Nuestro indiscreto amigo, Mr. William Russell, de *The London Times*, se ha visto inducido recientemente, por su amor a lo pintoresco, a ilustrar por segunda vez el saqueo de Lucknow, en un grado que otra gente no considerará muy halagüeño para el carácter británico.* Ahora resulta que Delhi también fue “saqueada” en medida muy considerable, y que, aparte del Kaiserbagh, la ciudad de Lucknow en general contribuyó a recompensar al soldado británico por sus privaciones anteriores y sus heroicos esfuerzos. Citamos al Sr. Russell:

“Hay compañías que pueden jactarse de tener en sus filas soldados rasos con miles de libras en valores. Oí hablar de uno que ofreció con complacencia prestar a un oficial ‘cualquier suma que necesitara si deseaba comprar al capitán’. Otros han remitido grandes sumas a sus amigos. [...] Antes de que esta carta llegue a Inglaterra, muchos diamantes, esmeraldas y delicadas perlas habrán contado su historia, de manera muy callada y placentera, del asalto y saqueo del Kaiserbagh. Menos mal que las hermosas portadoras... no vieron cómo se ganaron las relucientes baratijas, ni las escenas en que se halló el tesoro.... Algunos de esos oficiales han hecho, literalmente, fortuna... Hay ciertos cofrecillos en maltratados uniformes que contienen fincas en Escocia e Irlanda, y cómodos pabellones de caza y pesca en todos los rincones frecuentados por la caza mayor o el salmón

4 Véase más abajo W. H. Russell, “Lucknow, April 5”, *The Times*, núm. 23007, 31 de mayo de 1858.— Ed.
> Cursivas de Engels.— Ed.

su anterior deber militar, a la sumisión, la obediencia silenciosa, la fatiga, las privaciones y el combate. Pero esto está fuera de toda cuestión. El ejército, licenciado con el propósito del saqueo, ha cambiado para siempre; ninguna voz de mando, ningún prestigio del general, podrá hacer de él lo que fue en otro tiempo. Escuchemos de nuevo al Sr. Russell:

“Es curioso observar cómo las riquezas desarrollan la enfermedad; cómo el botín afecta al hígado, y qué tremendos estragos en la propia familia, entre los más próximos y queridos, pueden causar unos cuantos cristales de carbono.... El peso del cinturón alrededor de la cintura del soldado raso, repleto de rupias y de mohures de oro, le asegura que la visión” (de una cómoda independencia en la patria) “puede realizarse, y no es de extrañar que se resienta del ‘¡a formar, ahí, a formar!’... Dos *battas*, dos partes de la presa en metálico, el saqueo de dos ciudades y muchas ‘rebuscas por el camino’, han vuelto a algunos de nuestros hombres demasiado ricos para una soldadesca descansada.”

En consecuencia, oímos que más de 150 oficiales han presentado su dimisión a Sir Colin Campbell, –un proceder realmente muy singular en un ejército frente al enemigo, que en cualquier otro servicio sería seguido en veinticuatro horas por la destitución y los castigos más severos, pero que, suponemos, en el ejército británico se considera como un acto muy propio de “un oficial y un caballero” que ha hecho fortuna de repente. En cuanto a los soldados rasos, con ellos el proceder es distinto. El botín engendra el deseo de más botín; y si no hay a mano más tesoros indios para el caso, ¿por qué no saquear los del Gobierno británico? En consonancia, dice el Sr. Russell:

“Se ha producido un sospechoso vuelco de dos carros de caudales bajo custodia europea, en el que han desaparecido algunas rupias, ¡y los pagadores muestran preferencia por los nativos para el desempeño de la delicada tarea del convoy!”

¡Muy bien, en verdad! ¡El hindú o el sikh es más disciplinado, menos ladrón, menos rapaz que ese modelo incomparable de guerrero, el soldado británico! Pero hasta aquí solo hemos visto empleado al británico individual. Echemos ahora un vistazo al ejército británico “saqueando” en su capacidad colectiva:

“Cada día aumenta la propiedad de presa, y se estima que las ventas producirán 600.000 libras. [...] Se dice que la ciudad de Cawnpore está llena del botín de Lucknow, y si pudieran estimarse los daños causados a los edificios públicos, la destrucción de la propiedad privada, el deterioro del valor de las casas y de la tierra y los resultados de la despoblación, se hallaría que la capital de Oude ha sufrido una pérdida de cinco o seis millones de libras esterlinas.” *

Las hordas calmucas de Gengis Kan y Tamerlán, cayendo sobre una ciudad como una nube de langostas y devorando cuanto hallaban a su paso, debieron de ser una bendición para un país, comparadas con la irrupción de estos cristianos, civilizados, caballerescos y refinados soldados británicos. Las primeras, al menos, desaparecían pronto en su errático curso; pero estos metódicos ingleses traen consigo a sus agentes de presas, que convierten el botín en un sistema, registran el saqueo, lo venden en subasta y vigilan atentamente para que al heroísmo británico no se le defraude ni un ápice de su recompensa. Observaremos con curiosidad las capacidades de este ejército, relajada como está su disciplina por los efectos del saqueo en gran escala, en un momento en que las fatigas de una campaña en tiempo de calor exigen la mayor rigidez de la disciplina.

Los hindúes, sin embargo, a estas alturas deben de estar todavía menos aptos para la batalla regular de lo que lo estaban en Lucknow, pero esa no es ahora la cuestión principal. Es mucho más importante saber qué se hará si los insurrectos, tras una apariencia de resistencia, vuelven a desplazar el teatro de la guerra, digamos hacia Rajpootana, que dista mucho de estar sometida. Sir Colin Campbell tiene que dejar guarniciones por todas partes; su ejército de campaña se ha reducido a menos de la mitad de la fuerza que tenía antes de Lucknow. Si ha de ocupar Rohilcund, ¿qué fuerza disponible quedará para el campo? El calor se le echa encima ahora; en junio las lluvias habrán puesto fin a la campaña activa y concederán a los insurrectos un respiro. Las pérdidas de soldados europeos por enfermedad habrán ido aumentando cada día desde mediados de abril, en que el tiempo se volvió opresivo; y los jóvenes importados a la India el invierno pasado sucumbirán al clima en número mucho mayor que los veteranos fogueados en campañas indias que el verano pasado combatieron bajo Havelock y Wilson. Rohilcund no es el punto decisivo más de lo que lo fueron Lucknow o Delhi. La insurrección, es cierto, ha perdido la mayor parte de su capacidad para librar batallas campales; pero resulta mucho más formidable en su actual forma dispersa, que obliga a los ingleses a arruinar a su ejército a fuerza de marchas e inclemencias. Obsérvense los muchos centros nuevos de resistencia. Ahí está Rohilcund, donde se concentra la masa de los viejos cipayos; el nordeste de Oude, más allá del Gogra, donde los oudianos han tomado posiciones; y Calpee, que por ahora sirve como punto de concentración para los insurrectos de Bundelcund. Probablemente oiremos dentro de pocas semanas, si no antes, que tanto Bareilly como Calpee han caído. La primera tendrá poca importancia, en la medida en que servirá para absorber a casi todas, si no a todas, las fuerzas disponibles de Campbell. Calpee, amenazada ahora por el general Whitlock, que ha conducido su columna desde Nagpoor a Banda, en Bundelcund, y por el general Rose, que se acerca desde Jhansi y ha derrotado a la guardia avanzada de las fuerzas de Calpee, será una conquista más relevante; liberará la base de operaciones de Campbell, Cawnpore, del único peligro que la amenaza, y con ello quizá le permita reforzar hasta cierto punto sus fuerzas de campaña con tropas que queden así libres. Pero es muy dudoso que basten para hacer algo más que limpiar Oude.

Así, el ejército más fuerte que Inglaterra haya concentrado jamás en un punto de la India vuelve a estar disperso en todas direcciones, y se le ha asignado más trabajo del que cómodamente puede realizar. Los estragos del clima durante el calor y las lluvias del verano serán terribles; y por mucha que sea la superioridad moral del europeo sobre los hindúes, es muy dudoso que la superioridad física de los hindúes para arrostrar el calor y las lluvias de un verano indio no vuelva a ser el medio para destruir las fuerzas inglesas. Hay en la actualidad muy pocas tropas británicas en camino hacia la India, y no se pretende enviar grandes refuerzos antes de julio y agosto. Hasta octubre y noviembre, pues, Campbell no dispone de más que ese único ejército, que se reduce rápidamente, para mantenerse. ¿Qué ocurrirá si entretanto los insurrectos hindúes consiguen levantar en rebelión a Rajpootana y al país maratha? ¿Y si los sikhs, que son 80.000 al servicio británico y que reclaman para sí todo el honor de las victorias, y cuyo temple no es del todo favorable a los británicos, llegaran a sublevarse?

En conjunto, parece que a los británicos en la India les aguarda al menos una campaña invernal más, y ésta no puede llevarse a cabo sin otro ejército procedente de Inglaterra.