales y más fecundo para el desarrollo de los armamentos navales que cualquiera que lo hubiera precedido.

Los cimientos de la armada británica fueron puestos por Enrique VII, quien construyó el primer barco llamado *The Great Harry*. Su sucesor* formó una flota permanente regular, propiedad del estado, cuyo mayor buque se llamaba *Henry Grace de Dieu*. Este buque, el más grande jamás construido hasta entonces, llevaba 80 cañones, en parte en dos cubiertas de cañones corridas regulares, y en parte en plataformas adicionales tanto a proa como a popa. Estaba provisto de 4 mástiles; su tonelaje se cifra de forma diversa entre 1.000 y 1.500. La totalidad de la flota británica, a la muerte de Enrique VIII, constaba de unos 50 veleros, con un tonelaje total de 12.000, y tripulada por 8.000 marineros e infantes de marina. Los grandes barcos de la época eran artefactos toscos, de cintura profunda, es decir, provistos de elevados castillos de proa y de popa, que los hacían excesivamente inestables. El siguiente gran barco del que tenemos noticia es el *Sovereign of the Seas*, llamado después *Royal Sovereign*, construido en 1637. Es el primer buque de cuyo armamento tenemos una relación medianamente precisa. Tenía 3 cubiertas corridas, un castillo de proa, una media cubierta, una cubierta de popa y un camarote alto; en su cubierta inferior llevaba 30 cañones, de a 42 y 32 libras; 30 en su cubierta media, de a 18 y 9 libras; en su cubierta superior 26 cañones más ligeros, probablemente de a 6 y 3 libras. Además de éstos, llevaba 20 cañones de caza y 26 cañones en su castillo de proa y media cubierta. Pero en su dotación regular en aguas nacionales este armamento se reducía a 100 cañones, pues la dotación completa era evidentemente excesiva para él. En cuanto a los buques menores, nuestra información es muy escasa.

En 1651 la armada se clasificó en 6 categorías; pero además de ellas siguieron existiendo numerosas clases de buques sin clasificar, como chalupas, urcas, y más tarde bombardas, balandras, brulotes y yates. En 1677 encontramos una lista de toda la armada inglesa; según la cual, el mayor navío de tres puentes de primera clase llevaba 26 cañones de a 42 libras, 28 de a 24, 28 de a 9, 14 de a 6 y 4 de a 3; y el menor de dos puentes (quinta clase) llevaba 18 de a 18, 8 de a 6 y 4 de a 4 libras, o 30 cañones en total. La flota entera constaba de 129 buques. En 1714, encontramos 198 buques; en 1727, 178; y en 1744, 128. Posteriormente, a medida que aumenta el número de buques, su tamaño también se hace mayor, y el peso del armamento se incrementa con el tonelaje.

El primer barco inglés que responde a nuestra fragata moderna fue construido por Sir Robert Dudley, ya a finales del siglo XVI; pero no fue hasta 80 años después que esta clase de barcos, utilizada primero por las naciones del sur de Europa, fue adoptada de forma general en la armada británica. Las cualidades particulares de veloz navegación de las fragatas fueron poco comprendidas, durante algún tiempo, en Inglaterra. Los barcos británicos estaban generalmente sobrearmados, de modo que sus portas inferiores quedaban a sólo 3 pies de la línea de flotación, y no podían abrirse en mares gruesos, y las capacidades de navegación de los buques también quedaban muy perjudicadas. Tanto los españoles como los franceses concedían más tonelaje en proporción al número de cañones; la consecuencia era que sus barcos podían llevar calibres más pesados y más pertrechos, tenían más flotabilidad y eran mejores veleros. Las fragatas inglesas de la primera mitad del siglo XVIII llevaban hasta 44 cañones, de calibres de 9, 12 y unos pocos de 18 libras, con un tonelaje de unas 710. Hacia 1780 se construían fragatas de 38 cañones (en su mayoría de a 18 libras) y de 946 toneladas: la mejora es aquí evidente. Las fragatas francesas de la misma época, con un armamento similar, promediaban 100 toneladas más. Por la misma época (mediados del siglo XVIII) los buques de guerra menores se clasificaban de forma más precisa a la manera moderna como corbetas, bergantines, bergantines goletas y goletas.

En 1779 se inventó una pieza de artillería (probablemente por el general británico Melville) que cambió en gran medida los armamentos de la mayoría de las armadas. Era un cañón muy corto, de gran calibre, que se aproximaba en su forma a un obús, pero destinado a disparar balas sólidas, con cargas reducidas, a corta distancia. Por haber sido fabricados por primera vez por la compañía siderúrgica Carron, en Escocia, estos cañones recibieron el nombre de carronadas. La bala de este cañón, inútil a largas distancias, tenía efectos terribles sobre la madera en distancias cortas; debido a su velocidad reducida (por la carga reducida), hacía un agujero mayor, destrozaba mucho más la madera y producía astillas más numerosas y peligrosas. La relativa ligereza de los cañones, también, facilitaba encontrar sitio para unos pocos de ellos en la cubierta de popa y el castillo de proa de los buques; y ya en 1781 había 429 barcos en la armada británica provistos de 6 a 10 carronadas por encima de su dotación regular de cañones. Al leer los relatos de los enfrentamientos navales durante las guerras francesas y americanas, debe tenerse presente que los británicos nunca incluyen las carronadas en el número de cañones que se da como dotación de un buque: de modo que, por ejemplo, una fragata británica, declarada como fragata de 36 cañones, puede en realidad haber llevado 42 o más cañones, incluyendo las carronadas. El superior peso de metal que las carronadas daban a las andanadas británicas, ayudó a decidir muchas acciones libradas a corta distancia durante la guerra de la Revolución Francesa. Pero, después de todo, las carronadas no eran más que un recurso provisional para aumentar la fuerza de los buques de guerra de tamaño comparativamente pequeño de hace 80 años. En cuanto se aumentó el tamaño de los barcos para cada clase, volvieron a ser desechadas, y ahora están comparativamente superadas.

En este particular, la construcción de buques de guerra, los franceses y españoles estaban decididamente por delante de los ingleses. Sus barcos eran más grandes y diseñados con líneas mucho mejores que las británicas; sus fragatas especialmente eran superiores tanto en tamaño como en cualidades de navegación; y durante muchos años las fragatas inglesas fueron copiadas de la fragata francesa *Hebe*, capturada en 1782. En la misma proporción en que se alargaron los buques, se redujeron en altura las elevadas y enhiestas estructuras de proa y popa, los castillos de proa, las cubiertas de popa y los alcázares, con lo que aumentaron las cualidades de navegación de los barcos; de modo que gradualmente se fueron adoptando las líneas relativamente elegantes y de veloz navegación de los actuales buques de guerra. En lugar de aumentar el número de cañones en estos barcos más grandes, se aumentó el calibre, y también el peso y la longitud de cada cañón, a fin de permitir el uso de cargas completas, y alcanzar el mayor alcance a bocajarro, para así permitir que el fuego se abriera a largas distancias. Los calibres pequeños por debajo de 24 libras desaparecieron de los buques mayores, y los calibres restantes se simplificaron, de modo que no hubiera más de dos calibres, o a lo sumo tres, a bordo de un mismo buque. En los navíos de línea, la cubierta inferior, por ser la más resistente, se armaba con cañones del mismo calibre que las cubiertas superiores, pero de mayor longitud y peso, a fin de tener al menos una batería de cañones disponible para el mayor alcance posible.

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* Enrique VIII.— Ed.
² Mar del Norte.— Ed.

Hacia 1820, el general francés Paixhans realizó un invento que ha sido de gran importancia para el armamento naval. Construyó un cañón de gran calibre provisto de una recámara estrecha en la culata para la carga de la pólvora, y comenzó a disparar proyectiles huecos, con ángulos de elevación bajos, desde estos “cañones de granadas” (canons obusiers). Hasta entonces, los proyectiles huecos sólo se habían disparado contra buques desde obuses emplazados en baterías de costa; aunque en Alemania se venía practicando desde hacía tiempo el disparo horizontal de granadas con cañones cortos de 24 libras e incluso de 12 libras contra fortificaciones. Los efectos destructores de las granadas contra los costados de madera de los buques eran bien conocidos por Napoleón, quien en Boulogne* armó la mayoría de sus cañoneras para la expedición a Inglaterra con obuses, y estableció como regla que los barcos debían ser atacados con proyectiles que estallaran después del impacto.

Ahora bien, los cañones de granadas de Paixhans ofrecían la posibilidad de armar los buques con cañones que, al lanzar sus granadas con la trayectoria más horizontal posible, podían emplearse en el mar, buque contra buque, con casi la misma probabilidad de acertar que los viejos cañones de bala maciza. El nuevo cañón fue pronto introducido en todas las marinas y, tras diversas mejoras, constituye hoy una parte esencial del armamento de todos los grandes buques de guerra.

Poco después se hicieron los primeros intentos de aplicar el vapor a la propulsión de los buques de guerra, tal como ya lo había aplicado Fulton a las embarcaciones comerciales. El progreso desde el vapor fluvial hasta el vapor de cabotaje, y gradualmente hasta el vapor oceánico, fue lento; en la misma medida se retrasó el progreso de los vapores de guerra. Mientras los vapores de ruedas de paletas fueron los únicos existentes, esto estaba justificado. Las paletas y parte de la máquina quedaban expuestas al fuego enemigo, y podían quedar inutilizadas por un solo impacto afortunado; ocupaban la mejor parte del espacio de la banda del buque; y el peso de la máquina, las paletas y el carbón reducía tanto la capacidad del barco, que un armamento pesado con numerosos cañones largos estaba por completo fuera de lugar. Por consiguiente, un vapor de paletas nunca podría ser un navío de línea; pero su velocidad superior podría permitirle competir con las fragatas, de las que se espera que merodeen por los flancos del enemigo, recojan los frutos de una victoria o cubran una retirada. Ahora bien, una fragata tiene justamente el tamaño y el armamento que le permiten lanzarse sin temor a cualquier misión independiente de incursión, mientras que sus superiores cualidades de navegación a vela le permiten retirarse a tiempo de un combate desigual. Las cualidades de navegación a vela de cualquier fragata eran superadas con creces por el vapor; pero sin un buen armamento, el vapor no podía cumplir su misión. Un combate regular de andanada estaba fuera de lugar; el número de cañones, por falta de espacio, tenía que ser siempre inferior al de una fragata de vela. Aquí, si en algún sitio, los cañones de granadas estaban en su lugar. El número reducido de cañones a bordo de una fragata de vapor se contrarrestaba con su peso de metal y calibre. Originalmente, estos cañones estaban destinados a disparar únicamente granadas, pero recientemente se han construido tan pesados, en especial los cañones de caza (a proa y popa del buque), que pueden, con cargas completas, lanzar también balas macizas a distancias considerables. Además, el número reducido de cañones permite instalar sobre cubierta plataformas giratorias y raíles, mediante los cuales todos o la mayoría de los cañones pueden emplazarse en casi cualquier dirección; una disposición con la que la potencia de una fragata de vapor para un ataque casi se duplica, y una fragata de vapor de 20 cañones puede llevar al combate por lo menos tantos cañones como una fragata de vela de 40 cañones, con sólo 18 cañones operativos por cada andanada. Así, la gran fragata moderna de vapor de paletas es un buque formidable por excelencia; el calibre y alcance superiores de sus cañones, sumados a su velocidad, le permiten inutilizar a un adversario a una distancia en la que el buque de vela apenas si puede responder con un fuego eficaz; mientras que el peso de su metal interviene con fuerza aplastante cuando conviene forzar finalmente el combate. No obstante, subsiste la desventaja de que toda su fuerza motriz está expuesta al fuego directo y ofrece un gran blanco.

Para los buques menores, corbetas, avisos y otras embarcaciones ligeras, que no cuentan en una batalla naval pero son muy útiles durante una campaña, el vapor se consideró en seguida de gran ventaja, y en la mayoría de las marinas se construyeron muchos de estos vapores de paletas. Lo mismo ocurría con los buques de transporte. Cuando se proyectaban desembarcos, los vapores no sólo reducían al mínimo la duración de la travesía, sino que permitían calcular con certeza casi absoluta la hora de llegada a un lugar determinado. El transporte de cuerpos de tropas se convirtió así en algo de gran sencillez, sobre todo porque todo país naval disponía de una gran flota de vapores comerciales a los que recurrir como buques de transporte en caso de necesidad. Fue sobre estas consideraciones que el príncipe de Joinville, en su conocido folleto, se atrevió a sostener que el vapor había alterado las condiciones de la guerra naval hasta tal punto que una invasión de Inglaterra por Francia ya no era una imposibilidad. Sin embargo, mientras los buques empleados para la acción decisiva, los navíos de línea, siguieron siendo exclusivamente buques de vela, la introducción del vapor apenas pudo alterar las condiciones en que se libraban las grandes batallas navales.

El invento de la hélice estaba destinado a proporcionar los medios de revolucionar por completo la guerra naval y a transformar todas las flotas de guerra en flotas de vapor. Transcurrieron por completo 13 años desde la invención de la hélice hasta que se dio el primer paso en este sentido. Los franceses, siempre superiores a los ingleses en diseño y construcción naval, fueron los primeros en hacerlo. Finalmente, en 1849, el ingeniero francés Dupuy de Lôme construyó el primer navío de línea de hélice, el Napoléon, de 100 cañones y 600 caballos de fuerza. Este buque no estaba destinado a depender únicamente del vapor; a diferencia de las paletas, la hélice permitía que un barco conservara todas las líneas y el aparejo de un velero, y que se moviera, a voluntad, sólo a vapor, sólo a vela, o mediante la combinación de ambos. Podía, por tanto, ahorrar siempre su carbón para las emergencias recurriendo a sus velas, y dependía así mucho menos de la proximidad de estaciones carboneras que el viejo vapor de ruedas de paletas. Por esta razón, y porque su fuerza de vapor era demasiado débil para darle toda la velocidad de un vapor de paletas, el Napoléon y otros buques de esta clase fueron llamados vapores auxiliares; sin embargo, desde entonces se han construido navíos de línea que tienen fuerza de vapor suficiente para darles toda la velocidad de que es capaz la hélice. El éxito del Napoléon pronto hizo que se construyeran navíos de línea de hélice tanto en Francia como en Inglaterra. La guerra de Rusia* dio un nuevo impulso a este cambio radical en la construcción naval; y cuando se comprobó que la mayoría de los navíos de línea de construcción robusta podían, sin demasiada dificultad, ser equipados con hélice y máquinas, la transformación de todas las marinas en flotas de vapor se convirtió sólo en cuestión de tiempo. Ninguna gran potencia naval piensa ya en construir más grandes buques de vela; casi todos los barcos recién puestos en grada son vapores de hélice, exceptuando los pocos vapores de paletas que para ciertos fines todavía se requieren; y antes de 1870, los buques de guerra a vela estarán casi tan completamente anticuados como lo están hoy la rueca de hilar y el mosquete de ánima lisa.

* La guerra de Crimea de 1853-56.— Ed.

La guerra de Crimea hizo surgir dos nuevas construcciones navales. La primera de ellas es la cañonera de vapor o bombardera, construida originalmente por los ingleses para el proyectado ataque a Cronstadt; es un pequeño buque que cala de 4 a 7 pies de agua, y va armado con uno o dos pesados cañones de largo alcance o con un mortero pesado; los primeros para emplearse en aguas someras e intrincadas en general, el segundo para el bombardeo, desde larga distancia, de arsenales navales fortificados. Respondieron extraordinariamente bien, y sin duda desempeñarán un papel importante en las futuras campañas navales. La bombardera, como se demostró en Sveaborg,* altera por completo las relaciones de ataque y defensa entre fortalezas y buques, pues confiere a los barcos el poder de bombardear las primeras con impunidad, poder que nunca antes habían poseído; a 3.000 yardas, desde las cuales los proyectiles de las bombarderas pueden alcanzar un blanco del tamaño de una ciudad, ellas mismas están completamente seguras debido a la pequeñez de su superficie. Las cañoneras, por el contrario, al actuar en conjunto con baterías de costa, reforzarán la defensa y proporcionarán también a la guerra naval esos ligeros hostigadores que hasta ahora le faltaban.

La segunda innovación son las baterías flotantes acorazadas, a prueba de proyectiles, construidas primeramente por los franceses para atacar las defensas de costa. Se probaron únicamente en Kinburn, y su éxito, incluso contra los parapetos ruinosos y los cañones oxidados de ese pequeño lugar, no fue muy señalado.* Con todo, los franceses parecieron quedar tan satisfechos con ellas que desde entonces han seguido experimentando con buques revestidos de acero. Han construido cañoneras con una especie de parapeto de acero a prueba de proyectiles en el castillo de proa, que resguarda el cañón y su dotación; pero si las baterías flotantes eran toscas y tenían que ser remolcadas, estas cañoneras llevaban siempre la proa hundida y no eran en absoluto aptas para navegar. Sin embargo, han producido una fragata de vapor revestida de acero llamada La Gloire, de la que se dice que es a prueba de proyectiles, de muy buena velocidad y completamente capaz de mantenerse en un temporal. Se hacen las afirmaciones más exageradas respecto a la probable revolución que estas fragatas acorazadas crearán en la guerra naval. Se nos dice que los navíos de línea están anticuados, y que el poder de decidir las grandes acciones navales ha pasado a estas fragatas con una sola batería de cañones, protegida por todos lados a prueba de proyectiles, a la que ningún tres puentes de madera puede hacer frente. No es éste el lugar para discutir estas cuestiones; pero podemos observar que es mucho más fácil inventar y colocar a bordo artillería estriada lo bastante pesada como para destrozar planchas de hierro o acero, que construir buques forrados con metal lo bastante grueso como para resistir los proyectiles o granadas de esos cañones. En cuanto a la Gloire, después de todo no es seguro que sea apta para mantenerse en un temporal, y debido a su incapacidad para almacenar carbón se dice que no puede mantenerse en el mar a vapor más de 3 días. Lo que hará su competidor británico, el Warrior, está por ver. Sin duda, reduciendo el armamento y el carbón, y alterando el modo de construcción, quizá sea posible hacer un barco completamente a prueba de proyectiles a largas y medias distancias, y un vapor aceptable; pero en una época en que la ciencia de la artillería avanza con tan rápidos pasos, es muy dudoso que a la larga valga la pena construir tales buques.*

La revolución en la artillería que está llevando a cabo el cañón rayado parece ser un asunto mucho más importante para la guerra naval que todo lo que puedan lograr los buques acorazados. Todo cañón rayado que merezca ese nombre brinda una precisión a largas distancias tal que la antigua ineficacia del fuego naval a esas distancias parece estar convirtiéndose rápidamente en cosa del pasado. Además, el cañón rayado, al admitir proyectiles oblongos y cargas reducidas, permite una considerable reducción del calibre y del peso de los cañones de la batería; o bien, manteniendo el mismo calibre, produce resultados mucho mayores. El proyectil oblongo disparado por un cañón rayado de a 32 libras y 56 quintales superará a la bala esférica de un cañón de ánima lisa de 10 pulgadas y 113 quintales, no solo en peso, sino también en penetración, alcance y precisión. La potencia ofensiva de todo buque se triplica por lo menos si se le arma con artillería rayada. Es más, el gran desiderátum ha sido siempre inventar una granada de percusión eficaz que estallase en el momento mismo de penetrar el costado del buque. La rotación de la bala esférica ha hecho esto impracticable; la espoleta de percusión no se encontraba siempre en la posición debida al chocar la granada, y entonces no estallaba. Pero un proyectil oblongo lanzado por un cañón rayado,

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que gira alrededor de su eje longitudinal, forzosamente golpea siempre con la punta por delante; y una simple cápsula fulminante en la cabeza de la espoleta hace estallar la granada tan pronto como penetra en el costado del buque. No es probable que ningún buque acorazado inventado hasta ahora pueda resistir impunemente dos andanadas semejantes de un navío de dos puentes, por no hablar de las granadas que entran por las troneras y que deben estallar entre cubiertas. La artillería rayada pondrá fin en gran medida a esas acciones cerradas en las que las carronadas podían ser útiles; la maniobra recuperará una vez más la supremacía; y como el vapor hace ahora a los buques contendientes independientes del viento y de la marea, la guerra naval se aproximará en el futuro mucho más al método y estará sujeta a las tácticas de los combates terrestres.

Los buques de guerra de que se componen las marinas modernas se clasifican en diversas categorías, desde navíos de primera clase hasta los de sexta; pero como estas clasificaciones son a la vez variables y arbitrarias, será mejor agruparlos del modo corriente en navíos de línea, fragatas, balandras, bergantines, goletas, etc. Los navíos de línea son los mayores buques de guerra a flote, destinados a formar la línea de batalla en una acción general y a decidir la lucha mediante el peso de metal lanzado contra los buques enemigos. Son de tres puentes o de dos; es decir, tienen tres o dos cubiertas cubiertas artilladas. Estas cubiertas reciben los nombres de baja, media y principal o superior. La cubierta superior, que antes sólo estaba cubierta a la altura del alcázar y del castillo de proa, lo está ahora por una cubierta corrida y abierta de proa a popa. Esta cubierta abierta, que todavía se denomina alcázar y castillo de proa (la parte central se llama crujía), también lleva artillería, en su mayor parte carronadas; de modo que en realidad un navío de dos puentes lleva tres, y uno de tres puentes cuatro filas de cañones. Los cañones más pesados están, naturalmente, situados en la cubierta baja, y los cañones se hacen más ligeros a medida que las baterías están más elevadas sobre el agua. Puesto que el calibre es generalmente el mismo, esto se consigue reduciendo el peso de los propios cañones, de lo que se sigue que los de las cubiertas altas sólo pueden resistir cargas reducidas, lo que significa que sólo pueden emplearse a distancias más cortas. La única excepción a esta regla la constituyen los cañones de caza, situados a proa y a popa, que, aun estando colocados en el castillo o en el alcázar, son tan largos y pesados como sea posible, pues se necesita que actúen a las mayores distancias practicables. Así, los cañones de proa y popa de los navíos de línea ingleses se componen de cañones de granada de 8 o 10 pulgadas, o de cañones de bala maciza de a 56 libras (calibre 7,7 pulgadas) o de a 68 libras (calibre 8,13 pulgadas), uno de los cuales se monta en el castillo de proa sobre una plataforma giratoria. En la marina inglesa hay generalmente 6 cañones a popa y 5 a proa en un navío de primera clase; el resto del armamento de un buque semejante es el siguiente:

Cubierta baja ............. 32  
Cubierta media ............. 34  
Cubierta alta ............. 34  
Castillo de proa ............. 6  
Alcázar ............. 14  
Total ............. 120  

El armamento de las clases menores de navíos de línea se organiza según el mismo principio. A título de comparación, damos también el de un navío francés de primera clase, a saber: cubierta baja, 32 cañones largos de a 30 libras; cubierta media, 4 cañones de granada de a 80 libras y 30 cañones cortos de a 30 libras; cubierta alta, 34 cañones de granada de a 30 libras; castillo de proa y alcázar, 4 cañones de granada de a 30 libras y 16 carronadas de a 30 libras; en total, 120 cañones. El cañón de granada francés de a 80 libras tiene un calibre 0,8 pulgadas mayor que el cañón inglés de 8 pulgadas; el cañón de granada de a 30 libras y el cañón de a 30 libras tienen un calibre ligeramente mayor que el inglés de a 32 libras, de modo que la ventaja en peso de metal estaría del lado francés. El navío de línea más pequeño lleva hoy 72 cañones, y la fragata mayor, 61.

Una fragata es un buque que sólo tiene una cubierta cubierta que lleva cañones, y otra cubierta abierta por encima de ella (castillo de proa y alcázar) igualmente provista de cañones. En el servicio inglés, el armamento suele ser de 30 cañones en la cubierta de batería (todos granaderos, o en parte granaderos y en parte largos de a 32 libras), y 30 cañones cortos de a 32 libras en el castillo y el alcázar, con un pesado cañón pivotante sobre una plataforma giratoria en la proa. Dado que las fragatas se envían casi siempre en servicio independiente, donde es muy probable que lleguen a trabar combate por sí solas contra fragatas enemigas enviadas con el mismo encargo, para la mayoría de las naciones marítimas ha sido un punto capital hacerlas tan grandes y poderosas como fuera posible. En ninguna clase de buques es tan notable el aumento de tamaño como en ésta. Los Estados Unidos, necesitados de una marina barata y lo bastante fuerte para imponer respeto, fueron los primeros en apreciar la gran ventaja que podía obtenerse de una flota de grandes fragatas, cada una de ellas superior a cualquier fragata que otras naciones pudieran presentar contra ella. Se aprovechó asimismo la superioridad de los constructores navales norteamericanos para producir buques veloces, y la última guerra contra Inglaterra (1812-14)*° demostró en muchos

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encuentros bien disputados lo formidables antagonistas que eran estas fragatas norteamericanas. Hasta el día de hoy, las fragatas de los Estados Unidos se consideran modelos de esta clase de buques, aunque la diferencia de tamaño en comparación con otras marinas no es ni mucho menos tan marcada como lo era hace 30 o 40 años.

La clase siguiente de buques de guerra recibe el nombre de corbetas. Éstas sólo tienen una fila de cañones, situados sobre una cubierta abierta; pero las corbetas de mayor porte están provistas de castillo de proa y alcázar (aunque sin una cubierta continua en el centro), donde llevan algunos cañones más. Estas corbetas, por lo tanto, se asemejan mucho a lo que era una fragata hace 80 años, antes de que los dos extremos elevados del buque se unieran mediante una cubierta corrida. Estas corbetas tienen aún la fuerza suficiente para llevar el mismo calibre de cañones que los buques mayores. También llevan tres mástiles, todos con aparejo redondo. De los buques más pequeños, los bergantines y goletas llevan de 20 a 6 cañones. Tienen sólo dos mástiles, con aparejo redondo en los bergantines y de cuchillo en las goletas. El calibre de sus cañones es necesariamente menor que el de los buques mayores, y no suele exceder de 18 o 24 libras, bajando hasta las 12 o 9 libras. Los buques de tan escaso poder ofensivo no pueden ser enviados a donde quepa esperar una resistencia seria. En aguas europeas están siendo generalmente sustituidos por pequeños vapores, y sólo pueden prestar servicios efectivos en costas como las de Sudamérica, China, etc., donde han de habérselas con adversarios impotentes y donde se limitan a representar el pabellón de una nación marítima poderosa.

Los armamentos arriba señalados son simplemente los adoptados en la actualidad, pero no hay duda de que, en todos los aspectos, se verán modificados en el curso de los próximos 10 años por la adopción general de los cañones navales rayados.