El futuro de Italia

El famoso artículo sobre los asuntos italianos aparecido en el Moniteur del 9 de septiembre, que se supone procede directamente del propio Luis Napoleón y que ha dado ocasión a tantos comentarios, puede considerarse que comprende tres temas principales. El primero es una apología del tratado de Villafranca, y en especial de aquella parte suya que estipulaba la restauración de los archiduques expulsados. El segundo tema es la confesión de que el tratado y la costosa guerra que lo precedió han fracasado por completo en resolver los asuntos italianos, y un intento de echar la culpa de ese fracaso, no al tratado mismo, sino a quienes se han interpuesto en el camino de la restauración estipulada de los soberanos expulsados. El tercer tema es una advertencia a los italianos: ya que no están dispuestos a conformarse con los arreglos que el emperador de los franceses consideró apropiado hacer para ellos, nada más pueden esperar de él, y deben prepararse para ver a Austria reasumir su antigua posición —sin que medie ya ninguna intervención por parte de Francia— como opresora de los italianos bajo su dominio inmediato y como enemiga celosa, amarga y siempre vigilante de la nacionalidad italiana, cerniéndose sobre Italia con un gran ejército y manteniéndola en un constante estado de inquietud y desconfianza.

La excusa ofrecida para haber negociado siquiera y para haber dejado a Austria, mediante ese tratado, en posesión de una parte importante de Italia, en contra del programa con que se inició la guerra, es, en primer lugar, la fuerza de la propia Austria, la cual, pese a sus derrotas, cuenta aún con tropas numéricamente superiores y ahora está respaldada por fortalezas formidables; y, en segundo lugar y principalmente, el peligro inminente de una intervención por parte de Alemania, que habría obligado al emperador Napoleón a trasladar sus esfuerzos militares a las orillas del Rin, arriesgando así gravemente la pérdida de las ventajas ya obtenidas en Italia. Como excusa del acuerdo de restaurar a los archiduques desterrados, Napoleón alega que solo mediante esa concesión pudo inducir al Emperador de Austria a entrar en la proyectada Confederación Italiana y, al hacerlo, a reconocer la nacionalidad italiana y a abandonar voluntariamente la supremacía y el control que había adquirido sobre la península italiana y que habían sido el motivo de la última guerra. Aduce también, como otra razón de su consentimiento a la restauración de los archiduques, una contraestipulación por parte de Austria —de la que ahora se oye hablar por vez primera—, consistente en conceder al Véneto un gobierno propio, distinto de la administración general del Imperio austríaco; en realidad, en convertirla de provincia austríaca, mantenida por la mano de un conquistador con fuerza militar, en un principado italiano, con una administración local diferenciada y, como miembro de la Confederación Italiana, partícipe de las ventajas de la nacionalidad italiana. Aduce asimismo, como excusa adicional de una estipulación que parecía traicionar y abandonar a aquellos a quienes él había incitado a actuar y que tanto ha dañado su popularidad en Italia, que en modo alguno se pretendía traer de vuelta a los archiduques con ayuda de tropas extranjeras, sino lograr su restauración con el consentimiento del pueblo y con garantías para el futuro.

El artículo pasa a trazar un brillante cuadro de lo que cabía esperar si los acuerdos alcanzados para Italia por los dos emperadores hubieran sido adoptados con franqueza por el pueblo de Italia y llevados a efecto. Austria, dejando de ser el espanto y el terror de Italia, se habría convertido de inmediato en una potencia amiga o, cuando menos, inofensiva. La Confederación Italiana, al conferir a la nacionalidad italiana una existencia práctica, habría tenido como su miembro más influyente a Cerdeña, la representante de la causa de Italia. Pero, muy a pesar del plumífero imperial del Moniteur, todas estas esperanzas se han visto frustradas por la estrechez de miras y el egoísmo —así lo alega— de quienes se han interpuesto y aún se interponen en el camino de la restauración de los archiduques desterrados; y, en razón de su conducta, declara que la guerra y el tratado han sido un completo fracaso. Puesto que esta parte del tratado ha resultado ineficaz, declara a Austria liberada de sus estipulaciones en lo tocante al Véneto y a la Confederación Italiana. Ahora está en libertad, en ambos puntos, para proseguir su vieja política: tomar los armamentos mantenidos en la orilla sur del Po como pretexto para conservar sus propias fuerzas en la orilla opuesta en pie de guerra y, de hecho, asumir, respecto de todo el resto de Italia, la misma posición que motivó la última guerra y que, a la postre, no puede dejar de conducir a nuevos conflictos y desastres.

La afirmación de que en Villafranca no se pretendía que se empleara una fuerza armada para la restauración de los archiduques expulsados parece entenderse en Italia como una declaración, por parte de Napoleón, de que no permitirá que se utilice fuerza armada extranjera para ese fin, y, desde ese punto de vista, este artículo del Moniteur ha sido acogido allí con satisfacción. Pero no admite semejante interpretación. A lo sumo significa que Napoleón no se comprometió a intervenir por la fuerza para hacer cumplir esa disposición del tratado y que no se propone hacerlo. Pero no hay el más mínimo indicio de que, si Austria considera oportuno cruzar el Po —para lo cual fácilmente encontraría pretextos—, él se considere obligado a intervenir. Al contrario, solo cabe entender que anuncia que ha agotado su juego de intervención italiana y que se lava las manos de toda responsabilidad por lo que pueda suceder en Italia en el futuro. Al referirse al proyectado Congreso europeo sobre los asuntos italianos, llega incluso a sugerir que nada se puede obtener de Austria sin compensación. Cuando menos, la única alternativa es la guerra. En ese aspecto, Francia ha hecho todo cuanto se propone, y los italianos buscarán en vano a alguien dispuesto a ir a la guerra por ellos.

En verdad, este artículo parece ofrecer a los italianos esta disyuntiva: someterse a la restauración de los archiduques o abandonar toda esperanza de ulterior intervención francesa y prepararse para habérselas con Austria como puedan. En verdad, por el tono elogioso con que el artículo alude al Emperador de Austria y a su disposición, en aras de un buen entendimiento con Francia, a hacer los sacrificios que hizo en la paz de Villafranca, no parece ciertamente que exista ahora la menor inclinación a entablar una nueva querella con él. Por otra parte, el objeto principal de este manifiesto parecería ser el de hacer saber a Austria que, en lo que a Francia respecta, está en libertad de tratar con Italia como lo estime conveniente. Después de gastar cien millones de dólares y agotar 50.000 hombres para establecer una Confederación Italiana que resulta ser una quimera, el Emperador de los franceses se propone retirarse de toda preocupación especial ulterior por los asuntos italianos.