En materia de comercio e intercambio con China, que Lord Palmerston y Luis Napoleón se han propuesto extender por la fuerza, se siente evidentemente no poca envidia de la posición ocupada por Rusia. En realidad, es muy posible que sin gasto alguno de dinero ni empleo de la fuerza militar, Rusia obtenga al final, como consecuencia de la querella pendiente con los chinos, más que ninguna de las naciones beligerantes.

Las relaciones de Rusia con el Imperio chino son del todo particulares. Mientras que a los ingleses y a nosotros —pues en el asunto de las hostilidades pendientes los franceses no son mucho más que aficionados, ya que en realidad no tienen comercio con China— no se nos permite el privilegio de una comunicación directa ni siquiera con el virrey de Cantón, los rusos gozan de la ventaja de mantener una embajada en Pekín. Se dice, ciertamente, que esta ventaja se compra sólo a condición de someterse a que se considere a Rusia en la Corte Celestial como una de las dependencias tributarias del Imperio chino. No obstante, permite a la diplomacia rusa, como en Europa, establecer para sí en China una influencia que de ningún modo se limita a operaciones puramente diplomáticas.

Al estar excluidos del comercio marítimo con China, los rusos están libres de todo interés o implicación en las disputas pasadas o pendientes sobre esa materia; y escapan también a esa antipatía con que desde tiempos inmemoriales los chinos han mirado a todos los extranjeros que se acercan a su país por mar, confundiéndolos, y no del todo sin razón, con los aventureros piratas por quienes las costas chinas parecen haber estado siempre infestadas. Pero, como compensación por esta exclusión del comercio marítimo, los rusos gozan de un comercio interior y terrestre propio de ellos, y en el que parece imposible que tengan rival alguno. Este tráfico, regulado por un tratado celebrado en 1768, durante el reinado de Catalina II, tiene como centro de operaciones principal, si no único, Kiakhta, situada en las fronteras del sur de Siberia y de la Tartaria china, sobre un afluente del lago Baikal y a unas cien millas al sur de la ciudad de Irkutsk. Este comercio, conducido en una especie de feria anual, está a cargo de doce factores, de los cuales seis son rusos y seis chinos, quienes se reúnen en Kiakhta y fijan los precios —ya que el comercio es enteramente por trueque— a los que las mercancías suministradas por cada parte serán intercambiadas. Los principales artículos de comercio son, por parte de los chinos, el té, y por parte de los rusos, tejidos de algodón y de lana. Este comercio, en los últimos años, parece haber alcanzado un aumento considerable. La cantidad de té vendida a los rusos en Kiakhta no excedía, hace diez o doce años, un promedio de cuarenta mil cajas; pero en 1852 ascendió a ciento setenta y cinco mil cajas, de las cuales la mayor parte era de aquella calidad superior bien conocida de los consumidores continentales como té de caravana, en contraposición al artículo inferior importado por mar. Los otros artículos vendidos por los chinos eran algunas pequeñas cantidades de azúcar, algodón, seda cruda y artículos de seda, pero todo en cantidades muy limitadas. Los rusos pagaban aproximadamente por igual en artículos de algodón y lana, con el añadido de pequeñas cantidades de cuero de Rusia, metales trabajados, pieles e incluso opio. El monto total de los bienes comprados y vendidos —que en los informes publicados parecen figurar a precios muy moderados— alcanzó la elevada suma de más de quince millones de dólares. En 1853, debido a los disturbios internos de China y a la ocupación del camino de las provincias teeras por bandas de rebeldes merodeadores, la cantidad de té enviada a Kiakhta descendió a cincuenta mil cajas, y el valor total del comercio de ese año fue sólo de unos seis millones de dólares. En los dos años siguientes, sin embargo, este comercio revivió, y el té enviado a Kiakhta para la feria de 1855 no fue inferior a ciento doce mil cajas.

Como consecuencia del aumento de este comercio, Kiakhta, que está situada dentro de la frontera rusa, ha pasado de ser un mero fuerte y recinto ferial a ser una ciudad considerable. Ha sido elegida como capital de esa parte de la región fronteriza, y va a ser dignificada con un comandante militar y un gobernador civil. Al mismo tiempo, se ha establecido recientemente una comunicación postal directa y regular para la transmisión de despachos oficiales entre Kiakhta y Pekín, que dista de allí unas novecientas millas.

Es evidente que, si las hostilidades pendientes resultaran en una supresión del comercio marítimo, Europa podría recibir todo su suministro de té por esta ruta. De hecho, se sugiere que, incluso con el comercio marítimo abierto, Rusia puede, al completar su sistema de ferrocarriles, convertirse en un competidor poderoso de las naciones marítimas en el suministro de té a los mercados europeos. Estos ferrocarriles proporcionarán una comunicación directa entre los puertos de Cronstadt y Libau y la antigua ciudad de Nijni Novgorod, en el interior de Rusia, residencia de los comerciantes que llevan a cabo el comercio en Kiakhta. El suministro de té a Europa por esta ruta terrestre es ciertamente más probable que el empleo de nuestro proyectado Ferrocarril del Pacífico para ese propósito. La seda, también, la otra exportación principal de China, es un artículo de volumen tan pequeño en comparación con su coste, que hace que su transporte por tierra no sea en modo alguno imposible; al tiempo que este tráfico chino abre una salida para las manufacturas rusas que no pueden conseguir en ninguna otra parte.

Podemos observar, sin embargo, que los esfuerzos de Rusia no se limitan en absoluto al desarrollo de este comercio interior. Hace varios años que tomó posesión de las orillas del río Amur, el país natal de la raza actualmente gobernante en China. Sus esfuerzos en esta dirección recibieron cierto freno e interrupción durante la guerra reciente, pero sin duda se reavivarán y se impulsarán con energía. Tiene en su posesión las islas Kuriles y las costas vecinas de Kamchatka. Ya mantiene una flota en esos mares, y sin duda aprovechará cualquier oportunidad que se ofrezca para obtener participación en el comercio marítimo con China. Esto, sin embargo, es de poca importancia para ella comparado con la extensión de ese comercio terrestre del que posee el monopolio.

4 Mongolia.— Ed.

El comercio ruso con China 225