Hace pocos días se vio ante el Court of Queen’s Bench* un caso que hemos de relatar con detalle. Ernest Jones, condenado en 1848 a dos años de reclusión solitaria por sus actividades revolucionarias y que, una vez cumplida la condena, reorganizó el Partido Cartista con tanta abnegación como talento, según es sabido, concibió en el otoño de 1857 un plan para establecer una alianza del proletariado con la clase media. A fin de poner en práctica esta idea, invitó a representantes de la burguesía y de los obreros a una conferencia conjunta, la cual se celebró nominalmente a comienzos del año pasado en St. Martin’s Hall.* Pero solo nominalmente. Por parte de los cartistas no apareció ningún hombre de peso, y como «representantes de la burguesía», en vez de los señores Cobden, Bright, etc., que habían rehusado desdeñosamente, acudieron un par de personajes ambiguos, como el señor Coningham, el comunista-urquhartista palmerstoniano, y un tal señor Ingram, que desde entonces ha sido condenado por fraude común. La llamada conferencia redactó un «Programa de Alianza» y predicó una cruzada proletaria y burguesa contra los aristócratas. En vano. El proletariado protestó, los burgueses comprendieron que nada había que ganar y Ernest Jones se vio pronto abandonado por sus amigos, viejos y nuevos. El número de lectores de The People’s Paper y The London News, los dos periódicos cartistas que publicaba, disminuyó de día en día, y finalmente Jones decidió vender esos periódicos al señor Baxter Langley, gerente del Bright’s Star* —en el mejor de los casos, un acto de excesiva precipitación, tanto menos excusable cuanto que The People’s Paper era entonces el único órgano oficial del Partido Cartista. Como era de esperar, este paso suscitó gran indignación entre algunos cartistas. Ernest Jones fue violentamente atacado, y Reynolds’s Newspaper, entre otros, publicó una serie de artículos en los que se decía que se había vendido a la Escuela de Manchester, que había explotado a los obreros política y financieramente, que era un traidor corrupto, etcétera, etcétera. Acto seguido, Jones presentó una demanda por difamación contra el señor Reynolds. Por diversas circunstancias, el proceso se prolongó y no llegó a verse ante el Queen’s Bench hasta el sábado pasado. El demandante demostró de manera convincente que, al luchar por los principios cartistas, se había arruinado desde el punto de vista de la burguesía, que nunca había recibido dinero para sí de los cartistas y que no había sido sobornado por la burguesía, sino que, por el contrario, había sido estafado por esta en lo relativo al precio de venta de The People’s Paper. El señor Reynolds, que no pudo aportar pruebas, se retractó solemnemente de las acusaciones y fue multado con cuarenta chelines por pura fórmula, pero al mismo tiempo —y esto no es poca cosa— se le condenó a pagar las costas del proceso, que ascendieron a varios cientos de libras esterlinas.

Ernest Jones ha salvado su honor personal, pero el veredicto del Queen’s Bench no le ha restituido su honor político. Ya ha pagado caro su mal aconsejado intento de mediación, mas el proletariado jamás puede perdonar los errores.

Escrito el 15 de julio de 1859.  
Publicado según el diario del 16 de julio de 1859.  
Publicado por primera vez en inglés.  
Karl Marx

LA PAZ

Según las noticias recibidas por el Europa, la Confederación Italiana anunciada por Napoleón III como una de las bases de su paz con Francisco José es cosa de proporciones sumamente vagas e inciertas. Hasta ahora no pasa de ser una idea a la que Austria ha consentido, pero que aún ha de someterse a los gobiernos italianos. No parece que siquiera Cerdeña, cuyo Rey, dicho sea de paso, al parecer no fue consultado en la conclusión de la paz, haya accedido a adherirse a ella, aunque, por supuesto, tendrá que hacer lo que se le mande; al mismo tiempo corre el rumor de que el Papa, el propuesto jefe honorario de la Federación, ha escrito a Luis Napoleón que buscará la protección de las potencias católicas —refugio bastante dudoso en este momento, precisamente cuando contra Francia quiere ser protegido.* En cuanto a los recientemente desterrados monarcas de Toscana, Módena y Parma, parece que van a ser restablecidos en sus tronos; y, en tales circunstancias, no cabe duda de que estarán dispuestos a adherirse a cualquier Confederación que se les dicte. Pero del Rey de Nápoles, ahora el único soberano independiente en Italia, no sabemos absolutamente nada; y no es imposible que se niegue rotundamente. Así pues, cabe preguntarse si habrá Federación alguna, y más aún cuál será su naturaleza, si llegara a formarse.

Un hecho importante, que ahora se confirma por primera vez, es que Austria conserva las cuatro grandes fortalezas,* constituyendo el Mincio la frontera occidental de sus territorios. De este modo sigue teniendo las llaves del norte de Italia y puede aprovechar cualquier coyuntura favorable para recuperar lo que ahora ha tenido que abandonar. Este solo hecho muestra cuán completamente infundada es la pretensión de Napoleón de haber cumplido virtualmente su propósito de expulsar a Austria de Italia. En verdad, no es exagerado decir que si él ha vencido a Austria en la guerra, ella lo ha derrotado decididamente al concertar la paz. No ha cedido más que lo que se le había arrebatado, nada más. Francia, a costa de unos cien millones de dólares y de la vida de unos cincuenta mil de sus hijos, ha obtenido el dominio sobre Cerdeña, mucha gloria para sus soldados y la fama de un general muy afortunado y medianamente victorioso para su Emperador. Para él es mucho; para Francia, que ha soportado todo el gasto y sufrido todas las pérdidas, es poco; y no es de extrañar que haya descontento en París.

La razón alegada por Napoleón para poner fin tan repentinamente a la guerra es que ésta estaba adquiriendo proporciones incompatibles con los intereses de Francia. En otras palabras, tendía a convertirse en una guerra revolucionaria, con una insurrección en Roma y un levantamiento en Hungría entre sus rasgos. Es un hecho curioso que, justo antes de la batalla de Solferino, este mismo Napoleón instó a Kossuth, quien, a invitación suya, había acudido a verle al campamento, a emprender una diversión revolucionaria en favor de los aliados. Así, pues, antes de aquella batalla no temía los peligros que le aterraron inmediatamente después. Que las circunstancias cambian los casos no es observación novedosa; pero es aplicable al presente. Sin embargo, huelga acumular pruebas para demostrar que este hombre es tan puramente egoísta como falto de escrúpulos, y que, después de haber derramado la sangre de cincuenta mil hombres para satisfacer su ambición personal, está dispuesto a renegar y abandonar incluso la hipocresía de todo principio en cuyo nombre los condujo a la matanza.

Uno de los primeros resultados del presente arreglo es la caída del ministerio Cavour, que ha tenido que abandonar el poder en Cerdeña. Aunque uno de los hombres más inteligentes de Italia, y sin haber participado en absoluto en la concertación de la paz, el conde Cavour no pudo resistir ante la indignación y el desengaño públicos. Probablemente pasará mucho tiempo antes de que vuelva al poder. Y pasará mucho tiempo antes de que Luis Napoleón pueda engañar de nuevo incluso a los sentimentalistas y entusiastas hasta hacerles considerarlo paladín de la libertad. Los italianos lo odiarán ahora más que a todos los demás representantes de la tiranía y de la perfidia; y no debemos sorprendernos si los puñales de los asesinos italianos vuelven a buscar la vida del hombre que, prometiendo y fingiendo ser el conquistador de la independencia italiana, ha dejado a Austria sentada casi tan firmemente como siempre sobre el cuello de Italia.