Brune (Guillaume-Marie-Anne), mariscal, nació en Brives-la-Gaillarde, departamento de Corréze, en 1763. Su padre, abogado, lo envió a París a estudiar leyes. Al salir de la universidad, dificultades económicas lo indujeron a hacerse aprendiz de cajista, y en tal calidad, en 1788, imprimió un ensayo literario propio titulado: «Voyage pittoresque et sentimental dans plusieurs provinces occidentales de la France». Habiéndose procurado una pequeña imprenta propia (Setzerei*), publicó, en los primeros tiempos de la Revolución, junto con Jourgniac de St.-Méard y Gauthier, el Journal général de la Cour et de la Ville, uno de los periódicos aristocráticos que desapareció después del 10 de agosto.*?! Brune, sin embargo, pronto volvió la espalda a esa hoja aristocrática, se alistó en la guardia nacional, donde se hizo notar por su figura marcial y el ardor de su patriotismo, se hizo adepto del club de los jacobinos y partidario decidido de Danton. A la protección de éste debió, durante los famosos días de septiembre de 1792, su nombramiento como adjunto de los adjutants généraux del Interior y su repentino ascenso (el 12 de octubre de 1792) al grado de coronel adjutant-general. En tal calidad sirvió primero bajo Dumouriez en Bélgica. Enviado luego contra los federalistas de Calvados, que avanzaban al mando del general Puisaye, obtuvo una fácil victoria, ya que el ejército federalista, por diversas causas, se redujo a un puñado de hombres. Como recompensa por su hazaña, quiso entonces ser nombrado ministro de la Guerra, pero fue despachado con el ascenso al rango de general de brigada, en cuya calidad asistió a la batalla de Hondschoote. El Comité de Salud Pública lo llamó de vuelta y le confió la misión de sofocar los síntomas de insurrección que se manifestaban en la Gironda, tarea que ejecutó con vigor.

Tras el encarcelamiento de Danton, se esperaba que Brune se pusiera al frente de una turba para liberar a su amigo; pero él se mantuvo prudentemente al margen. Pasada la tormenta, se insinuó en la familia Duplays, en casa de la cual vivía Robespierre, y de este modo logró no ser molestado durante el reino del terror. Después del 9 de Termidor, reapareció en la escena pública en compañía del más mortífero enemigo de Robespierre, Fréron, a quien siguió como «pacificador» a Marsella y Aviñón. El 13 de Vendimiario fue empleado por Barras como uno de los subgenerales (mitraillade*), que mandaban las secciones realistas de París bajo el mando en jefe de Bonaparte. Tras el asunto del 9 de septiembre de 1796, en el que desplegó toda su energía contra los babuvistas, se unió a Bonaparte en Italia y comandó una brigada de división a las órdenes de Masséna. Se distinguió por su intrepidez durante toda esta campaña. (Véase Schlosser.*) La antigua vinculación de Brune con los dantonistas, cuyas filas se componían de audaces aventureros, hizo que Bonaparte deseara asegurárselo como uno de sus instrumentos. De ahí que lo ascendiera a general de división en el campo de batalla de Rivoli, lo mencionara con honor en los boletines e indujera al Directorio a confiarle la segunda división del ejército de Italia, vacante por la partida de Augereau.

Tras la paz de Campo Formio, el Directorio lo envió a adormecer a los suizos para que se sintieran seguros, a dividir sus consejos y a caer en el momento oportuno sobre el cantón de Berna con un ejército concentrado con ese fin, y allí saquear el tesoro de Berna, misión delicada que respondía cabalmente a los instintos rapaces de Brune. Al saquear el tesoro de Berna, Brune tuvo buen cuidado de olvidar levantar inventario del mismo. De nuevo, mediante maniobras de índole más diplomática que militar, en su calidad de comandante del ejército en Italia, persuadió a Carlos Manuel, rey de Cerdeña, a la sazón aparente aliado de Francia, para que entregara en sus manos la ciudadela de Turín (3 de julio de 1798).

La campaña bátava contra los anglo-rusos que habían invadido Holanda —campaña de dos meses, iniciada el 22 de agosto de 1799, con la capitulación del duque de York, firmada el 18 de octubre del mismo año— constituye el gran acontecimiento en la vida militar de Brune. Una escuadra inglesa desembarcó en las costas de Holanda con 45.000 hombres al mando del duque de York; el ejército de Brune contaba sólo con 25.000 hombres. Brune encargó a los generales Daendels y Dumonceau, respectivamente, la defensa de la provincia de Holanda y de las provincias orientales, reservándose una reserva con la que poder acudir a cualquier punto amenazado. Los anglo-rusos, tras desembarcar su material después de un vivo combate con Daendels, penetraron en el Texel, ocuparon el Helder y se apoderaron de la flota holandesa. Brune concentró sus fuerzas ante Alkmaar y atacó a los aliados el 9 de septiembre, pero sin éxito. El 18, los anglo-rusos intentaron a su vez desalojarlo, pero una columna rusa fue copada y obligada a capitular, el duque de York se retiró y ambos ejércitos volvieron a ocupar sus posiciones anteriores. (Esta batalla en Bergen.) Desde la batalla de Bergen hasta el 2 de octubre ambos ejércitos permanecieron inactivos. Esta inactividad constituyó una gran falta por parte del ejército más numeroso y que recibía sus aprovisionamientos exclusivamente por mar. Brune la aprovechó para fortalecer su posición y engrosar su ejército. El vigoroso ataque que el enemigo, al mando de Abercromby, lanzó el 2 de octubre, y en el que Brune estuvo a punto de ver cortada su retirada, le hizo perder 4.000 hombres y le obligó a trasladar su cuartel general a Beverwijk op Zee y Krommenie-Dijk, donde ocupó una excelente posición. Sólo el día 6 volvieron a ser atacadas las líneas galo-bátavas. York tomó Limmen y Askerloot, mientras los rusos se apoderaban de Bakkum; pero cuando llegaron ante Castricum, Brune los derrotó por completo. Una carga de caballería completó su derrota y los arrojó de nuevo a sus posiciones. (Esto: batalla de Beverwyk.) York se retiró a su campamento detrás del Zyp. Tras destruir los establecimientos marítimos, cortar los diques y pegar fuego a los edificios de la Compañía de las Indias Orientales,* se embarcó hacia Inglaterra; y para que esta operación no fuera perturbada, negoció una capitulación, ignominiosa para los ingleses, que estipulaba, entre otras cosas, el libre e incondicional retorno de 8.000 prisioneros franceses hechos antes de esta campaña.

En 1800 fue enviado al ejército de Italia en remplacement de Masséna. Después de la batalla de Marengo se había concertado un armisticio con los austríacos. Las hostilidades se reanudaron el 24 de noviembre. Brune se apoderó de tres campamentos atrincherados en el Volta, arrojó al enemigo más allá de este río y se dispuso al instante a cruzarlo. Según sus órdenes, su ejército debía pasar por dos puntos: uno entre el molino* del Volta y la aldea de Pozzolo, el otro en Monbazon. Al tropezar esta segunda parte de la operación con dificultades, Brune dio orden de diferirla 24 horas, aunque el ala derecha, que había empezado a pasar por el otro punto, ya estaba empeñada en combate con los austríacos. Sólo gracias a los esfuerzos del general Dupont se evitó que toda el ala derecha fuera capturada o destruida, y que Brune se viera forzado a retirarse sin haber cruzado nunca el Mincio. Napoleón dice que desde ese momento quedó claro que Brune no estaba hecho para el mando en jefe de los ejércitos. De vuelta al Consejo de Estado, del que era miembro desde su creación, fue nombrado presidente de la sección de guerra. De 1802 a 1804, como embajador francés en Constantinopla, hizo un triste papel. Llamado en diciembre de 1804, a su regreso a París fue nombrado mariscal del Imperio. Mandó durante algún tiempo el campamento de Boulogne. Enviado a Hamburgo en 1807 como gobernador de las ciudades hanseáticas y comandante de la reserva de la Grande Armée, secundó con vigor las exacciones y «concusiones» de Bourrienne. Tras concertarse una tregua en Schlatkow entre los franceses y el rey de Suecia, mantuvo, acerca de algunos puntos controvertidos, una larga entrevista con Gustavo, rey de Suecia, cerca de Anklam, en Pomerania, lo que parece haber suscitado sospechas en Napoleón. Posteriormente, al rendir el general sueco Toll la isla de Rügen en virtud de un convenio con Brune, éste omitió en el texto del convenio los títulos del emperador Napoleón, mencionando sencillamente al ejército francés y al ejército sueco como partes del acuerdo, lo que irritó sobremanera a Napoleón. Berthier, por orden expresa, hubo de escribirle que «jamás se había visto escándalo semejante desde los tiempos de Faramond».* (Había hecho mención del «ejército francés» en lugar del «ejército de Su Majestad Imperial y Real».’) Perdió el mando y se retiró al departamento del Escaut para presidir un colegio electoral. En cierto momento, sus indiscretas quejas de la injusticia imperial hicieron temer que se le ordenara restituir parte de su botín. Ya adulaba a Berthier, cortejaba al emperador.

En 1814 envió su adhesión a los actos del Senado contra Napoleón y un acta de adhesión a Luis XVIII, quien le otorgó la cruz de San Luis; pero como los favores reales no fueron más allá, Brune volvió a hacerse bonapartista. Durante los «Cien Días», mandó, a las órdenes de Napoleón, un cuerpo de observación sobre el Var, en el que desplegó todo su brutal vigor contra los realistas. Después de la batalla de Waterloo proclamó al rey y, dejando su cuerpo de ejército, viajaba de Tolón a Aviñón camino de París, cuando una turba furiosa irrumpió en la posada de Aviñón donde se alojaba Brune, lo insultó llamándolo uno de los septembriseurs de 1792, lo cercó, retiró los obstáculos que había levantado, penetró en su habitación y lo fusiló. La turba se apoderó de su cadáver, lo arrastró por las calles y lo arrojó al Ródano.

Nada más notorio que su codicia y avidez.‘

«Por más de quince días Aviñón estuvo entregada a la agitación, la matanza y el fuego cuando, el 2 de agosto de 1815, Brune llegó allí con dos ayudantes de campo y se detuvo a desayunar en el Hôtel Palais-Royal, donde se hallaba la posta de caballos. Reconocido por un veterano del ejército que lo señaló a los curiosos, recuperó su carruaje una hora más tarde. A cien pasos de las puertas de la ciudad, donde le revisaron el pasaporte, la población se le echó encima, arrojando piedras a su carruaje y obligándolo a regresar al hotel que acababa de dejar. La multitud en la plaza seguía creciendo y clamaba por la cabeza del hombre que le había sido señalado como el asesino de la princesa de Lamballe.»'14

Napoleón dijo en Santa Elena: «Brune, Masséna, Augereau y muchos otros fueron intrépidos depredadores.»