La respuesta del Emperador de Austria al extraño «Feliz Año Nuevo» que le fue enviado desde París de parte del «primo holandés de la batalla de Austerlitz», y el discurso inaugural del virtuoso Manuel dirigido a las Cámaras sardas, en modo alguno han contribuido a calmar la alarma de guerra que invade Europa. En todos los centros del mercado monetario el barómetro señala «tormenta». El Rey de Nápoles, de improviso, se ha vuelto magnánimo y antirruso, poniendo en libertad a partidas de presos políticos, desterrando a Poerio y sus compañeros, y negando a Rusia un depósito de carbón en el Adriático; continúan las querellas con los tedeschi y la cruzada contra los fumadores de cigarros del Gobierno en Milán, Lodi, Cremona, Brescia, Bérgamo, Parma y Módena, mientras que en Pavía, por orden gubernamental, se han suspendido los cursos universitarios; Garibaldi, llamado a Turín, ha sido encargado de reorganizar la Guardia Nacional; se está formando en Turín un nuevo cuerpo de unos 15.000 cazadores, y las fortificaciones de Casale se impulsan con la mayor actividad. Un ejército austríaco de unos 30.000 hombres, un cuerpo de ejército completo (el 3.º), habrá entrado ya a estas horas en el reino lombardo-véneto, y el conde Gyulay, general de la escuela de Radetzky y hombre de instintos a lo Haynau, ha llegado ya a Milán para tomar las riendas del poder de manos del apacible, benévolo pero débil archiduque Fernando Maximiliano. En Francia, los movimientos y contramovimientos militares están a la orden del día, mientras que el Emperador afecta un celo inmenso en los experimentos con el nuevo cañón de Vincennes. El Gobierno prusiano, por último, ha inaugurado su nuevo sistema de libertad pidiendo a las Cámaras dinero para aumentar el ejército permanente y convertir la Landwehr en un apéndice de la tropa de línea.

Con nubes tan visibles en el horizonte de Europa, puede sorprender el descenso relativamente insignificante de las cotizaciones en la Bolsa de Londres, que por lo general indica las pulsaciones de la sociedad europea con más exactitud que los observatorios monetarios de París y del resto del continente.

En primer lugar, los sagaces observadores de la Bolsa de Londres no se mostraron del todo reacios a considerar la extravagancia de Año Nuevo de Napoleón como una mera maniobra de agiotaje por parte de su augusto aliado. En efecto, una vez que los valores franceses bajaron, la gente se precipitó en masa al templo de Baal para deshacerse de la deuda pública, del Crédit Mobilier y de las acciones ferroviarias por lo que dieran. Luego, una vez eliminados en parte los especuladores al alza, se produjo de pronto, el 6 de enero, una ligera reacción en la Bolsa de París, a consecuencia del rumor que se hizo circular de que una nota gubernamental en el Moniteur iba a quitar el aguijón a la apóstrofe de «Su Majestad» al ministro austríaco. Dicha nota, en efecto, apareció el viernes 7 de enero; entonces los fondos subieron, y un buen número de individuos, conocidos como familiares de las Tullerías, realizaron ese mismo viernes beneficios extraordinarios. De este modo, esos señores se resarcieron de los gastos de sus regalos de Año Nuevo de la manera más barata posible. Ahora bien, parece que una conspiración similar que se estaba urdiendo en Londres fue frustrada no por una sagacidad extraordinaria del espíritu monetario británico, sino por su influjo secreto sobre algunos de los administradores financieros de los menus plaisirs del Elíseo.

Sin embargo, la relativa firmeza de los valores británicos se debe principalmente a otra circunstancia menos halagüeña para Luis Napoleón, pero más característica del estado de Europa. Ningún confesor conoce mejor las partes vulnerables del corazón de una bella penitente que los hombres del dinero contante y sonante de Chapel Street, Lombard Street y Threadneedle Street saben dónde aprieta el zapato a los potentados europeos. Saben que Rusia necesita un empréstito de unos diez millones de libras esterlinas; que Francia, a pesar del superávit prospectivo de un presupuesto, conjugado siempre en tiempo futuro, está muy necesitada de dinero; que Austria anda en busca de un anticipo de al menos seis u ocho millones de libras; que la pequeña Cerdeña está ávida de un empréstito, no solo para emprender una nueva cruzada italiana, sino para pagar las viejas deudas contraídas en la guerra de Crimea; y que, en total, los portadores de coronas y de espadas tienen que girar letras por un monto de treinta millones de libras esterlinas contra la bolsa inglesa antes de que los ejércitos puedan moverse, se derrame sangre y ruga la atronadora voz de los cañones. Ahora bien, para tramitar todas esas transacciones monetarias se requiere una tregua de al menos dos meses; de modo que, prescindiendo por completo de las consideraciones militares, si ha de haber guerra, tendrá que aplazarse hasta la primavera.

Sin embargo, sería un gran error precipitarse a la conclusión de que, por su dependencia del buen placer de los capitalistas amantes de la paz, los perros de la guerra se verán ciertamente impedidos de desencadenarse. Con el tipo de interés oscilando apenas en el 2½ por ciento, con más de cuarenta millones de oro estancados en las bóvedas de los Bancos de Inglaterra y Francia, y con una desconfianza general en la especulación comercial, el mismo Satanás, si abriera un empréstito para una nueva campaña, lograría, tras algunos pudorosos retrasos y unas cuantas conferencias gazmoñas, colocar sus cédulas con prima.

Las mismas circunstancias que pueden aplazar la guerra europea son las que empujan hacia ese desenlace. Después de sus espléndidos éxitos diplomáticos en Asia, Rusia está ansiosa por recobrar su predominio en Europa. En efecto, así como el discurso del trono de la pequeña Cerdeña fue revisado en París, la boutade de Año Nuevo de Bonaparte (el Pequeño) no fue más que el eco de una consigna indicada en San Petersburgo. Con Francia y Cerdeña en las andaderas de San Petersburgo, Austria amenazada, Inglaterra aislada y Prusia vacilante, la influencia rusa se enseñorearía de modo supremo en caso de guerra, al menos por algún tiempo. Podría mantenerse al margen; debilitar a Francia y Austria mediante la lucha intestina y, al final, «aprovechar» las dificultades de esta última potencia, que ahora le cierra el camino hacia el Sur y se opone a su propaganda eslava. Tarde o temprano, el Gobierno ruso tendría que intervenir; sus dificultades internas podrían ser desviadas por una guerra exterior y el poder imperial, mediante el éxito en el extranjero, se vería capacitado para quebrantar la oposición nobiliaria en el interior. Pero, por otro lado, la presión financiera engendrada por la campaña de Crimea se triplicaría; la nobleza, apelada en tal emergencia, reuniría nuevas armas de ataque y defensa; mientras que el campesinado, con las promesas aún no cumplidas ante sus ojos, exasperado por nuevas dilaciones, nuevas levas y nuevos impuestos, podría ser empujado a violentas conmociones.

En cuanto a Austria, teme la guerra, pero naturalmente puede verse forzada a ella. Bonaparte, a su vez, ha llegado muy probablemente a la justa conclusión de que ahora es la ocasión de jugar su carta decisiva. Aut Caesar aut nihil. Las falsas glorias del Segundo Imperio se desvanecen rápidamente, y se necesita sangre para cimentar de nuevo esa monstruosa impostura. ¿Y en qué mejor carácter que el de libertador de Italia, y en qué circunstancias más favorables que las de la neutralidad forzosa de Inglaterra, el secreto apoyo de Rusia y el confesado vasallaje del Piamonte, podría esperar salir adelante? Pero, por otro lado, el partido eclesiástico en Francia se opone violentamente a la impía cruzada; la clase media le recuerda aquello de L’Empire c’est la paix; el hecho mismo de que Inglaterra y Prusia estén por el momento obligadas a actitudes neutrales las transformaría en árbitros durante el curso de la guerra; y cualquier derrota en las llanuras de Lombardía haría sonar el toque fúnebre del Imperio de quincalla.