El resumen oficial del tratado anglo-chino,<sup>a</sup> que el ministerio británico por fin ha presentado al público, añade, en conjunto, poco más a la información que ya se había transmitido por otros conductos. Los artículos primero y último contienen, de hecho, los puntos del tratado que interesan exclusivamente a Inglaterra. Por el artículo primero, «el tratado suplementario y los reglamentos generales de comercio», estipulados después de la celebración del tratado de Nankín,<sup>a</sup> quedan «derogados». Ese tratado suplementario disponía que los cónsules ingleses residentes en Hong Kong y en los cinco puertos chinos abiertos al comercio británico cooperasen con las autoridades chinas en el caso de que algún buque inglés llegase dentro del radio de su jurisdicción consular con opio a bordo. Quedaba así formalmente prohibido a los comerciantes ingleses importar la droga de contrabando, y el gobierno inglés se erigía, hasta cierto punto, en uno de los funcionarios de aduana del Imperio Celestial. Que la segunda guerra del opio concluya eliminando los grilletes con que la primera guerra del opio todavía fingía trabar el tráfico de opio, parece un resultado bastante lógico, y una consumación devotamente reclamada por aquella parte del público mercantil británico que había coreado con el más vivo aplauso los cohetes cantoneros de Palmerston. Sin embargo, nos equivocaríamos mucho si este abandono oficial por parte de Inglaterra de su hipócrita oposición al comercio de opio no condujese a consecuencias completamente opuestas a las esperadas. Al comprometer al gobierno británico a cooperar en la represión del tráfico de opio, el gobierno chino había reconocido su propia incapacidad para lograrlo por sí solo. El tratado suplementario de Nankín fue un supremo y casi desesperado esfuerzo por librarse del comercio de opio con ayuda extranjera. Habiendo fracasado este esfuerzo, y proclamado ahora su fracaso, quedando el tráfico de opio, en lo que a Inglaterra respecta, legalizado, pocas dudas pueden quedar de que el gobierno chino intentará un método que le recomiendan por igual consideraciones políticas y financieras, a saber: legalizar el cultivo de la adormidera en China e imponer derechos al opio extranjero importado. Cualesquiera que sean las intenciones del actual gobierno chino, las propias circunstancias en que el tratado de Tien-tsin lo coloca apuntan todas en esa dirección.

Una vez efectuado ese cambio, el monopolio del opio de la India, y con él el erario indio, sufrirán un golpe mortal, mientras que el tráfico británico de opio se reducirá a las dimensiones de un comercio ordinario y muy pronto resultará ruinoso. Hasta ahora ha sido un juego que John Bull jugaba con dados cargados. Haber frustrado su propio objetivo parece, pues, el resultado más obvio de la guerra del opio número II.

Habiendo declarado una «guerra justa» a Rusia, la generosa Inglaterra desistió, al concertarse la paz, de reclamar indemnización alguna por sus gastos de guerra. Habiendo, en cambio, mantenido siempre la pretensión de estar en paz con la propia China, no puede, en consecuencia, dejar de hacérselos pagar por unos gastos ocasionados, a juicio de sus actuales ministros, por actos de piratería cometidos por ella misma. Sin embargo, las primeras noticias de los quince o veinte millones de libras esterlinas que los celestiales habrían de pagar resultaron un lenitivo para la más escrupulosa conciencia británica, y *The Economist* y los articulistas de la sección monetaria en general emprendieron muy agradables cálculos sobre los benéficos efectos de la plata sycee en la balanza comercial y en la reserva metálica del Banco de Inglaterra. Pero, ¡ay!, las primeras impresiones que la prensa palmerstoniana se había tomado tantas molestias en producir y en las que trabajaba, eran demasiado tiernas para resistir el choque de la información real.

Un «artículo separado dispone que se pague una suma de dos millones de taeles»
«en razón de las pérdidas sufridas por los súbditos británicos a causa de la mala conducta de las autoridades chinas en Cantón; y una suma adicional de dos millones de taeles en razón de los gastos de la guerra».

Ahora bien, estas sumas juntas ascienden tan sólo a 1.334.000 libras esterlinas, mientras que, en 1842, el emperador de China hubo de pagar 4.200.000 libras, de las cuales 1.200.000 eran indemnización por el opio de contrabando confiscado y 3.000.000 por los gastos de guerra. Pasar de 4.200.000 libras, con Hong Kong de añadidura, a unas simples 1.334.000 libras no parece a fin de cuentas un negocio próspero; pero lo peor está aún por decir. Puesto que, dice el emperador chino, la vuestra no fue una guerra contra China, sino una «guerra provincial» sólo contra Cantón, ved vosotros cómo exprimir de la provincia de Kwang-tung los daños que vuestros amables vapores de guerra me han obligado a adjudicaros. Mientras tanto, vuestro ilustre general Straubenzee puede conservar Cantón como garantía material, y seguir convirtiendo las armas británicas en el hazmerreír incluso de los bravos chinos. Los compungidos sentimientos del optimista John Bull ante estas cláusulas, con las cuales está gravado el escaso botín de 1.334.000 libras esterlinas, se han desahogado ya en audibles gemidos.

«En lugar», dice un periódico londinense, «de poder retirar nuestros 53 buques de guerra y verlos regresar triunfantes con millones de plata sycee, podemos esperar la agradable necesidad de enviar un ejército de 5.000 hombres para reconquistar y retener Cantón, y ayudar a la escuadra a proseguir esa guerra provincial que el delegado del cónsul ha declarado. Pero ¿no tendrá esta guerra provincial otras consecuencias que expulsar nuestro comercio de Cantón a otros puertos chinos?... ¿No dará su continuación [la guerra provincial] una gran parte del comercio del té a Rusia? ¿No pueden el Continente, y la propia Inglaterra, volverse dependientes de Rusia y de los Estados Unidos para su té?».

La ansiedad de John Bull por los efectos de la «guerra provincial» sobre el comercio del té no carece del todo de fundamento. De los *McGregor’s Commercial Tariffs* puede verse que en el último año de la anterior guerra china, Rusia recibió 120.000 cajas de té en Kiakhta. Al año siguiente del restablecimiento de la paz con China la demanda rusa disminuyó en un 75 por ciento, ascendiendo tan sólo a 30.000. En todo caso, los costos que aún habrán de soportar los británicos en el embargo de Kwang-tung seguramente acrecentarán de tal modo la columna del pasivo que esta segunda guerra de China apenas se pagará a sí misma, el mayor defecto que, como con razón observa el Sr. Emerson, algo puede cometer a los ojos del criterio británico.

Otro gran éxito de la invasión inglesa se contiene en el Art. 51, según el cual

«el término bárbaro no deberá aplicarse al Gobierno británico ni a los súbditos británicos en ningún documento oficial chino emitido por las autoridades chinas».

Las autoridades chinas que se autodenominan Celestiales, ¡cuán humilde no debe de resultar a su entendimiento John Bull, quien, en lugar de insistir en ser llamado divino u olímpico, se contenta con extirpar de los documentos oficiales el carácter que representa la palabra bárbaro!

Los artículos comerciales del tratado no otorgan a Inglaterra ventaja alguna de la que no gocen sus rivales y, por ahora, se disuelven en vagas promesas, en su mayor parte no dignas del pergamino en que están escritas. El Art. 10 estipula:

«Se permitirá a los buques mercantes británicos comerciar río arriba por el gran río (Yangtsé), pero en el actual estado de perturbación de los valles alto y bajo no se abrirá puerto alguno al comercio, a excepción de Chin-kiang, que deberá abrirse al año de la firma del tratado. Cuando se haya restablecido la paz, se admitirá a los buques británicos a comerciar en aquellos puertos, hasta Hankow, que no excedan de tres, que determine el ministro británico, previa consulta con el secretario de Estado chino».

Por este artículo, los británicos quedan de hecho excluidos de la gran arteria comercial de todo el imperio, de «la única línea», como justamente observa *The Morning Star*, «por la que pueden introducir sus manufacturas en el interior». Si se portan bien y ayudan al Gobierno imperial a desalojar a los rebeldes de las regiones que ahora ocupan, entonces podrán eventualmente navegar por el gran río, pero sólo hasta determinados puertos. En cuanto a los nuevos puertos marítimos abiertos, de «todos» los puertos, como se había anunciado al principio, han quedado reducidos a cinco, que se añaden a los cinco del tratado de Nankín, y, como observa un periódico londinense, «son por lo general remotos o insulares». Además, a estas alturas, la ilusoria idea de que el crecimiento del comercio es proporcional al número de puertos abiertos debería haber sido ya descartada. Considérense los puertos de las costas de Gran Bretaña, Francia o los Estados Unidos: ¡cuán pocos de ellos se han desarrollado hasta convertirse en verdaderos emporios comerciales! Antes de la primera guerra china, los ingleses comerciaban exclusivamente con Cantón. La concesión de cinco nuevos puertos, en lugar de crear cinco nuevos emporios comerciales, ha transferido gradualmente el comercio de Cantón a Shanghái, como puede verse en las siguientes cifras, extractadas del Libro Azul parlamentario sobre el comercio de varios lugares durante 1856-57. Al mismo tiempo, debe recordarse que las importaciones de Cantón incluyen las destinadas a Amoy y Fu-chow, que se transbordan en Cantón.

| | Import. brit. a | | Export. brit. desde | |
|-------|----------------|---------------|---------------------|---------------|
| Año | Cantón | Shanghái | Cantón | Shanghái |
 15.500.000 | 2.500.000 | 17.900.000 | 2.300.000 |
 10.700.000 | 5.100.000 | 27.700.000 | 6.000.000 |
 9.900.000 | 3.800.000 | 15.300.000 | 6.400.000 |
 9.600.000 | 4.300.000 | 15.700.000 | 6.700.000 |
 6.500.000 | 2.500.000 | 8.600.000 | 5.000.000 |
 7.900.000 | 4.400.000 | 11.400.000 | 6.500.000 |
 6.800.000 | 3.900.000 | 9.900.000 | 8.000.000 |
 10.000.000 | 4.500.000 | 13.200.000 | 11.500.000 |
 9.900.000 | 4.600.000 | 6.500.000 | 11.400.000 |
 4.000.000 | 3.900.000 | 6.500.000 | 13.300.000 |
 3.300.000 | 1.100.100 | 6.000.000 | 11.700.000 |
 3.600.000 | 3.400.000 | 2.900.000 | 19.900.000 |
 9.100.000 | 6.100.000 | 8.200.000 | 25.800.000 * |

Las cláusulas comerciales del tratado son insatisfactorias, es la conclusión a la que llega *The Daily Telegraph*, el más abyecto sicofante de Palmerston; pero se regocija con «el punto más brillante del programa», a saber: «que el ministro británico pueda establecerse en Pekín, mientras un mandarín se instalará en Londres y posiblemente invite a la reina a un baile en Albert Gate». Por mucho que John Bull se complazca con esta broma, no cabe duda de que cualquier influencia política que se ejerza en Pekín tocará en suerte a Rusia, la cual, merced al último tratado, posee un nuevo territorio tan extenso como Francia, en gran parte en sus fronteras, a sólo 800 millas de Pekín. No es en modo alguno una reflexión tranquilizadora para John Bull el que él mismo, con su primera guerra del opio, proporcionara a Rusia un tratado que le otorgaba la navegación del Amur y el libre comercio en la frontera terrestre, mientras que con su segunda guerra del opio la ha ayudado a obtener la inapreciable faja de territorio situada entre el golfo de Tartaria y el lago Baikal, región tan codiciada por Rusia que desde el zar Alexei Mijailovich hasta Nicolás, siempre ha intentado apoderarse de ella. Tan hondo sintió *The Times* de Londres esa punzada que, al publicar las noticias de San Petersburgo, que exageraban enormemente las ventajas obtenidas por Gran Bretaña, se cuidó muy bien de suprimir aquella parte del telegrama que mencionaba la adquisición por tratado del valle del Amur por parte de Rusia.

<sup>a</sup> *The Times*, núm. 23109, 27 de septiembre de 1858. — Ed.

<sup>a</sup> “Treaties with China”, *The Free Press*, núm. 21, 22 de septiembre de 1858. — Ed.