No nos sumaremos al estruendoso coro que en Gran Bretaña ensalza ahora hasta los cielos la valentía de las tropas que tomaron Delhi por asalto. Ningún pueblo, ni siquiera el francés, puede igualar a los ingleses en el autoelogio, sobre todo cuando se trata de la valentía. El análisis de los hechos, sin embargo, muy pronto reduce, en noventa y nueve de cada cien casos, la grandeza de ese heroísmo a proporciones bien vulgares; y todo hombre de sano juicio ha de sentir repugnancia ante ese mercadeo ostentoso con el coraje ajeno, mediante el cual el *paterfamilias* inglés, que vive apaciblemente en su hogar y siente una aversión nada común hacia cuanto le amenace con la más remota posibilidad de alcanzar gloria militar, intenta hacerse pasar por partícipe de la valentía, indudable aunque en modo alguno tan extraordinaria, demostrada en el asalto a Delhi.

Si comparamos Delhi con Sebastopol, convendremos desde luego en que los cipayos no eran rusos; en que ninguna de sus salidas contra el acantonamiento británico se asemejó en lo más mínimo a Inkermann**; en que no había ningún Todtleben en Delhi, y en que los cipayos, por mucho que en la mayoría de los casos cada hombre y cada compañía lucharan con bravura, carecían por completo de mando, no solo para brigadas y divisiones, sino casi para batallones; en que, por consiguiente, su cohesión no rebasaba las compañías; en que carecían enteramente del elemento científico sin el cual un ejército es hoy impotente y la defensa de una plaza del todo desesperada. Aun así, la desproporción de número y de medios de acción, la superioridad de los cipayos sobre los europeos para resistir el clima, la extremada debilidad a que en ocasiones quedó reducida la «fuerza ante Delhi», compensan muchas de estas diferencias y hacen posible un paralelo razonable entre los dos asedios (por llamar asedios a tales operaciones). Insistimos en que no consideramos el asalto de Delhi como un acto de valentía fuera de lo común o sobremanera heroica, si bien, como en toda batalla, se dieron sin duda actos individuales de gran arrojo en ambos bandos; pero sostenemos que el ejército angloindio ante Delhi ha mostrado más perseverancia, firmeza de carácter, juicio y pericia que el ejército inglés cuando fue puesto a prueba entre Sebastopol y Balaklava.* Este último, después de Inkermann, estaba listo y dispuesto a reembarcarse, y sin duda lo habría hecho de no haber sido por los franceses. El primero, cuando la estación del año, las dolencias mortíferas consiguientes, la interrupción de las comunicaciones, la ausencia de toda posibilidad de prontos refuerzos y la situación de toda el Alta India aconsejaban una retirada, sopesó en verdad la conveniencia de ese paso, mas con todo ello se mantuvo en su puesto.

Cuando la insurrección estaba en su apogeo, lo primero que hacía falta era una columna móvil en el Alta India. Solo había dos fuerzas que pudieran emplearse de ese modo: la pequeña fuerza de Havelock, que pronto se reveló insuficiente, y la fuerza ante Delhi. Que en tales circunstancias permanecer ante Delhi, consumiendo la fuerza disponible en combates inútiles con un enemigo inexpugnable, constituía un error militar; que el ejército en movimiento habría valido cuatro veces más que en reposo; que con ello se habría logrado despejar el Alta India —a excepción de Delhi—, restablecer las comunicaciones, aplastar todo intento de los insurrectos por concentrar una fuerza, y con esto la caída de Delhi como consecuencia natural y fácil, son hechos indiscutibles. Pero razones políticas ordenaron no levantar el campamento ante Delhi. A quienes hay que culpar es a los sabihondos del cuartel general que enviaron el ejército a Delhi, no a la perseverancia del ejército por mantenerse firme una vez allí. Al mismo tiempo no hemos de omitir que el efecto de la estación de lluvias sobre este ejército fue mucho más benigno de lo previsible, y que con una cantidad siquiera media de las enfermedades consiguientes a las operaciones activas en semejante período, la retirada o la disolución del ejército habría sido inevitable. La peligrosa situación del ejército duró hasta fines de agosto. Los refuerzos empezaron a llegar, mientras las disensiones seguían debilitando el campo rebelde. A principios de septiembre llegó el tren de sitio y la posición defensiva pasó a ser ofensiva. El 7 de septiembre la primera batería abrió fuego, y en la tarde del 13 se abrieron dos brechas practicables. Examinemos ahora qué ocurrió durante este intervalo.

Si a tal efecto hubiéramos de fiarnos del parte oficial del general Wilson,* poco adelantaríamos. Este informe es tan confuso como lo fueron siempre los documentos emitidos por el cuartel general inglés en Crimea. Nadie en el mundo podría deducir de ese parte la situación de las dos brechas, ni la posición relativa y el orden en que estaban dispuestas las columnas de asalto. En cuanto a los informes privados, son, por supuesto, aún más irremediablemente confusos. Por fortuna, uno de esos hábiles oficiales científicos a quienes corresponde casi todo el mérito del éxito, miembro de los Ingenieros y Artillería de Bengala, ha dado cuenta de lo ocurrido en *The Bombay Gazette*, con tanta claridad y exactitud como sencillez y modestia. Durante toda la guerra de Crimea no se halló un solo oficial inglés capaz de redactar un informe tan sensato como este. Por desgracia, fue herido el primer día del asalto y aquí termina su carta. En cuanto a las operaciones posteriores, permanecemos, pues, completamente a oscuras.

Los ingleses habían robustecido las defensas de Delhi hasta el punto de que pudieran resistir un asedio de un ejército asiático. Según nuestras nociones modernas, Delhi apenas merecía el nombre de fortaleza; era más bien un lugar protegido contra el asalto violento de una fuerza de campaña. Su muralla de mampostería, de 16 pies de altura y 12 de espesor, coronada por un parapeto de 3 pies de grosor y 8 de altura, ofrecía 6 pies de mampostería junto al parapeto, al descubierto por el glacis y expuesta al fuego directo del ataque. La estrechez de este terraplén de mampostería hacía imposible emplazar cañones en parte alguna, salvo en los bastiones y en las torres martello.* Estas últimas flanqueaban la cortina de modo harto imperfecto, y como un parapeto de mampostería de tres pies de espesor podía ser fácilmente demolido por piezas de sitio (las de campaña bastaban), resultaba muy sencillo acallar el fuego de la defensa, y en particular los cañones que flanqueaban el foso. Entre la muralla y el foso se extendía una ancha berma o camino llano que facilitaba la formación de una brecha practicable, y el foso, en estas circunstancias, en vez de ser una *coupe-gorge* para cualquier fuerza que se viera atrapada en él, se convertía en un lugar de reagrupación para las columnas que hubieran entrado en desorden al avanzar sobre el glacis.

Avanzar contra semejante plaza con trincheras regulares, según las reglas de los asedios, habría sido una locura, incluso de no haber faltado la primera condición, a saber: una fuerza suficiente para cercar la plaza por todos lados. El estado de las defensas, la desorganización y el abatimiento de los defensores habrían convertido en una falta absoluta cualquier otro modo de ataque que no fuera el adoptado. Este modo es bien conocido por los militares con el nombre de ataque a viva fuerza (*attaque de vive force*). Las defensas, al ser solo tales que imposibilitan un ataque abierto sin artillería pesada, son despachadas sumariamente por la artillería; el interior de la plaza se bombardea entre tanto, y tan pronto como las brechas son practicables, las tropas avanzan al asalto.

El frente atacado era el del norte, justo enfrente del campamento inglés. Este frente se compone de dos cortinas y tres bastiones, que forman un ángulo ligeramente entrante en el bastión central (el de Cashmere). La posición oriental, del bastión de Cashmere al del Agua (Water), es la más corta y se adelanta un poco con respecto a la posición occidental, entre los bastiones de Cashmere y de Moree. El terreno delante de los bastiones de Cashmere y del Agua estaba cubierto de maleza baja, jardines, casas, etc., que los cipayos no habían allanado y que ofrecían abrigo al ataque. (Esta circunstancia explica cómo era posible que los ingleses persiguieran tantas veces a los cipayos bajo los mismísimos cañones de la plaza, lo cual se tenía entonces por sumamente heroico, pero que en realidad entrañaba escaso peligro mientras contaran con ese abrigo.) Además, a unas 400 o 500 yardas de este frente, una profunda barranca corría en la misma dirección que la muralla, hasta el punto de formar un paralelo natural para el ataque. El río, sumado al hecho de ofrecer una base capital al flanco izquierdo inglés, y el ligero saliente formado por los bastiones de Cashmere y del Agua, hicieron que este fuera muy oportunamente elegido como punto principal de ataque. La cortina occidental y los bastiones fueron sometidos simultáneamente a un ataque simulado, maniobra que tuvo tanto éxito que la fuerza principal de los cipayos se dirigió contra ellos. Concentraron un fuerte destacamento en los arrabales, fuera de la Puerta de Cabool, para amenazar el flanco derecho inglés. Esta maniobra habría sido perfectamente correcta y muy eficaz si la cortina occidental entre los bastiones de Moree y de Cashmere hubiera sido la que corría mayor peligro. La posición flanqueante de los cipayos habría sido capital como medio de defensa activa, pues cualquier columna de asalto quedaba inmediatamente flanqueada por un movimiento de esa fuerza hacia adelante. Pero el efecto de esa posición no podía alcanzar tan al este como la cortina entre los bastiones de Cashmere y del Agua; y así, esa ocupación alejó del punto decisivo a la mejor parte de la fuerza defensora.

La elección de los emplazamientos para las baterías, su construcción y dotación, y el modo en que fueron servidas merecen la mayor alabanza. Los ingleses contaban con unos 50 cañones y morteros, concentrados en potentes baterías, tras buenos y sólidos parapetos. Los cipayos disponían, según los informes oficiales, de 55 cañones en el frente atacado, pero dispersos en pequeños bastiones y torres martello, incapaces de acción concentrada y apenas protegidos por el miserable parapeto de tres pies. Fuera de duda que un par de horas bastaron para acallar el fuego de la defensa; y luego ya quedaba muy poco por hacer.

El día 8, la batería nº 1, con 10 cañones, abrió fuego a 700 yardas de la muralla. Durante la noche siguiente, la barranca antedicha fue transformada en una especie de trinchera. El día 9, el terreno irregular y las casas delante de esa barranca fueron ocupados sin resistencia; y el día 10 se desenmascaró la batería nº 2, con 8 cañones, situada a 500 o 600 yardas de la muralla. El día 11, la batería nº 3, emplazada con gran audacia e inteligencia a 200 yardas del bastión del Agua en un terreno desigual, abrió fuego con seis cañones, mientras diez pesados morteros bombardeaban la ciudad. En la tarde del día 13, las brechas —una en la cortina contigua al flanco derecho del bastión de Cashmere, y la otra en la cara izquierda y flanco del bastión del Agua— fueron declaradas practicables para la escalada y se ordenó el asalto. El día 11 los cipayos habían realizado una contraaproximación sobre el glacis, entre los dos bastiones amenazados, y abrieron una trinchera para escaramuzadores a unas trescientas cincuenta yardas frente a las baterías inglesas. Desde esa posición, avanzaron también extramuros de la Puerta de Cabool para flanquear los ataques. Pero estas tentativas de defensa activa se llevaron a cabo sin unidad, cohesión ni espíritu, y no condujeron a resultado alguno.

Al amanecer del día 14, cinco columnas británicas avanzaron para el ataque. Una, en el flanco derecho, debía ocupar la fuerza apostada fuera de la puerta de Kabul y atacar, en caso de éxito, la puerta de Lahore. Otra, contra cada brecha; otra, contra la puerta de Cachemira, que iba a ser volada, y una última debía actuar como reserva. Con excepción de la primera, todas estas columnas tuvieron éxito. Las brechas estaban apenas defendidas, pero la resistencia en las casas cercanas a la muralla fue muy tenaz. El heroísmo de un oficial y tres sargentos del cuerpo de ingenieros (pues aquí lo hubo) logró volar la puerta de Cachemira, y de este modo también esa columna penetró en el recinto. Al anochecer, todo el frente septentrional se hallaba en posesión de los ingleses. Aquí se detuvo, empero, el general Wilson. Se suspendió el asalto indiscriminado, se hicieron avanzar los cañones y se los dirigió contra cada posición fuerte de la ciudad. Con excepción del asalto al polvorín, parece haber habido poquísimo combate efectivo. Los insurrectos estaban desanimados y abandonaban la ciudad en masa. Wilson avanzó cautelosamente hacia el interior, apenas encontró resistencia alguna después del día 17 y la ocupó por completo el día 20.

Nuestra opinión acerca de la conducción del ataque ya ha quedado expresada. En cuanto a la defensa —el intento de movimientos ofensivos de contragolpe, la posición de flanqueo junto a la puerta de Kabul, las contraaproximaciones, los pozos de tirador—, todo ello muestra que algunas nociones de guerra científica habían penetrado entre los cipayos; pero o no eran suficientemente claras o no tenían la fuerza bastante para ser llevadas a cabo con efecto. Si fueron obra de los indios o de algunos de los europeos que se hallan con ellos, es, desde luego, difícil de decidir; pero una cosa es cierta: que esos intentos, aunque imperfectos en su ejecución, guardan estrecha semejanza, en sus fundamentos, con la defensa activa de Sebastopol, y que su ejecución parece indicar que un plan correcto había sido trazado para los cipayos por algún oficial europeo, pero que ellos no habían logrado entender plenamente la idea, o que la desorganización y la falta de mando convirtieron proyectos prácticos en tentativas débiles e impotentes.