Los inspectores de fábrica de Inglaterra, Escocia e Irlanda, habiendo publicado sus informes semestrales regulares, cerrados al 31 de octubre de 1858, sobre sus respectivos distritos, le envío mi habitual resumen de esos tan importantes boletines industriales.* El informe conjunto aparece esta vez condensado en unas pocas líneas, y se limita a declarar que, con la única excepción de Escocia, las usurpaciones de los fabricantes sobre el tiempo legal para el empleo de jóvenes y mujeres, y especialmente sobre el tiempo reservado para sus comidas, aumentan con rapidez. En consecuencia, se sienten en el deber de instar a que esas evasiones de la ley se impidan mediante una ley de enmienda.

«Las imperfecciones —dicen— de las Factory Acts, que hacen extremadamente difícil a los inspectores y subinspectores detectar y condenar a los infractores, y cumplir las intenciones evidentes de la Legislatura en cuanto a los importantísimos temas de la limitación de las horas de trabajo y de garantizar a los trabajadores suficientes oportunidades de descanso y refrigerio a lo largo de la jornada, hacen necesarias algunas modificaciones de la ley. Si el Parlamento hubiera imaginado que podía recurrirse a tales evasiones, sin duda se habría protegido contra ellas mediante disposiciones adecuadas.»

Ahora bien, como he estudiado concienzudamente los tormentosos debates parlamentarios de los que surgieron las actuales leyes fabriles, los inspectores de fábrica deben permitirme disentir de su conclusión final, y atenerme a la opinión de que las leyes fabriles se formaron con el propósito expreso de permitir toda la facilidad posible para la evasión y la elusión. El encarnizado antagonismo entre terratenientes y señores de las fábricas que las engendró, estaba todavía mitigado por el común desprecio que las dos clases dominantes sienten por lo que llaman «intereses vulgares». Al mismo tiempo, aprovecho de buena gana la ocasión para rendir homenaje a esos inspectores fabriles británicos que, a despecho de los todopoderosos intereses de clase, han asumido la protección de la multitud oprimida con un valor moral, una energía constante y una superioridad intelectual de las que no abundan los paralelos en estos tiempos de culto a Mammon.*

El primer informe procede del Sr. Leonard Horner, cuyo distrito abarca el centro industrial de Inglaterra, todo Lancashire, partes de Cheshire, Derbyshire, el West Riding de Yorkshire, el North Riding y los cuatro condados septentrionales de Inglaterra. Siendo las leyes fabriles todavía objeto de una oposición sin paliativos por parte de los fabricantes, y viéndose casi todos los años una campaña parlamentaria a favor de su derogación, el Sr. Horner comienza con una apología de la legislación que eximió a los niños y a las mujeres del dominio absoluto de las inexorables leyes del librecambio. Los economistas oficiales declararon que la legislación fabril era contraria a todos los sanos «principios», y que con toda seguridad resultaría sumamente perjudicial para el comercio. En respuesta a la primera objeción, el Sr. Horner expone:

«Como en todas las fábricas hay una gran cantidad de capital fijo en edificios y maquinaria, cuantas más horas pueda mantenerse en funcionamiento la maquinaria, mayor será el rendimiento; y, ciertamente, si ese funcionamiento hubiera podido realizarse sin perjuicio para los seres humanos, no habría habido legislación que interfiriera en él. Pero cuando se demostró que, para obtener un mayor rendimiento del capital, se empleaba diariamente, y a menudo de noche, a niños, jóvenes de ambos sexos y mujeres, durante un tiempo totalmente incompatible con su salud, moral, educación de los jóvenes, comodidad doméstica y con cualquier disfrute razonable de la vida, los dictados más claros de los principios morales exigieron al Poder Legislativo que pusiera fin a tan enorme mal.»

En otras palabras, el Sr. Horner sostiene que, en el estado actual de la sociedad, un principio puede parecer «sano» para el economista y para las clases de las que es portavoz teórico, y puede, sin embargo, no solo resultar contrario a todas las leyes de la conciencia humana, sino, como un cáncer, corroer las entrañas mismas de toda una generación. En cuanto a la supuesta interferencia de las leyes fabriles en el progreso de la industria, el Sr. Horner opone hechos a la declamación. En el informe solicitado por la Cámara de los Comunes el 19 de marzo de 1835, las cifras de fábricas y de personas empleadas en ellas eran, en su distrito actual, las siguientes:

Fábricas.   Personas empleadas.
Algodón ......................... 775     132.898
Lana y estambre ............ 220       8.738
Lino ................................ 60       5.546
Seda ............................... 23       5.445
Total ......................... 1.078     152.627

En el informe presentado a la Cámara de los Comunes en febrero de 1857, la cuenta es la siguiente:

Fábricas.   Personas empleadas.
Algodón ...................... 1.535     271.423
Lana y estambre ............ 181      18.909
Lino ................................ 49       6.738
Seda ............................... 46      10.583
Total ......................... 1.811     307.653

De este cuadro se desprende que, en veintidós años, el número de fábricas de algodón casi se ha duplicado, mientras que el número de personas empleadas en ellas se ha más que duplicado. En las manufacturas de lana y estambre, la considerable disminución del número de fábricas, simultánea con un aumento de más del doble en las personas empleadas, muestra la concentración del capital y la extinción, en gran medida, de los pequeños talleres por los más grandes. El mismo proceso, aunque a menor escala, puede observarse en las fábricas de lino. En cuanto a las de seda, su número se ha duplicado, y el de personas empleadas casi otro tanto.

«Pero —como observa el Sr. Horner—, el aumento del número real de fábricas no es la única medida del progreso; pues las grandes mejoras que se han introducido en toda clase de maquinaria han aumentado enormemente su capacidad productiva.»

El punto importante es que el estímulo para estas mejoras, especialmente en lo que respecta a la mayor velocidad de las máquinas en un tiempo dado, fue evidentemente proporcionado por las restricciones legales de las horas de trabajo.

«Estas mejoras —dice el Sr. Horner—, y la mayor aplicación que los operarios pueden prestar, han tenido como resultado, según se me ha asegurado una y otra vez, que en el tiempo acortado se realiza tanto trabajo como antes en las horas más largas.»

Es principalmente en el distrito del Sr. Horner donde las violaciones deliberadas y premeditadas de las disposiciones que restringen las horas de trabajo, así como las relativas a la edad de los trabajadores y a la asistencia a la escuela de los niños de ocho a trece años, que por ley solo deben trabajar media jornada, han ido en aumento desde la reciente mejora del estado de los negocios. Cito del informe:

«La tentación del aumento de los beneficios es a la que ceden aquellos fabricantes en cuyo código moral la desobediencia a una ley del Parlamento no es un crimen, y que calculan que el importe de cualquier multa que tengan que pagar, si son descubiertos, constituirá una proporción muy pequeña de la ganancia que obtienen al desatender las restricciones de la ley.»

Para entender esta queja trillada que encontramos en todos los informes sucesivos, hay que considerar primero que, en su mayor parte, los magistrados son fabricantes o parientes suyos; segundo, que las multas impuestas por la ley son muy reducidas; y, por último, que solo se considera que hay empleo de jóvenes y mujeres «a menos que se demuestre lo contrario». Ahora bien, como afirma el Sr. Horner:

«Nada más fácil para un fabricante fraudulento que preservar lo contrario. Le basta con parar su máquina de vapor en cuanto aparece el inspector, y entonces todo trabajo cesa; en cada denuncia, el inspector tiene que probar que el individuo mencionado en la querella fue hallado efectivamente trabajando. Tan pronto como comienza el trabajo ilegal —y tiene lugar en seis períodos diferentes del día—, el total diario se compone de pequeños plazos; se aposta un vigilante para que avise de la proximidad de un inspector, y en cuanto éste es avistado, se da la señal de parar la máquina y de echar a la gente de la fábrica.»

Las condenas, de hecho, solo pueden obtenerse si los subinspectores vencen la repugnancia natural de los caballeros a recurrir a medidas similares a las de un agente de policía detectivesca. Las personas del inspector y de sus subinspectores se hacen pronto bien conocidas en sus respectivos distritos, de modo que dejan de poder detectar a los más hábiles infractores de la ley, y el único recurso que les queda es llamar a sus colegas de distritos vecinos, quienes, al ser tomados por comerciantes extranjeros que vienen a comprar, pueden escapar a la vigilancia de los espías apostados por los dueños de las fábricas en las diferentes estaciones de ferrocarril.

El siguiente parte de heridos y muertos de la campaña industrial semestral en el distrito del Sr. Horner no dejará de proporcionar un tema curioso a los estudiosos de la ciencia militar, que verán que los tributos regulares de miembros humanos, manos, brazos, huesos, pies, cabezas y rostros ofrecidos a la industria moderna superan en dimensión a muchas batallas tenidas por de las más mortíferas.