La resolución del conde de Derby, y la del señor Cobden, ambas condenatorias de las hostilidades con China, fueron presentadas conforme a los avisos dados, la una el 24 de febrero en la House of Lords, la otra el 27 de febrero en la House of Commons. Los debates en los lores terminaron el mismo día en que comenzaron los debates en los comunes. Los primeros le dieron un susto al gabinete Palmerston al dejarlo en una mayoría comparativamente débil de 36 votos. El segundo puede resultar en su derrota. Pero cualquiera que sea el interés que pueda suscitar la discusión en los Comunes, los debates en la House of Lords han agotado la parte argumentativa de la controversia —los magistrales discursos de los lores Derby y Lyndhurst anticipándose a la elocuencia del señor Cobden, sir E. Bulwer, lord John Russell y tutte quanti—.

La única autoridad en materia jurídica por parte del Gobierno, el lord canciller, observó que «a menos que Inglaterra tuviera un buen caso con respecto a la Arrow, todas las actuaciones, de la última a la primera, eran erróneas». Derby y Lyndhurst demostraron fuera de toda duda que Inglaterra no tenía caso alguno con respecto a esa lorcha. La línea argumental seguida por ellos coincide tanto con la adoptada en las columnas de The Tribune a la primera publicación de los despachos ingleses, que puedo condensarla aquí en muy poco espacio.

¿Cuál es el cargo contra el gobierno chino sobre el cual se pretende que descansan las matanzas de Cantón? La infracción del artículo 9 del tratado suplementario de 1843. Dicho artículo prescribe que cualquier delincuente chino que se encuentre en la colonia de Hong-Kong, o a bordo de un buque de guerra británico, o a bordo de un barco mercante británico, no será apresado por las propias autoridades chinas, sino que deberá ser solicitado al cónsul británico, y por éste entregado a las autoridades nativas. Piratas chinos fueron apresados en el río de Cantón a bordo de la lorcha Arrow, por oficiales chinos, sin intervención del cónsul británico. Surge, por tanto, la pregunta: ¿era la Arrow un barco británico? Era, como muestra lord Derby, «un barco construido por chinos, capturado por chinos, vendido por chinos, comprado y tripulado por chinos, y de propiedad china».

¿Por qué medios, entonces, se convirtió este barco chino en buque mercante británico? Mediante la compra en Hong-Kong de un registro o licencia de navegación británica. La legalidad de este registro se apoya en una ordenanza de la legislación local de Hong-Kong, aprobada en marzo de 1855. Esa ordenanza no sólo infringía el tratado existente entre Inglaterra y China, sino que anulaba la propia ley de Inglaterra. Era, por tanto, nula y sin efecto. Alguna apariencia de legalidad inglesa sólo podría haber recibido de la Ley de Navegación Mercante, que, sin embargo, fue aprobada tan sólo dos meses después de la promulgación de la ordenanza. Y aun con las disposiciones legales de esa ley nunca se la había puesto en consonancia. La ordenanza, por tanto, en virtud de la cual la lorcha Arrow recibió su registro, era papel mojado. Pero incluso según este papel sin valor, la Arrow había perdido su protección por la infracción de las disposiciones establecidas y la expiración de su licencia. Este punto es concedido por el propio sir J. Bowring. Pero entonces, se dice, fuera o no la Arrow un barco inglés, había izado, en todo caso, la bandera inglesa, y esa bandera fue insultada. En primer lugar, si la bandera estaba izada, no estaba izada legalmente. Pero ¿estaba izada en absoluto? Sobre este punto existe discrepancia entre las declaraciones inglesas y chinas. Estas últimas, sin embargo, han sido corroboradas por declaraciones, remitidas por los cónsules, del patrón y la tripulación de la lorcha portuguesa n.º 83. Con referencia a estas declaraciones, The Friend of China del 13 de noviembre afirma que «es ahora notorio en Cantón que la bandera británica no había estado izada a bordo de la lorcha durante seis días antes de su apresamiento». Así cae por tierra el puntillo de honor, junto con el caso legal.

Lord Derby tuvo en este discurso el buen gusto de abstenerse por completo de su habitual jocosidad, dando así a su argumentación un carácter estrictamente judicial. Sin embargo, no se necesitó esfuerzo alguno por su parte para impregnar su discurso con una profunda corriente de ironía. El conde de Derby, jefe de la aristocracia hereditaria de Inglaterra, abogando contra el antaño doctor, ahora sir John Bowring, el discípulo mimado de Bentham; abogando por la humanidad contra el humanitario profesional; defendiendo los intereses reales de las naciones contra el utilitarista sistemático que insiste en un puntillo de etiqueta diplomática; apelando a la «vox populi vox dei» contra el hombre del mayor bien para el mayor número; el descendiente de los conquistadores predicando la paz allí donde un miembro de la Peace Society predicaba metralla al rojo vivo; un Derby que estigmatiza los actos de la marina británica como «procederes miserables» y «operaciones ignominiosas», mientras un Bowring la felicita por cobardes ultrajes que no encontraron resistencia, por «sus brillantes logros, su valentía sin parangón y su espléndida combinación de pericia y valor militar»: tales contrastes eran tanto más mordazmente satíricos cuanto menos parecía ser consciente de ellos el conde de Derby. Él tenía la ventaja de esa gran ironía histórica que no brota del ingenio de los individuos, sino del humor de las situaciones. Toda la historia parlamentaria de Inglaterra no ha exhibido jamás, quizás, una victoria intelectual semejante del aristócrata sobre el advenedizo.

Lord Derby declaró al principio que él «tendría que basarse en declaraciones y documentos suministrados exclusivamente por las mismas partes cuya conducta se proponía impugnar», y que se contentaba «con basar su caso en esos documentos». Ahora bien, se ha observado con razón que esos documentos, tal como fueron presentados al público por el Gobierno, habrían permitido a éste descargar toda la responsabilidad sobre sus subordinados. Tan cierto es esto, que los ataques lanzados por los adversarios parlamentarios del Gobierno se dirigieron exclusivamente contra Bowring y Cía., y podrían haber sido suscritos por el propio Gobierno de la metrópoli sin menoscabar en absoluto su propia posición. Cito a su señoría:

«No deseo decir nada irrespetuoso del doctor Bowring. Puede ser un hombre de grandes conocimientos; pero me parece que en lo tocante a su admisión en Cantón está poseído por una auténtica monomanía [¡Oíd, oíd! y risas]. Creo que sueña con su entrada en Cantón. Creo que piensa en ello a primera hora de la mañana, a última de la noche, y en mitad de la noche, si está despierto [Risas]. No creo que considerara excesivo ningún sacrificio, lamentable ninguna interrupción del comercio, deplorable ningún derramamiento de sangre, cuando se pone en la balanza la inmensa ventaja de que sir J. Bowring hubiera obtenido una recepción oficial en el Yamun de Cantón [Risas]».

Luego vino lord Lyndhurst.

«Sir J. Bowring, que es un distinguido humanitario además de plenipotenciario (risas), él mismo admite que el registro es nulo y que la lorcha no tenía derecho a izar la bandera inglesa. Ahora, observen lo que dice: “El barco no tenía protección, pero los chinos no lo saben. ¡Por el amor de Dios, no se lo susurren!”. Y persistió, pues dijo en efecto: Sabemos que los chinos no han cometido violación alguna del tratado, pero no se lo diremos; insistiremos en la reparación y en la devolución de los hombres apresados de una forma determinada. Si no se devolvía a los hombres en esa forma, ¿cuál era el remedio? Pues apresar un junco, un junco de guerra. Si eso no bastaba, apresar más, hasta obligarlos a someterse, aunque sabíamos que ellos tenían el derecho de su parte y nosotros ninguna justicia [¡Oíd!]. ¿Hubo jamás conducta más abominable, más flagrante, en la que —no diré más fraudulenta, pero sí lo que equivale a fraude en nuestro país— se haya esgrimido mayor falsedad por parte de un funcionario público al servicio del Gobierno británico? [¡Oíd!]. Es extraordinario que sir J. Bowring pensara que tenía derecho a declarar la guerra. Puedo entender que un hombre en tal posición tenga necesariamente el poder de llevar a cabo operaciones defensivas, ¡pero emprender operaciones ofensivas sobre semejante base, sobre semejante pretexto, es uno de los procederes más extraordinarios que se puedan encontrar en la historia del mundo! Está muy claro, por los documentos presentados, que desde el primer momento en que sir J. Bowring fue nombrado para el puesto que ocupa, su ambición fue conseguir lo que sus predecesores no habían logrado en absoluto: a saber, la entrada en las murallas de Cantón. Empeñado únicamente en llevar a efecto ese objetivo de obtener la admisión en las murallas de Cantón, ha hundido, sin propósito necesario alguno, al país en una guerra; ¿y cuál es el resultado? Propiedades por valor de un millón y medio de dólares, pertenecientes a súbditos británicos, están ahora embargadas en la ciudad de Cantón, y además nuestras factorías han sido reducidas a cenizas, y todo esto se debe únicamente a la política malvada de uno de los hombres más malvados.

»Pero el hombre, el hombre orgulloso,
revestido de un poco de breve autoridad,
sumamente ignorante de aquello de lo que está más seguro,
su esencia vítrea, como un simio furioso,
hace tales fantásticas cabriolas ante el alto cielo
que hacen llorar a los ángeles.»

Y, por último, lord Grey:

«Si sus señorías consultan los documentos, encontrarán que cuando sir J. Bowring solicitó una entrevista con el comisionado Yeh, el comisionado estaba dispuesto a recibirlo, pero designó para ello la casa del mercader Houqua, fuera de la ciudad. La dignidad de sir J. Bowring no le permitía ir a ningún sitio que no fuera la residencia oficial del comisionado. Espero, si no otro resultado, al menos el buen resultado de la adopción de la resolución: la inmediata destitución de sir J. Bowring».

Sir J. Bowring recibió un trato similar por parte de los Comunes, y el señor Cobden incluso abrió su discurso con una solemne repudiación de su «amigo de veinte años de amistad».

Las citas literales de los discursos de los lores Derby, Lyndhurst y Grey prueban que, para parar el ataque, el gobierno de lord Palmerston no tenía más que prescindir de sir J. Bowring en vez de identificarse con ese «distinguido humanitario». Que debía esta facilidad de escape no a la indulgencia ni a la táctica de sus adversarios, sino exclusivamente a los documentos presentados al Parlamento, se hará evidente con la más ligera ojeada tanto a los propios documentos como a los debates basados en ellos.

¿Puede quedar alguna duda sobre la «monomanía» de sir J. Bowring con respecto a su entrada en Cantón? ¿No está probado que ese individuo, como dice The London Times, «ha tomado una línea de conducta enteramente salida de su propia cabeza, sin consejo alguno de sus superiores en la metrópoli ni referencia alguna a sus políticas»?

Por tanto, ¿por qué habría de elegir Lord Palmerston, justo en el momento en que su Gobierno se tambalea, en que si camino se ve erizado de dificultades de toda suerte —dificultades financieras, dificultades de la guerra persa, dificultades de los tratados secretos, dificultades de la reforma electoral, dificultades de la coalición—, en que es consciente de que los ojos de la Cámara se posan  

“sobre él con mayor atención, pero con menos admiración que nunca”,  

—por qué habría de señalar precisamente ese instante para exhibir, por primera vez en su vida política, una fidelidad inquebrantable hacia otro hombre, y además hacia un subalterno, corriendo el peligro no solo de debilitar aún más su propia posición, sino de destruirla por completo? ¿Por qué habría de llevar su entusiasmo de nuevo cuño hasta el punto de ofrecerse como sacrificio expiatorio por los pecados de un tal Dr. Bowring? Por supuesto, ningún hombre en su sano juicio cree al noble Vizconde capaz de semejantes aberraciones románticas. La línea de conducta que ha seguido en esta dificultad china ofrece pruebas concluyentes del carácter deficiente de los documentos que ha presentado al Parlamento. Al margen de los documentos publicados, tienen que existir documentos secretos e instrucciones secretas que contribuirían en gran medida a mostrar que, si el Dr. Bowring estaba poseído por la “monomanía” de entrar en Cantón, detrás de él se hallaba el frío y calculador jefe de Whitehall*, obrando sobre esa monomanía e impulsándola, para sus propios fines, del estado de calor latente al de fuego devorador.