Londres está sombrío; las acciones han bajado y en un solo día Palmerston ha perdido lo que le costó meses de las más sutiles maniobras tácticas asegurar. Las derrotas ocurrieron el 18 de junio; el despacho telegráfico no se publicó hasta el 22 de junio. El jueves pasado, el periódico gubernamental Globe anunció, a instancias de Palmerston, que «no había ocurrido nada grave». En la sesión nocturna de los Comunes del mismo día, Palmerston repitió solemnemente la misma declaración. Y ahora ha quedado establecido que recibió el telegrama ya a las 4 de la tarde del miércoles 20 de junio. El Leader afirma que esto ocurrió a petición urgente de París, donde la desgracia en el campo de batalla se había convertido en buena fortuna en la bolsa. Sea como fuere, los cockneys están seriamente enfadados con Palmerston. Ser derrotados ya es bastante malo. ¡Pero dejarse arrastrar en Drury Lane y Covent Garden por los trucos de los ministros a ovaciones ridículas por la toma de Sebastopol… esto es demasiado, señor!

Hemos preparado suficientemente a nuestros lectores para el hecho de que la obstinada persistencia de Pélissier en atacar el flanco sur anunciaba un desastre para los ejércitos aliados. Nada más asumir el mando, señalamos la circunstancia atenuante de que la falta de transporte le pondría grandes obstáculos a la hora de realizar operaciones en campo abierto. Ambos puntos han sido confirmados ahora por la prensa inglesa. Por ejemplo, el Morning Herald de hoy dice:

«El ejército no puede salir al campo —como, según todas las reglas de la estrategia, debería hacer, batiendo al ejército de socorro en Simferópol [...]—. No puede hacerlo porque los “sepultureros del gobierno”, el Abandono y la Demora, han vuelto a su obra asesina, y de 20.000 acémilas de bagaje que deberíamos tener, no tenemos más de 4.000 o 5.000; y esto mientras la enfermedad vuelve a campar por sus respetos en un campamento que encierra todos los estímulos imaginables para la fiebre, el cólera y la peste. Esta incapacidad de moverlas, la misma que hubo en Varna y en el Valle de la Muerte, es la causa de que, día tras día, nuestros generales se vean obligados a malgastar las vidas de nuestros soldados en ataques desesperados contra terraplenes casi inexpugnables, mientras el noble ejército que debería salir al campo yace en el Chernaya, sin caballería ni medios de transporte.»

La ingeniosa negligencia con que, desde el comienzo de la guerra, el Gabinete administró los recursos a su disposición ha quedado puesta de nuevo de manifiesto por los informes financieros que acaban de publicarse. Según este informe oficial, el saldo disponible el 1 de enero de 1854 de los fondos asignados al ejército era de 1.835.882 libras y la cantidad gastada en el ejército hasta el 1 de abril de 1854 era de solo 2.270.000 libras, de modo que se utilizó menos de las tres cuartas partes del dinero votado por el Parlamento para el reclutamiento de tropas. Y ¿qué fue lo que, según el informe de la Comisión Roebuck, arruinó al ejército? El exceso de trabajo. ¿Y cuál es la razón de este exceso de trabajo? La falta de efectivos. Pero esa falta de efectivos, como lo demuestra el informe financiero, fue el resultado de una intriga del Gabinete. ¡Y el príncipe Alberto se queja de que la Reina no tiene tropas a su disposición! ¡Y de que el Gabinete tiene las manos atadas! El debate de Layard reveló que ese mismo Gabinete, quejándose de la falta de transporte, enviaba buques de transporte de tropas a Portsmouth vía Newcastle-upon-Tyne para recoger carbón, o del Clyde a Liverpool y de Deptford a Woolwich para ser inspeccionados por el Inspector de Arsenales.

Los reveses del 18 de junio han hecho necesarios refuerzos inmediatos. En consecuencia, ayer se cursaron órdenes de embarque inmediato: el 15.º Regimiento de Infantería, que ha regresado recientemente de Ceilán; el 51.º Regimiento de Infantería Ligera del Rey; los regimientos de infantería 80.º y 94.º; todos los destacamentos de la India de las diversas compañías de depósito, y 1.200 hombres de caballería deben partir de inmediato hacia el teatro de guerra. Se han telegrafiado órdenes a Marsella para que se envíen desde allí vapores especiales a los gobernadores de Malta y Gibraltar y al Lord Alto Comisionado de las Islas Jónicas, con la misión de transportar a todos los hombres aptos para el servicio, no solo de las guarniciones, sino también de la reserva de la Brigada de la Casa Real y de todos los batallones de reserva de que se pueda prescindir antes de la llegada de los regimientos de relevo y de la milicia. Zarpan de inmediato: el 13.º Regimiento de Infantería Ligera de Gibraltar, el 31.º Regimiento de Infantería de las Islas Jónicas, el 48.º de Corfú, el 54.º de Gibraltar, el 66.º de Gibraltar y el 92.º Regimiento Escocés de las Tierras Altas de Gibraltar. De este modo, las fuerzas británicas en Crimea se incrementarán en más de 13.000 hombres. A esto hay que añadir cuatro baterías de campaña, una tropa de artillería montada y refuerzos para el tren de sitio, todos ellos listos y solo a la espera de buques.

Dicho sea de paso, Inglaterra se encuentra en la misma situación que en 1854. No hay ejército de reserva. Y aún peor. En 1854, según admite el informe Roebuck, Palmerston impidió y retrasó la formación de la milicia; pero en 1855 logró prácticamente disolver la milicia que ya estaba formada. Como puede verse por la lista anterior, los refuerzos absorben no sólo el grueso del ejército, sino que también engullen los batallones de depósito y rompen los cuadros. De esta manera, Inglaterra se asemeja al salvaje de Montesquieu que derriba el árbol para apoderarse del fruto. El país económico por excelencia está gastando su capital militar en lugar de los intereses. ¡Tal es el resultado de las maniobras del Gabinete en el que el príncipe Alberto exige que se tenga una confianza ciega! Nada más inexacto que la opinión extendida en el Continente de que Inglaterra tiene una población demasiado pequeña para poder reclutar ejércitos. ¡En 1815, después de 22 años de guerra, Inglaterra tenía más de 350.000 hombres movilizados! Pero el Gabinete ignora deliberadamente ambos remedios: aumentar la prima de enganche del ejército permanente y proceder al sorteo de la milicia. ¿Qué otra cosa cabe esperar del Primer Ministro, cuyas deudas pagó la princesa Lieven en 1827, y a quien ella nombró Secretario de Relaciones Exteriores en 1830; de un hombre que, mediante el Tratado de Unkiar-Skelessi, procuró a Rusia ocho años de dictadura sobre Turquía, y que ocho días antes de que expirara el tratado lo renovó en el tratado de los Dardanelos?

Ayer, en los Comunes, Roebuck anunció que el 3 de julio (martes de la próxima semana) presentaría la siguiente moción:

«Que esta Cámara, lamentando profundamente los sufrimientos de nuestro ejército durante la campaña de invierno en Crimea, y coincidiendo con la resolución de su comisión de que la conducta de la Administración fue la causa primera y principal de esas desgracias, reprueba con severidad a todos los miembros del Gabinete cuyos consejos condujeron a resultados tan desastrosos.»

Por consiguiente, la moción de Roebuck incluye deliberadamente a Palmerston, Russell, Clarendon, Granville y Lansdowne, miembros a la vez del Gabinete actual y del anterior. El pequeño, venenoso y tirsitesco pero astuto abogado, consumado maestro de la táctica parlamentaria, se vio forzado a presentar esta moción, pues sus electores de Sheffield amenazaron con someterle a un voto de censura en una reunión pública, porque el martes había denunciado a Palmerston y el jueves expresó su confianza en el mismo Palmerston. La desafortunada injerencia del príncipe Alberto en los asuntos entre el Gabinete y el Parlamento, y su desafío a la autoridad del Parlamento, fue una razón adicional para esta moción, que amenaza con privar una vez más a la Reina de «sus servidores de confianza».

Informaremos en la próxima entrega sobre las últimas actividades y fortunas de los Reformadores Administrativos y sobre las maquinaciones de los clérigos.