Acaba de publicarse el Libro Azul sobre los disturbios de Siria* y Lord Stratford de Redcliffe ha anunciado para el próximo martes su interpelación sobre los asuntos sirios,⁰ motivo por el cual aplazo ocuparme de este tema trascendental y solo quisiera advertir a sus lectores que no se dejen arrastrar por las declamaciones sentimentales de la prensa decembrista, por los sentimientos de horror ante los atroces ultrajes de tribus salvajes ni por la natural simpatía que inspiran las víctimas. Pero hay algunos puntos sobre los que conviene fijarse con firmeza. En primer lugar, el Imperio ruso, a consecuencia de los conflictos internos surgidos del movimiento de emancipación de los siervos y del estado ruinoso de las finanzas, se encuentra en un aprieto del que el Gobierno actual no sabe cómo salir a salvo mediante una guerra en gran escala. La guerra se les antoja el único medio de conjurar la revolución inminente tan confidencialmente vaticinada en _La vérité sur la Russie_, del príncipe Dolgorúkov. Por eso hace unos tres meses que el príncipe Gorchakov intentó reabrir la cuestión de Oriente publicando su circular sobre los agravios de los cristianos en Turquía; pero su llamamiento, que solo encontró eco en la voz solitaria de las Tullerías, cayó en oídos sordos en Europa.

Ya desde entonces vienen desplegando sus afanes agentes rusos y franceses para provocar un tumulto político-religioso —los primeros en la costa dálmata, los segundos en la siria—, apoyándose ambos movimientos mutuamente, ya que los disturbios de Montenegro y Herzegovina obligaron a la Puerta a retirar de Siria casi todo el ejército turco allí estacionado, dejando así el campo abierto al exacerbado antagonismo de los clanes bárbaros del Líbano. El Emperador de los franceses se vio colocado en la misma necesidad que el ortodoxo zar: la de andar a la caza de alguna cruzada novedosa y emocionante para sumergir de nuevo su Imperio en el Leteo de las alucinaciones bélicas. El movimiento italiano, que se le escapaba de las andaderas y tomaba un rumbo contrario a la dirección que él quería imprimirle, se había convertido —según se insinuó con delicadeza en _Le Constitutionnel_— en un fastidio a juicio de París. Sus intentos de embaucar al Príncipe Regente de Prusia para lograr una violenta «consolidación de Alemania», pagadera con una «compensación moral» para Francia en forma de las provincias renanas, resultaron un fracaso señalado e incluso arrojaron cierto ridículo sobre el empresario de la artimaña de la emancipación de las nacionalidades. El conflicto en que Luis Napoleón se vio envuelto con el Papa lesionó el puntal en que se apoya su dominio sobre el campesinado: el clero católico de Francia.

El erario imperial quedó reducido durante algún tiempo, y sigue en un estado de agotamiento que en vano trató de curarse lanzando la indirecta de la conveniencia de un _emprunt de la paix_ (un empréstito de paz). Esto era demasiado incluso para la Francia decembrista. Empalmar un empréstito contraído con el pretexto de la guerra con otro empréstito posterior contraído con el pretexto de la paz era una presunción que repugnaba incluso a los agiotistas de París. Alguna voz tímida en la enervada prensa parisina se atrevió a insinuar que las bendiciones del Segundo Imperio eran tan grandes como costosas, pues la nación las había comprado con un aumento de la deuda pública del cincuenta por ciento. En consecuencia, se abandonó el proyecto de un empréstito de paz de 500.000.000 de francos, retirada que no hizo sino animar al señor Favre a disertar en el Cuerpo Legislativo sobre la inminente «catástrofe financiera» y a desgarrar la florida gasa que el presupuestista imperial había echado sobre el cofre del Estado. Las censuras formuladas en el Cuerpo Legislativo por el señor Favre y el señor Olivier entre los _«chiens savants»_ (los perros sabios) de la representación fingida sobre los rasgos característicos del régimen decembrista, así como el furibundo ataque contra las intrigas de los «viejos partidos» de que están plagadas la prensa oficial, la semioficial y la oficiosa de París, coincidían en atestiguar el hecho severo de que el espíritu rebelde de la Galia se está reavivando de sus cenizas y que la continuación del gobierno del usurpador depende otra vez de la puesta en escena de un gran espectáculo bélico, como ocurrió dos años después del golpe de Estado y de nuevo dos años después de la conclusión del episodio de Crimea. Es evidente que el Autócrata de Francia y el Autócrata de Rusia, aquejados ambos por la misma necesidad urgente de hacer sonar la trompeta guerrera, actúan en concierto común. Mientras folletos semioficiales bonapartistas ofrecían al Príncipe Regente de Prusia la «Unión Alemana», respaldada por una «compensación moral» para Francia, el Emperador Alejandro, según se ha declarado públicamente hace poco sin que la prensa gubernamental de Berlín lo haya desmentido, en las publicaciones de la «Asociación Nacional» alemana, proponía abiertamente a su tío la anexión a Prusia de toda la Alemania del Norte hasta el Meno, a condición de la cesión a Francia de las provincias renanas y de la connivencia con el avance de Rusia sobre el Danubio. Es este hecho, lanzado simultáneamente por ambos autócratas, el que ha provocado la cita de Teplitz entre el Emperador de Austria y el Príncipe Regente. Los conspiradores de Petersburgo y París, sin embargo, tenían reservado, para el caso de que sus tentaciones a Prusia fracasaran, el emocionante incidente de las matanzas de Siria, al que seguiría una intervención francesa que, como no sería prudente entrar por la puerta principal, abriría la puerta trasera de una guerra europea general. En lo que respecta a Inglaterra, solo añadiré que en 1841 Lord Palmerston suministró a los drusos las armas que han conservado desde entonces y que en 1846, mediante una convención con el zar Nicolás, abolió de hecho el dominio turco que frenaba a las tribus salvajes del Líbano y estipuló para ellas una cuasiindependencia que, con el correr del tiempo y bajo la dirección adecuada de intrigantes extranjeros, solo podía engendrar una cosecha de sangre.

Saben ustedes que el actual período de sesiones parlamentarias no tiene parangón por una sucesión sorprendente de fracasos del Gobierno. Aparte del aborto de los derechos protectores del señor Gladstone, no se ha sacado adelante ni una sola medida importante. Pero mientras el Gobierno retiraba un proyecto de ley tras otro, había conseguido hacer pasar de contrabando en segunda lectura una pequeña resolución, compuesta de una sola y pequeña cláusula que, de ser aprobada, habría provocado el mayor cambio constitucional presenciado en Inglaterra desde 1689. Dicha resolución proponía simplemente la abolición del ejército inglés local en la India, su absorción en el ejército británico y, por consiguiente, la transferencia de su mando supremo del Gobernador General de Calcuta a la Horse Guards de Londres, alias el Duque de Cambridge. Dejando completamente aparte las otras graves consecuencias que tal cambio habría de acarrear, habría puesto a una parte del ejército fuera del control del Parlamento y añadido, en la escala más grandiosa, al patronazgo real. Parece ser que algunos miembros del Consejo de la India, que se opusieron unánimemente al proyecto del Gobierno pero que, en virtud del Acta de la India de 1858, no pueden ocupar escaños en la Cámara de los Comunes, susurraron sus protestas al oído de algunos diputados, y así sucedió que, cuando el Gobierno ya consideraba segura su artimaña, un repentino _émeute_ parlamentario, encabezado por el señor Horsman, desbarató la intriga justo a tiempo. Es un espectáculo verdaderamente ridículo: la perplejidad de un Gabinete descubierto por sorpresa y el desconcierto de una Cámara de los Comunes irritada por las trampas tendidas a su propia y profunda ignorancia.

El valor declarado de las exportaciones del último mes muestra el avance del movimiento descendente del comercio británico. En una carta anterior señalé que, comparadas con las exportaciones de junio de 1859, las de junio de 1860 presentan una disminución de cerca de millón y medio de libras esterlinas.

Las cifras correspondientes al mes de junio en los tres últimos años son las siguientes:

1859 | 1860
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| £10.241.433 | £10.665.891 | £9.236.454

Para el semestre terminado el 30 de junio, el valor declarado de las exportaciones es un millón menor que en los mismos seis meses del año pasado:

1859 | 1860
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| £53.467.804 | £63.003.159 | £62.019.989

La disminución del último mes se distribuye entre los ramos del algodón, el hilado de algodón, el lino, la ferretería y cuchillería, el hierro y los estambres. Incluso en las exportaciones de artículos manufacturados de lana, ramo que hasta ahora había mostrado una prosperidad constantemente creciente, se observa este mes, excepcionalmente, una disminución en el «hilado de lana y estambre». La exportación de artículos de algodón con destino a la India británica durante los seis meses ha descendido de 6.094.430 libras esterlinas en el primer semestre de 1859 a 4.738.440 libras en el primer semestre de 1860, o sea, en artículos por valor de aproximadamente 1.360.000 libras.

En lo que respecta a las importaciones, el rasgo más llamativo es el enorme volumen de las llegadas de algodón. En junio de 1860 se recibieron 2.102.048 quintales, frente a 1.655.306 quintales en el junio del año pasado y 1.339.108 quintales en junio de 1858. El aumento en los seis meses asciende nada menos que a tres millones de quintales, de modo que las entradas del semestre son superiores en más del 60 por ciento. El algodón importado en el mes de mayo de 1860 vale 1.800.000 libras esterlinas más que la importación de 1859. En los cinco primeros meses de 1860 se gastaron en algodón en rama seis millones y medio de libras esterlinas más de lo gastado en el mismo período del año anterior.

Si se compara la rápida disminución de la exportación de artículos e hilados de algodón con el aumento aún más decidido de las importaciones de algodón, se comprenderá que se aproxima una crisis algodonera, tanto más cuanto que las nuevas llegadas de la materia prima caen sobre almacenes de algodón insólitamente repletos.