4 Véase este volumen, págs. 85-89.— Ed.


I. INFANTERÍA GRIEGA

Los creadores de la táctica griega fueron los dorios*; entre ellos, los espartanos llevaron a la perfección el antiguo orden de batalla dorio. Originalmente, todas las clases que componían una comunidad doria estaban sometidas al servicio militar; no solo los ciudadanos plenos que formaban la aristocracia, sino también los periecos* sujetos, e incluso los esclavos. Todos ellos se formaban en la misma falange, pero cada cual en una posición distinta. Los ciudadanos plenos tenían que presentarse con armamento pesado, con armadura defensiva, con casco, coraza y grebas de bronce, con un gran escudo de madera forrado de cuero, lo bastante alto para proteger a toda la persona, y con lanza y espada. Formaban, según su número, la primera o primera y segunda filas de la falange. Detrás de ellos se situaban los súbditos y esclavos, de modo que cada escudero espartano tenía a sus servidores a su espalda; estos carecían de la costosa armadura defensiva, confiando en la protección que les brindaban las filas delanteras y sus escudos; sus armas ofensivas eran hondas, jabalinas, cuchillos, puñales y mazas. Así, la falange doria formaba una línea profunda, los hoplitas o infantería pesada al frente, los gimnetas o infantería ligera en las filas traseras. Los hoplitas debían arrollar al enemigo con la carga de sus lanzas; una vez en medio del cuerpo hostil, desenvainaban sus cortas espadas y se abrían paso hacia adelante en el cuerpo a cuerpo, mientras que los gimnetas, que primero preparaban la carga lanzando piedras y jabalinas por encima de las cabezas de las filas delanteras, ayudaban ahora al avance de los hoplitas rematando a los enemigos heridos y dispersos. La táctica de un cuerpo semejante era, pues, muy simple; apenas había maniobra táctica; el valor, la tenacidad, la fuerza corporal y la agilidad y destreza individuales de los hombres, especialmente de los hoplitas, decidían todo.

Esta unión patriarcal de todas las clases de la nación en una misma falange desapareció poco después de las guerras médicas,* principalmente por causas políticas; la consecuencia fue que la falange se compuso ya exclusivamente de hoplitas, y que la infantería ligera, allí donde continuó existiendo o donde se formó una nueva infantería ligera, combatía separadamente como escaramuzadores. En Esparta, los ciudadanos espartiatas, junto con los periecos, formaban la falange con armamento pesado; los ilotas* seguían ahora con el bagaje, o como portadores de escudo (hypaspistae). Durante un tiempo, se consideró suficiente esta falange para todas las exigencias de la batalla; pero pronto los escaramuzadores de los atenienses, en la guerra del Peloponeso,* obligaron a los espartanos a procurarse tropas de un tipo similar. Sin embargo, no formaron gimnetas propios, sino que destacaban a la parte más joven de sus hombres a tareas de escaramuza. Cuando, hacia el final de esa guerra, el número de ciudadanos e incluso de periecos se redujo mucho, se vieron obligados a formar falanges de esclavos con armamento pesado, mandados por ciudadanos.

Los atenienses, tras expulsar de la falange a los gimnetas, formados por los ciudadanos más pobres, los servidores y los esclavos, crearon cuerpos especiales de infantería ligera, compuestos de gimnetas o psilos, destinados a la escaramuza y armados exclusivamente para el combate a distancia: honderos (sphendonetas), arqueros (toxotas) y lanzadores de jabalina (akontistas), estos últimos llamados también peltastas por el pequeño escudo (pelta) que solo ellos portaban. Esta nueva clase de infantería ligera, reclutada originalmente entre los ciudadanos más pobres de Atenas, pasó muy pronto a formarse casi [342] Frederick Engels exclusivamente de mercenarios y de los contingentes de los aliados de Atenas.2* A partir del momento en que se introdujeron estos escaramuzadores, la torpe falange doria ya no fue idónea para actuar sola en el combate. Además, sus materiales se habían ido deteriorando constantemente: en Esparta, por la extinción gradual de la aristocracia guerrera; en las demás ciudades, por la influencia del comercio y la riqueza, que fueron minando poco a poco el antiguo desprecio a la muerte. De este modo, la falange, formada por una milicia no muy heroica, perdió la mayor parte de su antigua importancia. Constituía el fondo, la reserva de la línea de batalla, delante de la cual combatían los escaramuzadores, o detrás de la cual se retiraban cuando eran presionados, pero de la que apenas se esperaba que ella misma llegara a trabar combate cuerpo a cuerpo con el enemigo. Allí donde la falange se formaba con mercenarios, su carácter no era mucho mejor. Su torpeza la hacía inepta para las maniobras, especialmente en terrenos aunque fuera ligeramente accidentados, y toda su utilidad consistía en la resistencia pasiva. Esto condujo a dos intentos de reforma emprendidos por Ifícrates, un general de mercenarios. Este condotiero griego* cambió las antiguas y cortas lanzas de los hoplitas (de 8 a 10 pies de largo) por otras considerablemente más largas, de modo que, con filas cerradas, las lanzas de 3 o 4 filas sobresalían por delante y podían actuar contra el enemigo; así se reforzó considerablemente el elemento defensivo de la falange. Por otra parte, para crear una fuerza apta para decidir batallas mediante un ataque cercano y a la vez rápido, armó a sus peltastas con una armadura defensiva ligera y una buena espada, y los adiestró en las evoluciones de la falange. Cuando se les ordenaba cargar, avanzaban a una velocidad inalcanzable para la falange de hoplitas, lanzaban una descarga de jabalinas a 10 o 20 yardas y caían sobre el enemigo con la espada. La simplicidad de la antigua falange doria había dejado así paso a un orden de batalla mucho más complicado; la acción del general se había convertido en un elemento importante de la victoria; las maniobras tácticas se habían hecho posibles. Epaminondas fue el primero en descubrir el gran principio táctico que hasta el día de hoy decide casi todas las batallas campales: la distribución desigual de las tropas en la línea del frente, a fin de concentrar el ataque principal en un punto decisivo. Hasta entonces, las batallas de los griegos se habían librado en orden paralelo; la fuerza de la línea del frente era la misma en todos los puntos; si un ejército era superior en número al que se le oponía, o bien formaba un orden de batalla más profundo, o bien desbordaba al otro ejército por ambas alas. Epaminondas, por el contrario, destinaba una de sus alas al ataque y la otra a la defensa; el ala atacante la componían sus mejores tropas y la masa de sus hoplitas, formados en una columna profunda y seguidos por la infantería ligera y la caballería. La otra ala era naturalmente considerablemente más débil y se mantenía retrasada, mientras que el ala atacante rompía la línea enemiga, y la columna, bien desplegándose o bien girando en línea, los envolvía con la ayuda de las tropas ligeras y los jinetes.

El progreso establecido por Ifícrates y Epaminondas fue aún más desarrollado cuando Macedonia tomó la cabeza de la raza helénica y la condujo contra Persia. Las largas lanzas de los hoplitas aparecen aún más alargadas en la sarissa macedonia. Los peltastas de Ifícrates reaparecen en una forma mejorada en los hipaspistas de Alejandro. Finalmente, la economía de fuerzas, tal como la aplicó Epaminondas al orden de batalla, fue extendida por Alejandro a una combinación de las distintas armas que Grecia, con su insignificante caballería, nunca habría podido producir. La infantería de Alejandro se componía de la falange de hoplitas, que formaba la fuerza defensiva del orden de batalla; de la infantería ligera de escaramuza, que hostigaba al enemigo a todo lo largo del frente y contribuía también a la persecución de la victoria; y de los hipaspistas, a los que pertenecía su propia guardia personal, los cuales, aunque equipados ligeramente, eran todavía capaces de realizar maniobras regulares de falange y formaban ese tipo de infantería media que está más o menos adaptada tanto al orden cerrado como al abierto. Sin embargo, ni Grecia ni Macedonia habían producido una infantería móvil en la que se pudiera confiar cuando se enfrentaba a una falange sólida. Aquí, Alejandro introdujo su caballería. El ala atacante estaba formada por la masa de su caballería pesada, escogida de la nobleza macedonia, y con ella actuaban los hipaspistas; estos seguían la carga de los jinetes y se precipitaban por la brecha que habían abierto, asegurando el éxito obtenido por ellos y estableciéndose en medio de la posición enemiga. Tras la conquista del centro del imperio persa, Alejandro utilizó a sus hoplitas principalmente para guarnecer las ciudades conquistadas. Pronto desaparecieron del ejército que, mediante sus audaces y rápidas marchas, sometió a las tribus de Asia hasta el Indo y el Jaxartes. Ese ejército estaba formado principalmente por caballería, hipaspistas e infantería ligera; la falange, que no habría podido seguir en semejantes marchas, se hizo al mismo tiempo superflua dada la naturaleza del enemigo a conquistar. Bajo los sucesores de Alejandro, su infantería, así como su caballería y su táctica, se deterioraron completa y rápidamente. Las dos alas del orden de batalla se formaron exclusivamente con caballería, y el centro con infantería; pero se confiaba tan poco en esta última que era cubierta por elefantes. En Asia, el elemento asiático predominante pronto se impuso y volvió a los ejércitos de los seléucidas casi inútiles; en [343] Europa, la infantería macedonia y griega recuperó cierta solidez, pero con ello se volvió a las antiguas tácticas exclusivamente falangíticas. Las tropas ligeras y la caballería nunca se recuperaron, mientras que se malgastaron muchos esfuerzos e ingenio en vanos intentos de dar a la falange la movilidad que, por su propia naturaleza, nunca podía alcanzar; hasta que finalmente la legión romana puso fin a todo el sistema.

La organización táctica y las maniobras de la falange eran bastante simples. Con una profundidad general de 16 hombres (bajo Alejandro), una línea de 16 filas formaba un cuadrado completo, y este, el syntagma, constituía la unidad de evoluciones; 16 syntagmas, o 256 filas, formaban una falangarquía de 4.096 hombres, y 4 de estas, a su vez, debían formar la falange completa. La falangarquía, en orden de batalla, formaba en línea con 16 de profundidad; pasaba al orden de marcha girando a la derecha o a la izquierda, o bien virando en syntagmas, formando en cada caso una columna cerrada de 16 de frente. Cuando estaba en línea, la profundidad podía aumentarse y el frente reducirse duplicando las filas, colocándose las filas pares detrás de las impares; y el movimiento opuesto se realizaba duplicando las hileras, reduciendo la profundidad de 16 a 8 hombres por fila. La contramarcha por filas se empleaba cuando el enemigo aparecía repentinamente a la retaguardia de la falange; la inversión que esto causaba (cada fila quedaba en un lugar equivocado dentro de su propia sección o syntagma) se corregía a veces mediante una contramarcha por hileras en cada sección. Añádase a esto el manejo de la lanza, y tendremos enumerados los diversos elementos del adiestramiento de los antiguos hoplitas. Es natural que las tropas más ligeras, aunque no estuvieran exactamente destinadas a combatir en orden cerrado, se ejercitaban también en los movimientos falangíticos.

II. INFANTERÍA ROMANA

346 Frederick Engels

La palabra latina *legio* se empleaba originariamente para expresar la totalidad de los hombres seleccionados para el servicio en campaña, y por tanto era sinónimo de ejército. Posteriormente, cuando la extensión del territorio romano y el poder de los enemigos de la república exigieron ejércitos mayores, éstos se dividieron en varias legiones, cada una de las cuales tenía una fuerza similar a la del ejército romano originario. Hasta la época de Mario, cada legión se componía de infantería y caballería; esta última, aproximadamente 1/9 de la fuerza de la primera. Originariamente, la infantería de la legión romana parece haberse organizado de manera semejante a la antigua falange doria, combatiendo en una línea profunda; los patricios y los ciudadanos más ricos, con armadura pesada, formaban las filas delanteras, y los plebeyos más pobres y con armas más ligeras se situaban detrás. Pero por la época de las guerras samnitas, la legión empezó a experimentar un cambio de organización que pronto la pondría en perfecto contraste con la falange griega, y del cual, una vez alcanzó su pleno desarrollo en las guerras púnicas,¹ Polibio nos da una relación completa.¹ La legión, de la que generalmente se reclutaban 4 para cada campaña, estaba ahora compuesta de 4 clases de infantería: *velites*, *hastati*, *principes* y *triarii*; los primeros, formados con reclutas, eran infantería ligera; los *triarii*, veteranos, constituían la reserva del ejército; las otras dos clases, que formaban el cuerpo principal de combate o infantería de línea, componían el resto del ejército, y se diferenciaban en que los *principes* eran seleccionados entre aquellos hombres que, después de los *triarii*, habían prestado más servicio. Los *velites* llevaban gorros de cuero, escudos redondos ligeros como armadura defensiva, y llevaban espadas y varias jabalinas ligeras; las 3 clases restantes llevaban cascos de bronce, corazas de cuero cubiertas con placas de bronce y grebas de bronce. Los *hastati* y *principes*, además de una espada corta, llevaban dos *pila* o jabalinas, una ligera y otra muy pesada; esta última constituía el arma de ataque específica de la infantería romana. Era de madera gruesa y pesada, con una larga punta de hierro, pesando en total al menos 10 libras, y con la punta de casi 7 pies de largo. Sólo podía arrojarse a distancias muy cortas, digamos 8 ó 12 yardas, pero dado su peso, su efecto era formidable contra las armaduras defensivas ligeras de aquellos tiempos. Los *triarii*, además de la espada, llevaban lanzas en lugar de *pila*.

Cada legión contenía 1,200 *hastati*, divididos en 10 *manipuli* o compañías de 120 hombres cada una; el mismo número de *principes*, igualmente divididos; 600 *triarii*, en 10 *manipuli* de 60 cada uno; y 1,200 *velites*, de los cuales 40 estaban adscritos a cada uno de los 30 *manipuli*, y formaban las filas traseras a menos que se les empleara de otro modo. Los *hastati* formaban la primera línea, cada *manipulus* desplegado en línea, probablemente a 6 hombres de fondo, con un intervalo entre un *manipulus* y el siguiente igual a su frente, el cual, dado que el espacio asignado a cada hombre en una fila era de 6 pies, se extendía unos 120 pies, extendiéndose toda la línea 2,400 pies. Detrás de ellos, en segunda línea, se colocaban los 10 *manipuli* de *principes*, cubriendo los intervalos de los *manipuli* de la primera línea, y detrás de los *principes* los *triarii*, cada línea a una distancia apropiada de la que tenía delante. Los *velites* escaramuzaban delante del frente y en los flancos. Duplicando las filas, el orden de batalla podía reducirse a la mitad de su extensión original de frente, o 1,200 pies. Todo este orden de batalla estaba calculado para el ataque.

Capaz, por lo reducido de las unidades tácticas y por la gran libertad que ello otorgaba a todos sus movimientos, de combatir en casi cualquier tipo de terreno, era inmensamente superior a la falange griega, la cual requería una llanura nivelada y muy pronto se vio reducida, por su propia torpeza, a una mera formación defensiva. La legión avanzaba; a 8 ó 12 yardas, los *hastati*, probablemente duplicando sus filas para la ocasión, arrojaban sus *pila* pesados a la falange, cuyas lanzas no podían aún alcanzar a los romanos, y, tras haber roto así el orden cerrado de los falangitas, se lanzaban sobre ellos espada en mano. Si un solo *manipulus* entraba en desorden, el efecto no se transmitía a las compañías vecinas; si el combate proseguía sin decisión inmediata, los *principes* avanzaban por los intervalos, arrojaban sus *pila* y se abalanzaban sobre el enemigo con la espada, dando así a los *hastati* la oportunidad de desenredarse y rehacerse detrás de los *triarii*. En un caso extremo, estos últimos avanzaban, ya para decidir definitivamente la victoria o para asegurar una retirada ordenada. Los *velites*, junto con la caballería, efectuaban el servicio de avanzadas, trababan combate con el enemigo al comienzo de la batalla mediante escaramuzas y proseguían la persecución. El *pilum* ligero de los *hastati* y *principes* parece haberse empleado principalmente en posiciones defensivas, para sembrar el desorden en las filas de un enemigo que avanzaba antes de que estuviese lo bastante cerca para el *pilum* pesado. Las marchas hacia el frente se emprendían desde una u otra ala: el primer *manipulus* de *hastati* al frente, seguido por el primero, respectivamente, de *principes* y *triarii*, luego los tres segundos *manipuli* en el mismo orden, y así sucesivamente; las marchas hacia un flanco se efectuaban en 3 columnas, cada una de las 3 clases de infantería formando una columna; el bagaje quedaba en el lado más alejado del enemigo. Si este último aparecía por el lado por donde marchaban los *triarii*, el ejército se detenía y daba frente al enemigo; los *principes* y *hastati* pasaban a través de los intervalos de los *manipuli* de los *triarii* y ocupaban sus posiciones adecuadas.

Cuando, tras la segunda guerra púnica, las guerras continuadas y las conquistas cada vez más extensas de los romanos, unidas a importantes cambios sociales en Roma e Italia en general, hicieron casi impracticable la obligación universal del servicio militar, los ejércitos romanos empezaron gradualmente a componerse de reclutas voluntarios procedentes de las clases más pobres, formándose así soldados de profesión en lugar de la antigua milicia que incluía a todos los ciudadanos. Con ello, el ejército cambió por completo su carácter; y, al deteriorarse los elementos de que se componía, una nueva organización se fue haciendo cada vez más necesaria. Mario llevó a cabo esta nueva organización. La caballería romana dejó de existir. La poca caballería que quedaba se componía de mercenarios bárbaros o de contingentes aliados.* La distinción de las 4 clases de infantería quedó abolida. Los *velites* fueron reemplazados por contingentes aliados o bárbaros, y el resto de la legión se formó con una sola y misma clase de infantería de línea, armada como los *hastati* o los *principes*, pero sin el *pilum* ligero. El *manipulus* fue reemplazado, como unidad táctica, por la cohorte, un cuerpo de un promedio de 360 hombres, formado originariamente por la fusión de 3 *manipuli* en uno; de manera que la legión quedó ahora dividida en 10 cohortes, que generalmente se disponían en 3 líneas (4, 3 y 3 cohortes respectivamente). La cohorte se formaba a 10 hombres de fondo, con un frente de 3 a 4 pies por cada fila, de modo que la extensión total del frente de la legión quedaba muy reducida (alrededor de 1,000 pies). Así, no sólo se simplificaban mucho los movimientos tácticos, sino que la influencia del comandante de la legión se hacía mucho más directa y poderosa. Se aligeró el armamento y el equipo de cada soldado, pero, por otra parte, se le hizo transportar la mayor parte de su bagaje en horquillas de madera inventadas para ello por Mario (*mult Mariani*); los *impedimenta* del ejército quedaron así considerablemente reducidos. Por otra parte, la concentración de 3 *manipuli* en una cohorte no podía menos de reducir la facilidad de maniobrar en terreno quebrado; la ausencia del *pilum* ligero reducía la capacidad defensiva; y la abolición de los *velites*, no siempre reemplazados del todo por auxiliares extranjeros o mercenarios, o por los *antesignani* (hombres seleccionados de la legión por César para el servicio de infantería ligera, pero dejados sin armas para el combate a distancia), disminuyó las posibilidades de mantener un combate eludiendo al mismo tiempo una decisión. El ataque rápido y resuelto se convirtió en la única forma de combate adecuada para estas legiones. Aun así, la infantería romana siguió constando de romanos, o al menos de itálicos; y, pese a la decadencia del imperio bajo los Césares, mantuvo su antigua fama mientras el carácter nacional permaneció intacto. Pero cuando la ciudadanía romana dejó de ser condición necesaria para ingresar en una legión, el ejército pronto perdió su prestigio. Ya en tiempos de Trajano, los bárbaros, en parte procedentes de las provincias romanas, en parte de países no conquistados, constituían la fuerza principal de las legiones, y desde ese momento se perdió el carácter de la infantería romana. Se abandonó la armadura pesada; el *pilum* fue reemplazado por la lanza; la legión, organizada en cohortes, se fundió de nuevo en una falange desmañada; y como la falta general de voluntad de llegar al combate cuerpo a cuerpo era una característica de la infantería de este período, el arco y la jabalina se empleaban ahora no sólo para escaramuzar, sino también para el orden cerrado de la infantería de línea.

348 Frederick Engels

III. LA INFANTERÍA DE LA EDAD MEDIA

La decadencia de la infantería romana tuvo su continuación en la de los soldados de infantería bizantinos. Se mantenía aún una especie de leva forzosa, pero sin otro resultado que formar la auténtica hez del ejército. Auxiliares bárbaros y mercenarios componían sus porciones mejores, pero incluso éstos no eran de gran valor. La organización jerárquica y administrativa de las tropas se perfeccionó hasta un estado casi ideal de burocracia, pero con el mismo resultado que vemos ahora en Rusia: una perfecta organización de la malversación y el fraude a expensas del Estado, con ejércitos que costaban sumas enormes y que existían en parte sólo sobre el papel. El contacto con la caballería irregular de Oriente redujo cada vez más tanto la importancia como la calidad de la infantería. Los arqueros montados se convirtieron en el arma favorita; la mayor parte, si no toda, de la infantería iba equipada también con el arco además de la lanza y la espada. Así, el combatir a distancia se puso de moda, considerándose anticuados los choques cuerpo a cuerpo. La infantería era considerada tan despreciable que se la mantenía intencionadamente alejada del campo de batalla y se la empleaba principalmente para servicios de guarnición; la mayoría de las batallas de Belisario fueron libradas exclusivamente por la caballería, y cuando la infantería participaba en ellas, no dejaba de huir. Su táctica se basaba por completo en el principio de evitar el combate cuerpo a cuerpo y de cansar al enemigo. Si bien triunfó con ello frente a los godos, que carecían por completo de armas a distancia, escogiendo un terreno quebrado en el que su falange no podía actuar, fue derrotado por los francos, cuya infantería tenía algo del antiguo modo romano de combatir, y por los persas, cuya caballería era ciertamente superior a la suya.

Los invasores germanos del Imperio romano constaban originariamente, en su mayor parte, de infantería, y combatían en una especie de falange doria, los jefes y los hombres más ricos en las filas delanteras, los demás detrás. Sus armas eran la espada y la lanza. Los francos, sin embargo, llevaban hachas de combate cortas de doble filo, que arrojaban, como el *pilum* romano, contra la masa enemiga en el momento inmediatamente anterior a la carga con la espada en la mano. Ellos y los sajones conservaron durante algún tiempo una infantería buena y respetada; pero gradualmente los conquistadores teutónicos pasaron en todas partes al servicio de la caballería, dejando las funciones de los soldados de a pie a los provinciales romanos conquistados; así, el servicio de infantería se hizo despreciado como atributo de esclavos y siervos, y el carácter del soldado de infantería decayó necesariamente en proporción. A finales del siglo X, la caballería era la única arma que decidía realmente las batallas...

¹ Polibio, *Historias*, Libro 6.— Ed.

...sobre Europa; la infantería, aunque mucho más numerosa en todos los ejércitos que la caballería, no era más que una chusma mal armada y apenas con intento alguno de organización. A un soldado de infantería ni siquiera se le consideraba soldado; la palabra *miles* se hizo sinónimo de jinete. La única posibilidad de mantener una infantería respetable residía en las ciudades, especialmente en Italia y Flandes. Estas tenían una milicia propia que, por necesidad, se componía de infantería; y como su servicio para la protección de las ciudades, en medio de las incesantes contiendas entre los nobles vecinos, era permanente, pronto se halló conveniente disponer de una fuerza de mercenarios pagados en lugar de una milicia compuesta por los ciudadanos, reservándose esta última fuerza para ocasiones extraordinarias. Aun así, no encontramos que los contingentes urbanos mostraran superioridad marcada alguna sobre la chusma de peones reunida por los nobles y que en batalla se dejaba siempre para proteger el bagaje. Esto vale, al menos, para el período clásico de la caballería andante. En la caballería de aquellos tiempos, cada caballero aparecía armado de pies a cabeza,a cubierto todo él de armadura y montando un caballo igualmente protegido. Lo acompañaba un escudero algo más ligeramente armado y varios otros hombres montados, sin armadura y armados con arcos. En orden de batalla, estas fuerzas se disponían según un principio semejante al de la antigua falange dórica: los caballeros fuertemente armados en primera fila, los escuderos en segunda y los arqueros montados detrás de ellos. Estos últimos, por la naturaleza de su arma, pronto fueron empleados en el combate a pie, que se convirtió cada vez más en la regla para ellos, de modo que sus caballos se utilizaban principalmente como medio de locomoción y no para la carga. Los arqueros ingleses, armados con el arco largo —mientras que los del sur de Europa llevaban la ballesta—, sobresalían especialmente en esta modalidad de combate a pie, y muy probablemente fue esta circunstancia la que pronto condujo a una extensión, en este servicio, del combate desmontado. Sin duda, en sus largas campañas en Francia, los caballos de los caballeros fuertemente armados pronto quedaban agotados e inservibles para otra cosa que el transporte. En tal aprieto era natural que los gendarmes peor montados desmontaran y formasen una falange de lanzas, completada con la mejor parte de los peones (especialmente los galeses), mientras que aquellos cuyos caballos aún estaban en condiciones para una carga formaban ahora la verdadera caballería de combate. Tal dispositivo se mostraba muy bien adaptado a las batallas defensivas, y en él se basaron todas las batallas del Príncipe Negro,b y, como es bien sabido, con pleno éxito. El nuevo modo de combatir fue pronto adoptado por los franceses y otras naciones, y puede considerarse casi como el sistema normal de los siglos XIV y XV. Así, pues, al cabo de 1.700 años, nos encontramos casi de vuelta a la táctica de Alejandro; con la sola diferencia de que con Alejandro la caballería era un arma recién introducida que debía fortalecer las capacidades menguantes de la infantería pesada, mientras que aquí la infantería pesada, formada por jinetes desmontados, era una prueba viviente de que la caballería declinaba y de que un nuevo día había amanecido para la infantería.

IV. EL RESURGIMIENTO DE LA INFANTERÍA

De las ciudades flamencas, por entonces el primer distrito manufacturero del mundo, y de las montañas suizas, surgieron las primeras tropas que, después de siglos de decadencia, merecieron de nuevo el nombre de infantería. La caballería francesa sucumbió tanto ante los tejedores y bataneros, los orfebres y curtidores de las ciudades belgas, como la nobleza borgoñona y austríaca ante los campesinos y vaqueros de Suiza. Las buenas posiciones defensivas y un armamento ligero hicieron lo principal, apoyados, en el caso de los flamencos, por numerosas armas de fuego, y en el de los suizos, por un país casi impracticable para los caballeros fuertemente armados de la época. Los suizos llevaban principalmente alabardas cortas, que podían usarse tanto para estocadas como para golpes, y no eran demasiado largas para el combate cuerpo a cuerpo; posteriormente también tuvieron picas, ballestas y armas de fuego; pero en una de sus batallas más célebres, en Laupen (1339), no tenían más armas para el combate a distancia que piedras. De los encuentros defensivos en sus montañas inaccesibles, pronto pasaron a batallas ofensivas en el llano, y con ellas a tácticas más regulares. Luchaban en una falange profunda; la armadura defensiva era ligera, y en general se limitaba a las primeras filas y a las filas de los flancos, quedando el centro ocupado por hombres sin armadura; la falange suiza, sin embargo, se formaba siempre en tres cuerpos distintos: vanguardia, cuerpo principal y retaguardia, con lo cual quedaban aseguradas una mayor movilidad y la posibilidad de variadas disposiciones tácticas. Pronto se hicieron expertos en aprovechar los accidentes del terreno, lo que, unido al perfeccionamiento de las armas de fuego, los protegió contra las embestidas de la caballería, mientras que contra la infantería armada con largas lanzas idearon diversos medios para abrirse paso en algún punto a través del bosque de lanzas, tras lo cual sus alabardas cortas y pesadas les otorgaban una inmensa ventaja, incluso contra hombres cubiertos de armadura. Muy pronto aprendieron, sobre todo cuando contaban con el apoyo de la artillería y de las armas de fuego ligeras, a resistir en cuadros o formaciones en cruz las cargas de la caballería; y tan pronto como una infantería volvió a ser capaz de hacerlo, los días de la caballería andante estaban contados.

Hacia mediados del siglo XV, la lucha de las ciudades contra la nobleza feudal había sido retomada en todas partes por los príncipes de las monarquías más grandes que se estaban consolidando, y en consecuencia estos habían comenzado a formar ejércitos de mercenarios tanto para someter a los nobles como para llevar a cabo objetivos independientes de política exterior. Junto a los suizos, los alemanes, y poco después la mayoría de las demás naciones europeas, comenzaron a proporcionar grandes contingentes de mercenarios, reclutados por alistamiento voluntario y que vendían sus servicios al mejor postor sin la menor consideración de nacionalidad. Estas bandas se organizaban tácticamente sobre el mismo principio que los suizos; estaban armadas principalmente con picas y luchaban en grandes batallones cuadrados, con tantos hombres de profundidad como los que había en la primera fila. Sin embargo, tenían que combatir en circunstancias distintas a las de los suizos que defendían sus montañas; tenían que atacar tanto como resistir en posiciones defensivas; tenían que enfrentarse al enemigo en las llanuras de Italia y Francia tanto como en las colinas; y muy pronto se encontraron cara a cara con las armas de fuego ligeras, que por entonces mejoraban rápidamente. Estas circunstancias provocaron algunas desviaciones de las viejas tácticas suizas, que diferían según las distintas nacionalidades; pero las características principales, la formación en tres columnas profundas, que figuraban de nombre, si no siempre en la realidad, como vanguardia, cuerpo principal y retaguardia o reserva, siguieron siendo comunes a todos. Los suizos conservaron su superioridad hasta la batalla de Pavía, después de la cual los lansquenetes alemanes, que ya desde hacía algún tiempo eran casi, si no del todo, iguales a ellos, fueron considerados la primera infantería de Europa. Los franceses, cuya infantería hasta entonces nunca había servido para nada, se esforzaron mucho durante este período por formar un cuerpo nacional útil de soldados de a pie; pero sólo tuvieron éxito con los naturales de dos provincias, los picardos y los gascones. La infantería italiana de este período nunca contó para nada. Los españoles, sin embargo, entre quienes Gonzalo de Córdoba, durante las guerras con los moros de Granada, introdujo por primera vez las tácticas y el armamento suizos, alcanzaron muy pronto una reputación considerable, y después de mediados del siglo XVI empezaron a pasar por la mejor infantería de Europa. Mientras los italianos, y después de ellos los franceses y alemanes, alargaron la pica de 10 a 18 pies, ellos conservaron lanzas más cortas y manejables, y su agilidad los hacía muy formidables con la espada y la daga en el combate cuerpo a cuerpo. Esta reputación la mantuvieron en Europa occidental —Francia, Italia y los Países Bajos al menos— hasta finales del siglo XVII.

El desprecio de los suizos por la armadura defensiva, basado en tradiciones de una época diferente, no era compartido por los piqueros del siglo XVI. Tan pronto como se formó una infantería europea en la que los distintos ejércitos se iban igualando cada vez más en cualidades militares, el sistema de revestir la falange con unos pocos hombres cubiertos con peto y casco resultó insuficiente. Si los suizos habían encontrado impenetrable tal falange, ya no ocurría lo mismo cuando esta se enfrentaba a otra falange absolutamente igual. Aquí, cierta dosis de armadura defensiva adquirió importancia; mientras no impidiera demasiado la movilidad de las tropas, era una ventaja decisiva. Los españoles, además, nunca habían participado de este desprecio por los petos, y empezaron a ser respetados. En consecuencia, petos, cascos, musleras, brazales y guanteletes volvieron a formar parte del equipo regular de cada piquero. A ello se añadía una espada, más corta entre los alemanes, más larga entre los suizos, y de cuando en cuando una daga.

V. LA INFANTERÍA DE LOS SIGLOS XVI Y XVII

El arco largo había desaparecido desde hacía algún tiempo del continente europeo, excepto en Turquía; la ballesta hizo su última aparición entre los gascones franceses en el primer cuarto del siglo XVI. En todas partes fue sustituido por el mosquete de mecha, que, en diferentes grados de perfección, o más bien de imperfección, se convirtió ahora en la segunda arma de la infantería. Los mosquetes de mecha del siglo XVII, máquinas pesadas y de construcción defectuosa, eran de muy grueso calibre, para asegurar, además del alcance, al menos alguna precisión, y la fuerza necesaria para penetrar el peto de un piquero. La forma generalmente adoptada hacia 1530 fue el pesado mosquete que se disparaba desde una horquilla, pues un hombre no podía apuntar sin ese soporte. Los mosqueteros llevaban una espada, pero ninguna armadura defensiva, y se empleaban ya para escaramuzar, ya en una especie de orden abierto, para mantener posiciones defensivas o preparar la carga de los piqueros para el ataque de dichas posiciones. Pronto se hicieron muy numerosos en proporción a los piqueros; en las batallas de Francisco I en Italia eran muy inferiores en número a los piqueros, pero 30 años después estaban al menos en igual número que ellos. Este aumento en el número de mosqueteros obligó a inventar algún método táctico para encuadrarlos regularmente en el orden de batalla. Esto se hizo en

a De pies a cabeza. — Ed.
b Eduardo, Príncipe de Gales. — FEd.

el sistema táctico conocido como ordenanza húngara, inventado por las tropas imperiales en sus guerras contra los turcos en Hungría. Los mosqueteros, al no poder defenderse cuerpo a cuerpo, se colocaban siempre de manera que pudieran retirarse detrás de los piqueros. Así, a veces se situaban en una u otra ala, a veces en las 4 esquinas de las alas; muy a menudo todo el cuadro o columna de piqueros estaba rodeado por una fila de mosqueteros, que hallaban protección bajo las picas de sus hombres de retaguardia. Finalmente, el plan de tener a los mosqueteros en los flancos de los piqueros se impuso en el nuevo sistema táctico introducido por los neerlandeses en su guerra de independencia.” Este sistema se distingue especialmente por la subdivisión de las 3 grandes falanges en que cada ejército se formaba, según las tácticas suiza y húngara. Cada una de ellas se desplegaba en 3 líneas, la del medio a su vez subdividida en un ala derecha y un ala izquierda, separadas entre sí por una distancia igual por lo menos al frente de la primera línea. Estando todo el ejército organizado en medios regimientos, que llamaremos batallones, cada batallón tenía sus piqueros en el centro y sus mosqueteros en los flancos. La vanguardia de un ejército, compuesta por 3 regimientos, se formaría, pues, del siguiente modo: dos medios regimientos en línea contigua en la primera línea; detrás de cada una de sus alas otro medio regimiento; más a retaguardia, y cubriendo la primera línea, los dos medios regimientos restantes también en línea contigua. El cuerpo principal y la retaguardia podían situarse ya en el flanco o detrás de la vanguardia, pero se formaban según el mismo plan. Aquí tenemos, en cierto grado, un retorno a la antigua formación romana en 3 líneas y pequeños cuerpos diferenciados.

Los imperiales, y con ellos los españoles, habían hallado la necesidad de dividir sus grandes ejércitos en más de las 3 masas ya mencionadas; pero sus batallones o unidades tácticas eran mucho más grandes que los neerlandeses, combatían en columna o en cuadro en vez de en línea, y no tuvieron una formación regular para el orden de batalla hasta que, durante la guerra de independencia neerlandesa, los españoles empezaron a formarlos en lo que se conoce como brigada española. Cuatro de estos grandes batallones, cada uno compuesto a menudo por varios regimientos, formados en cuadro, rodeados por una o dos filas de mosqueteros y con alas de mosqueteros en las esquinas, se disponían a intervalos adecuados en las 4 esquinas de un cuadrado, con una esquina vuelta hacia el enemigo. Si el ejército era demasiado grande para caber en una sola brigada, se podían formar dos; y así surgían 3 líneas, con 2 batallones en la primera, 4 (a veces solo 3) en la segunda y 2 en la tercera. Como en el sistema neerlandés, encontramos aquí el intento de retornar al antiguo sistema romano de 3 líneas.

Otra gran transformación tuvo lugar durante el siglo XVI; la caballería pesada de los caballeros se disolvió y fue reemplazada por una caballería mercenaria, armada de manera semejante a nuestros modernos coraceros, con coraza, casco, espada y pistolas. Esta caballería, muy superior en movilidad a sus predecesores, se volvió con ello también más temible para la infantería; aun así, los piqueros de la época nunca le tuvieron miedo. Con este cambio, la caballería se convirtió en un arma uniforme y entró en una proporción mucho mayor en la composición de los ejércitos, especialmente durante el período que ahora debemos considerar, a saber, la guerra de los Treinta Años. En esa época, el sistema de servicio mercenario era universal en Europa; se había formado una clase de hombres que vivían de la guerra y para la guerra; y aunque las tácticas pudieran haber ganado con ello, el carácter de los hombres, el material que componía los ejércitos así como su moral, ciertamente habían sufrido. Europa central estaba infestada de condotieros de toda laya, que tomaban las querellas religiosas y políticas como pretexto para saquear y devastar el país entero. El carácter del soldado individual había entrado en esa degradación que fue en aumento hasta que la Revolución francesa barrió finalmente este sistema de servicio mercenario. Los imperiales formaban sus batallas según el sistema de la brigada española, con 4 o más brigadas en línea, formando así 3 líneas. Los suecos bajo Gustavo Adolfo se formaban en brigadas suecas, cada una compuesta por 3 batallones, uno al frente y dos un poco a retaguardia, cada uno desplegado en línea, con las picas en el centro y los mosqueteros en las alas. Estaban dispuestos de tal modo (estando ambas armas representadas en número igual) que, formando una línea contigua, cada una podía cubrir a la otra. Suponiendo que se diera la orden de formar una línea contigua de mosqueteros, las dos alas de esa arma del batallón del centro o del frente cubrirían sus propias picas adelantándose ante ellas, mientras que las de los otros dos batallones, cada una por su flanco, avanzarían hasta alinearse con la primera. Si se temía un ataque de la caballería, todos los mosqueteros se retiraban detrás de los piqueros, mientras que las dos alas de estos últimos avanzaban hasta alinearse con el centro, formando así una línea contigua de picas. El orden de batalla se componía de dos líneas de tales brigadas, que formaban el centro del ejército, mientras que la numerosa caballería se situaba en las dos alas, entremezclada con pequeños destacamentos de mosqueteros. Lo característico de este sistema sueco es que los piqueros, que en el siglo XVI habían sido la gran arma ofensiva, habían perdido ahora toda capacidad de ataque. Se habían convertido en un mero medio de defensa, y su función era proteger a los mosqueteros de una carga de caballería; era esta última arma, de nuevo, la que tenía que realizar toda la labor de ataque. Así, la infantería había perdido, la caballería había ganado terreno. Pero entonces Gustavo Adolfo puso fin al fuego que se había convertido en un modo de combatir favorito para la caballería, y ordenó a sus jinetes cargar siempre a todo galope y espada en mano; y desde ese momento hasta que se reanudó el combate en terreno quebrado, toda caballería que se atuvo a estas tácticas pudo vanagloriarse de grandes éxitos sobre la infantería. No puede haber mayor condena de la infantería mercenaria de los siglos XVII y XVIII que ésa; y sin embargo, era, para todos los fines de la batalla, la infantería más disciplinada de todos los tiempos.

El resultado general de la guerra de los Treinta Años sobre la táctica europea fue que tanto la brigada sueca como la española desaparecieron, y los ejércitos se dispusieron ahora en dos líneas, formando la caballería las alas y la infantería el centro. La artillería se colocaba delante del frente o en los intervalos de las otras armas. A veces se conservaba una reserva de caballería, o de caballería e infantería. La infantería se desplegaba en línea, de 6 de fondo; los mosquetes se aligeraron tanto que se pudo prescindir de la horquilla, y en todas partes se adoptaron cartuchos y cartucheras. La mezcla de mosqueteros y piqueros en los mismos batallones de infantería dio lugar entonces a los movimientos tácticos más complicados, todos ellos basados en la necesidad de formar lo que se llamaba batallones defensivos, o lo que nosotros llamaríamos cuadros contra la caballería. Incluso en un simple cuadro, no era poca cosa hacer que las 6 filas de piqueros del centro se separasen de tal modo que rodeasen completamente por todos lados a los mosqueteros, que, por supuesto, estaban indefensos frente a la caballería; ¡pero qué no sería formar de manera semejante el batallón en cruz, octágono u otras formas caprichosas! Así ocurrió que el sistema de instrucción de este período fue el más complicado que jamás se haya visto, y nadie que no fuera soldado de por vida tenía la menor oportunidad de alcanzar siquiera la más común destreza en él. Al mismo tiempo, es evidente que, ante el enemigo, todos estos intentos de formar un cuerpo capaz de resistir a la caballería resultaban perfectamente inútiles; cualquier caballería decente habría estado en medio de tal batallón antes de que se hubiera ejecutado una cuarta parte de los movimientos.

Durante la segunda mitad del siglo XVII, el número de piqueros se redujo mucho en proporción al de mosqueteros; pues desde el momento en que habían perdido todo poder ofensivo, los mosqueteros eran la parte realmente activa de la infantería. Además, se comprobó que la caballería turca, la más temible de la época, irrumpía muy a menudo en los cuadros de piqueros, mientras que era rechazada con igual frecuencia por el fuego bien dirigido de una línea de mosqueteros. En consecuencia, los imperiales suprimieron todas las picas en su ejército húngaro, y las reemplazaron a veces por caballos de frisa, que se ensamblaban en el campo, llevando los mosqueteros las cuchillas como parte de su equipo reglamentario. También en otros países se dieron casos de ejércitos enviados al campo sin un solo piquero, confiando los mosqueteros en su fuego y en la ayuda de su propia caballería cuando se veían amenazados por una carga de jinetes. Aun así, se necesitaron dos inventos para eliminar por completo la pica: la bayoneta, inventada en Francia hacia 1640 y perfeccionada en 1699 hasta convertirse en el arma manejable que hoy se usa; y el fusil de chispa, inventado hacia 1650.<sup>a</sup> La primera, aunque ciertamente un sustituto imperfecto de la pica, permitía al mosquetero darse, hasta cierto punto, la protección que hasta entonces se suponía que encontraba en los piqueros; la segunda, al simplificar el proceso de carga, le permitía compensar con creces, mediante el fuego rápido, las imperfecciones de la bayoneta.:

<sup>a</sup> En The New American Cyclopaedia dice 1670 aquí.— Ed.

VI. LA INFANTERÍA DEL SIGLO XVIII

Con la supresión de la pica, toda armadura defensiva desapareció del equipo de infantería, y esta arma se compuso ahora de una sola clase de soldados, armados con el mosquete de chispa y la bayoneta. Este cambio se llevó a cabo en los primeros años de la guerra de sucesión española, coincidiendo con los primeros años del siglo XVIII. Al mismo tiempo, encontramos ahora en todas partes ejércitos permanentes de magnitud considerable, reclutados en lo posible mediante el alistamiento voluntario, unido a la leva forzosa, y, en caso necesario, también por conscripción obligatoria. Estos ejércitos estaban ahora regularmente organizados en batallones de 500 a 700 hombres, como unidades tácticas, subdivididos para fines especiales en compañías; varios batallones formaban un regimiento. Así, la organización de la infantería empezó a adoptar una forma más estable y asentada. Como el manejo del fusil de chispa requería mucho menos espacio que el del antiguo mosquete de mecha, el antiguo orden abierto se abolió, y las filas se cerraron bien apretadas unas contra otras, a fin de tener tantos hombres disparando como fuera posible en el mismo espacio. Por la misma razón, los intervalos entre los diversos batallones en línea de batalla se redujeron al mínimo, de modo que todo el frente formaba una línea rígida e ininterrumpida, la infantería, en dos líneas, en el centro, la caballería en las alas.

El fuego, que antes se hacía por filas —cada fila, después de haber disparado, se retiraba a retaguardia para recargar—, se ejecutaba ahora por pelotones o compañías, disparando simultáneamente las tres primeras filas de cada pelotón a la voz de mando. De este modo, cada batallón podía sostener un fuego ininterrumpido contra el enemigo que tuviera al frente. Cada batallón ocupaba un lugar determinado en esta larga línea, y la disposición que asignaba a cada cual el suyo recibía el nombre de orden de batalla. La gran dificultad estribaba entonces en organizar el orden de marcha del ejército de manera que siempre pudiera pasar con facilidad del orden de marcha al de combate, y que cada fracción de la línea ocupara en el acto y con rapidez el puesto que le correspondía. Los campamentos situados al alcance del enemigo se disponían con el mismo objeto. Así, el arte de hacer marchar y acampar a los ejércitos progresó mucho durante esta época; sin embargo, la rigidez y la pesadez del orden de batalla constituían un pesado lastre para todos los movimientos de un ejército. Al mismo tiempo, su formalismo y la imposibilidad de manejar semejante línea más que en las llanuras más llanas restringían aún más la elección del terreno para los campos de batalla; pero mientras ambas partes estuvieron atadas por las mismas cadenas, esto no representó desventaja alguna para ninguna de ellas. Desde Malplaquet* hasta el estallido de la Revolución Francesa, un camino, una aldea o un corral fueron tabú para la infantería; incluso una zanja o un seto fueron considerados casi como un inconveniente para quienes tenían que defenderlos.

La infantería prusiana es la infantería clásica del siglo XVIII. Fue formada principalmente por el príncipe Leopoldo de Dessau. Durante la guerra de sucesión española, la línea de infantería se había reducido de 6 hombres de fondo a 4. Leopoldo suprimió la cuarta fila y formó a los prusianos en 3 de fondo. Introdujo también la baqueta de hierro, que permitía a sus tropas cargar y disparar 5 veces por minuto, mientras que las demás tropas apenas disparaban 3 veces. Al mismo tiempo, se les instruía para hacer fuego avanzando; pero como tenían que detenerse para disparar y mantenerse alineada toda la larga línea, el paso era muy lento: el llamado paso de ganso. El fuego comenzaba a 200 yardas del enemigo; la línea avanzaba al paso de ganso, acortando el paso y redoblando el fuego a medida que se acercaba al enemigo, hasta que éste cedía o quedaba tan quebrantado que una carga de caballería desde las alas, y un avance a la bayoneta de la infantería, lo arrojaban de su posición. El ejército se formaba siempre en dos líneas, pero como apenas había intervalos en la primera, resultaba muy difícil que la segunda acudiera en ayuda de la primera cuando era necesario. Tal era el ejército y tales las tácticas que Federico II de Prusia encontró a su disposición al subir al trono. Parecía haber muy pocas posibilidades

358 Frederick Engels

de que un hombre de genio pudiera mejorar aquel sistema, a no ser que lo rompiese por completo; y eso, en su posición y con el material que tenía para soldados, Federico no podía hacerlo. Sin embargo, logró organizar su modo de ataque y su ejército de tal modo que, con los recursos de un reino más pequeño que la Cerdeña actual y con un escaso apoyo pecuniario de Inglaterra, pudo sostener una guerra contra casi toda Europa. El misterio se explica fácilmente. Hasta entonces, las batallas del siglo XVIII habían sido batallas paralelas: ambos ejércitos se desplegaban en líneas paralelas entre sí, luchando en una llanura, en franca y limpia pelea, sin estratagemas ni ardides de arte; la única ventaja que correspondía a la parte más fuerte era que sus alas desbordaban las de su adversario. Federico aplicó al orden de batalla en línea el sistema de ataque oblicuo inventado por Epaminondas. Elegía un ala del enemigo para el primer ataque y lanzaba contra ella una de sus alas, desbordando la del enemigo, y parte de su centro, manteniendo al mismo tiempo a retaguardia el resto de su ejército. De este modo, no sólo contaba con la ventaja de envolver al enemigo, sino también con la de aplastar con fuerzas superiores a las tropas expuestas a su ataque. Las demás tropas del enemigo no podían acudir en auxilio de las atacadas; pues no sólo estaban atadas a sus puestos en la línea, sino que, una vez que el ataque sobre un ala resultaba victorioso, el resto del ejército entraba en línea y empeñaba al centro enemigo de frente, mientras el ala atacante inicial caía sobre su flanco después de haber despachado el ala contraria. Éste era, en verdad, el único método imaginable por el que era posible, manteniendo el sistema de líneas, llevar una fuerza superior sobre cualquier punto de la línea de batalla enemiga. Todo dependía, pues, de la formación del ala atacante; y en la medida en que lo permitía la rigidez del orden de batalla, Federico la reforzaba siempre. Muy a menudo situaba delante de la primera línea de infantería del ala atacante una línea avanzada formada por sus granaderos o tropas de élite, para asegurar el éxito al máximo en el primer embate.

El segundo medio de que se valió Federico para mejorar su ejército fue la reorganización de su caballería. Las enseñanzas de Gustavo Adolfo habían sido olvidadas; la caballería, en vez de confiar en la espada y en la impetuosidad de la carga, había vuelto, salvo raras excepciones, a combatir con la pistola y la carabina. Las guerras de comienzos del siglo XVIII no fueron, por tanto, ricas en cargas de caballería coronadas por el éxito; la caballería prusiana estaba especialmente desatendida. Pero Federico volvió al antiguo plan de cargar espada en mano y a galope tendido, y formó una caballería sin igual en la historia; y a esta caballería debió una gran parte de sus victorias. Cuando su ejército se convirtió en el modelo de Europa, Federico, para cegar a los militares de otras naciones, empezó a complicar en un grado asombroso el sistema de evoluciones tácticas, todas ellas inadecuadas para la guerra real y destinadas únicamente a ocultar la sencillez de los medios que le habían procurado la victoria. Tuvo tanto éxito en ello que nadie quedó más cegado que sus propios subordinados, quienes creían efectivamente que aquellos complejos métodos de formación de la línea constituían la verdadera esencia de su táctica; y así, Federico, además de sentar las bases de esa pedantería y ese martinetismo que desde entonces han distinguido a los prusianos, los preparó en realidad para la inigualada deshonra de Jena y Auerstadt.*

Además de la infantería de línea, que es la que hasta aquí hemos descrito y que combatía siempre en filas cerradas, existía una clase de infantería ligera, pero ésta no aparecía en las grandes batallas. Su tarea era la guerra de partisanos; para ella, los croatas austríacos estaban admirablemente adaptados, mientras que para cualquier otro fin eran inútiles. Siguiendo el modelo de estos semisalvajes procedentes de la frontera militar contra Turquía,* los demás Estados europeos formaron su infantería ligera. Pero la escaramuza en las grandes batallas, tal como la practicaba la infantería ligera en la Antigüedad y en la Edad Media, incluso hasta el siglo XVII, había desaparecido por completo. Sólo los prusianos, y después de ellos los austríacos, formaron uno o dos batallones de fusileros, compuestos por guardabosques y guardas forestales, todos tiradores infalibles, que en la batalla se distribuían por todo el frente y hacían fuego sobre los oficiales; pero eran tan pocos que apenas contaban. El renacimiento de la escaramuza es producto de la guerra de independencia americana.* Mientras que a los soldados de los ejércitos europeos, mantenidos en cohesión por la coacción y un trato severo, no se les podía confiar que combatieran en orden disperso, en América tuvieron que enfrentarse a una población que, sin estar adiestrada en la instrucción regular del soldado de línea, era buena tiradora y conocía bien el fusil. La naturaleza del terreno les favorecía; en lugar de intentar maniobras de las que al principio eran incapaces, cayeron inconscientemente en la escaramuza. Así, el combate de Lexington y Concord** señala una época en la historia de la infantería.