El general secreto* ha ordenado a su Guardia regresar a París a toda prisa para hacer su entrada triunfal al frente de ella y luego hacer desfilar ante él a sus tropas victoriosas en la Plaza del Carrusel. Entretanto, hagamos una nueva revista de los principales acontecimientos de la guerra a fin de esclarecer los verdaderos méritos del simio Napoleón.*

* — Suplemento del Moniteur, 26 de abril de 1859. — Ed.

El 19 de abril, el conde Buol cometió la indiscreción pueril de informar al embajador inglés que el 23 de abril daría a los piamonteses un ultimátum de tres días, a cuyo vencimiento comenzaría la guerra y daría la orden de marchar. Buol sabía, desde luego, que Malmesbury no era Palmerston, pero olvidó que se acercaba la época de las elecciones generales, que los tories de mente estrecha, temerosos de ser abucheados como «austríacos», se volvían bonapartistas contra su voluntad. El día 20, el gobierno inglés se apresuró a comunicar esta información al señor Bonaparte, y la concentración de las tropas francesas comenzó en el acto, dándose órdenes de formar los cuartos batallones de reserva. El 23, los austríacos emitieron efectivamente el ultimátum —en vísperas de las elecciones inglesas. Derby y Malmesbury se apresuraron a calificar este acto de «crimen» y a protestar contra él con la mayor energía. Bonaparte hizo que sus tropas cruzaran la frontera piamontesa incluso antes de que expirara el ultimátum*; el 26 de abril los franceses entraron en Saboya y Génova. Pero los austríacos, contenidos por las protestas y amenazas del gobierno tory, concedieron dos días más y no marcharon sobre el Piamonte hasta el 29, en lugar del 27.

* — Suplemento del Moniteur, 26 de abril de 1859. — Ed.

De este modo, el general secreto tuvo conocimiento del plan de los austríacos nueve días enteros antes de que marcharan y pudo, gracias a la traición del ministerio inglés, presentarse en escena tres días antes que los austríacos. Pero el general secreto tenía confederados no solo en el ministerio inglés, sino también en el mando del ejército austríaco. Todo el mundo esperaba, y con razón, que Hess asumiera el mando supremo del ejército en Italia. En lugar de ello, el mando se dio a Gyulay, que nunca se había enfrentado al enemigo en 1848 y 1849; un espíritu totalmente incapaz, sin entendimiento ni fuerza de voluntad, este Gyulay. Hess es de origen burgués y en modo alguno amigo de la camarilla reaccionaria y projesuita de nobles que compone la camarilla de Francisco José. El triunvirato Grunne-Thun-Bach azuzó al débil Francisco José, que había elaborado con Grunne un extraño plan de operaciones que Hess había criticado con dureza, contra el viejo estratega; y así el zopenco de sangre azul Gyulay siguió siendo comandante en jefe y su plan de operaciones —la invasión del Piamonte— fue adoptado. Hess había recomendado mantenerse estrictamente a la defensiva y evitar toda batalla hasta alcanzar el Mincio. El ejército austríaco, retrasado además por lluvias torrenciales, apareció por primera vez en el Po y el Sesia el 3 o 4 de mayo, y para entonces ya era, por supuesto, demasiado tarde para aventurar un golpe de mano contra Turín o alguna de las fortalezas piamontesas. Los franceses estaban concentrados en el alto Po; esto dio al incompetente Gyulay un bienvenido pretexto para la inacción. A fin de demostrar su incapacidad más allá de toda duda, emprendió el reconocimiento en fuerza de Montebello. La batalla que siguió fue librada con honor por trece batallones austríacos contra dieciséis batallones franceses, hasta que aparecieron en el campo la segunda y la tercera divisiones del cuerpo de Baraguay d'Hilliers, momento en que los austríacos, que habían logrado su objetivo, se retiraron. Pero como este reconocimiento no fue seguido en modo alguno por los austríacos, es evidente que toda la expedición podría haberse omitido sin más.

El general secreto, entretanto, tuvo que esperar sus suministros y su caballería, y probablemente pasó el tiempo estudiando a su admirado Bülow. Plenamente informados sobre las posiciones y la fuerza de los austríacos, los franceses podían trazar fácilmente un plan de ataque. En general, solo hay tres maneras de atacar: frontalmente, para lograr una ruptura en el centro, o bien desbordando el flanco derecho o el izquierdo.

El general secreto decidió desbordar el flanco derecho del enemigo. Los austríacos estaban desplegados en una larga línea desde Biella hasta Pavía, después de haber forrajeado sin estorbos toda la región entre el Sesia y el Dora Baltea. El 21 de mayo, los piamonteses atacaron la línea del Sesia y durante varios días libraron pequeños combates entre Casale y Vercelli, mientras Garibaldi se deslizaba a lo largo del Lago Maggiore con sus cazadores alpinos, levantaba una insurrección en el Varesotto y avanzaba hacia el Comasco y la Brianza. Las tropas de Gyulay permanecieron dispersas, y hasta envió a uno de sus seis cuerpos de ejército (el Noveno) a la orilla sur del Po. El 29 de mayo, los preparativos habían llegado por fin al punto en que podía comenzar el ataque. Las acciones de Palestro y Vinzaglio, en las que la mayor parte del ejército piamontés se enfrentó a parte del Séptimo Cuerpo de Ejército (Zobel), abrieron a los aliados el camino a Novara, que Gyulay abandonó sin resistencia. Los piamonteses, los cuerpos II, III y IV franceses y la Guardia fueron enviados allí de inmediato; el Primer Cuerpo los siguió. El desbordamiento del flanco derecho austríaco quedó consumado; el camino directo a Milán estaba abierto.

Esto, sin embargo, puso a los ejércitos precisamente en la situación en que Radetzky obtuvo la victoria de Novara en 1849. Los aliados avanzaban hacia el Tesino en largas columnas por un pequeño número de caminos paralelos. Su avance solo podía ser lento. Gyulay tenía cinco cuerpos de ejército con los que operar, aun descontando el disperso Noveno Cuerpo. En cuanto el ataque de los piamonteses se hizo serio, como ocurrió el 29 y el 30 de mayo, Gyulay tuvo que concentrar sus tropas. Dónde se realizara esto carecía realmente de importancia; no se puede pasar por alto a 140.000-150.000 hombres en una posición concentrada; además, era esencial no hacer una defensa pasiva, sino asestar un golpe a tempo al enemigo. Si Gyulay hubiera concentrado sus fuerzas entre Mortara, Garlasco y Vigevano el 31 de mayo y el 1 de junio, podría, por una parte, haber caído sobre el flanco de la maniobra de desbordamiento de su propia ala derecha en Novara, cortar en dos las columnas de marcha enemigas, hacer retroceder a algunas de ellas hacia los Alpes y apoderarse del camino a Turín. Si, por el contrario, el enemigo hubiera cruzado el Po aguas abajo de Pavía, Gyulay aún habría podido llegar a tiempo para cerrarle el paso hacia Milán.

En realidad, se inició la concentración. Pero antes de que se completara, Gyulay quedó desconcertado por la ocupación de Novara. ¡El enemigo estaba más cerca de Milán que él! En realidad, eso era justo lo que se deseaba; había llegado el momento del golpe a tempo; el enemigo tendría que combatir en las condiciones más desfavorables. Pero Gyulay, fuera cual fuese su valor personal, era un cobarde moral. En lugar de avanzar con rapidez, retrocedió para hacer que su ejército formara un arco alrededor del enemigo mediante marchas forzadas y bloquear de nuevo su camino directo a Milán en Magenta. Las tropas se pusieron en movimiento el 2 de junio y el cuartel general se trasladó a Rosate, en Lombardía. El Maestre General de Artillería, Hess, llegó allí a las 5:30 de la mañana del 3 de junio. Reprendió a Gyulay por la imperdonable torpeza y mandó detener en el acto a todas las tropas, pues consideraba que aún era posible asestar el golpe en dirección a Novara. Dos cuerpos enteros de ejército, el Segundo y el Séptimo, estaban ya en territorio lombardo, tras haber marchado de Vigevano a Abbiategrasso. El Tercer Cuerpo había recibido la orden de detenerse justo en el puente de Vigevano; marchó de vuelta y tomó posición en la orilla piamontesa. El Octavo se dirigió vía Bereguardo, el Quinto vía Pavía. El Noveno estaba aún muy lejos y completamente fuera de alcance.

Cuando Hess tuvo información exacta sobre la distribución de las tropas, encontró que ya era demasiado tarde para poder contar con éxito en la dirección de Novara; ahora solo quedaba la dirección de Magenta. A las 10 de la mañana se dieron órdenes a las columnas de continuar su marcha hacia Magenta.

Gyulay achaca la pérdida de la batalla de Magenta a esta intromisión de Hess y a la pérdida de 4 horas y media como resultado de haber detenido las columnas. Lo infundado de esta excusa se desprende de lo siguiente: El puente de Vigevano está a diez millas inglesas de Magenta —una breve jornada de marcha. Los Cuerpos Segundo y Séptimo estaban ya en Lombardía cuando llegó la orden de detenerse. Por consiguiente, les quedaban por marchar, a lo sumo, 7 u 8 millas, en términos generales. A pesar de todo, solo una división del Séptimo Cuerpo llegó a Corbetta y tres brigadas del Segundo Cuerpo a Magenta. La segunda división del Séptimo Cuerpo no pasó de Castelletto, cerca de Abbiategrasso, el día 3; y el Tercer Cuerpo, que recibió la orden de ponerse en marcha desde el puente de Vigevano a más tardar a las 11 de la mañana y que, por tanto, aún tenía buena parte del día por delante, ni siquiera parece haber recorrido las 5 o 6 millas inglesas hasta Abbiategrasso, ya que entró en batalla solo hacia las 4 de la tarde del día siguiente cerca de Robecco (a 3 millas de Abbiategrasso). Las columnas debieron de quedar detenidas en los caminos, retrasando la marcha por disposiciones defectuosas. Si un cuerpo tarda 24 horas y más en cubrir de 8 a 10 millas, 4 o 5 horas más no pueden considerarse decisivas. El Octavo Cuerpo, que había sido enviado vía Bereguardo y Binasco, tuvo que dar un rodeo tal que no habría podido llegar a tiempo al campo de batalla aun aprovechando las 4 horas y media perdidas. El Quinto Cuerpo, que vino desde Pavía en dos verdaderas marchas forzadas, pudo entrar en combate con una brigada en la tarde del 4 de junio. Lo que perdió en tiempo lo ganó en intensidad de movimiento. En consecuencia, el intento de achacar a Hess la dispersión del ejército se viene completamente abajo.

Estratégicamente, por tanto, los pasos iniciales hacia la victoria de Magenta fueron, en primer lugar, un error positivo cometido por el propio Luis Bonaparte al ejecutar una marcha de flanqueo en la zona del enemigo, y en segundo lugar un error de Gyulay, quien, en lugar de concentrarse y caer sobre las largas columnas de marcha, dispersó por completo a su ejército con una contramarcha y retirada, para colmo planeadas miserablemente, y llevó a sus tropas al combate cansadas y hambrientas. Esta fue la primera fase de la guerra. De la segunda fase, en nuestro próximo número.

II

Habíamos dejado a nuestro verdadero Napoleón secreto en el campo de batalla de Magenta. Gyulay le había hecho el mayor favor que un general puede hacer a su adversario; había llevado sus fuerzas tan fragmentadas que se halló en la más decidida minoría en cada momento de la batalla, y ni siquiera al anochecer tenía las tropas a mano. Los cuerpos Primero y Segundo se replegaron hacia Milán, el Octavo venía de Binasco, el Quinto de Abbiategrasso, y el Noveno andaba de paseo lejos, en el bajo Po. ¡He aquí una situación para un general; he aquí la ocasión de emplear las muchas tropas frescas llegadas durante la noche para penetrar entre las aisladas columnas austríacas, obtener una victoria auténtica y forzar a unidades enteras a deponer las armas con sus banderas y artillería! Así fue como actuó el Napoleón vulgar en Montenotte y Millesimo, en Abensberg y Ratisbona. Pero no el Napoleón «superior». Él está muy por encima de tan crudo empirismo. Sabe por su Bülow que la retirada excéntrica es la más ventajosa. Y así, apreció en plenitud las magistrales disposiciones de retirada de Gyulay y, en lugar de atropellarlo, telegrafió a París: El ejército descansa y se reorganiza.* Estaba seguro de que el mundo no sería tan descortés como para considerar su amateurístico ejercicio de Magenta otra cosa que una «gran victoria». |

* — Moniteur universel, n.º 157, 6 de junio de 1859. — Ed.

El amigo Gyulay, que ya había hecho una prueba, con tan gran éxito, de la maniobra de marchar alrededor del enemigo en arco… El amigo Gyulay realizó este experimento una vez más, y esta vez a gran escala. Hizo que su ejército marchara primero al sureste

* — Moniteur universel, n.º 157, 6 de junio de 1859. — Ed.

hasta el Po, luego a lo largo del Po en tres columnas por tres caminos paralelos hasta enfrente de Piadena, sobre el Oglio, luego de nuevo hacia el norte hasta Castiglione. No llevaba prisa alguna en ello. La distancia que había de recorrer hasta Castiglione ascendía a unas 120 millas inglesas, es decir, 10 jornadas de marcha muy cómodas u 8 jornadas buenas. Podría haber estado en posición en Castiglione el 14, o a más tardar el 15; pero no fue hasta el 19 cuando una parte importante del ejército se hallaba en las alturas al sur del lago de Garda. Sin embargo, confianza llama a confianza. Si los austríacos marchaban despacio, el Napoleón superior demostró que también en esto los superaba. El Napoleón vulgar habría considerado su tarea más urgente hacer avanzar a sus tropas a marchas forzadas por la ruta más corta y directa a Castiglione, que apenas asciende a 100 millas inglesas, para alcanzar la posición al sur del lago de Garda y sobre el Mincio antes que los austríacos y atacar de flanco a las columnas de marcha austríacas, de ser posible. No así el Napoleón perfeccionado. «¿Siempre despacio hacia adelante?» es su lema. Le llevó del 5 al 22 concentrar sus tropas en el Chiese. ¡Diecisiete días para 100 millas, o dos escasas horas al día!

Éstas fueron las colosales penalidades que las columnas francesas hubieron de soportar y que inspiraron a los corresponsales de prensa ingleses tal admiración por la resistencia y el imperturbable buen humor de los pioupious. Sólo en una ocasión hubo un intento de combate de retaguardia. El objeto era expulsar a una división austríaca (Berger) de Melegnano. Una brigada ocupaba la ciudad; la otra se hallaba ya detrás del Lambro para cubrir la retirada de la primera y apenas entró en combate. Ahora bien, nuestro general secreto demostró que también conocía la estrategia napoleónica llegado el caso: ¡Masas en el punto decisivo! En consecuencia, envió dos cuerpos enteros de ejército, diez brigadas, contra esta sola brigada; la brigada austríaca (Roden), atacada por seis brigadas, resistió tres o cuatro horas y se retiró sin ser perseguida al otro lado del Lambro sólo después de haber perdido más de un tercio de sus hombres; la presencia de la segunda brigada (Boér) fue suficiente para contener las colosales superiores numéricas de los franceses. Vemos que la guerra fue llevada por los franceses con la máxima cortesía.

En Castiglione apareció en escena otro héroe: Francisco José de Austria. ¡Dos dignos adversarios! El primero ha hecho saber por todas partes que es el tipo más astuto de todos los tiempos; el otro se complace en proclamarse caballeresco. El primero no puede menos que ser el mayor general de su siglo, porque su vocación es parodiar al Napoleón original —pues se ha llevado al campo su copa original y otras reliquias—; el otro está obligado a asegurar la victoria a sus estandartes, por ser el «supremo señor de la guerra» nato de su ejército. El sistema de epígonos que se ha extendido en los intervalos entre las revoluciones del siglo XIX no podría tener representantes más adecuados en el campo de batalla.

Francisco José inauguró su carrera de generalísimo haciendo que sus tropas tomaran primero posición al sur del lago de Garda para luego replegarlas de inmediato detrás del Mincio; y apenas las había llevado detrás del Mincio, las envió otra vez a la ofensiva. Semejante maniobra no podía menos que sorprender incluso a un Napoleón perfeccionado, como su boletín tiene la gracia de admitir abiertamente.* Como dio la casualidad de que él mismo marchaba con su ejército hacia el Mincio el mismo día, se produjo un choque entre los dos ejércitos, la batalla de Solferino. No entraremos de nuevo en los detalles de esta batalla, ya que los hemos presentado en un número anterior de este periódico*; y tanto menos cuanto que el comunicado oficial austríaco está redactado intencionadamente en términos muy vagos, a fin de encubrir los extraños desatinos del hereditario señor de la guerra. De él se desprende, en todo caso, sin lugar a dudas, que la pérdida de la batalla se debió ante todo a Francisco José y a su camarilla. En primer lugar, se mantuvo a Hess en un segundo plano de manera deliberada e intencionada. En segundo lugar, Francisco José se metió en el lugar de Hess. En tercer lugar, una masa de personas incompetentes, algunas incluso de valor dudoso, fueron dejadas en mandos importantes por influencia de la camarilla. Todos estos factores, aun prescindiendo del plan original, produjeron tal confusión en el día de la batalla que la dirección, el engranaje de los movimientos, el orden y la secuencia de las maniobras eran del todo impensables. En el centro, en particular, parece haber reinado una confusión desesperante. Los tres cuerpos de ejército allí apostados (primero, quinto y séptimo) realizaron movimientos tan contradictorios y descoordinados, y desaparecían tan completamente unos de otros en el momento decisivo, a la vez que siempre se estorbaban en otros momentos, que lo único que se desprende del informe austríaco, pero esto con certeza, es lo siguiente: la batalla se perdió no tanto por debilidad numérica cuanto por una dirección vergonzosamente mala. Un cuerpo nunca apoyó al otro en el momento oportuno; las reservas estaban en todas partes menos donde se las necesitaba; y así Solferino, San Cassiano, Cavriana cayeron, una tras otra, mientras que de haber sido defendidas con tenacidad y pericia las tres juntas, habrían constituido una posición inexpugnable. Pero Solferino, el punto decisivo, fue abandonado ya a las dos, y con Solferino, la batalla; Solferino cayó ante un ataque concéntrico, que sólo podía ser rechazado mediante golpes ofensivos, pero precisamente esos golpes fueron lo que faltó; y tras Solferino cayeron las otras aldeas, igualmente ante ataques concéntricos, que sólo encontraron una escasa defensa pasiva. Y, sin embargo, todavía había tropas frescas a mano, pues las listas austríacas de bajas muestran que, de 25 regimientos de línea empeñados, ocho (Rossbach, Archiduque José, Hartmann, Mecklemburgo, Hess, Grüber, Wernhardt, Wimpffen), es decir, una tercera parte, perdieron menos de 200 hombres por regimiento, ¡y por tanto fueron empeñados sólo de manera insignificante! Tres de ellos, y también el regimiento de fronterizos de Gradisca, no perdieron 100 hombres por regimiento, y de los cazadores la mayoría de los batallones (cinco) perdieron menos de 70 hombres por batallón. Dado que el ala derecha (Benedek, octavo cuerpo) se vio enfrentada a fuerzas muy superiores y tuvo que empeñar todas sus tropas a fondo, todos estos regimientos y batallones escasamente empeñados pertenecen al centro y al ala izquierda, y una buena parte debió de estar en el centro. Esto prueba cuán lamentable fue la dirección allí. Por lo demás, el asunto se explica muy fácilmente: Francisco José se hallaba allí en persona con su camarilla oficial, de modo que todo tenía necesariamente que estar confuso y desorganizado. ¡Las 13 baterías de la artillería de reserva no dispararon un solo tiro! Una falta de dirección similar parece haber prevalecido en el ala izquierda. Aquí fue en particular la caballería, mandada por viejas, la que no entró en acción. Dondequiera que aparecía un regimiento de caballería austríaca, la caballería francesa se hacía a un lado, pero de ocho regimientos sólo uno solo de húsares efectuó una carga en regla y dos regimientos de dragones y uno de ulanos realizaron ataques ligeros. Los húsares de Prusia perdieron 110 hombres, los dos regimientos de dragones juntos 96; las pérdidas de los ulanos de Sicilia no se conocen; ¡los cuatro regimientos restantes perdieron entre todos sólo 23 hombres! La artillería perdió en total apenas 180 hombres.

Estas cifras prueban, mejor que ninguna otra cosa, la incertidumbre e indecisión con que los generales austríacos, desde el emperador hasta los jefes de cuerpo, condujeron las tropas contra el enemigo. Si a ello añadimos la superioridad numérica de los franceses y el impulso moral que recibieron de sus éxitos anteriores, se comprende que los austríacos no pudieran vencer. Sólo un jefe de cuerpo, Benedek, no se dejó amilanar; él solo mantuvo el ala derecha y Francisco José no tuvo tiempo de interferir. El resultado fue que propinó una buena paliza a los piamonteses, a pesar de la doble superioridad numérica de éstos.

El Napoleón superior ya no era un novato en la guerra como Francisco José. Se había ganado las espuelas en Magenta y sabía por experiencia cómo comportarse en el campo de batalla. Dejó al viejo Vaillant que calculara la extensión del frente a ocupar, de lo que se sigue automáticamente la distribución de los diversos cuerpos, y luego dejó a los jefes de cuerpo que se las arreglaran a partir de ahí, pues podía confiar bastante en que sabían conducir sus cuerpos. En cuanto a él, se dirigió a los puntos en los que mejor luciría en la Illustration de París del sábado siguiente y desde allí impartió órdenes muy melodramáticas pero también muy indiferentes en cuanto a su contenido.

II

Hace mucho tiempo había un pintor ruso en la academia de Düsseldorf, que más tarde fue relegado a Siberia por falta de talento y pereza. El pobre diablo era un entusiasta de su emperador Nicolás y solía decir extasiado: «¡Emperador muy grande! ¡Emperador todo puede! ¡Emperador también pintar puede! Pero Emperador no tener tiempo para pintar; Emperador comprar paisajes y luego pintar soldados dentro. ¡Emperador muy grande! ¡Dios es grande, pero Emperador todavía joven!»

El Napoleón superior tiene esto en común con Nicolás, que cree que los paisajes están ahí sólo para que se pinten soldados en ellos. Pero como ni siquiera tiene tiempo para pintar los soldados, se contenta con posar para los cuadros. Il pose.* Magenta, Solferino y toda Italia no son más que los accesorios, sólo el pretexto para volver a colocar su interesante figura, en esta ocasión con una postura melodramática, en la Illustration y el Illustrated London News. Como esto puede hacerse con un poco de dinero, también en esto ha tenido éxito. Dijo a los milaneses:

«Si hay personas que no entienden su siglo» (el siglo de la reclame y la charlatanería), «yo no soy de ésas.»

¡El viejo Napoleón era grande, y el Napoleón perfeccionado ya no es joven!

Esta última comprensión, que ya no es joven, le metió en la cabeza la idea de que ya era hora de hacer la paz. Había llegado tan lejos como se puede llegar con un mero succès d’estime. En

No. 163, 12 de junio de 1859.— Ed.

...cuatro combates y dos batallas»,* con una pérdida de más de 50.000 hombres solo en acción, sin contar los enfermos, había conquistado la tierra firme hasta las fortalezas austriacas: la región que la propia Austria, por la mera ubicación de sus fortificaciones, había proclamado ante todo el mundo que no debía defenderse seriamente frente a una fuerza superior y que en esta ocasión solo se había defendido para mortificar al mariscal Hess. La via sacra por la que el Napoleón superior había conducido hasta allí a su ejército con tan clásica calma y tan dudoso éxito, quedó de pronto completamente bloqueada. Más allá se hallaba la tierra prometida, que no habría de ser vista por el actual «Ejército de Italia», sino quizá solo por sus nietos... y quizá tampoco por ellos. Rivoli y Arcole no figuraban en el programa. Verona y Mantua estaban a punto de decir algo, y la única fortaleza en la que el Napoleón superior ha entrado hasta ahora con escolta militar es el castillo de Ham... y se alegró bastante de salir de allí sin los honores de la guerra. *”’ Además, los efectos escénicos resultaron bien pauvre: tuvo grandes bataillons, pero ni siquiera el hilo telegráfico creyó las grandes victoires. Una guerra de campamentos atrincherados, contra el viejo Hess, una guerra de éxito cambiante y probabilidades decrecientes, una guerra que exigía trabajo serio, una guerra real, no era guerra para el Napoleón de la Porte Saint-Martin y del Astley’s Amphitheatre.*** Se sumaba el factor de que un paso más habría conducido a una guerra en el Rin, y eso habría traído complicaciones que habrían puesto fin de inmediato a las muecas heroicas y a las melodramáticas poses plastiques. Pero el Napoleón superior no se deja envolver en tales asuntos: hizo la paz y se tragó su programa.

Cuando la guerra empezó, nuestro Napoleón superior sacó de inmediato a relucir las campañas italianas del Napoleón vulgar, la via sacra de Montenotte, Dego, Millesimo, Montebello, Marengo, Lodi, Castiglione, Rivoli y Arcole.*'? Comparemos un poco la copia con el original. *°°

El Napoleón vulgar asumió el mando de 30.000

Moniteur universel, nº 134, 14 de mayo de 1859.— Ed.

soldados medio muertos de hambre, descalzos y harapientos en un momento en que Francia, arruinada financieramente, incapaz de obtener préstamos, tenía que mantener no solo dos ejércitos en los Alpes, sino también dos ejércitos en Alemania. No tenía a Cerdeña y a los demás países de Italia de su lado, sino en su contra. El ejército que se le oponía era superior al suyo en número y organización. No obstante, atacó, batió a los austriacos y piamonteses en seis golpes en rápida sucesión, en cada uno de los cuales logró tener superioridad numérica de su lado, forzó al Piamonte a hacer la paz, cruzó el Po, efectuó un cruce forzado del Adda en Lodi y puso sitio a Mantua. Derrotó al primer ejército de socorro de los austriacos en Lonato y Castiglione y, mediante audaces maniobras, los obligó en su segundo avance a refugiarse en Mantua. Detuvo al segundo ejército de socorro en Arcole y lo mantuvo en jaque durante dos meses, hasta que recibió refuerzos y avanzó de nuevo, solo para ser batido en Rivoli. Después de esto forzó a Mantua a rendirse y a los príncipes del sur de Italia a hacer la paz, y avanzó sobre los Alpes Julianos hasta el pie del Semmering, donde ganó la paz.

Así era el Napoleón vulgar. ¿Y el superior? Llega a un ejército mejor y más fuerte que ninguno que Francia haya tenido jamás, y a una situación financiera que al menos permite afrontar los costos de la guerra fácilmente mediante préstamos. Dispone de seis meses de completa paz para preparar su campaña. Tiene de su lado a Cerdeña, con fuertes fortalezas y un ejército numeroso y excelente; mantiene Roma ocupada; Italia Central solo espera una señal suya para sublevarse y unírsele. Su base de operaciones no está en los Alpes Marítimos, sino en el Po medio, en Alessandria y Casale. Donde su predecesor tenía senderos de herradura, él tiene ferrocarriles. ¿Y qué hace? Lanza cinco fuertes cuerpos de ejército a Italia, tan fuertes que, combinados con los sardos, es siempre significativamente superior en número a los austriacos, tan superior que puede destacar el Sexto Cuerpo al ejército turístico de su primo* para una excursión militar. A pesar de todos los ferrocarriles, tarda todo un mes en concentrar sus tropas. Finalmente se mueve. La incapacidad de Gyulay le regala la batalla indecisa de Magenta, que se convierte en victoria por la situación estratégica fortuita de los dos ejércitos después de la batalla... una situación de la que no es en absoluto responsable el Napoleón superior, sino solo Gyulay. En agradecimiento, deja escapar a los austriacos, en vez de perseguirlos. En Solferino, Francisco José casi lo obliga a ganar; aun así, el resultado apenas es

mejor que en Magenta. Ahora empieza a perfilarse una situación en la que el Napoleón vulgar apenas habría comenzado a desplegar sus recursos; la guerra se libra en una región donde hay algo más real que hacer, y asume dimensiones de las que una gran ambición obtiene su ventaja. Llegado al punto en que la via sacra del Napoleón vulgar empieza de verdad, empieza a abrir una gran perspectiva, en ese punto... ¡el Napoleón superior pide la paz!