«¡SINE STUDIO!»<sup>9</sup>

Aproximadamente un mes antes del estallido de la guerra de Italia, Vogt publicó sus llamados *Studien zur gegenwärtigen Lage Europas*, Ginebra, 1859. *Cui bono?*<sup>a</sup>

Vogt sabía que

«en la guerra que se avecinaba, Inglaterra permanecería neutral» (*Studien*, p. 4).

Sabía que Rusia,

«de acuerdo con Francia, haría todo lo que estuviera en su poder para perjudicar a Austria, sin llegar a las hostilidades efectivas» (*Studien*, p. 13).<sup>b</sup>

Sabía que Prusia —pero dejemos que sea él mismo quien diga lo que sabe sobre Prusia.

«Hasta los más miopes se habrán dado cuenta ya de que existe un entendimiento entre el Gobierno prusiano y el Gobierno imperial de Francia: que Prusia no empuñará las armas para defender las provincias no alemanas de Austria; que dará su aprobación a todas las medidas que exija la defensa del territorio de la Confederación; pero, aparte de esto, impedirá cualquier intento de la Confederación o de alguno de sus miembros de intervenir en apoyo de Austria, y en las subsiguientes negociaciones de paz esperará ser recompensada en las llanuras del norte de Alemania por estas fatigas» (*loc. cit.*, pp. [18-]19).

Resumiendo: en la inminente cruzada de Bonaparte contra Austria, Inglaterra permanecerá neutral, Rusia adoptará una actitud hostil hacia Austria, Prusia refrenará a los miembros belicosos de la Confederación y Europa localizará la guerra. Al igual que antes con la guerra de Rusia, Luis Bonaparte conducirá ahora la guerra de Italia con el permiso de las supremas autoridades, actuará, por así decirlo, como el general secreto de una coalición europea. ¿Cuál es, pues, el propósito del folleto de Vogt? Ya que Vogt sabe que Inglaterra, Rusia y Prusia actúan contra Austria, ¿qué le impulsa a escribir a favor de Bonaparte? Pero parece que, aparte de los viejos francófobos con «el ya infantil Padre Arndt y el fantasma del desdichado Jahn a la cabeza» (*loc. cit.*, p. 121), una especie de movimiento nacional convulsionaba al «pueblo alemán» y encontraba eco en toda clase de «Cámaras y periódicos», «mientras los gobiernos sólo se sumaban a la corriente dominante con vacilación y a regañadientes» (*loc. cit.*, p. 114). Parece que la «creencia en una amenaza inminente» movió al «pueblo» alemán a lanzar una «llamada a la adopción de medidas comunes» (*loc. cit.*). El *Moniteur* francés (véase, entre otros, el número del 15 de marzo de 1859) contemplaba este movimiento alemán con «asombro y pesar».<sup>4</sup>

«Una especie de cruzada contra Francia —declara— se predica en las Cámaras y en la prensa de algunos Estados de la Confederación germánica. Se acusa a Francia de abrigar planes ambiciosos, que ella misma ha desmentido, y de preparar conquistas de las que no necesita», etc.

Para refutar estas «calumnias», el *Moniteur* sostiene que la actitud «del Emperador» ante la cuestión italiana «debería más bien inspirar la mayor sensación de seguridad en Alemania», que la unidad y la nacionalidad alemanas son, por así decirlo, los caballitos de batalla de la Francia decimbrista, etc. Sin embargo, el *Moniteur* reconoce (véase el número del 10 de abril de 1859) que ciertas inquietudes alemanas pueden parecer haber sido «provocadas» por ciertos folletos parisinos, folletos en los que Luis Bonaparte se exhorta con urgencia a proporcionar a su pueblo la «ocasión largamente deseada» «*pour s’étendre majestueusement des Alpes au Rhin*» (extender majestuosamente sus fronteras de los Alpes al Rin).

«Pero —afirma el *Moniteur*— Alemania olvida que Francia está bajo la protección de una legislación que no autoriza ningún control preventivo por parte del gobierno.»<sup>></sup>

Esta y otras declaraciones semejantes del *Moniteur* produjeron el efecto contrario al que se pretendía, o al menos así se lo comunicaron al conde de Malmesbury (véase el *Blue Book On the Affairs of Italy. January to May 1859*<sup>*</sup>). Pero donde el *Moniteur* fracasó, Karl Vogt quizá pudiera triunfar. Sus *Studien* no son más que una recopilación en alemán de artículos del *Moniteur*, folletos de Dentu<sup>*</sup> y mapas decimbristas del porvenir.

La perorata de Vogt sobre Inglaterra sólo tiene un punto de interés: como ilustración del estilo general de sus *Studien*. Siguiendo sus fuentes francesas, transforma al almirante inglés Sir Charles Napier en «Lord» Napier (*Studien*, p. 4). Los zuavos literarios agregados a los decimbristas han aprendido en el teatro de la Porte Saint-Martin que todo inglés distinguido es, como mínimo, un lord.

«Inglaterra —declara Vogt— nunca ha podido armonizar con Austria por mucho tiempo. Aunque una momentánea comunidad de intereses los haya unido durante un tiempo, la necesidad política los separaba de nuevo inmediatamente. Por otra parte, Inglaterra formaba constantemente estrechas alianzas con Prusia»<sup>a</sup>, etc. (*loc. cit.*, p. 2.)

¡Vaya! La lucha común de Inglaterra y Austria contra Luis XIV duró, con breves interrupciones, desde 1689 hasta 1713, es decir, casi un cuarto de siglo. En la guerra de Sucesión de Austria, Inglaterra combatió durante unos seis años junto a Austria contra Prusia y Francia. No fue hasta la Guerra de los Siete Años cuando Inglaterra se convirtió en aliada de Prusia contra Austria y Francia, pero ya en 1762 Lord Bute dejó en la estacada a Federico el Grande y presentó propuestas para la «partición de Prusia», primero al ministro ruso Golitsin y luego al ministro austriaco Kaunitz. En 1790, Inglaterra concertó un tratado con Prusia contra Rusia y Austria, pero se desvaneció antes de que terminara el año. Durante la guerra antijacobina, Prusia se retiró de la Coalición europea con la Paz de Basilea, pese a los subsidios de Pitt. Austria, en cambio, urgida por Inglaterra, siguió combatiendo, con breves interrupciones, desde 1793 hasta 1809. Tan pronto como Napoleón fue eliminado, e incluso antes de la conclusión del Congreso de Viena, Inglaterra concluyó un tratado secreto (el 3 de enero de 1815) con Austria y Francia contra Rusia y Prusia. En 1821, en Hannover, Metternich y Castlereagh pactaron un nuevo acuerdo contra Rusia. Así pues, mientras que los propios británicos, tanto historiadores como parlamentarios, se refieren en su mayoría a Austria como su «antigua aliada»<sup>b</sup>, Vogt ha descubierto en su fuente original, los folletos franceses publicados por Dentu, que Austria e Inglaterra siempre estuvieron a la greña, salvo en casos de una «momentánea comunidad de intereses», mientras que Inglaterra y Prusia fueron aliadas constantes, lo que probablemente explica por qué Lord Lyndhurst advirtió a la Cámara de los Lores durante la guerra de Rusia, pensando en Prusia: «*Quem tu, Romane, caveto!*».<sup>c</sup> La Inglaterra protestante siente antipatía hacia la Austria católica; la Inglaterra liberal, hacia la Austria conservadora; la Inglaterra librecambista, hacia la Austria proteccionista; la Inglaterra solvente, hacia la Austria en bancarrota. Pero los factores emocionales siempre han sido ajenos a la historia inglesa. Es cierto que Lord Palmerston, durante sus treinta años de gobierno de Inglaterra, disimuló ocasionalmente su vasallaje a Rusia haciendo alarde de sus antipatías austriacas. Por «antipatía» a Austria, por ejemplo, rechazó en 1848 la propuesta de Austria, aprobada por el Piamonte y Francia, de que Inglaterra mediara en Italia, propuesta según la cual Austria se habría replegado hasta Verona y la línea del Adigio, Lombardía habría pasado a formar parte del Piamonte si así lo decidía, Parma y Módena habrían correspondido a Lombardía, mientras que Venecia habría constituido un Estado italiano independiente bajo un archiduque austriaco y se habría otorgado una constitución. (Véase el *Blue Book on the Affairs of Italy*, Parte II, julio de 1849, núms. 377, 478.) Estas condiciones eran en cualquier caso mejores que las del Tratado de Villafranca. Después de que Radetzky hubiera derrotado a los italianos en todos los puntos, Palmerston presentó las mismas condiciones que él mismo había rechazado anteriormente. Sin embargo, tan pronto como los intereses de Rusia exigieron el enfoque contrario, como durante la guerra de independencia húngara, rechazó la ayuda que los húngaros solicitaron sobre la base del tratado de 1711 —pese a su «antipatía» a Austria— e incluso se negó a formular protesta alguna contra la intervención rusa, alegando que

«la independencia política y las libertades de Europa están ligadas al mantenimiento y la integridad de Austria como gran potencia europea» (sesión de la Cámara de los Comunes del 21 de julio de 1849).<sup>d</sup>

La historia de Vogt continúa:

«Los intereses del Reino Unido... se hallan por doquier en oposición a ellos» (a los intereses de Austria) (*loc. cit.*, p. 2).

«Por doquier» se transforma de inmediato en el Mediterráneo.

«Inglaterra desea a toda costa preservar su influencia en el Mediterráneo y en los países de su litoral. Nápoles y Sicilia, Malta y las Islas Jónicas, Siria y Egipto son puntos de apoyo de su política orientada hacia las Indias Orientales. En todos estos puntos, Austria le ha opuesto los mayores obstáculos» (*loc. cit.*).

¡Es asombroso ver cuánto acepta Vogt sin crítica de los folletos decimbristas originales publicados por Dentu en París! Los ingleses habían imaginado hasta entonces que habían luchado contra rusos y franceses, indistintamente, por Malta y las Islas Jónicas, pero nunca contra los austriacos. Imaginaban que Francia, no Austria, había enviado anteriormente una expedición a Egipto y se estaba estableciendo precisamente en ese momento en el istmo de Suez; que Francia, no Austria, había hecho conquistas en la costa norte de África y, aliada con España, se había esforzado por arrebatar Gibraltar a Gran Bretaña; que Inglaterra había concluido el tratado de julio de 1840 referente a Egipto y Siria contra Francia y con Austria; que en «la política orientada hacia las Indias Orientales» Inglaterra había encontrado por doquier los «mayores obstáculos» opuestos por Rusia, no por Austria. Imaginaban que en la única disputa seria entre Inglaterra y Nápoles —la cuestión del azufre de 1840— fue una compañía francesa, no austriaca, cuyo monopolio del comercio del azufre siciliano desencadenó el conflicto. Y, por último, que al otro lado del Canal de la Mancha se hablaba de vez en cuando de convertir el Mediterráneo en un «*lac français*», pero nunca en un «*lac autrichien*». Sin embargo, hay que considerar un detalle importante en este contexto.

En el transcurso de 1858 apareció en Londres un mapa de Europa titulado *L’Europe en 1860* (Europa en 1860).<sup>a</sup> Este mapa, difundido por la Embajada francesa y que para 1858 contenía varias insinuaciones proféticas —Lombardía-Véneto, por ejemplo, aparecía anexionada por el Piamonte, y Marruecos por España—, rediseñaba la geografía política de toda Europa con una excepción, la de Francia, que aparentemente se mantenía en sus antiguas fronteras. Los territorios que se le destinaban eran, con astuta ironía, donados a dueños imposibles. Así, Egipto recaía en Austria, y la nota al margen del mapa decía: «*François Joseph I, l’Empereur d’Autriche et d’Egypte*» (Francisco José I, Emperador de Austria y Egipto).

Vogt tenía ante sí el mapa de *L’Europe en 1860* como una suerte de brújula decimbrista. De ahí su disputa entre Inglaterra y Austria a causa de Egipto y Siria. Vogt profetiza que este conflicto «terminaría con la destrucción de uno de los contendientes», si —como recuerda justo a tiempo— «si Austria poseyese una armada» (*loc. cit.*, p. 2). Sin embargo, la erudición histórica que caracteriza a los *Studien* alcanza su clímax en el siguiente pasaje:

<sup>a</sup> ¿A quién beneficia? — Ed.

<sup>b</sup> La cita comienza realmente con las palabras «haría todo lo que estuviera en su poder».— Ed.

<sup>4</sup> «Partie non officielle. Paris, le 14 mars», *Le Moniteur universel*, núm. 74, marzo de 1859.— Ed.

<sup>></sup> *Le Moniteur universel*, núm. 100, 10 de abril de 1859.— Ed.

<sup>*</sup> Cowley a Malmesbury, 10 de abril de 1859 (extracto). Aquí y en adelante Marx utiliza el título inglés del *Blue Book*.— Ed.

<sup>a</sup> En este pasaje las cursivas son de Marx. La puntuación ha sido ligeramente modificada.— Ed.

<sup>b</sup> Marx emplea la expresión inglesa y da entre paréntesis la traducción alemana.— Ed.

<sup>c</sup> «¡Guárdate de él, romano!» (Horacio, *Sátiras*, Libro I, Sátira 4, paráfrasis.)— Ed.

<sup>d</sup> *The Times*, núm. 20235, 23 de julio de 1849.— Ed.

<sup>a</sup> Una descripción del mapa se publicó en *The Times*, núms. 23228 y 23229, 12 y 14 de febrero de 1859.— Ed.

«Cuando Napoleón I intentó una vez quebrar el Banco Inglés, éste recurrió un día a contar las sumas, en lugar de pesarlas, como siempre había hecho hasta entonces; la Tesorería austríaca se encuentra en la misma posición, o incluso en una mucho peor, durante los 365 días de cada año» (loc. cit., p. 43).

Es bien sabido que el Banco de Inglaterra («el Banco Inglés» es otra invención de la imaginación de Vogt) suspendió los pagos en efectivo desde febrero de 1797 hasta 1821,⁴ durante cuyos 24 años los billetes ingleses no pudieron ser canjeados por metal en absoluto, ya fuera pesados o contados. Cuando se inició la suspensión, aún no había ningún Napoleón I en Francia (aunque un general Bonaparte estaba empeñado en su primera campaña italiana), y cuando se reanudaron los pagos en metálico en Threadneedle Street, Napoleón I había dejado de existir en Europa. Semejantes «estudios» superan incluso el relato de La Guéronnière sobre la conquista del Tirol por el «Emperador» de Austria.

La señora von Krüdener, la madre de la Santa Alianza, solía distinguir entre el principio bueno, el «ángel blanco del Norte» (Alejandro I), y el principio malo, el «ángel negro del Sur» (Napoleón I).⁵ Vogt, el padre adoptivo de la nueva Santa Alianza, transforma a ambos, zar y César, Alejandro II y Napoleón III, en «ángeles blancos». Ambos son los libertadores predestinados de Europa.

El Piamonte, afirma Vogt, «ha ganado incluso el respeto de Rusia» (loc. cit., p. 71).ᶜ

¿Qué más se puede decir de un Estado sino que ha ganado incluso el respeto de Rusia? Sobre todo después de que el Piamonte hubiera cedido el puerto naval de Villafranca a Rusia, y como el mismo Vogt señala respecto a la compra de la bahía de Jade por Prusia:

«Un puerto naval en territorio ajeno, sin conexiones orgánicas con la tierra a la que pertenece, es un disparate tan ridículo que su existencia sólo puede adquirir sentido si es, por así decirlo, considerado como un blanco de futuras aspiraciones, como un gallardete izado sobre el cual entrenar la puntería» (Studien, p. 15).

Es de conocimiento común que Catalina II ya se había esforzado por obtener puertos navales en el Mediterráneo para Rusia.

La tierna consideración hacia el «ángel blanco» del Norte lleva a Vogt a crasas exageraciones que violan «la modestia de la naturaleza», en la medida en que ésta era aún respetada por su fuente original en Dentu. En La vraie question. France-Italie-Autriche, París, 1859 (publicado por Dentu) leyó en la p. 20: «¿Y además, con qué derecho podría el gobierno austríaco invocar la inviolabilidad de los tratados de 1815, cuando él mismo los ha violado con la confiscación de Cracovia, cuya independencia garantizaban dichos tratados?»* Traduce su original francés de esta manera:

«Es extraño oír semejante lenguaje de boca del único gobierno* que hasta ahora ha violado con insolencia los tratados [...] alzando su mano sacrílega, sin motivo, en plena paz, contra la República de Cracovia, que había sido garantizada por los tratados, e incorporándola sin más al Imperio» (loc. cit., p. 58).

Fue, por supuesto, por «respeto» a los tratados de 1815 que Nicolás destruyó la Constitución y la autonomía del Reino de Polonia, garantizadas por los tratados de 1815. Rusia no tuvo menos respeto por la integridad de Cracovia cuando ocupó la ciudad libre con tropas moscovitas en 1831. En 1836, Cracovia fue ocupada de nuevo por rusos, austríacos y prusianos; se la trató en todos los aspectos como una nación conquistada, y todavía en 1840 apeló en vano a Inglaterra y Francia, invocando los tratados de 1815. Finalmente, el 22 de febrero de 1846, rusos, austríacos y prusianos ocuparon de nuevo Cracovia, para incorporarla a Austria.** Así pues, las tres potencias del Norte violaron los tratados, y la confiscación austríaca de 1846 no fue más que la secuela de la invasión rusa de 1831. Por cortesía hacia el «ángel blanco del Norte», Vogt olvida la confiscación de Polonia y falsifica la historia de la confiscación de Cracovia.

La circunstancia de que Rusia sea «consecuentemente hostil a Austria y simpatizante con Francia» no deja a Vogt ninguna duda sobre la inclinación de Luis Bonaparte a liberar a todas las naciones, así como el hecho de que «sus» (de Luis Bonaparte) «políticas están hoy en el más estrecho acuerdo con las de Rusia» (p. 30) no suscita en su mente ninguna duda sobre la inclinación de Alejandro II a liberar a todas las naciones.

Por consiguiente, en Oriente, la Santa Rusia debe ser considerada como la «amiga de las aspiraciones de libertad» y del «desarrollo popular y nacional», al igual que la Francia decembrista en Occidente. Esta consigna fue difundida para todos los agentes del 2 de diciembre.

«Rusia», encontró Vogt en La foi des traités, les puissances signataires et l’empereur Napoléon III, París, 1859, obra publicada por Dentu, «pertenece a la familia de los eslavos, una raza escogida.... Se ha expresado asombro ante la concordia caballeresca que ha surgido de repente entre Francia y Rusia. Nada más natural: acuerdo en los principios, unanimidad de propósito, sumisión a la ley de la santa alianza de los gobiernos y los pueblos, no para tender trampas y constreñir a otros, sino para guiar y apoyar los movimientos divinos de las naciones. De esta perfecta concordia» (entre Luis Felipe e Inglaterra sólo hubo una entente cordiale, pero entre Luis Bonaparte y Rusia hay la cordialité la plus parfaite) «han resultado las más felices consecuencias: ferrocarriles, emancipación de los siervos, puestos comerciales en el Mediterráneo, etc.»*

Vogt se aferra de inmediato a la «emancipación de los siervos» y sugiere que «el impulso presente... bien puede hacer de Rusia la aliada de las aspiraciones de libertad, en lugar de su enemiga» (loc. cit., p. 10). Al igual que su original de Dentu, atribuye el impulso para la llamada emancipación de los siervos en Rusia a Luis Bonaparte, y con este fin transforma la guerra anglo-turco-francesa-rusa, que proporcionó dicho impulso, en una «guerra francesa» (loc. cit., p. 9).

Es bien sabido que el llamado a emancipar a los siervos resonó por primera vez, alto y persistente, bajo Alejandro I. El zar Nicolás se ocupó de la emancipación de los siervos durante toda su vida; en 1838 creó un Ministerio de Dominios precisamente con este fin; en 1843 encargó a este Ministerio que hiciera los preparativos necesarios, y en 1847 llegó a emitir decretos favorables a los campesinos sobre la disposición de tierras pertenecientes a la nobleza, los cuales sólo revocó en 1848 por miedo a la revolución. Por tanto, si la emancipación de los siervos ha adquirido dimensiones más sustanciales bajo el «zar benévolo», como Vogt llama genialmente a Alejandro II, esto parecería ser el resultado de desarrollos económicos que ni siquiera un zar puede domeñar. Además, la emancipación de los siervos tal como la concibe el gobierno ruso, aumentaría cien veces el poder agresivo de Rusia. Su objetivo es simplemente perfeccionar el dominio autocrático derribando las barreras que el gran autócrata ha encontrado hasta ahora en la forma de los muchos autócratas menores de la nobleza rusa, cuyo poder se basa en la servidumbre, así como en la forma de las comunas campesinas autoadministradas, cuya base material, la propiedad común de la tierra, debe ser destruida por la llamada emancipación.

Los siervos rusos interpretan la emancipación de manera diferente al gobierno, y la nobleza rusa la entiende en un tercer sentido. De ahí que el «zar benévolo» descubriera que una verdadera emancipación de los siervos es incompatible con su propio dominio autocrático, del mismo modo que el benévolo Papa Pío IX descubrió en su día que la emancipación de Italia era incompatible con la existencia del Papado. El «zar benévolo», por consiguiente, considera las guerras de conquista y la política exterior tradicional de Rusia, la cual, como señala el historiador ruso Karamzin, es «inmutable»,ᵃ como el único medio de posponer la revolución interior. En su obra La vérité sur la Russie, 1860, el príncipe Dolgorukov ha sometido a una crítica devastadora el tejido de mentiras sobre el milenio que supuestamente ha amanecido bajo Alejandro II, mitos difundidos celosamente por toda Europa desde 1856 por escritores a sueldo de Rusia, proclamados en voz alta en 1859 por los decembristas y repetidos ciegamente por Vogt en sus Studien.

Según Vogt, incluso antes del estallido de la guerra italiana, la alianza forjada entre el «zar blanco» y el «Hombre de Diciembre» con el propósito expreso de liberar a las nacionalidades oprimidas, había demostrado su valía en los principados del Danubio, donde la unidad y la independencia de la nación rumana fueron confirmadas por la elección del coronel Cuza como gobernante de Moldavia y Valaquia.

«Austria protestó con todas sus fuerzas, Francia y Rusia aplaudieron» (loc. cit., p. 65).

En un memorándum (impreso en el Preussisches Wochenblatt, 1855) redactado en 1837 para el zar de entoncesᵇ por el gabinete ruso, podemos leer:

«Rusia prefiere no anexionar de inmediato Estados con elementos ajenos.... En cualquier caso, parece más conveniente permitir que los países cuya adquisición se ha decidido existan durante un tiempo bajo líderes separados, pero enteramente dependientes, como hemos hecho en Moldavia y Valaquia, etc.»⁴

Antes de que Rusia se anexionara Crimea, proclamó su independencia.

En una proclama rusa del 11 de diciembre de 1814, se afirma entre otras cosas:

«El Emperador Alejandro, vuestro protector, os llama, polacos: Armaos para la defensa de vuestra patria y el mantenimiento de vuestra independencia política.»

⁴ Las cursivas son de Marx, excepto las palabras «un día»; la puntuación está ligeramente modificada.— Ed.

⁵ Véase J. Turquan, Une illuminée au XIX siècle (la baronne de Krüdener), 1766-1824, París, p. 194.— Ed.

ᶜ Cursivas y negritas de Marx.— Ed.

* «De quel droit, d’ailleurs, le gouvernement autrichien viendrait-il invoquer l’inviolabilité de ceux (traités) de 1815, lui qui les a violés en confisquant Cracovie, dont ces traités garantissaient l’indépendance?»

* Las palabras «único gobierno» fueron puestas en cursiva por Vogt. Las demás cursivas de este pasaje son de Marx.— Ed.

** Palmerston, que embaucó a Europa con su ridícula protesta, había trabajado sin cesar en la intriga contra Cracovia desde 1831. (Véase mi panfleto Palmerston y Polonia, Londres, 1853.) [Véase la presente edición, vol. 12.]

* «La Russie est de la famille des Slaves, race d’élite... On s’est étonné de l’accord chevaleresque survenu soudainement entre la France et la Russie. Rien de plus naturel: accord des principes, unanimité du but ... soumission a la loi de l’alliance sainte des gouvernements et des peuples, non pour leurrer et contraindre, mais pour guider et aider la marche divine des nations. De la cordialité la plus parfaite sont sortis les plus heureux effets: chemins de fer, affranchissement des serfs, stations commerciales dans la Méditerranée, etc.» La foi des traités, etc., París, 1859, p. 33.

ᵃ H. M. Kapam3une, Ucmopia Tocydapcmea Pocciticxazo, T. XI, Cn6., 1824, crp. 23 (N. M. Karamzin, Historia del Estado ruso, vol. XI, San Petersburgo, 1824, p. 23).— Ed.

ᵇ Nicolás I.— Ed.

Y, sobre todo, ¡los principados danubianos! Desde la invasión de los principados danubianos por Pedro el Grande, Rusia ha trabajado en pro de su “independencia”. En el Congreso de Niemirov (1737), la emperatriz Ana exigió que el sultán concediese la independencia de los principados danubianos bajo protección rusa. En el Congreso de Focşani (1772), Catalina II insistió en la independencia de los principados bajo protección europea. ª Alejandro I continuó estos esfuerzos y los remató transformando Besarabia en provincia rusa (mediante la Paz de Bucarest, 1812). Nicolás llegó incluso a alegrar el corazón de los rumanos, a través de Kiseliov, otorgándoles el Reglamento orgánico, que instauró la forma más odiosa de servidumbre, mientras toda Europa lo aplaudía por ese código de libertad que aún se halla en vigor. b Con su cuasiunificación de los principados danubianos bajo Cuza, Alejandro II no hizo sino avanzar un paso más en la política que sus antepasados venían siguiendo desde hacía siglo y medio. Vogt descubre ahora que esta unificación bajo un vasallo ruso significa que “los principados constituirán un dique que bloquee el avance de Rusia hacia el sur” (loc. cit., p. 64).

Toda vez que Rusia ha venido aplaudiendo la elección de Cuza (loc. cit., p. 65), está más claro que la luz del día que el benévolo zar ha de estar haciendo cuanto puede por bloquear su propio “camino hacia el sur”, aunque “Constantinopla siga siendo una meta eterna de la política rusa” (loc. cit., p. 9).

No hay nada nuevo en proclamar a Rusia protectora del liberalismo y de las aspiraciones nacionales. Catalina II fue celebrada como portaestandarte del progreso por toda una pléyade de ilustrados franceses y alemanes. El “noble” Alejandro I (Le Grec du Bas Empire, * como lo llamó Napoleón con desdén) hizo en su día el papel de héroe del liberalismo en toda Europa. ¿No hizo feliz a Finlandia otorgándole las bendiciones de la civilización rusa? ¿No dio, en su magnanimidad, a Francia no sólo una Constitución, sino incluso un primer ministro ruso, el duque de Richelieu? ¿No fue acaso el jefe secreto de la “Hetairia”, ¹⁰⁰ mientras, al mismo tiempo, en el Congreso de Verona, instigaba a Luis XVIII por medio de su agente a sueldo Chateaubriand a emprender la campaña contra los rebeldes españoles? ¹⁰⁸ ¿No se sirvió del confesor de Fernando VII para incitar a Fernando a enviar una expedición que sofocase las colonias hispanoamericanas sublevadas, mientras al mismo tiempo prometía al Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica a su ayuda contra toda intervención de cualquier potencia europea en el continente americano? ¿No envió a Ypsilanti a Valaquia como “jefe de la Santa Hueste Helénica”, y se valió del mismo Ypsilanti para traicionar a la hueste y organizar el asesinato de Vladimirescu, el jefe rebelde valaco? Antes de 1830, también Nicolás fue elogiado en todas las lenguas, en verso y en prosa, como el héroe que liberaría a las nacionalidades sometidas. En 1828-29, cuando emprendió la guerra contra Mahmud II, por la liberación de los griegos, después de que Mahmud se hubiera negado a permitir que un ejército ruso entrara a sofocar la insurrección griega, Palmerston declaró en el Parlamento británico que los enemigos de Rusia, la libertadora, eran necesariamente los “amigos” de los más grandes monstruos del mundo: Don Miguel, Austria y el sultán. ¿No dio Nicolás, con paternal solicitud, un presidente a los griegos, a saber, el conde Capo d’Istria, un general ruso? Pero los griegos no eran franceses, y asesinaron al noble Capo d’Istria. Y aunque desde la revolución de julio de 1830 Nicolás había aparecido principalmente en su papel de guardián de la legitimidad, no cesó un solo instante de trabajar por la “liberación de las nacionalidades sometidas”. Bastarán unos cuantos ejemplos. La revolución constitucional de Grecia, en septiembre de 1843, fue dirigida por Katakasi, el ministro ruso en Atenas y anteriormente responsable supervisor del almirante Heiden en la época del desastre de Navarino. ¹⁰¹ El centro de la rebelión búlgara de 1842 fue el consulado ruso en Bucarest. Allí, en la primavera de 1842, el general ruso Duhamel recibió a una delegación búlgara, a la que presentó un plan para una insurrección general. Serbia debía actuar como reserva de la revuelta, y el general ruso Kiseliov había de convertirse en hospodar de Valaquia. Durante la insurrección serbia (1843), Rusia se valió de su embajada en Constantinopla para empujar a los turcos a recurrir a la violencia contra los serbios, y luego utilizó este pretexto para apelar a la simpatía y al fanatismo de Europa contra los turcos. Italia, tampoco, quedó en absoluto excluida de los planes de liberación del zar Nicolás. La Jeune Italie, que durante un tiempo fue el órgano de París del partido de Mazzini, refiere en un número de noviembre de 1843:

“Los recientes disturbios en la Romaña y los movimientos en Grecia estaban más o menos conectados entre sí... El movimiento italiano fracasó porque el verdadero partido democrático rehusó sumarse a él. Los republicanos no quisieron secundar un movimiento instigado por Rusia. Todo estaba preparado para una insurrección general en Italia. El movimiento debía comenzar en Nápoles, donde se esperaba que una sección del ejército tomara la iniciativa o hiciera causa común con los patriotas. Después del estallido de la revolución, Lombardía, el Piamonte y la Romaña se alzarían, y se establecería un Imperio italiano bajo el duque de Leuchtenberg, hijo de Eugenio Beauharnais y yerno del zar. La ‘Joven Italia’ ¹⁴² frustró este plan.” ⁴

El Times del 20 de noviembre de 1843 comentó así esta información de La Jeune Italie:

“Si ese gran fin —el establecimiento de un nuevo Imperio italiano cuyo jefe sería un príncipe ruso— pudiera alcanzarse, tanto mejor; pero había otro —una ventaja inmediata, aunque quizá no tan importante, que obtener mediante cualquier estallido en Italia—: alarmar a Austria y apartar su atención de los temibles b proyectos de Rusia sobre el Danubio.”

Después de que Nicolás se hubiera acercado infructuosamente a la “Joven Italia” en 1843, envió en marzo de 1844 al señor von Butenev a Roma. Butenev propuso al Papa, c en nombre del zar, que la Polonia rusa fuera cedida a Austria a cambio de Lombardía, la cual se convertiría en un reino del norte de Italia bajo Leuchtenberg. The Tablet de abril de 1844, que era a la sazón el órgano inglés de la Curia Romana, comentó lo siguiente:

“El cebo que encerraba este hermoso plan para la Curia Romana residía en el hecho de que Polonia caería en manos católicas, mientras que Lombardía permanecería en posesión de una dinastía católica, como antes. Pero los veteranos diplomáticos de Roma comprendieron que, en tanto que Austria apenas puede mantener su dominio sobre sus propias posesiones y que, según toda probabilidad humana, se verá obligada antes o después a abandonar sus provincias eslavas, la cesión de Polonia a Austria, aun cuando esta parte de la propuesta se pretendiera seriamente, no sería más que un préstamo a devolver más tarde. Mientras que el norte de Italia, con el duque de Leuchtenberg, caería de hecho bajo protección rusa y antes de mucho, infaliblemente, bajo el cetro ruso. El plan tan calurosamente recomendado fue, por consiguiente, dejado de lado por el momento.” ⁴

Hasta aquí The Tablet de 1844.

El único factor que ha servido de justificación a la existencia de Austria como entidad política desde mediados del siglo XVIII ha sido su resistencia al avance de Rusia en la Europa oriental, una resistencia llevada de manera impotente, inconsecuente y cobarde, pero obstinada. Esta resistencia conduce a Vogt al descubrimiento de que “Austria es la fuente de toda discordia en Oriente” (loc. cit., p. 56). Con “una cierta inocencia infantil” muy propia de su corpulencia, explica la alianza de Rusia y Francia contra Austria como resultado de la ingratitud de esta última por los servicios que le prestó Nicolás durante la revolución húngara, por no hablar de las predilecciones liberadoras del “benévolo zar”.

“En la guerra de Crimea, Austria llegó hasta el mismo borde de la neutralidad armada hostil. Es de por sí evidente que semejante actitud, que además llevaba todas las marcas de la falsedad y la intriga, tenía que ser amargamente resentida por el gobierno ruso e impulsarlo a acercarse más a Francia” (loc. cit., pp. 10, 11).

Según Vogt, Rusia sigue una política sentimental. La gratitud que Austria expresó al zar a costa de Alemania, durante el Congreso de Varsovia en 1850 y en la marcha sobre Schleswig-Holstein, ¹⁰³ no satisface al agradecido Vogt.

El diplomático ruso Pozzo di Borgo, en su célebre despacho de París de octubre de 1825, ¹⁰⁴ tras enumerar las intrigas de Austria para frustrar los planes rusos de intervención en Oriente, prosigue diciendo:

“Nuestra política nos obliga, pues, a presentar hacia ese estado” (Austria) “nuestro semblante más aterrador, a convencerle con nuestros preparativos de que, si aventura cualquier movimiento contra nosotros, desencadenaremos sobre él la mayor tormenta que jamás haya experimentado.”

A continuación amenaza con una guerra exterior y una revolución interior, y tras haber insinuado una posible solución pacífica con la sugerencia de que Austria se anexionase cualesquiera “provincias turcas que le convinieran”, y haber descrito a Prusia como un aliado subordinado de Rusia, prosigue:

“Si la corte vienesa hubiera cedido a nuestras buenas intenciones y propósitos, el plan del Gabinete Imperial se habría cumplido hace mucho tiempo: un plan que no sólo abarca la anexión de los principados danubianos y Constantinopla, sino que incluso prevé la expulsión de los turcos de Europa.”

Es bien sabido que en 1830 se concertó un tratado secreto entre Nicolás y Carlos X. Sus términos estipulaban que Francia permitiría a Rusia apoderarse de Constantinopla y recibiría a cambio las provincias del Rin y Bélgica. Prusia recibiría Hannover y Sajonia, y Austria una parte de las provincias turcas del Danubio. Bajo Luis Felipe, a sugerencia de Rusia, este plan fue presentado de nuevo al Gabinete ruso por Molé. Poco tiempo después, Brunnow fue a Londres con el documento, donde se mostró al gobierno inglés como prueba de la perfidia de Francia, contribuyendo a forjar la coalición antifrancesa de 1840.

Veamos ahora cómo, según las ideas de Vogt, quien obtenía sus inspiraciones de sus fuentes originales parisinas, se suponía que Rusia debía explotar la guerra italiana de acuerdo con Francia. Podría pensarse que la composición “nacional” de Rusia, y especialmente la “nacionalidad polaca”, bien podrían crear ciertas dificultades a un hombre para quien “el principio de nacionalidad era la estrella polar”. ⁵ Sin embargo:

“El principio de nacionalidad ocupa un lugar elevado en nuestra estima, pero el principio de libre autodeterminación ocupa uno aún más alto” (loc. cit., p. 121).

ª “Zur Signatur der russischen Politik”, Preussisches Wochenblatt, núm. 23, 9 de junio de 1855. Marx da un resumen más que las palabras exactas del pasaje en cuestión.— Ed.

 b No se ha establecido la fuente utilizada por Marx. El texto de la proclamación puede encontrarse en Recueil des traités, conventions et actes diplomatiques concernant la Pologne, de D’Angeberg.— Ed.

* Griego del Bajo Imperio; en sentido figurado, estafador. Véase Emmanuel Las Cases, Mémorial de Sainte-Hélène..., t. 2, París, 1824, p. 407, y François René Chateaubriand, Congrès de Vérone, vol. I, París, 1838, pp. 186-87.— Ed.

⁴ Aquí y más abajo, Marx se basó probablemente en el artículo “Express from Paris”, The Times, núm. 18458, 20 de noviembre de 1843. Las cursivas son de Marx.— Ed.

 b En el original, Marx da la palabra “fearful” entre paréntesis, después de su equivalente alemán.— Ed.

 c Gregorio XVI.— Ed.

 a “The Papacy and the Great Powers”, The Tablet, núm. 205, 13 de abril de 1844. Marx da un resumen más que las palabras exactas del pasaje en cuestión. Es posible que también haya utilizado alguna otra fuente.— Ed.

Cuando Rusia se anexionó, en virtud de los tratados de 1815, la parte con mucho mayor de la Polonia propiamente dicha, obtuvo una posición que se extendía tan hacia el oeste e hincaba, por así decirlo, una cuña no solo entre Austria y Prusia, sino también entre Prusia Oriental y Silesia, que ya entonces oficiales prusianos (como Gneisenau) señalaron que semejantes fronteras no podían tolerarse con un vecino tan poderoso. Sin embargo, no fue hasta 1831, cuando la derrota de Polonia puso todo el territorio a merced de Rusia, cuando el verdadero significado de la cuña se hizo patente. El sojuzgamiento de Polonia no fue más que un pretexto para construir la grandiosa cadena de fortalezas en Varsovia, Modlin e Ivangorod. Su verdadero propósito era el control estratégico completo de la cuenca del Vístula y el establecimiento de una base desde la cual lanzar ataques hacia el norte, el sur y el oeste. Incluso Haxthausen, que se entusiasmaba con el zar ortodoxo y con todo lo ruso, considera esto un peligro muy definido y una amenaza para Alemania.

4 Carl Vogt, Studien..., Einleitung, S. ix.— Ed.

Las fortificaciones rusas en el Vístula representan una amenaza mayor para Alemania que todas las fortalezas francesas juntas, especialmente si y cuando la resistencia nacional polaca cesara por completo y Rusia pudiera utilizar el potencial bélico de Polonia como su propia fuerza de agresión. De ahí que Vogt consuele a Alemania con la idea de que Polonia se ha vuelto rusa por un acto de libre autodeterminación.

«No cabe duda», dice, «de que, gracias a los grandes esfuerzos del partido popular ruso, el abismo que se abría entre Polonia y Rusia se ha estrechado significativamente y tal vez solo requiera un pequeño impulso para cerrarlo por completo» (loc. cit., p. 12).

Ese pequeño impulso habría de proporcionarlo la guerra de Italia. (Sin embargo, en el curso de esta guerra Alejandro II se convenció de que Polonia no había alcanzado aún tales alturas vogtianas.) La idea era que, debido a la ley de la gravedad, Polonia, que había sido absorbida por Rusia mediante un acto de «libre autodeterminación», atraería, como cuerpo central, los miembros desprendidos del antiguo Reino de Polonia, que ahora languidecían bajo dominio extranjero. Para facilitar este proceso de atracción, Vogt aconseja a Prusia que aproveche la oportunidad y se deshaga de su «apéndice eslavo» (loc. cit., p. 17), es decir, Posen (loc. cit., p. 97) y probablemente también Prusia Occidental, puesto que solo se reconoce a Prusia Oriental como «auténtica tierra alemana». Los miembros desprendidos de Prusia revertirían, por supuesto, de inmediato al cuerpo central absorbido por Rusia, y la «auténtica tierra alemana» de Prusia Oriental se transformaría en un enclave ruso. Por otra parte, en lo que respecta a Galitzia, que también aparece como parte de Rusia en el mapa de L’Europe en 1860, su separación de Austria estaba directamente en la línea de la guerra para liberar a Alemania de las posesiones no alemanas de Austria. Vogt recuerda que

«antes de 1848, la imagen del zar ruso podía verse con más frecuencia en [...] Galitzia que la del emperador austríaco» (loc. cit., p. 12) y «en vista de la

poco común habilidad desplegada por Rusia al tejer sus intrigas, Austria tendría aquí serios motivos de inquietud» (loc. cit.).

Es perfectamente evidente, sin embargo, que, para deshacerse del «enemigo interior», Alemania debería simplemente permitir que los rusos «hicieran avanzar tropas hasta la frontera» (p. 13) para prestar su apoyo a estas intrigas. Mientras Prusia se desprende de sus provincias polacas, Rusia, aprovechando la guerra de Italia, debería separar Galitzia de Austria, del mismo modo que en 1809 Alejandro I había recibido un trozo de Galitzia como pago por su apoyo puramente teatral a Napoleón I. Es bien sabido que Rusia reclamó con éxito partes de Polonia

que originalmente habían correspondido a Austria y Prusia, en parte de Napoleón I y en parte del Congreso de Viena. Según Vogt, en 1859 había llegado el momento de que toda Polonia se uniera a Rusia. Vogt no exige la emancipación de la nacionalidad polaca de rusos, austríacos y prusianos, sino la absorción por Rusia y la aniquilación de todo el antiguo Reino de Polonia. ¡Finis Poloniae! Esta concepción «rusa» de la «reconstrucción de Polonia», que cundió por toda Europa inmediatamente después de la muerte del zar Nicolás, fue denunciada ya en marzo de 1855 por David Urquhart en su panfleto The New Hope of Poland.

Pero Vogt aún no había hecho bastante por Rusia.

«La extraordinaria civilidad», dice nuestro amable compañero, «es más, los sentimientos casi fraternales con que los rusos trataron a los revolucionarios húngaros formaban un contraste demasiado grande con el comportamiento de los austríacos como para no haber tenido repercusiones. Rusia aplastó ciertamente al partido» (N.B.: según Vogt, los rusos no aplastaron a Hungría, sino al partido), «pero lo trató con indulgencia y cortesía, y con ello sentó las bases para una actitud que puede

caracterizarse diciendo que, cuando se enfrentan dos males, hay que elegir el menor, y que, en el presente caso, Rusia no es el mayor» (loc. cit., pp. 12, 13).

Con qué «extraordinaria civilidad, indulgencia, cortesía» y, en efecto, sentimientos casi «fraternales» conduce el Falstaff de Plon-Plon a los rusos a Hungría, convirtiéndose a sí mismo en el «canal» de la ilusión que destruyó la revolución húngara de 1849. Fue el partido de Görgey el que diseminó la creencia en un príncipe ruso como futuro rey de Hungría, creencia que quebró la voluntad de resistencia de la revolución húngara.*

Sin tener un apoyo particular en ninguna raza, los Habsburgo basaron naturalmente su dominio sobre Hungría antes de 1848 en la nacionalidad dominante: los magiares. Podemos señalar de paso que Metternich fue el gran protector de las nacionalidades. Abusaba de ellas enfrentándolas unas contra otras, pero las necesitaba para poder abusar de ellas. Por lo tanto,

* Según el coronel polaco Lapinski, que luchó contra los rusos en el ejército revolucionario húngaro hasta la caída de Komorn, y más tarde en Circasia, «fue la desgracia de los húngaros no conocer a los rusos» (Theophil Lapinski, Feldzug der Ungarischen Hauptarmee im Jahre 1849, Hamburgo, 1850, p. 216). «El gabinete vienés estaba completamente en manos de los rusos ... Fue por consejo suyo que los líderes fueron asesinados ... mientras los rusos hacían todo para ganarse las simpatías de todos, Austria recibió de ellos la orden de hacerse aún más odiosa que nunca en el pasado» (loc. cit., pp. 188, 189).

las conservaba. Compárese la situación en Posen y Galitzia. Después de la revolución de 1848-49, la dinastía de los Habsburgo, tras haber utilizado a los eslavos para someter a los alemanes y a los magiares, intentó seguir los pasos de José II e imponer por la fuerza el dominio del elemento alemán en Hungría. El temor a Rusia impidió a los Habsburgo abrazar a sus salvadores, los eslavos. Su política reaccionaria general en Hungría apuntaba más contra sus salvadores, los eslavos, que contra sus enemigos derrotados, los magiares. De ahí que, como ha mostrado Szemere en su panfleto Hungary, 1848-1860, Londres, 1860, al luchar contra sus propios salvadores, la reacción austríaca empujara por tanto a los eslavos de vuelta bajo el ala de los magiares. El dominio austríaco sobre Hungría y el dominio de los magiares en Hungría coincidían, pues, tanto antes como después de 1848. Rusia se encuentra en una posición completamente distinta, ya gobierne Hungría directa o indirectamente. Tomando conjuntamente las afinidades raciales y religiosas, Rusia dispondría de inmediato de la mayoría no magiar de la población. La raza magiar sucumbiría instantáneamente a la unión de los eslavos, étnicamente afines a los rusos, y los valacos, religiosamente afines a ellos. La dominación rusa en Hungría, por tanto, es sinónimo de la destrucción de la nacionalidad húngara, es decir, de una Hungría históricamente vinculada al dominio magiar.*

Vogt, que propone que los polacos sean absorbidos por Rusia por un acto de «libre autodeterminación», quiere también ahogar a los húngaros en un mar de eslavos sometiéndolos al dominio ruso.**

Pero Vogt aún no ha hecho bastante por Rusia.

* El general Moritz Perczel, famoso por su participación en la guerra revolucionaria húngara, se retiró del grupo de oficiales húngaros en torno a Kossuth en Turín mientras la campaña de Italia estaba aún en curso. En una declaración pública explicó las razones de su dimisión: por un lado, estaba Kossuth, que solo actuaba como un coco bonapartista; por otro lado, la perspectiva de un futuro ruso para Hungría. En su respuesta (desde St. Hélier, 19 de abril de 1860) a una carta mía en la que solicitaba más información sobre su declaración, decía, entre otras cosas: «Jamás consentiré en actuar como un instrumento para rescatar a Hungría de las garras del Águila Bicéfala solo para forzarla al abrazo mortal del Oso del Norte».

** El señor Kossuth nunca albergó duda alguna sobre la exactitud de las opiniones expuestas en la presente obra. Sabía que Austria puede maltratar a Hungría, pero no aniquilarla. «El emperador José II», escribe al gran visir Reshid Pachá desde Kütahya, el 15 de febrero de 1851, «el único hombre de genio producido por la familia Habsburgo, agotó los recursos extraordinarios de su raro intelecto y de las nociones entonces aún comunes del poder de su Casa en el intento de germanizar Hungría e integrarla en el Estado como un todo. Pero Hungría

Entre las «provincias no alemanas» de Austria en favor de las cuales la Confederación Alemana no debería «desenvainar su espada» contra Francia y Rusia, que «está de todo corazón del lado de Francia», se cuentan no solo Galitzia, Hungría e Italia, sino en particular Bohemia y Moravia.

«Rusia», dice Vogt, «proporciona el centro firme en torno al cual las nacionalidades eslavas se esfuerzan cada vez más por congregarse» (loc. cit., pp. 9-10).

Bohemia y Moravia pertenecen a las «nacionalidades eslavas». Así como Moscovia se desarrolló hasta convertirse en Rusia, así debe Rusia desarrollarse hasta convertirse en Paneslavia. «Con los checos ... a nuestro lado sucumbiremos ante cualquier enemigo» (loc. cit., p. 134). Nosotros, es decir, Alemania, debemos intentar deshacernos de los checos, es decir, de Bohemia y Moravia. «Ninguna garantía para las posesiones no alemanas de los soberanos» (loc. cit., p. 133). «No más provincias no alemanas en la Confederación» (loc. cit.), ¡sino solo provincias alemanas en Francia! Por eso no solo debemos «dar al actual Imperio francés manos libres [...] mientras no viole el territorio de la Confederación Alemana» (Prefacio, p. 9), sino que también debemos permitir a Rusia «manos libres» mientras solo viole «provincias no alemanas de la Confederación». Rusia ayudará a Alemania a desarrollar su «unidad» y su «nacionalidad» haciendo avanzar tropas hacia los «apéndices eslavos» de Austria expuestos a las «intrigas» de Rusia. Mientras Austria es mantenida ocupada en Italia por Luis Bonaparte y Prusia fuerza a la espada de la Confederación Alemana a volver a su vaina, el «benevolente zar» «podrá apoyar secretamente» revoluciones en Bohemia y Moravia «con dinero, armas y municiones» (loc. cit., p. 13).

Y «¡con los checos a nuestro lado sucumbiremos ante cualquier enemigo!»

salió de la lucha con renovado vigor... En la última revolución, Austria sólo se levantó del polvo para desplomarse de nuevo a los pies del Zar, su amo, que jamás presta su ayuda, sino que la vende. Y Austria tuvo que pagar cara esa ayuda» (Correspondence of Kossuth, pág. 33). Por otra parte, en la misma carta sostiene que sólo Hungría y Turquía juntas pueden frustrar las intrigas paneslavistas de Rusia. Escribe a David Urquhart desde Kutahya, el 17 de enero de 1851: «¡Hemos de aplastar a Rusia, mi querido señor! y, encabezados por usted, ¡lo haremos! Tengo no sólo la resolución de la voluntad, sino también la de la esperanza; y no es ésta una palabra vana, mi querido señor, ni una fascinación optimista; es la palabra de un hombre que acostumbra calcular debidamente cada probabilidad; de un hombre que, aunque muy débil en facultades, no se deja quebrantar en la perseverancia ni en la resolución, etc.» (loc. cit., pág. 39).4

2 La carta fue citada en el artículo «Data by Which to Judge of Kossuth», The Free Press, núm. 5, 27 de mayo de 1859. Marx cita el texto original en inglés y da la traducción alemana entre corchetes.— Ed.

¡Cuán magnánimo es, pues, el «benévolo Zar» al librarnos de Bohemia y Moravia con todos sus checos, los cuales, como «nacionalidades eslavas deben» naturalmente «agruparse en torno a Rusia»!

Examinemos cómo nuestro Vogt del Imperio protege la frontera oriental alemana incorporando Bohemia y Moravia a Rusia. ¡Bohemia rusa! Pero Bohemia se halla en medio de Alemania, separada de la Polonia rusa por Silesia, y de la Galitzia y Hungría rusificadas por Vogt, por una Moravia también rusificada por Vogt. De este modo, Rusia adquiere una extensión de territorio federal alemán de 50 millas alemanas de largo por 25-35 millas de ancho.* Su frontera occidental avanzará hacia el oeste en un total de 65 millas alemanas. Dado que la distancia entre Eger y Lauterburg en Alsacia no es mayor de 45 millas alemanas en línea recta, el norte de Alemania quedará totalmente separado del sur de Alemania por la cuña francesa en el oeste y, más aún, por la cuña rusa en el este, ¡y la partición de Alemania sería completa! La ruta directa de Viena a Berlín pasaría por Rusia, y lo mismo se aplicaría incluso a la ruta directa de Múnich a Berlín. Dresde, Núremberg, Ratisbona y Linz serían nuestras ciudades fronterizas colindantes con Rusia; nuestra posición frente a los eslavos sería, al menos en el sur, la misma que antes de Carlomagno (mientras que en el oeste Vogt no nos permite retroceder más allá de Luis XV), y podríamos sencillamente borrar 1.000 años de nuestra historia.

Lo que podría lograrse con ayuda de Polonia, podría lograrse aún mejor con ayuda de Bohemia. Si Praga se transformara en un campamento fortificado, con fortalezas secundarias en la confluencia del Moldava y el Egerb con el Elba, el ejército ruso en Bohemia podría aguardar tranquilamente al ejército alemán que, dividido de antemano, se aproximaría desde Baviera, Austria y Brandeburgo. Cayendo sobre las unidades alemanas más pequeñas, podría destruirlas, mientras deja que las más grandes choquen contra las fortalezas.

Echemos un vistazo a un mapa lingüístico de Europa Central, tomando, por ejemplo, una autoridad eslava, el «Slovansky zemévid» de Safarik.1* Según éste, la frontera de la lengua eslava va desde la costa de Pomerania, cerca de Stolp, vía Zastrow, al sur de Chodziezend sobre el Netze, y avanza hacia el oeste hasta Meseritz. Pero desde allí se curva súbitamente hacia el sudeste. Aquí, el enorme territorio

a Una milla alemana equivale a 7.420 metros.— Ed.

b Nombre moderno: Cheb.— Ed.

c Ahora el Vltava y el Ohre.— Ed.

d Nombres modernos: Stôlpchen (Stôlpgen), Jastrow y Colmar.— Ed.

alemán de Silesia introduce una profunda cuña entre Polonia y Bohemia. En Moravia y Bohemia, la lengua eslava vuelve a adentrarse mucho hacia el oeste, aunque está muy erosionada por el avance alemán desde todas direcciones y toda la zona está salpicada de ciudades alemanas e islas lingüísticas, del mismo modo que en el norte todo el bajo Vístula y la mejor parte de Prusia Oriental y Occidental son alemanas y avanzan incómodamente hacia Polonia. Entre el punto más occidental de la lengua polaca y el más septentrional de la bohemia, el enclave lingüístico lusaciano o wendo se encuentra en medio de territorio germanohablante, pero de tal manera que casi aísla Silesia.

Para el paneslavista ruso Vogt, que tiene a Bohemia para jugar, no hay duda de dónde se halla la frontera natural del Imperio Eslavo. Va desde Meseritz directamente a Lieberose y Lubben, luego al sur de donde el Elba atraviesa las montañas en la frontera bohemia, tras lo cual sigue la frontera occidental y meridional de Bohemia y Moravia. Todo lo que está al este de esto es eslavo: los pocos enclaves alemanes y otros intrusos en suelo eslavo ya no pueden resistir el desarrollo de la gran nación eslava. Y, en cualquier caso, no tienen derecho a estar donde están. Una vez que se haya instaurado este «estado de cosas paneslavista», una rectificación similar de las fronteras se hará inevitable en el sur. También aquí una cuña alemana se ha interpuesto por sí misma entre los eslavos del norte y del sur y ha ocupado el valle del Danubio y los Alpes estirios. Vogt no puede tolerar esta cuña y, consecuente como es, hace por tanto que Rusia se anexione Austria, Salzburgo, Estiria y las partes alemanas de Carintia. En esta construcción del Imperio eslavo-ruso, Vogt ya ha demostrado, a pesar de Austria, que según los bien probados axiomas del «principio de nacionalidad», pequeños grupos de magiares y rumanos, así como varios grupos de turcos, deben caer en manos de Rusia (¡pues el «benévolo Zar» también contribuye al «principio de nacionalidad» con su sometimiento de Circasia y el exterminio de los tártaros de Crimea!), como castigo por estar encajados entre los eslavos del norte y del sur.

En esta operación, nosotros los alemanes no perdemos nada más que Prusia Oriental y Occidental, Silesia, partes de Brandeburgo y Sajonia, la totalidad de Bohemia, Moravia y el resto de Austria salvo el Tirol (parte del cual corresponde al «principio de nacionalidad» italiano) — ¡y nuestra existencia nacional por añadidura!

¡Pero consideremos siquiera la primera etapa, según la cual Galitzia, Bohemia y Moravia se hacen rusas!

En tales circunstancias, la Austria alemana, el Suroeste de Alemania y el Norte de Alemania jamás podrán actuar de consuno, excepto —y esto sobrevendría inevitablemente— bajo dirección rusa.

Vogt nos hace a los alemanes cantar lo que cantaban sus parisinos en 1815:

«Vive Alexandre,

Vive le roi des rois,

Sans rien prétendre,

Il nous donne des lois.» a

El «principio de nacionalidad» de Vogt, que él deseaba realizar en 1859 mediante la alianza entre el «ángel blanco del Norte» y el «ángel blanco del Sur», debía demostrar, según sus puntos de vista, su valía mediante la absorción de la nacionalidad polaca, la desaparición de la nacionalidad magiar y la anulación de la nacionalidad alemana en — Rusia.

No he mencionado en esta ocasión su fuente original en los panfletos de Dentu porque reservaba una cita única y concluyente como prueba de que todo lo que él insinúa o suelta de golpe proviene de las consignas emitidas por las Tullerías. En el número del 2 al 16 de mayo de 1859 de Pensiero ed Azione, en el que Mazzini predice acontecimientos que luego sucedieron, señala, entre otras cosas, que la primera condición de la alianza acordada entre Alejandro II y Luis Bonaparte era: «abbandono assoluto della Polonia» (abandono absoluto de Polonia por parte de Francia, lo que Vogt traduce como «cerrar por completo el abismo que se abre entre Polonia y Rusia»).

«Che la guerra si prolunghi e assuma ... proporzioni europee, l’insurrezione delle provincie oggi turche preparata di lunga mano e quelle dell’ Ungheria, daranno campo all’Allianza di rivelarsi... Principi russi governerebbo le provincie che surgerebbo sulle rovine dell Impero Turco e dell’ Austria... Constantino di Russia é gia proposto ai malcontenti ungheresi.» (Véase Pensiero ed Azione, 2-16 de mayo de 1859.)b

a «¡Viva Alejandro, viva el rey de los reyes; sin nada pretender, él nos da leyes.» (Le Peuple de 1850, núm. 26, 27 de septiembre).— Ed.

b Del manifiesto de Mazzini titulado «La Guerra». Marx lo tradujo al inglés y lo publicó con una breve introducción en el New-York Daily Tribune (véase la presente edición, vol. 16, pág. 357).— Ed.

Pero la postura rusófila de Vogt es sólo secundaria. No hace sino repetir una de las frases hechas emitidas por las Tullerías, y su propósito es únicamente preparar a Alemania para las maniobras acordadas entre Luis Bonaparte y Alejandro II, en caso de que se produzcan ciertas contingencias de la guerra contra Austria. De hecho, no hace más que repetir servilmente la fraseología paneslavista de sus panfletos originales de París. Su verdadera tarea es cantar el Cantar de Ludwig*’a:

«Einan kuning wéiz ih, heizit hér Hludowig ther gérno Gode» (es decir, a las nacionalidades) «dionôt.» b

Antes vimos cómo Vogt elogiaba a Cerdeña señalando que «incluso se había ganado el respeto de Rusia». Ahora tenemos la afirmación paralela.

«En» (las) «declaraciones» (de Prusia) «no se menciona a Austria — dice — ... en el caso de una guerra inminente entre Norteamérica y Cochinchina, la redacción sería la misma. Pero la misión alemana de Prusia, sus obligaciones alemanas, la vieja Prusia: ahí es donde se pone el énfasis de preferencia. Francia» (de acuerdo con su afirmación en la pág. 27 de que «Francia se resume ahora

[...] exclusivamente en la persona de su gobernante') «otorga, por tanto, elogios a través del ‘Moniteur’ y el resto de la prensa —— Austria echa chispas» (Studien, pág. 18).

«El hecho de que Prusia interprete correctamente su ‘misión alemana’ se deduce de los elogios que le prodiga Luis Bonaparte en el Moniteur y el resto de la prensa decembrista.» ¡Qué descarado cinismo! Recordamos cómo, llevado por un sentimiento de ternura hacia el «ángel blanco del Norte», Vogt convirtió a Austria en el único infractor de los tratados de 1815 y el único Estado que confiscó Cracovia. Ahora realiza la misma labor de amor en beneficio del «ángel blanco del Sur».

«Este Estado eclesiástico contra cuya república» (¡república de un Estado eclesiástico!) «Cavaignac, el representante del partido republicano doctrinario [...] y la contraparte militar de Gagern» (¡un bello paralelo!), «perpetró el acto abominable de la masacre» (¡cometer masacre contra la república de un Estado!), «crimen que, sin embargo, no le ayudó a alcanzar el sillón presidencial» (loc. cit., pág. 69).

¡De modo que fue Cavaignac y no Luis Bonaparte quien perpetró «el acto abominable de la masacre» contra la República Romana! Ciertamente, Cavaignac envió una armada a Civitavecchia en noviembre de 1848 para protección personal del Papa. Pero no fue hasta el año siguiente, el 9 de febrero de 1849, varios meses después de que Cavaignac no lograra alcanzar el sillón presidencial, cuando se abolió el dominio temporal del Papa y se proclamó la república en Roma. De modo que Cavaignac no pudo, de ninguna manera, asesinar una república que

a «Yo sé de un rey, se llama señor Ludwig que gustosamente sirve a Dios» (es decir, a las nacionalidades).— Ed.

b «Yo sé de un rey, se llama señor Ludwig que gustosamente sirve a Dios» (es decir, a las nacionalidades).— Ed.

Aún no existía mientras él estuvo en el poder. El 22 de abril de 1849, Luis Bonaparte envió al general Oudinot con 14.000 hombres a Civitavecchia, después de haber engañado a la Asamblea Nacional para que le diera los fondos necesarios para la expedición contra Roma, declarando solemnemente en repetidas ocasiones que su intención era simplemente resistir una invasión de los estados romanos planeada por Austria. Es bien sabido que la catástrofe de París del 13 de junio de 1849*⁸ surgió de la moción presentada por Ledru-Rollin y la Montaña para exigir venganza por el «acto abominable de masacre contra la República Romana», que era también una «abominable violación de la Constitución francesa» y una «abominable violación de la resolución de la Asamblea Nacional», contra Luis Bonaparte, responsable de todas estas abominaciones, mediante la incoación de un proceso de acusación contra él. Vemos cuán «abominablemente» el vil sicofante del golpe de Estado, cuán descaradamente Karl Vogt falsifica la historia para poner fuera de toda duda la misión de lord «Hludowig» de liberar a las nacionalidades sojuzgadas en general y a Italia en particular.

Vogt recuerda de la Neue Rheinische Zeitung que, junto a la clase del lumpenproletariado, es la clase de los pequeños campesinos parcelarios la que en Francia constituye la única base social del bas empire. Ahora ajusta esto de la siguiente manera:

«El Imperio actual no tiene partido entre los instruidos, ningún partido [...] en la burguesía francesa —sólo dos masas le pertenecen, el ejército y el proletariado ruralⁱ, que no sabe leer ni escribir. Pero esto constituye las ⁹/₁₀ de la población y abarca el poderoso instrumento organizado con cuya ayuda puede aplastarse la resistencia, y el rebaño de ilotas hipotecarios que no poseen nada más que su voto» (pág. 25).

La población no urbana de Francia, incluido el ejército, asciende apenas a ²/₃ de la población total. Vogt transforma menos de ²/₃ en ⁹/₁₀. Es más, transforma a toda la población no urbana de Francia, de la cual alrededor de ¹/₅ consiste en terratenientes acomodados y otro ¹/₅ en personas sin tierra ni otras posesiones, a rajatabla en pequeños campesinos parcelarios, «ilotas hipotecarios». Por último, suprime todo leer y escribir en Francia fuera de las ciudades. Así como antes tergiversó la historia, ahora falsifica la estadística para ampliar el pedestal de su héroe. Una vez hecho esto, instala a su héroe en este pedestal.

«Así, Francia está ahora, en efecto, resumida exclusivamente en la persona de su gobernante, de quien Masson» (también una autoridad) «dijo: “posee grandes cualidades como estadista y soberano, una voluntad inquebrantable, un seguro sentido del tacto, resolución vigorosa, un corazón valiente, un espíritu audaz y noble y una absoluta implacabilidad”» (loc. cit., pág. 27).

«wie saelecliche stat im an
allez daz, daz ér begat!
wie gar sin lip ze wunsche stat!
wie gént im so geliche inein
die finen keiserlichen bein.» (Tristán)ⁱⁱ

Vogt arrebata el incensario de manos de Masson para blandirlo él mismo. Al catálogo de virtudes de Masson añade «cálculo frío», «planificación audaz», «astucia serpentina», «paciencia tenaz» (pág. 28) y luego, como el Tácito de la antecámara, balbucea: «Los orígenes de este reinado son monstruosos», lo cual es ciertamente —un despropósito. Sobre todo, tiene que melodramatizar la grotesca figura de su héroe hasta convertirla en un gran hombre, y así «Napoléon le Petit»*¹⁰ se convierte en un «hombre del destino» (loc. cit., pág. 36).

«Aunque las circunstancias actuales», exclama Vogt, «conduzcan a un cambio» (¡qué palabra tan modesta: un cambio!) «en el gobierno» (de este hombre del destino), «¡no nos quedaremos atrás con nuestras más calurosas felicitaciones, aunque por el momento no veamos perspectiva alguna de ello!» (loc. cit., pág. 29.)

Cuán serio es el caluroso sujeto con sus felicitaciones in pettoⁱⁱⁱ puede verse por lo siguiente:

«De ahí que, con una paz duradera, la situación interna se vuelva día a día más insostenible, porque el ejército francés está mucho más estrechamente vinculado con los partidos de los instruidos de lo que es el caso, por ejemplo, en los estados alemanes, en Prusia y Austria; porque estos partidos encuentran eco, sobre todo entre los oficiales, de modo que un buen día el único pilar activo del poder que el Emperador tiene en sus manos podría desmoronarse» (loc. cit., págs. [26-]27).ⁱᵛ

Así pues, la «situación interna» se volvió «día a día más insostenible» con una «paz duradera». Por eso Vogt tuvo que ayudar a Luis Bonaparte a violar la paz. El ejército, el «único pilar activo» de su «poder», amenazaba con «desmoronarse». Por eso Vogt tuvo que demostrar que era tarea de Europa atar de nuevo el «ejército» francés a Luis Bonaparte mediante una guerra «localizada» en Italia. Y, en efecto, a finales de 1858 parecía que las cosas iban a terminar terriblemente mal para Badinguet, como los parisinos llaman irrespetuosamente al «sobrino de su tío». La crisis comercial general de 1857-58 había paralizado la industria francesa.* Las maniobras

* [Es, de hecho, la prosperidad industrial la que ha sostenido el régimen de Luis Bonaparte durante tanto tiempo. Como resultado de los descubrimientos en Australia y California

del gobierno para impedir que la crisis se agudizara volvieron crónica la enfermedad, de modo que el estancamiento del comercio francés se prolongó hasta el estallido de la guerra italiana. Por otra parte, los precios del grano cayeron tan bajo entre 1857 y 1859 que se alzó un fuerte clamor en varios congrés agricoles en el sentido de que la agricultura francesa estaba siendo arruinada por los bajos precios y las pesadas cargas que se le imponían. El absurdo intento de Luis Bonaparte de elevar artificialmente los precios del grano mediante un decreto destinado a obligar a los panaderos de toda Francia a establecer graneros no revela sino la impotente confusión de su gobierno.

La política exterior del golpe de Estado no exhibió más que una serie de intentos fallidos de hacerse pasar por Napoleón —meros ensayos, invariablemente coronados por retractaciones oficiales. Por ejemplo, su intriga contra los Estados Unidos de América, sus maniobras para reavivar la trata de esclavos,*¹² las amenazas melodramáticas dirigidas contra Inglaterra. La insolencia con que Luis Bonaparte se atrevió entonces a tratar a Suiza, Cerdeña, Portugal y Bélgica —aunque en Bélgica ni siquiera pudo impedir la fortificación de Amberes— no hace sino poner de relieve más crudamente el fiasco de su política frente a las grandes potencias. En el Parlamento británico, «Napoléon le Petit» se convirtió en una expresión habitual y The Times colmó de burlas al «Hombre de Hierro» en sus artículos de finales de 1858, describiéndolo como el «Hombre de Gutapercha». Entretanto, las bombas de mano de Orsini*¹³ habían estallado como un rayo, iluminando la situación interna de Francia. Resultó que el régimen de Luis Bonaparte era tan inseguro como lo había sido en los primeros días posteriores al golpe de Estado. Las Lois de sûreté publique*¹⁴ revelaron su total aislamiento. Tuvo que abdicar ante sus propios generales. En un hecho sin precedentes, Francia fue dividida en 5 Capitanías Generales, a la manera española. Con la introducción de la Regencia, Pélissier fue reconocido de hecho como la máxima autoridad en Francia.*¹⁵ Además, el renovado terreur no intimidó a nadie. En lugar de presentar una apariencia terrible, el sobrino holandés de la batalla de Austerlitz sólo parecía grotesco.*¹⁶ Montalembert pudo hacer de Hampden en París, Berryer y Dufaure revelar las esperanzas de la burguesía en sus alegatos, y en Bruselas Proudhon proclamar el luis-filipismo con un acte additionnel,*¹⁷ mientras el propio Luis Bonaparte revelaba a toda Europa el creciente poder de Marianne.

En el curso de la insurrección de Chalon,*¹⁸ los oficiales, al oír

y sus efectos sobre el mercado mundial, el comercio de exportación francés se había más que duplicado, un avance sin precedentes hasta entonces. Y, en general, el fracaso de la revolución de Febrero puede atribuirse en última instancia a California y Australia.

que se había proclamado una república en París, preguntaron cautelosamente en la Prefectura si realmente se había proclamado una república, en lugar de lanzarse simplemente sobre los insurrectos, acontecimiento que demostró de manera sorprendente que incluso el ejército consideraba el Imperio restaurado como una pantomima, cuya escena final se acercaba. Los escandalosos duelos de los arrogantes oficiales en París coincidieron con escandalosos negocios en la Bolsa en los que estaban implicados los máximos dirigentes de la Banda del 10 de Diciembre. ¡El gobierno de Palmerston en Inglaterra cayó a causa de su alianza con Luis Bonaparte!*¹⁹ Y, por último, ¡un tesoro que sólo podía reponerse recurriendo a subterfugios excepcionales! Tal era la situación del bas empire a finales de 1858. El Imperio de pacotilla (Brummagem)* se derrumbaría, o bien tendría que cesar la absurda farsa de un imperio napoleónico dentro de las fronteras de los tratados de 1815. Pero para esto era esencial una guerra localizada. La mera perspectiva de una guerra con Europa habría bastado entonces para producir una explosión en Francia. Un niño podía entender lo que Horsman dijo en el Parlamento británico:

«Sabemos que Francia apoyará al Emperador mientras nuestra vacilación le permita éxitos en su política exterior, pero tenemos motivos para creer que lo abandonará tan pronto como mostremos una oposición resuelta.»

Todo dependía de localizar la guerra, es decir, de llevarla a cabo con la suprema sanción de Europa. Para empezar, la propia Francia tenía que ser preparada gradualmente para la guerra con ayuda de una serie de hipócritas negociaciones de paz y su repetido fracaso. Luis Bonaparte naufragó incluso aquí. Lord Cowley, el embajador inglés en París, había ido a Viena con propuestas redactadas por Luis Bonaparte y aprobadas por el Gabinete (Derby) en Londres. En Viena (véase el Libro Azul citado más arribaⁱ), bajo presión inglesa, las propuestas fueron aceptadas inesperadamente. Cowley acababa de regresar a Londres con la noticia de una «solución pacífica» cuando de repente llegó la nueva de que Luis Bonaparte había abandonado sus propias propuestas y había apoyado la convocatoria de un congreso sugerido por Rusia para disciplinar a Austria. La guerra sólo fue posible mediante la intervención de Rusia. Si Rusia ya no hubiera necesitado a Luis Bonaparte para llevar a cabo sus propios planes —bien para imponerlos con ayuda francesa, bien para utilizar a los franceses para convertir a Austria y Prusia en instrumentos pasivos de Rusia—, Luis Bonaparte habría caído

entonces. Pero a pesar del apoyo encubierto de Rusia, a pesar de las promesas de Palmerston, que había dado su bendición en Compiègne a la conspiración de Plombières,*²⁰ todo dependía de la actitud de Alemania, ya que, por un lado, el Gabinete tory aún estaba al timón en Inglaterra, y, por otro, la silenciosa rebelión de Francia contra el régimen bonapartista habría salido a la luz con la perspectiva de una guerra europea.

El propio Vogt deja escapar que no cantó su Cantar de Ludwig ni por una viva simpatía hacia Italia, ni por miedo al tímido y conservador despotismo de Austria, que era tan torpe como brutal. Por el contrario, creía que si Austria, la cual, cabe señalar, se vio forzada a iniciar la guerra, obtuviera ventaja en Italia al principio,

«la revolución se desencadenaría ciertamente en Francia, el Imperio sería derrocado y el futuro sería diferente» (loc. cit., pág. 131). Creía que «los ejércitos austríacos serían en última instancia incapaces de resistir las fuerzas liberadas del pueblo francés» (loc. cit.) y que «los victoriosos ejércitos de Austria, al provocar revoluciones en Francia, Italia y Hungría, crearían ellos mismos al enemigo que los aplastaría».

Pero para él no se trataba de la liberación de Italia respecto de Austria, sino del sojuzgamiento de Francia por Luis Bonaparte.

¿Qué otra prueba se requiere de que Vogt no era más que uno de los innumerables portavoces mediante los cuales el grotesco ventrílocuo de las Tullerías hablaba en lenguas extranjeras?

Se recordará que, en la época en que Luis Bonaparte descubrió por vez primera su misión de liberar a las nacionalidades sometidas en general y a Italia en particular, Francia ofrecía un espectáculo sin precedentes en su historia. Toda Europa se maravillaba ante la obstinada terquedad con que rechazaba las «idées napoléoniennes»*. La gente recuerda aún muy bien el entusiasmo con el que incluso los «chiens savants»* del Cuerpo Legislativo acogieron las garantías de paz de Morny*; el tono irritado con que el Moniteur aleccionaba a la nación, ora por su inmersión en los intereses materiales, ora por su falta de vigor patriótico y sus dudas sobre los talentos de Badinguet como general y su sabiduría como político*;

a Cursivas de Marx.— Ed.
b Alusión al libro de N.-L. Bonaparte Des idées napoléoniennes, París, 1839.— Ed.
c «Perros sabios».— Ed.
d Se refiere al discurso de Morny en la apertura del Cuerpo Legislativo el 8 de febrero de 1859, Le Moniteur universel, n.º 40, 9 de febrero de 1859.— Ed.
e «Partie non officielle. Paris, le 4 mars», Le Moniteur universel, n.º 64, 5 de marzo de 1859.— Ed.

los tranquilizadores mensajes oficiales a todas las cámaras de comercio de Francia y la garantía imperial de que «étudier une question n'est pas la créer»*. En aquel tiempo, la prensa inglesa, asombrada ante el extraordinario espectáculo, estaba atiborrada de insensateces bienintencionadas sobre la transformación de los franceses en un pueblo amante de la paz; la Bolsa trataba la cuestión de «guerra» o «no guerra» como un «duelo» entre Luis Bonaparte, que quería la guerra, y la nación, que no la quería, y se hacían apuestas sobre quién prevalecería, si la nación o «el sobrino de su tío». Para dar una idea de la situación tal como era en aquel momento, me limitaré a citar algunos pasajes del London Economist, que, como órgano de la City, como portavoz de la guerra italiana y como propiedad de Wilson (el recientemente fallecido Secretario del Tesoro para la India y un instrumento de Palmerston), gozaba de gran influencia:

«Alarmado por el colosal estruendo que se ha creado, el Gobierno francés está ensayando ahora el sistema de los calmantes» (The Economist, 15 de enero de 1859).

En su número del 22 de enero de 1859, en un artículo titulado «Los límites prácticos del poder imperial en Francia», dice The Economist:

«Se lleven o no a cabo hasta su culminación los designios del Emperador para una guerra en Italia, un hecho al menos se ha vuelto bastante conspicuo: que sus planes han recibido un freno muy severo y probablemente inesperado en la actitud glacial asumida por el sentir popular en Francia y la total ausencia de simpatía alguna por el proyecto del Emperador... Propone una guerra [...] y el pueblo francés no muestra más que alarma y descontento; los títulos del Gobierno se deprecian, el miedo al recaudador de impuestos sofoca cualquier destello de entusiasmo político o marcial, la porción comercial de la nación está sencillamente presa del pánico, los distritos rurales están mudos e insatisfechos, temiendo nuevas conscripciones y nuevos impuestos; los círculos políticos que han apoyado el régimen imperial con más fuerza, como un pis aller* contra la anarquía, desalientan la guerra por exactamente la misma razón por la que apoyan ese régimen [...] es seguro que Luis Napoleón ha encontrado una extensión y profundidad de oposición en todas las clases de Francia a una guerra, incluso en Italia, que él no había previsto.»*

* Lord Chelsea, que sustituyó a Lord Cowley en París durante la ausencia de este, escribe: «El desmentido oficial» (en el Moniteur del 5 de marzo de 1859) «de toda intención bélica por parte del Emperador, este mensaje imperial de paz*, ha sido recibido por todas las clases de París con sentimientos de lo que puede llamarse exultación» (n.º 88 del Libro Azul Sobre los Asuntos de Italia. Enero a mayo de 1859). [Marx cita en inglés y da la traducción alemana entre corchetes.]
a «Estudiar una cuestión no es crearla».— Ed.
b Pis aller significa «último recurso». El Economist dice «como frente a la alternativa de la anarquía».— Ed.
c «Partie non officielle. Paris, le 4 mars», Le Moniteur universel, n.º 64, 5 de marzo de 1859.— Ed.

Frente a este estado de ánimo del pueblo francés, se lanzó aquella sección de los panfletos originales de Dentu que, «en nombre del pueblo», llamaba perentoriamente al «Emperador» «a ayudar por fin a Francia en la majestuosa extensión de sus fronteras desde los Alpes hasta el Rin» y a no resistir por más tiempo «el espíritu pugnaz de la nación y su deseo de llevar a cabo la liberación de las nacionalidades sometidas». Vogt toca la misma melodía que las prostitutas de Diciembre. En el preciso momento en que Europa se quedaba atónita ante el obstinado anhelo de paz de Francia, Vogt hacía el descubrimiento de que «hoy, la veleidosa nación» (la francesa) «parece estar imbuida de una pasión belicosa»* (loc. cit., pp. 29, 30), y Lord Hludowig no hacía sino seguir la «tendencia dominante de la época», que apuntaba a la «independencia de las nacionalidades» (loc. cit., p. 31). Naturalmente, no creía ni una sílaba de lo que escribía. En el Programa en el que llamaba a los demócratas a cooperar en su propaganda bonapartista, deja meridianamente claro que la guerra italiana era impopular en Francia.

«No puedo prever ninguna amenaza inmediata para el Rin; pero podría surgir una en el futuro. Una guerra allí o contra Inglaterra haría a Luis Napoleón casi popular; la guerra italiana no posee este aspecto popular» («Magnum Opus», Documentos, p. 34).*

Si ahora una porción de los panfletos originales de Dentu buscaba sacar a la nación francesa de su «letargo pacífico» con ayuda de las tradicionales visiones de conquista y poner los deseos privados de Luis Bonaparte en boca de la nación, la otra porción, con el Moniteur a la vanguardia, tenía la tarea de convencer a Alemania en particular de la repugnancia del Emperador hacia las conquistas extranjeras y de su misión ideal como el Mesías que traería la libertad a las nacionalidades sometidas. Las pruebas del desinterés de su política, por un lado, y de su deseo de liberar a las nacionalidades sometidas, por el otro, son fáciles de recordar porque se repiten constantemente y giran en torno a solo dos ejes. Prueba del desinterés de las políticas decembristas: la guerra de Crimea. Prueba de su deseo de liberar a las nacionalidades sometidas: el coronel Cuza y la nacionalidad rumana. La pauta la marcó el

* N. B. En sus Studien se hace eco del Moniteur y de los panfletos originales de Dentu en el sentido de que «es un capricho peculiar del destino el que obliga a este hombre» (Luis Bonaparte) «a situarse en la vanguardia como el liberador de las nacionalidades sometidas» (p. 35), que uno «debe acceder a asistir a esta política mientras se mantenga dentro del marco de la liberación de las nacionalidades sometidas» y debe esperar «hasta que esta liberación haya sido llevada a cabo por este hombre del destino» (p. 36). En su Programa para los demócratas, por otra parte, dice: «Podemos y debemos advertir contra semejante auxiliador» («Magnum Opus», Documentos, p. 34).

Moniteur. Véase el Moniteur del 15 de marzo de 1859 sobre la guerra de Crimea. El Moniteur del 10 de abril de 1859 escribe acerca de la nacionalidad rumana:

«En Alemania como en Italia, ella» (Francia) «desea que las nacionalidades reconocidas por los tratados sigan existiendo y se fortalezcan aún más. En los principados danubianos, él» (el Emperador) «se ha esforzado por ayudar a triunfar los legítimos deseos de estas provincias, a fin de que pudiera establecerse también en esta parte de Europa un orden basado en los intereses nacionales.»

Véase también el panfleto publicado por Dentu a principios de 1859 con el título Napoléon III et la question roumaine. Con respecto a la guerra de Crimea:

«Por último, ¿qué compensación ha solicitado Francia por la sangre que ha derramado y los millones que ha gastado en Oriente al servicio de una causa exclusivamente europea?» (La vraie question, Dentu, París, 1859, p. 13.)

Este tema, tocado con infinitas variaciones en París, fue tan bien traducido al alemán por Vogt que E. About, esa chismosa urraca del bonapartismo, parece haber traducido de vuelta al francés la traducción alemana de Vogt. Véase La Prusse en 1860. También aquí nos persiguen de nuevo la guerra de Crimea y la nacionalidad rumana bajo el coronel Cuza.

3°

«Pero al menos esto está claro», anuncia Vogt, haciéndose eco del Moniteur y de los panfletos originales de Dentu, «que Francia no conquistó ni un solo palmo cuadrado de tierra» (en Crimea) «y que, después de una campaña tan victoriosa, el tío no se habría contentado con la magra ganancia de haber demostrado su superioridad en el arte de la guerra» (Studien, p. 33). «Aquí podemos ver una diferencia esencial entre la presente y las viejas políticas napoleónicas»* (loc. cit.).

* Dicho sea de paso, «Napoléon le Petit» también copió la consigna «liberación de las nacionalidades sometidas» del auténtico Napoleón. En mayo de 1809, por ejemplo, Napoleón emitió una proclama desde Schönbrunn a los húngaros, en la que dice, entre otras cosas: «¡Húngaros! Ha llegado el momento de recuperar vuestra independencia... Nada os pido. Solo deseo veros una nación libre e independiente. Vuestra unión con Austria ha sido vuestra desgracia, etc.»*. El 16 de mayo de 1797, Bonaparte concertó un tratado con la República de Venecia cuyo primer artículo reza: «En adelante, la paz y el entendimiento regirán las relaciones entre Francia y la República de Venecia.» Reveló sus intenciones al concertar esta paz tres días después en un despacho secreto al Directorio francés que se abre con estas palabras: «Recibís por la presente el tratado que he concertado con la República de Venecia y en virtud del cual el general Baraguay d'Hilliers ha ocupado la ciudad con 5.000-6.000 hombres. Al hacer esta paz tenía en mente un número de objetivos.» Como objetivo final menciona: «Acallar toda la charla en Europa, pues ahora parecerá como si nuestra ocupación de Venecia no fuese más que una operación temporal que los propios venecianos solicitaron urgentemente.» Dos días después, el 26 de mayo, Bonaparte escribió al municipio de Venecia: «El tratado concertado
a «Proclamación dirigida a los húngaros por Napoleón I. Desde Schoenbrunn, en mayo de 1809» (véase Bartholomaus Szemere, Hungary, from 1848 to 1860, Londres, 1860).— Ed.

¡Como si Vogt tuviera que probarnos que «Napoléon le Petit» no es el auténtico Napoleón! Con igual justificación, Vogt podría haber profetizado en 1851 que el sobrino, que no tenía nada que oponer a la primera campaña de Italia y a la expedición a Egipto salvo la aventura de Estrasburgo, la expedición a Boulogne y la revista de las salchichas de Satory,⁰ jamás podría emular el 18 Brumario, por no hablar ya de obtener la Corona Imperial. Había, después de todo, «una diferencia esencial entre la presente y las viejas políticas napoleónicas». Otra diferencia más era la que había entre librar una guerra contra una coalición europea y librarla con el permiso de una coalición europea.

La «gloriosa campaña de Crimea», en la que Inglaterra, Francia, Turquía y Cerdeña de común acuerdo «capturaron» media fortaleza rusa después de dos años, y a cambio perdieron toda una fortaleza turca (Kars) frente a los rusos, y a la conclusión de la paz se vieron forzados a «rogar» humildemente al enemigo en el Congreso de París⁰ «permiso» para evacuar sus tropas sin interferencia y embarcarlas de vuelta a casa —eso fue, en verdad, todo menos «napoleónico». Ello

en Milán pueda entretanto ser firmado por el municipio — los artículos secretos por tres de sus miembros. Haré siempre todo lo que esté en mi poder para daros pruebas de mi deseo de consolidar vuestras libertades y de ver a esta desdichada Italia ocupar al fin el puesto que merece en la escena mundial, libre e independiente de todo dominio extranjero.» Pocos días después escribía al general Baraguay d’Hilliers: «Al recibo de esta carta, presentaos al Gobierno Provisional de Venecia y hacedles ver que, de conformidad con los principios que ahora unen a las Repúblicas de Francia y Venecia, y con la protección inmediata que la República Francesa ha concedido a Venecia, es indispensable poner su poderío naval en un pie que inspire respeto. Con este pretexto os apoderaréis de todo, al mismo tiempo que haréis todo cuanto esté en vuestro poder para manteneros en buenos términos con los venecianos y reclutar a todos los marineros de la República para nuestro servicio — hablando constantemente en nombre de Venecia. En suma, debéis arreglar las cosas de modo que podáis transportar a Tolón todo el acervo de buques y pertrechos navales que se hallan en el puerto de Venecia. En virtud de un artículo secreto del tratado, los venecianos están obligados a proporcionar a la República Francesa pertrechos navales por valor de 3 millones para la armada de Tolón, pero es mi intención tomar posesión, en nombre de la República Francesa, de todos los buques venecianos y de todos sus pertrechos navales en beneficio de Tolón» (véase Correspondance secrète et confidentielle de Napoléon, 7 vols., París, 1817). Estas órdenes se ejecutaron al pie de la letra; y tan pronto como Venecia fue saqueada de todos sus pertrechos navales y de guerra, Napoleón, sin la menor vacilación, entregó a su nueva aliada, la República liberada de Venecia, a la que había jurado solemnemente defender a todo riesgo, al yugo despótico de Austria.

fue gloriosa sólo en la novela de Bazancourt. Pero la guerra de Crimea probó toda clase de cosas. Luis Bonaparte traicionó a sus aliados ostensibles (los turcos) para ganar la alianza del enemigo ostensible. El primer éxito de la paz de París fue el sacrificio de la «nacionalidad circasiana» y el exterminio de los tártaros de Crimea por los rusos, así como la destrucción de las esperanzas nacionales que polacos y suecos habían depositado en una cruzada europea occidental contra Rusia. Otra moraleja de la guerra de Crimea fue: Luis Bonaparte no podía permitirse una segunda guerra de Crimea, no podía permitirse perder un viejo ejército y contraer nuevas deudas nacionales a cambio del conocimiento de que Francia era lo bastante rica como para «de payer sa propre gloire» [pagar su propia gloria], de que el nombre de Luis Napoleón figurara en un tratado europeo, de que «la prensa conservadora y dinástica de Europa» reconociera unánimemente «las virtudes gobernantes, la sabiduría y la moderación del Emperador» —hecho que Vogt anota como un mérito de Luis Bonaparte (loc. cit., p. 32)— y de que en ese momento toda Europa le rindió el honor debido a un auténtico Napoleón, con la condición expresa de que Luis Bonaparte, siguiendo el ejemplo de Luis Felipe, se mantuviera tranquilamente dentro de «los límites de la razón práctica», es decir, de los tratados de 1815, y no olvidara ni por un solo momento la fina línea que separa a un bufón del héroe al que representa. Las combinaciones políticas, los poderes gobernantes y las condiciones sociales que brindaron al jefe de la Banda de Diciembre la oportunidad de hacerse pasar por Napoleón, primero en Francia y luego incluso más allá del territorio francés, pertenecen de hecho a su época, y no a los anales de la Gran Revolución Francesa.

«Este hecho al menos queda establecido, que la presente política francesa en Oriente ha satisfecho las aspiraciones de una nacionalidad» (la rumana) «de unificación» (Studien, pp. 34-35).

Cuza, como hemos mencionado, mantiene el puesto vacante para un gobernador ruso o un vasallo ruso. En el mapa de L’Europe en 1860 figura como tal vasallo un Gran Duque de Mecklemburgo. Rusia, naturalmente, concedió a Luis Bonaparte todo el honor de esta emancipación rumana, reservándose todas las ventajas para sí. Austria se interponía en el camino de ulteriores intenciones benévolas. De ahí que la guerra de Italia tuviera la función de remodelar Austria, convirtiéndola de obstáculo en instrumento.

El ventrílocuo de las Tullerías ya tocaba la tonada de la «nacionalidad rumana» en sus innumerables portavoces ya en 1858. Una de las autoridades de Vogt, el señor Kossuth, estaba así en condiciones de dar una respuesta ya el 20 de noviembre de 1858 en una conferencia en Glasgow:

«Valaquia y Moldavia reciben una Constitución, urdida en las cavernas de la diplomacia secreta… No es en realidad más ni menos que una carta otorgada a Rusia con el propósito de disponer de los Principados.»

De este modo, el «principio de nacionalidad» fue abusado por Luis Bonaparte en los principados danubianos para enmascarar el hecho de que estaban siendo entregados a Rusia, así como en 1848-49 el gobierno austríaco había abusado del «principio de nacionalidad» para estrangular la revolución magiar y alemana con la ayuda de serbios, eslovenos, croatas, valacos, etc.

Tanto el cónsul ruso en Bucarest como la canalla de boyardos moldavos y valacos, la mayoría de los cuales ni siquiera son rumanos, sino un abigarrado mosaico de aventureros venidos de Dios sabe dónde — una especie de Banda de Diciembre oriental —, cuidan bien de que el pueblo rumano siga gimiendo bajo las cargas de un villanaje tan monstruoso que sólo pudo ser instaurado por los rusos con su réglement organique y sólo podía ser sostenido por un demi-monde oriental.

Vogt, en el intento de adornar la sabiduría extraída de sus fuentes originales de Dentu con su propia elocuencia, dice:

«Austria ya tenía bastante con un Piamonte en el Sur; no necesitaba otro en el Este» (loc. cit., p. 64).

El Piamonte anexiona tierras italianas. ¿Acaso los principados danubianos, los menos belicosos de los territorios turcos, van a anexionar territorio rumano, es decir, conquistar Besarabia a Rusia, y Transilvania, el Banato de Temesvar y la Bucovina a Austria? Vogt no sólo olvida al «zar benévolo», sino que también olvida que en 1848-49 Hungría no parecía en lo más mínimo dispuesta a desprenderse de estas provincias más o menos rumanas, que respondió a su «grito de angustia» con la espada desenvainada, y que, por el contrario, fue Austria la que utilizó la «propaganda del principio de nacionalidad» como arma contra Hungría.

Pero la erudición histórica de sus Studien se muestra en todo su esplendor cuando Vogt, apoyándose en fragmentos medio recordados de un panfleto efímero que había hojeado, con toda calma

«deduce la miserable condición de los principados… del veneno destructor de los griegos y fanariotas» (loc. cit., p. 63).

No tenía idea de que los fanariotas (llamados así por un distrito de Constantinopla) son esos mismos griegos que han señoreado en los principados danubianos bajo protección rusa desde comienzos del siglo XVIII. Son, en parte, los descendientes de los limondji (vendedores de limonada) de Constantinopla que ahora vuelven a jugar a la «nacionalidad rumana» por orden de los rusos.

Mientras el ángel blanco del Norte avanza desde el Este, destruyendo las diversas nacionalidades en beneficio de la raza eslava, el ángel blanco del Sur avanza desde la dirección opuesta como abanderado del principio de nacionalidad, y

«debemos esperar hasta que la liberación de las nacionalidades sometidas haya sido llevada a cabo por este hombre del destino» (Studien, p. 36).

Ahora, mientras estas operaciones combinadas de los dos ángeles y de los «dos mayores enemigos externos de la unidad alemana» (Studien, 2.ª ed., Epílogo, p. 154) se llevan a cabo «en estrecho concierto», ¿qué papel asigna a Alemania nuestro Vogt imperial, quien, sin embargo, no es un «Aumentador del Imperio»?

«Las personas más miopes —observa Vogt— deben haberse dado cuenta ya de que existe un entendimiento entre el gobierno de Prusia y el gobierno imperial de Francia, de que Prusia no desenvainará su espada para defender las provincias no alemanas de Austria» (incluyendo Bohemia y Moravia, por supuesto), «de que dará su aprobación a todas las medidas que afecten a la defensa del territorio de la Confederación» (excluyendo sus provincias «no alemanas»), «pero por lo demás impedirá cualquier intervención de la Confederación o de sus miembros individuales en favor de Austria, de modo que en las subsiguientes negociaciones de paz recibirá su recompensa por estos esfuerzos en las llanuras del norte de Alemania» (Studien, 1.ª ed., pp. 18-19).

Al proclamar a los cuatro vientos, incluso antes del estallido de la guerra contra Austria, el secreto que le habían confiado las Tullerías de que Prusia actuaba en «entendimiento secreto» con el «enemigo externo de Alemania», quien la recompensaría con territorio «en las llanuras del norte de Alemania», Vogt, por supuesto, estaba prestando a Prusia la mejor asistencia posible para alcanzar sus supuestos fines. Suscitó las sospechas de los demás gobiernos alemanes tanto hacia los intentos iniciales de Prusia de neutralizarlos como hacia sus preparativos militares y su pretensión al mando supremo durante la guerra.

«Cualquiera que sea el camino que Alemania tenga que elegir en la crisis actual —dice Vogt—, una cosa es cierta: que en su conjunto debe seguir un camino definido con energía, mientras que, tal como están las cosas, la desdichada Dieta Federal, etc.» (loc. cit., p. 96).

Al difundir la opinión de que Prusia va del brazo con «el enemigo externo» y que esto conducirá a que devore las llanuras del Norte, Vogt presumiblemente se propone restaurar la unidad en la Dieta Federal que tan gravemente falta. A Sajonia, en particular, se le recuerda explícitamente que Prusia ya ocasionó una vez «la pérdida de algunas de sus más hermosas provincias» (loc. cit., p. 93). Se denuncia la «compra de la Bahía de Jade» (loc. cit., p. 15).

«Holstein iba a ser la recompensa por la participación de Prusia» (en la guerra turca) «cuando el notorio robo del despacho dio un giro diferente a las negociaciones» (loc. cit., p. 15). «Mecklemburgo, Hannover, Oldemburgo, Holstein y otros apéndices misceláneos… estos fraternales estados alemanes son el cebo al que Prusia se lanza con avidez», y lo hace además «en toda oportunidad posible» (loc. cit., pp. 14, 15).

Y como revela Vogt, en esta ocasión ha sido firmemente enganchada por Luis Bonaparte. Por un lado, como resultado de su «entendimiento» secreto con Luis Bonaparte, Prusia debe y «alcanzará las costas del Mar del Norte y del Báltico a expensas de sus hermanos alemanes» (loc. cit., p. 14). Por otro lado, «Prusia sólo habrá obtenido una frontera natural cuando la línea divisoria de aguas del Erzgebirge y el Fichtelgebirge se extienda a través del Meno blanco y a lo largo del Meno hasta Maguncia» (loc. cit., p. 93).

¡Fronteras naturales en el corazón de Alemania! ¡Formadas, además, por una divisoria de aguas que pasa a través de un río! Es esta clase de descubrimiento en el ámbito de la geografía física —al que podemos añadir el canal que ascendió a la superficie (véase «Magnum Opus»)— lo que coloca a «el carácter integral» a la par de Alexander von Humboldt. Al mismo tiempo que predicaba a la Confederación Germánica sobre la confianza que debía tener en el liderazgo de Prusia, Vogt, no satisfecho con la «antigua rivalidad entre Prusia y Austria en territorio alemán, etc.», inventó otra rivalidad entre estos dos Estados que «ha estallado con tanta frecuencia en suelo no europeo» (loc. cit., p. 20). Este suelo no europeo está probablemente en la luna.

De hecho, Vogt no hace más que traducir en palabras el mapa de L’Europe en 1860 publicado por el gobierno francés en 1858. El mapa muestra a Hannover, Mecklemburgo, Brunswick, Holstein, el Electorado de Hesse, junto con diversos territorios como Waldeck, Anhalt, Lippe, etc., como anexionados a Prusia, mientras que «l’Empereur des Français conserve ses (!) limites actuelles», el Emperador de los franceses conserva sus (!) fronteras actuales. «Prusia hasta el Meno» es también una consigna de la diplomacia rusa. (Véase, por ejemplo, el memorándum de 1837 antes mencionado.^a) Una Alemania del Norte prusiana contrapesaría una Alemania del Sur austríaca, separadas por fronteras naturales, tradición, confesión, dialecto y diferencias tribales. La división de Alemania en dos partes se completaría simplificando las contradicciones en su seno y la Guerra de los Treinta Años se declararía en permanencia.

Según la primera edición de los Studien, Prusia debía recibir tal «recompensa» por sus «esfuerzos» en forzar la espada de la Confederación Germánica a volver a su vaina durante la guerra. En los Studien de Vogt, como en el mapa francés L’Europe en 1860, no es Luis Bonaparte, sino Prusia quien busca y logra la ampliación de su territorio y alcanza fronteras naturales como resultado de la guerra francesa contra Austria.

Vogt solo revela la verdadera tarea de Prusia en el Epílogo a la segunda edición de sus Studien,^b que apareció mientras la guerra franco-austríaca estaba aún en curso. Prusia debía iniciar una «guerra civil» (véase la 2.ª ed., p. 152) para establecer un «poder central unificado» (loc. cit., p. 153), para incorporar Alemania a la monarquía prusiana. Mientras Rusia avanza desde el Este y Austria es retenida por Luis Bonaparte en Italia, Prusia debe emprender una «guerra civil» dinástica en Alemania. Vogt garantiza al Príncipe Regente^c que

«la guerra que ha estallado» en Italia «durará por lo menos todo el año 1859, mientras que la unificación de Alemania, si se persigue resueltamente, no requerirá tantas semanas como meses la campaña italiana» (loc. cit., p. 155).

¡La guerra civil en Alemania será solo cuestión de semanas! Aparte de las tropas austríacas que marcharían inmediatamente sobre Prusia, con guerra italiana o sin ella, Prusia encontraría resistencia, como el propio Vogt explica, de «Baviera… enteramente bajo la influencia austríaca» (Studien, 1.ª ed., p. 90), de Sajonia, que sería la primera en verse amenazada y que no tendría ya motivo alguno para hacer violencia a sus «simpatías por Austria» (loc. cit., p. 93), de «Wurtemberg, Hesse-Darmstadt y Hannover» (loc. cit., p. 94), en suma, de «nueve décimas partes» (loc. cit., p. 16) de los «gobiernos alemanes». Y estos gobiernos, como Vogt demuestra además, no carecerían de apoyo en caso de semejante «guerra civil» dinástica, especialmente si la iniciaba Prusia en un momento en que Alemania estaba amenazada por sus «dos mayores enemigos exteriores».

«La corte» (en Baden), dice Vogt, «marcha con Prusia, pero el pueblo, y sobre esto no hay duda, no comparte ciertamente las predilecciones de la familia reinante. El Breisgau, no menos que la Alta Suabia, está ligado mucho más estrechamente al Emperador y al Estado imperial por lazos de simpatía, confesión religiosa y viejos recuerdos de las Tierras Anteriores austríacas, a las que antes pertenecía, de lo que se habría supuesto después de una separación tan larga» (loc. cit., pp. 93-94). «Con la excepción de Mecklemburgo» y «quizás» el Electorado de Hesse, «en el Norte de Alemania la actitud hacia la teoría de la incorporación es de desconfianza y la política de Prusia solo se acepta a regañadientes. El instintivo sentimiento de aversión, incluso de odio, que Prusia despierta en el Sur de Alemania… no ha sido eliminado ni disipado a fuerza de palabras por el grito a pleno pulmón del partido imperial.^d Vive en el pueblo, y ningún gobierno, ni siquiera el de Baden, puede resistirse a él por mucho tiempo. Así, Prusia no tiene verdadero apoyo ni en el pueblo alemán, ni en los gobiernos de la Confederación Germánica» (loc. cit., p. 21).

Así habla Vogt. Y por eso mismo, según ese mismo Vogt, una «guerra civil» dinástica iniciada por Prusia en «entendimiento secreto» con los «dos mayores enemigos exteriores de Alemania», sería solo cuestión de «semanas». Pero hay más.

«Las viejas provincias prusianas van con el gobierno —Renania y Westfalia con la Austria católica. Si el movimiento popular allí no logra empujar al gobierno hacia el lado de Austria, la consecuencia inmediata sería reabrir el abismo entre las dos partes de la monarquía» (loc. cit., p. 20).

Así, según Vogt, si la mera no intervención de Prusia en favor de Austria bastó para reabrir el abismo entre Renania-Westfalia y las viejas provincias prusianas, entonces claramente, a los ojos del mismo Vogt, una «guerra civil», emprendida por Prusia con el objetivo de expulsar a Austria de Alemania, estaba destinada a arrancar Renania-Westfalia de Prusia para siempre. Pero «¿qué le importa Alemania a estos papistas?» (loc. cit., p. 119), o como realmente piensa, ¿qué le importan estos papistas a Alemania? Renania y Westfalia son provincias ultramontanas «romano-católicas» y no «verdaderamente alemanas». Por tanto, deben ser expulsadas del territorio de la Confederación, al igual que Bohemia y Moravia. Y este proceso de expulsión debe ser acelerado por la «guerra civil» dinástica que Vogt recomienda a Prusia. Y, de hecho, en su mapa de L’Europe en 1860 publicado en 1858, que sirvió a Vogt de brújula en todos sus Studien, el gobierno francés, que había anexado Egipto a Austria, mostraba también las provincias del Rin como países de «nacionalidad católica» y anexionados por Bélgica, fórmula irónica para la anexión de Bélgica y las provincias del Rin por Francia. El hecho de que Vogt vaya aún más lejos que el mapa del gobierno francés y añada como extra la católica Westfalia, puede explicarse por las «relaciones científicas» entre el fugitivo Regente del Imperio y Plon-Plon, el hijo del ex rey de Westfalia.^a

En resumen: Por un lado, Luis Bonaparte dará permiso a Rusia para extender su dominio desde Posen hasta Bohemia y desde Hungría hasta Turquía. Por otro lado, él mismo establecerá una Italia unida e independiente en la frontera de Francia por la fuerza de las armas, y todo eso —pour le roi de Prusse; todo eso para dar a Prusia la oportunidad de cobijar a Alemania bajo su ala mediante una guerra civil y de «asegurar» las «provincias del Rin para siempre» contra Francia (loc. cit., p. 121).

«Pero, se dirá, el territorio de la Confederación está en peligro, el enemigo hereditario amenaza, su verdadera meta es el Rin. Entonces, defended el Rin y defended el territorio de la Confederación» (loc. cit., p. 105),

y de hecho defended el territorio de la Confederación cediendo Bohemia y Moravia a Rusia, y defended el Rin iniciando una «guerra civil» alemana con el objetivo, entre otros, de arrancar Renania y Westfalia de Prusia.

«Pero, se dirá, Luis Napoleón… ¡desea satisfacer su sed napoleónica de conquista de algún modo u otro! ¡No lo creemos así, tenemos ante los ojos el ejemplo de la campaña de Crimea!» (loc. cit., p. 129.)

Aparte de su escepticismo sobre la sed napoleónica de conquista y su fe en la campaña de Crimea, Vogt tiene todavía otro argumento en petto. Los austríacos y los franceses seguirán el ejemplo de los gatos de Kilkenny y seguirán mordiéndose mutuamente en Italia hasta que no quede de ellos más que sus colas.

«Será una guerra terriblemente sangrienta, tenaz y quizás indecisa» (loc. cit., pp. 127, 128). «Solo ejerciendo su fuerza hasta el máximo podrá Francia, junto con el Piamonte, triunfar, y no se recuperará de estos esfuerzos en décadas» (loc. cit., p. 129).

Esta perspectiva de una guerra italiana de larga duración silencia a sus críticos. Y el método por el cual Vogt logra prolongar la resistencia de Austria a las armas francesas en Italia y debilitar el poder agresivo de Francia es ciertamente original. Por un lado, a los franceses se les da carta blanca en Italia; por otro lado, al «benévolo Zar» se le da permiso mediante maniobras en Galitzia, Hungría, Moravia y Bohemia y mediante maquinaciones revolucionarias en el interior del país y demostraciones militares en sus fronteras

«para retener una parte significativa de las fuerzas austríacas en aquellas partes de la monarquía que están expuestas al ataque ruso o son vulnerables a la intriga rusa» (loc. cit., p. 11).

Y, por último, mediante una «guerra civil» dinástica desencadenada simultáneamente en Alemania por Prusia, Austria se verá obligada a retirar sus fuerzas principales de Italia para proteger sus posesiones alemanas. Es obvio que en tales circunstancias Francisco José y Luis Bonaparte no concertarán un Tratado de Campoformio, sino que «ambos se desangrarán hasta morir en Italia».

Austria no hará ninguna concesión al «benévolo Zar» en el Este ni aceptará la oferta de compensación en Serbia y Bosnia, largamente a la espera. Tampoco garantizará las provincias del Rin a Francia y caerá sobre Prusia en liga con Rusia y Francia. ¡De ningún modo! Insistirá en «desangrarse hasta morir en Italia». En cualquier caso, sin embargo, el «hombre del destino» de Vogt rechazaría indignado tal compensación en el Rin. Vogt sabe que

«la política exterior del Imperio actual solo tiene un principio, el de la autoconservación» (loc. cit., p. 31).

Sabe que Luis Bonaparte

«está empeñado en perseguir una sola idea […] la de preservar su poder» (sobre Francia) (loc. cit., p. 29).

Sabe que la «guerra italiana no aumenta su popularidad en Francia» mientras que la adquisición de las provincias del Rin lo haría a él y a su dinastía «populares». Dice:

«Las provincias del Rin son ciertamente una ambición predilecta del chauvinista francés y quizás, si se investigara, se descubriría solo una pequeñísima minoría de la nación que no albergara este deseo en el fondo de su corazón» (loc. cit., p. 121).

Por otro lado, «los franceses perspicaces», y por tanto presumiblemente también el «hombre del destino que es tan sabio como una serpiente» de Vogt, saben que

«solo pueden esperar que esto se realice» (a saber, la adquisición por Francia de la frontera natural del Rin) «mientras Alemania posea 34 gobiernos diferentes. […] Que surja una verdadera Alemania, con intereses unificados y una organización firme, y la frontera del Rin estará segura para siempre» (loc. cit., p. 121).

Por esta misma razón, Luis Bonaparte, que en Villafranca ofreció al Emperador de Austria Lombardía a cambio de una garantía de las provincias del Rin (véase la declaración de Kinglake en la Cámara de los Comunes, 12 de julio de 1860), habría rechazado indignado la oferta de Austria de las provincias del Rin a cambio de ayuda francesa contra Prusia.

^a Véase este volumen, p. 141. — Ed.

^b El Prefacio a la primera edición de los Studien llevaba la fecha «31 de marzo de 1859», y el Epílogo a la segunda edición, «6 de junio de 1859». — Ed.

^c Guillermo, Príncipe de Prusia. — Ed.

^d Cursivas de Vogt. — Ed.

^a Es decir, los partidarios de Austria. — Ed.

^a Jerôme Bonaparte. — Ed.

Las fuentes originales de Dentu que utilizó Vogt no sólo se abandonaban a efusiones líricas sobre el tema de la unidad alemana bajo la égida de Prusia*: también rechazaban, con virtuosa indignación, toda insinuación acerca de ambiciones sobre las provincias del Rin.

«¡El Rin!... ¿Qué es el Rin? — Una frontera. Las fronteras pronto serán anacronismos» (La foi des traités, etc., París, 1859, pág. 36).**

En el milenio que ha de instaurar Badinguet sobre los cimientos del principio de las nacionalidades, ¡a quién preocupará la frontera del Rin, o siquiera cualquier frontera!

«¿Exige Francia una compensación por los sacrificios que está dispuesta a hacer en aras de la equidad, de la influencia legítima y en interés del equilibrio europeo? ¿Acaso reclama la orilla izquierda del Rin? ¿Es que siquiera presenta pretensiones sobre Saboya y el Condado de Niza?» (La vraie question, etc., París, 1859, pág. 13).

* «Ya Prusse est l’espoir de l’Allemagne ... l’esprit allemand a son centre a Berlin ... l’esprit allemand cherche l’unité de son corps, la vérité de la Confédération. C’est par cet entrainement que s’élève la Prusse... D’ou vient-il que, lorsque l’Italie réclame l’intégrité, l’unité nationale, ce que l’Allemagne désire, celle-ci favorise l’Autriche, négation vivante de toute nationalité?... C’est que la Prusse n’est pas encore la téte; c’est que la téte est l’Autriche qui, pesant avec ces forces hétérogénes sur l’Allemagne politique, l’entraine a des contradictions avec l’Allemagne véritable» (La foi des traités, etc., pág. 34). [Prusia es la esperanza de Alemania... el espíritu alemán tiene su centro en Berlín... el espíritu alemán busca la unidad de su cuerpo, una Confederación real. Es este anhelo el que impulsa a Prusia a elevarse... ¿Cómo es que, mientras Italia reclama integridad y unidad nacionales, lo que Alemania también anhela, ésta pueda aún favorecer a Austria, la negación viva de toda nacionalidad?... La razón es que Prusia no está aún al mando; la razón es que Austria está todavía al mando y, gravitando con sus fuerzas heterogéneas sobre el ente político llamado Alemania, la arrastra a contradicciones con la Alemania verdadera.]

** «Le Rhin!... Qu’est-ce que le Rhin?. Une frontiére. Les frontiéres seront bientôt des anachronismes» (loc. cit., pág. 36).

a The Times, N.° 23671, 13 de julio de 1860.— Ed.

La renuncia de Francia a Saboya y Niza como prueba de la renuncia de Francia al Rin. Vogt no tradujo eso al alemán.

Antes del comienzo de la guerra era de importancia crucial para Luis Bonaparte, si no lograba atraer a Prusia a un entendimiento, al menos hacer creer a la Confederación Germánica que lo había conseguido. Vogt intenta difundir esta creencia en la primera edición de sus Studien. Durante la guerra se volvió aún más importante para Luis Bonaparte inducir a Prusia a dar pasos que proporcionaran a Austria una prueba, o una prueba aparente, de semejante entendimiento. En la segunda edición de los Studien, que apareció mientras la guerra estaba en curso, Vogt exhorta por ello a Prusia, en un epílogo, a conquistar Alemania e iniciar una «guerra civil» dinástica que, como el texto de su libro deja claro, sería «sangrienta, encarnizada y quizá indecisa» y costaría a Prusia, cuando menos, Renania y Westfalia. Y en el epílogo del mismo libro asegura solemnemente a sus lectores que «sólo costará cuestión de semanas». La voz de Vogt no es, en verdad, la de la sirena. De ahí que Luis Bonaparte, secundado en su artera intriga por el segundo* Palmerston, se viera forzado a presentar a Francisco José en Villafranca propuestas prusianas redactadas por él mismo; Austria tuvo que utilizar las modestas pretensiones de Prusia a la jefatura militar de Alemania como pretexto para concluir una paz* que Luis Bonaparte hubo de excusar en Francia diciendo que la guerra italiana amenazaba con convertirse en una guerra general que

«traería consigo la unidad alemana y realizaría así una obra que, desde tiempos de Francisco I, había sido objeto de la política francesa impedir»**.

* Marx emplea la expresión inglesa «bottle-holder».— Ed.
b «Politische Ubersicht, Viena, 13 de julio», Prager Zeitung, N.° 165, 15 de julio de 1859.— Ed.

Después de que Francia hubiese adquirido Saboya y Niza como resultado de la guerra italiana, y con ellas una posición que valía más que un ejército en caso de una guerra en el Rin, «unidad alemana bajo la hegemonía prusiana» y «cesión de la orilla izquierda del Rin a Francia» se convirtieron en factores intercambiables en los cálculos de probabilidades del 2 de Diciembre. El mapa de L’Europe en 1860, publicado en 1858, fue interpretado por el mapa L’Europe pacifiée (¿Europa pacificada?) que apareció en 1860. Según este mapa, Egipto ya no se entregaba a Austria y las provincias del Rin, junto con Bélgica, eran anexionadas por Francia a cambio de las «llanuras del Norte» que se asignaban ahora a Prusia.* Finalmente, Persigny declaró oficialmente en Étienne que, aunque sólo fuese en «interés del equilibrio europeo», toda centralización ulterior por parte de Alemania entrañaría el avance de Francia hasta el Rin.** Pero ni antes ni después de la guerra italiana se había expresado con tanta insolencia el grotesco ventrílocuo de las Tullerías como por boca del fugitivo Regente Imperial.

* «Unos días después de la conclusión de la paz en Villafranca, el Prager Zeitung publicó la siguiente declaración oficial: “Esta insistencia” (la insistencia de Prusia en asumir el mando supremo del ejército federal bajo control federal) “proporciona una clara prueba de que Prusia aspira a la hegemonía en Alemania y, por tanto, a la expulsión de Austria de Alemania. Puesto que la pérfida Lombardía es infinitamente menos valiosa que el mantenimiento de nuestra posición en Alemania, la sacrificamos para alcanzar una paz que se había vuelto una necesidad urgente para nosotros en vista de la actitud de Prusia”».]
** El Galignani’s Messenger de París, que sólo publica artículos de fondo por excepción y entonces a petición oficial especial, dice en su número del 22 de julio de 1859 [Marx cita en inglés]: «Para dar otra provincia al Rey del Piamonte, no sólo habría sido necesario sostener una guerra contra dos terceras partes de Europa, sino que la unidad alemana se habría realizado, y se habría llevado a cabo una obra que, desde los tiempos de Francisco I, ha sido objeto de la política francesa impedir.» [«Latest Intelligence», Galignani’s Messenger, N.° 13876, 22 de julio de 1859.]

* El órgano especial de Plon-Plon, L’Opinion nationale, decía en un artículo del 5 de julio de 1860: «Pasó ya el día de exigir la devolución de territorios por la fuerza. El Emperador tiene demasiado tacto y un sentimiento demasiado preciso de la corriente de la opinión pública para eso... ¿Pero está Prusia obligada por juramento a no pensar nunca en la unidad alemana? ¿Puede garantizar que no echará jamás una mirada codiciosa sobre Hannover, Sajonia, Brunswick, Hesse, Oldemburgo y Mecklemburgo? Hoy los gobernantes se abrazan y su sinceridad es ciertamente genuina. ¿Pero quién sabe lo que el pueblo les exigirá dentro de unos años? Y si, bajo la presión de la opinión pública, Alemania se unifica, ¿sería justo, sería razonable no permitir que Francia expanda su territorio a expensas de sus vecinos?... Si los alemanes estimaran justo y conveniente alterar su constitución política hasta ahora existente y poner un gobierno central fuerte en lugar de la impotente Confederación, entonces no podemos garantizar que Francia no estimara justo y conveniente exigir compensaciones y garantías a Alemania.»
** El Pecksniff imperial se supera a sí mismo en el panfleto de Dentu La politique anglaise, París, 1859. Según éste, unos cuantos millones de alemanes y belgas han de ser sustraídos para mejorar la constitución moral de Francia, que requiere una mayor mezcla de sangre del norte para que sea profunda, continúa: «Un segundo factor hace necesaria dicha anexión» (de las provincias del Rin y Bélgica). «Francia desea y exige una libertad racional (la llamada liberté) y el elemento sureño juega un papel importante en su vida pública. Este elemento sureño tiene muchas cualidades maravillosas... pero le falta firmeza y constancia. Necesita la resistencia paciente, la fría e inquebrantable resolución de nuestros hermanos del norte. Las fronteras que la providencia nos ha destinado, por tanto, son tan esenciales para nuestra libertad como para nuestra independencia.»

Vogt, «el nuevo suizo, ciudadano del Cantón de Berna y miembro del Consejo de los Estados por Ginebra» (loc. cit., Prefacio), abre la sección suiza de sus Studien con un prólogo (loc. cit., págs. 37-39) en el que exhorta a Suiza a entonar un himno de alegría por la sustitución de Luis Felipe por Luis Bonaparte. Es cierto que Luis Bonaparte exigía al Consejo Federal que «pusiera controles a la prensa», pero «los Napoleónidas parecen tener a este respecto la piel extremadamente sensible» (loc. cit., pág. 36). Una mera enfermedad cutánea, tan arraigada en la familia que se transmite no sólo en la sangre del linaje, sino incluso —teste Luis Bonaparte— por el mero apellido familiar. Sin embargo,

«La persecución de hombres inocentes en Ginebra, llevada a cabo por el Consejo Federal siguiendo instrucciones del Emperador contra pobres diablos cuyo único crimen era ser italianos; el establecimiento de consulados; el hostigamiento a la prensa; las insensatas regulaciones policiales de todo tipo imaginable y, finalmente, las negociaciones sobre la cesión del Vallée des Dappes, han contribuido de manera esencial a borrar en la mente de los suizos los recuerdos de aquellos servicios* que el Emperador realmente prestó en el asunto de Neuchâtel, y en particular para el mismo partido que ahora se ha vuelto más violentamente contra él» (loc. cit., págs. 37, 38).

¡Magnánimo Emperador, partido ingrato! El objetivo del Emperador en el asunto de Neuchâtel no era en modo alguno crear un precedente para la violación de los tratados de 1815, la humillación de Prusia y el establecimiento de un protectorado sobre Suiza. De lo que realmente se trataba era de «prestar» a Suiza «un verdadero servicio», en su calidad de «nuevo suizo, ciudadano del Cantón de Turgovia y capitán de artillería de Oberstrass». La acusación de ingratitud lanzada por Vogt contra el partido anti-bonapartista en Suiza en marzo de 1859, fue extendida a toda Suiza en junio de 1860 por otro servidor del Emperador, el Sr. de Thouvenel. El Times del 30 de junio de 1860 escribe que

«Hace unos días tuvo lugar una reunión entre el Dr. Kern y el Sr. de Thouvenel en el Ministerio de Asuntos Exteriores en París, en presencia de Lord Cowley. Thouvenel informó al honorable representante de Suiza que las dudas y protestas del Gobierno Federal eran insultantes en la medida en que parecían implicar una falta de fe en el gobierno de Su Majestad Imperial. Semejante trato era una vil ingratitud en vista de los servicios que el Emperador Napoleón ha prestado a la Confederación en muchas ocasiones, y en particular en el asunto de Neuchâtel. Sea como fuere, puesto que Suiza había sido tan ciega como para desconfiar de su benefactor, debía soportar ella misma las consecuencias.»

* Marx da las palabras inglesas «services» y «rendered» entre paréntesis tras sus equivalentes alemanes.— Ed.

No obstante, Vogt había intentado ya en marzo de 1859 abrir los ojos al ciego partido antibonapartista en Suiza. Por una parte, señala «los verdaderos servicios» que «el Emperador ha prestado». Por otra, «las vejaciones imperiales se reducen a un punto evanescente» al lado de las vejaciones reales bajo Luis Felipe (loc. cit., pág. 39). Por ejemplo, en 1858 el Consejo Federal, «siguiendo instrucciones del Emperador», expulsó a unos «pobres diablos cuyo único crimen era ser italianos»* (pág. 37); en 1838, a pesar de las amenazas de Luis Felipe, se negó a expulsar a Luis Bonaparte, cuyo único crimen consistía en haber utilizado Suiza como base para conspirar contra Luis Felipe. — En 1846, pese a los «gestos bélicos» de Luis Felipe, Suiza se aventuró a la guerra del Sonderbund,<sup>2</sup> porque no se dejó intimidar por el rey pacífico; en 1858, en cambio, no se mostró demasiado remilgada en su reacción ante los manoseos de Luis Bonaparte en el Vallée des Dappes.

«Luis Felipe —dice el propio Vogt— había arrastrado en Europa una existencia miserable, despreciado por todo el mundo, incluso por los pequeños soberanos legítimos, porque no se había atrevido a llevar una política exterior enérgica» (loc. cit., pág. 31). Sin embargo, «la política imperial frente a Suiza es, sin duda alguna, la de un vecino poderoso que sabe que, en último término, puede imponer lo que quiera» (loc. cit., pág. 377).

Por eso Vogt concluye, con una lógica digna de Grandguillot, que «desde un punto de vista puramente suizo no cabe sino alegrarse de todo corazón» (pág. 39), porque, en vez de «Luis Felipe, despreciado por todo el mundo», Suiza ha recibido un «vecino poderoso que sabe que, con respecto a Suiza, puede hacer lo que quiera».

A este prólogo, que crea el ambiente necesario, le sigue una traducción alemana de la nota del Consejo Federal del 14 de marzo de 1859,<sup>b</sup> y cosa curiosa es que Vogt se deshaga en elogios de esa nota, en la que el Consejo Federal se remite a los tratados de 1815,<sup>*</sup> siendo así que el mismo Vogt declara que es una «hipocresía» remitirse a esos tratados. «¡Fuera con su hipocresía!» (loc. cit., pág. 112.)*

* En realidad no fueron los «tratados» los que protegieron la neutralidad suiza, sino el hecho de que los intereses de las distintas potencias vecinas se contrarrestaban mutuamente. «Los suizos sienten —escribía el capitán Harris, el encargado de negocios inglés en Berna, en una carta a lord John Russell después de una entrevista con Frey-Hérosé, el presidente federal— que ... los recientes acontecimientos han alterado fundamentalmente el equilibrio de poder

<sup>2</sup> A comienzos de 1858 Napoleón III exigió que el gobierno suizo extraditara a los refugiados políticos acusados de estar implicados en la conspiración de Orsini. — Ed.

<sup>b</sup> Carl Vogt, Studien..., págs. 80-83. — Ed.

Vogt pasa ahora a examinar «de qué lado vendrá el primer ataque contra la neutralidad suiza» (loc. cit., pág. 84) y demuestra, de modo harto superfluo, que el ejército francés, que esta vez no necesitaba conquistar el Piamonte, no marcharía ni por el Simplón ni por el Gran San Bernardo. Al mismo tiempo descubre una ruta terrestre inexistente «por el Mont Cenis, vía Fenestrelle y a través del valle de Stura» (loc. cit., pág. 84). Se refiere al valle del Dora. Por consiguiente, de Francia no amenaza peligro alguno a Suiza.

«Pero no puede esperarse con igual confianza el respeto a la neutralidad suiza por parte de Austria, y diversos factores incluso sugieren que, en ciertas eventualidades,

Austria está bien dispuesta a violarla» (loc. cit., pág. 85). «Significativa a este respecto es la concentración de una fuerza militar en Bregenz y Feldkirch» (loc. cit., pág. 86).

Aquí se hace visible el hilo que atraviesa los Studien y conduce directamente de Ginebra a París.

El Libro Azul sobre los asuntos de Italia. Enero a mayo de 1859, publicado por el gabinete Derby, afirma que «la concentración de una fuerza militar austríaca cerca de Bregenz y Feldkirch» fue un rumor cultivado asiduamente por los agentes bonapartistas en Suiza, sin la menor prueba fáctica que lo respaldase (núm. 174 del Libro Azul en cuestión: carta del capitán Harris a lord Malmesbury, Berna, 24 de marzo de 1859). En relación con esto, Humboldt-Vogt hizo también el descubrimiento de que en Bregenz y Feldkirch

«se está en la inmediata vecindad del valle del Rin, que es el punto de partida de tres grandes pasos alpinos con caminos transitables, a saber, la Via Mala, el Splügen y el San Bernardo; este último conduce al Tesino y los dos primeros al lago de Como» (loc. cit., pág. 86).

En realidad, la Via Mala conduce, en primer lugar, sobre el Splügen, en segundo lugar sobre el San Bernardo y en tercer lugar a ninguna otra parte.

Después de toda esta cháchara a lo Polonio destinada a orientar los recelos de los suizos desde la frontera occidental hacia la oriental, «el carácter bien redondeado» rodó por fin hacia su verdadera tarea.

«Suiza —anuncia Vogt— está plenamente en su derecho al rechazar con firmeza la obligación de no permitir movimientos de tropas en este ferrocarril» (de Culoz a Aix y Chambéry) «y se limitará, llegado el caso, a hacer uso del territorio neutralizado solo en la medida en que sea necesario para la defensa de su propio territorio» (loc. cit., pág. 89).

entre los vecinos de Suiza, pues desde el asunto de Neuchâtel, Prusia se ha mostrado indiferente, Austria paralizada y Francia incomparablemente más poderosa que antes.»<sup>2</sup>

<sup>2</sup> Harris a Russell, recibida el 25 de enero, Correspondence Respecting the Proposed Annexation of Savoy and Nice to France..., Londres, 1860, pág. 12. — Ed.

Y asegura al Consejo Federal que «toda Suiza apoyará como un solo hombre la política indicada en su nota del 14 de marzo».

Vogt publicó sus Studien a finales de marzo. Hasta el 24 de abril no utilizó Luis Bonaparte el citado ferrocarril para movimientos de tropas, y no declaró la guerra hasta aún más tarde. De manera que Vogt, que estaba al corriente de los detalles del plan de guerra bonapartista, sabía muy bien «de qué lado vendría el primer ataque contra la neutralidad suiza». Su misión era explícitamente inducir con engaño a Suiza para que condonase una primera violación de su neutralidad, lo que conduciría lógicamente a la anexión del territorio neutralizado de Saboya por el Imperio de Diciembre. Dando palmaditas en la espalda al Consejo Federal, atribuye a la nota del 14 de marzo el significado que debería tener desde el punto de vista de los bonapartistas. El Consejo Federal declaraba en su nota que Suiza cumpliría su «misión» de neutralidad, tal como estaba estipulada en los tratados, «fielmente y con entera imparcialidad». A continuación cita un artículo de los tratados según el cual «ninguna tropa perteneciente a otra potencia podrá pasar por ellos ni acantonarse allí» (en el territorio neutralizado de Saboya). No menciona en absoluto que permitiría a los franceses utilizar el ferrocarril que atraviesa el territorio neutralizado. Condicionalmente, como «medida destinada a asegurar y defender el territorio de la Confederación», se reserva el derecho de la Confederación a una «ocupación militar» del territorio neutralizado. Que Vogt tergiversa deliberadamente y por instrucciones superiores la nota del Consejo Federal no solo se desprende de la propia redacción de esta; lo corrobora también la declaración hecha en la Cámara de los Lores el 23 de abril de 1860 por lord Malmesbury, a la sazón Secretario de Relaciones Exteriores británico:

«Cuando las tropas francesas estaban a punto de marchar a través de Saboya hacia Cerdeña» (más de un mes después de la nota del Consejo Federal del 14 de marzo), «el gobierno suizo,

fiel a la neutralidad de la que depende su independencia, [...] al principio objetó que esas tropas no tenían derecho a atravesar el territorio neutralizado.»<sup>a</sup>

<sup>a</sup> Marx da el pasaje citado en inglés en una nota al pie. — Ed.

¿Y por qué medios lograron Luis Bonaparte y el partido suizo aliado a él disipar las dudas del Consejo Federal? Vogt, que a finales de marzo de 1859 sabía que los trenes de tropas franceses violarían el territorio neutralizado a finales de abril de 1859, era naturalmente capaz de prever ya a finales de marzo el eufemismo que Luis Bonaparte emplearía a finales de abril para paliar su acto de violencia. Pone en duda que la

«cabecera de la línea de Culoz a Aix y Chambéry caiga dentro del territorio neutral» (loc. cit., pág. 89) y muestra que «la demarcación del territorio neutral no se llevó a cabo con el propósito de cortar las comunicaciones entre Francia y Chambéry», de modo que moralmente el ferrocarril en cuestión no cae dentro del territorio neutral.*

Escuchemos, en cambio, lo que dice lord Malmesbury al respecto:

«Posteriormente, al cuestionarse si la línea del ferrocarril no evitaba la porción neutralizada de Saboya, el gobierno suizo retiró su objeción y permitió el paso de las tropas de Francia. Pienso que hicieron mal al hacerlo.<sup>4</sup> Considerábamos el mantenimiento de la neutralidad de tal consecuencia europea... que protestamos ante la Corte francesa contra el paso de esas tropas a Cerdeña el 28 de abril de 1859.»

Esta protesta llevó a Palmerston a acusar a Malmesbury de simpatías

«proaustríacas», por haber «ofendido inútilmente al gobierno

francés»,<sup>5</sup> tal como Vogt en su «Magnum Opus» (pág. 183)

acusa a Das Volk de

«hacer todo lo posible para poner en aprietos a Suiza», por cuenta de Austria, naturalmente... «Léanse los artículos que Das Volk publicó sobre la cuestión de la neutralidad y el paso de las tropas francesas por Saboya si se desea tener una prueba tangible de estos puntos de vista, plenamente compartidos por la Allgemeine Zeitung».**

* El hecho de que el ferrocarril sí cae dentro del territorio neutralizado fue reconocido explícitamente en una nota dirigida al capitán Harris el 18 de noviembre de 1859 por Stampfli, Presidente de la Confederación, y Schiess, el Canciller. Allí se dice: «Il pourrait être aussi question d'un autre point qui concerne la neutralité de la Savoie ... nous voulons parler du chemin de fer dernièrement construit de Culoz à Chambéry, à l'égard duquel on peut se demander s'il devait continuer à faire partie du territoire neutralisé.» [«Podría también plantearse otra cuestión relativa a la neutralidad de Saboya ... nos referimos al ferrocarril recientemente construido entre Culoz y Chambéry, acerca del cual cabe preguntarse si puede seguir formando parte del territorio neutralizado.»]

** Vogt acusa en particular a Das Volk de haber intentado «provocar un conflicto entre la Confederación Suiza y sus vecinos más poderosos». Cuando la anexión de Saboya se produjo efectivamente, la Eidgenössische Zeitung, periódico bonapartista, criticó al diario oficial Der Bund porque «sus opiniones sobre Saboya y Francia eran un eco débil de la política que desde 1848 había apuntado a implicar a Suiza en los conflictos de Europa» (véase Der Bund, Berna, núm. 71, 12 de marzo de 1860). Es evidente que los escribas bonapartistas reciben las frases ya hechas.

<sup>4</sup> Marx da esta frase en inglés entre paréntesis después del equivalente alemán. — Ed.

<sup>5</sup> Marx da esta frase en inglés entre paréntesis después del equivalente alemán. — Ed.

El lector tendrá ahora una «prueba tangible» de que toda la sección de los *Estudios* de Vogt que trata de Suiza no tenía otro propósito que preparar el terreno para la primera violación de la neutralidad suiza por parte de su «hombre del destino». Fue el primer paso hacia la anexión de Saboya y, por tanto, de la Suiza francesa. La suerte de Suiza dependía del vigor con que se opusiera a este primer paso, mantuviera sus derechos valiéndose de ellos en el momento decisivo y planteara el asunto a nivel europeo en un momento en que el apoyo del Gobierno inglés estaba asegurado y Luis Bonaparte, que acababa de lanzarse a su guerra localizada, no se aventuraría a arrojar el guante. Una vez que el Gobierno inglés se hubo comprometido oficialmente, no pudo echarse atrás*. De ahí los poderosos esfuerzos de nuestro «nuevo suizo, ciudadano del Cantón de Berna y miembro del Consejo de los Estados por Ginebra» para distraer la atención representándolo como un derecho que Suiza debía hacer valer y como un gesto de valiente desafío hacia Austria el conceder permiso a las tropas francesas para marchar a través del territorio neutralizado. ¡Después de todo, él había salvado a Suiza de Catilina-Cherval!

Al mismo tiempo que Vogt reitera y amplía el desmentido publicado en sus panfletos originales de Dentu respecto a las ambiciones sobre la frontera del Rin, evita toda referencia, incluso la más tímida, a la renuncia a Saboya y Niza contenida en esos mismos panfletos. Incluso los nombres de Saboya y Niza no aparecen en absoluto en sus *Estudios*. Ahora bien, ya en febrero de 1859, delegados saboyanos en Turín habían protestado contra la guerra italiana alegando que la anexión de Saboya por el Imperio de Diciembre sería el precio de la compra de la alianza francesa. Esta protesta nunca había llegado a oídos de Vogt. Tampoco los términos del acuerdo alcanzado en Plombières por Luis Bonaparte y Cavour en agosto de 1858 (publicado en uno de los primeros números de *Das Volk*), aunque eran bien conocidos en los círculos de emigrados. En el número de *Pensiero ed Azione* ya citado (2-16 de mayo de 1859), Mazzini había predicho, literalmente:

«Pero si Austria fuera derrotada justo al comienzo de la guerra y si reavivara las propuestas que había presentado al Gobierno inglés durante algún tiempo en
1848, a saber, la cesión de Lombardía a condición de poder conservar Venecia, entonces se aceptaría la paz. Las únicas condiciones que se aplicarían serían

* «Si esas provincias (Chablais y Faucigny) hubieran sido ocupadas por las tropas federales... hay pocas dudas de que habrían permanecido en ellas hasta este momento» (L. Oliphant, *El sufragio universal y Napoleón III*, Londres, 1860, p. 20).

a «Mazzini y Monsieur Bonaparte», *Das Volk*, nº 5, 4 de junio de 1859. — Ed.

la ampliación de la monarquía sarda y la cesión de Saboya y Niza a Francia». *

Mazzini publicó su predicción a mediados de mayo de 1859 y la segunda edición de los *Estudios* de Vogt apareció a mediados de junio de 1859, pero no contenía ni una sola palabra sobre Saboya y Niza. Incluso antes que Mazzini y los delegados saboyanos, ya en octubre de 1858, un mes y medio después de la conspiración de Plombières, el Presidente de la Confederación Suiza informó al Ministerio inglés en un despacho que

«tenía razones para creer que se había llegado a un acuerdo condicional sobre la cesión de Saboya entre Luis Bonaparte y Cavour».**

A principios de junio de 1859, el Presidente de la Confederación informó de nuevo al encargado de negocios inglés en Berna de sus temores sobre la inminente anexión de Saboya y Niza.*** Vogt, el salvador profesional de Suiza, jamás recibió el menor indicio ni de la protesta de los delegados saboyanos, ni de las revelaciones de Mazzini, ni de las ansiedades del Gobierno Federal Suizo que persistieron desde octubre de 1858 hasta junio de 1859. Es más, como veremos más adelante, incluso en marzo de 1860, cuando el secreto de Plombières circulaba por todas las calles de Europa, este se cuidó de mantenerse fuera del camino de Vogt. «El silencio es la virtud de los esclavos»^a , lema de los *Estudios*, se refiere presumiblemente a su omisión de la amenaza de anexión. Contienen, no obstante, una referencia oblicua a ella:

«Pero incluso suponiendo», dice Vogt, «incluso suponiendo que lo improbable llegara a ocurrir y que territorio en Italia, ya sea al sur o al norte, fuera el premio por la victoria... Sin duda, desde un punto de vista alemán extremadamente estrecho...
se podría desear fervientemente que el lobo francés hincara sus dientes en un hueso italiano» (loc. cit., pp. 129, 130).

* «Ma dove l’Austria, disfatta in sulle prime, affacciasse proposte eguali a quelle ch’essa affacciò per breve tempo nel 1848 al Governo Inglese, abbandono della Lombardia a patto di serbare il Veneto, la pace... sarebbe accettata: le sole condizioni dell’ingrandimento della Monarchia Sarda e della cessione della Savoia e di Nizza alla Francia, riceverebbero esecuzione.»

** [En el discurso mencionado arriba, Lord Malmesbury dijo: «Hay un despacho ahora en el Foreign Office, fechado tan atrás como octubre de 1858... del Presidente de la República Suiza, afirmando que tenía razones para creer que se había llegado a algún acuerdo condicional entre el Emperador de los franceses y el Conde Cavour con respecto a Saboya».]

*** Véase el nº 1 del primer Libro Azul *Sobre la Propuesta de Anexión de Saboya*, etc.

a Dictum parafraseado de Heinrich Heine, *Reisebilder, Zweiter Teil, Italien. III. Die Stadt Lucca*, Cap. XVII — Ed.

Territorio italiano al norte significaba, por supuesto, Niza y Saboya. Después de que el nuevo suizo, ciudadano del Cantón de Berna y miembro del Consejo de los Estados por Ginebra, haya llamado a Suiza «desde un punto de vista puramente suizo» (loc. cit., p. 39) a «alegrarse de todo corazón» de tener a Luis Bonaparte como vecino, de repente se le ocurre al Regente fugitivo del Imperio que «sin duda, desde un punto de vista alemán extremadamente estrecho» «desearía fervientemente» que el lobo francés «hincara sus dientes en el hueso» de Niza y Saboya, y por tanto, de la Suiza francesa.*

Hace algún tiempo apareció un panfleto en París con el título *Napoléon III*, no *Napoléon III et l’Italie*, o *Napoléon III et la question Roumaine*, o *Napoléon III et la Prusse*,^@ sino simplemente *Napoléon III*, Napoleón III sin calificación alguna. Redactado enteramente en hipérboles, es un panegírico de Napoleón III escrito por Napoleón III. El panfleto fue traducido por un árabe llamado Dâ-Dâ a su lengua nativa.^b En el Epílogo, el ebrio Dâ-Dâ es incapaz ya de contener su entusiasmo y se desborda en versos radiantes. En el Prólogo, sin embargo, está aún lo bastante sobrio para confesar que su panfleto había sido publicado a instancias de las autoridades locales en Argel y estaba destinado a distribuirse entre las tribus árabes indígenas más allá de las fronteras argelinas para que «la idea de unidad y nacionalidad bajo un líder común pudiera apoderarse de su imaginación».

* El deseo que, «desde un punto de vista alemán extremadamente estrecho», tiene Vogt de forzar «huesos» italianos entre las mandíbulas del «lobo francés» para darle al lobo una indigestión, se cumplirá sin duda en medida creciente. La semioficial *Revue contemporaine* —patrona especial de Vogt, dicho sea de paso— del 15 de octubre de 1860 trae un informe desde Turín del 8 de octubre que afirma, entre otras cosas: «Génova y Cerdeña serían el premio legítimo por una nueva guerra (francesa) en pro de la unidad italiana. Puedo añadir que la posesión de Génova sería el instrumento necesario de nuestra influencia en la península y el único medio eficaz de impedir que la potencia marítima cuyo establecimiento hemos ayudado defeccione más tarde de una alianza con nosotros para entrar en liga con algún otro. Sólo con nuestra rodilla sobre la garganta de Italia podemos estar seguros de su lealtad. Austria, buen juez en este punto, lo sabe muy bien. Aplicaremos presión menos toscamente, pero más eficazmente que Austria: esa es la única diferencia». [Citado de «La situation de l’Italie, Turin, le 8 octobre 1860»].

@ Marx se refiere a los siguientes panfletos: Arthur La Guéronnière, *Napoléon III, portrait politique*, París, 1853 y *L’empereur Napoléon III et l’Italie*, París, 1859; A. Lévy, *L’empereur Napoléon III et les principautés roumaines*, París, 1858; y Edmond About, *La Prusse en 1860*, París, 1860. — Ed.

b La Guéronnière, *Portrait politique de l’empereur Napoléon III*, trad. al árabe por M. Rochaid Dahdah, París, 1860. — Ed.

Este líder común que pondría los cimientos para «la unidad de la nación árabe» es, como Dâ-Dâ deja claro, nada menos que «el sol de la beneficencia, la gloria del firmamento: el Emperador Napoleón III». Vogt, aunque su escritura carece de rima,^a no es otro que el Dâ-Dâ alemán.

Que Dâ-Dâ Vogt emplee la palabra «estudios» para describir su paráfrasis alemana de los artículos del «Moniteur», los panfletos de Dentu y los mapas revisados de Europa inspirados por el sol de la beneficencia y la gloria del firmamento, es la mejor broma que jamás se le haya ocurrido en el curso de su hilarante carrera. Supera incluso su Regencia del Imperio, las Imperiales Libaciones de Vino y su invención de los pasaportes imperiales. El hecho de que el «culto» ciudadano alemán pudiera aceptar de buena fe «estudios» en los que Austria luchaba contra Gran Bretaña por la posesión de Egipto, Austria y Prusia libraban su lucha en terreno no europeo, Napoleón I obligaba al Banco de Inglaterra a pesar su oro en lugar de contarlo, griegos y fanariotas eran racialmente distintos, una ruta terrestre iba desde el Mont Cenis a través de Fenestrelle por el valle del Stura, etc.: todo esto da testimonio de la alta presión que una reacción de diez años había ejercido sobre su cráneo liberal.

Curiosamente, el mismo perezoso liberal alemán que había aplaudido las burdas exageraciones de la versión alemana de Vogt de los panfletos originales decembristas, saltó furioso de su sueño cuando Edmond About produjo una prudente y comedida retraducción francesa de la compilación de Dâ-Dâ con el título *La Prusse en 1860* (originalmente *Napoléon III et la Prusse*). Esta urraca parlanchina del bonapartismo, dicho sea de paso, tiene un toque de jocosidad. Como prueba de las simpatías bonapartistas por Alemania, About señala, por ejemplo, que el Imperio de Diciembre no distingue más entre Dâ-Dâ Vogt y Humboldt que entre Lazarillo Hackländer y Goethe.^b En cualquier caso, su equiparación de Vogt con Hackländer sugiere un estudio más profundo por parte de About del que se encuentra en parte alguna de los *Estudios* de nuestro Dâ-Dâ alemán.

a Marx hace un juego de palabras con el término *ungereimt*, que significa «sin rima» y también «disparatado, incoherente». — Ed.

b Edmond About, *La Prusse en 1860*, París, 1860, p. 6. — Ed.