Todo intento de hacer que Palmerston formulase la política ministerial, de arrancarle declaración alguna sobre el objeto, la tendencia o el propósito de la guerra, fracasó por completo. Declaró lisa y llanamente que

«era imposible interrogar a un ministro, o de hecho a cualquier amigo, acerca del objeto de la guerra».⁴

The Times, n.º 22076, 9 de junio de 1855. — Ed.

Quienes más le ayudaron fueron los hombres de la paz. ¿Queréis saber por qué libramos la guerra? Ahí está Richard Cobden, que quiere la paz a cualquier precio. ¿No preferís la guerra sin precio alguno a la paz a cualquier precio? ¡Dirigid vuestros golpes contra Richard Cobden! De este modo interponía continuamente a Cobden, o a Bright, o a Graham, o a Gladstone entre él y sus antagonistas.

Los héroes del algodón no le sirvieron meramente de relleno para forrar su coraza de combate. Más aún. Fabricó pólvora con su algodón. Durante el debate también se puso de manifiesto que en Russell, al igual que antes en Aberdeen, posee Palmerston un pararrayos para su sacrosanta persona, un pararrayos perteneciente al propio Gabinete. Fue con este propósito que envió a Russell a Viena, con el propósito de convertirlo en su pararrayos. Y ahora Roebuck declara a Russell responsable de las «insuficiencias» del heroico Palmerston, tal como antes hicieron Layard y Cía. con Aberdeen. Los «aleteos» de su «alma libre» se ven ahora obstaculizados por los russellitas, como antes lo fueron por los peelitas. Lleva colgados estos lastres no para funcionar, como los relojes de la Selva Negra, sino para dar la hora equivocada.

Todas las camarillas de la Cámara de los Comunes han salido maltrechas de esta convencional batalla fingida. Los peelitas han admitido por fin que hasta ahora han sido oficiales sin ejércitos. Han abandonado la pretensión de formar una agrupación propia y se han unido abiertamente a la Escuela de Manchester. Toda vez que se les confió la dirección del ejército y la armada durante el primer año de la guerra, al profesar ahora su fe en la paz eterna se han denunciado neciamente a sí mismos como los traidores dentro de la coalición, para feliz sorpresa de Palmerston-Russell. Se han vuelto imposibles.

La Escuela de Manchester quiere de hecho la paz para librar la guerra industrial en casa y en el extranjero. Quiere establecer el dominio de la burguesía inglesa en el mercado mundial, donde solo se ha de combatir con sus armas —los fardos de algodón—, y en la propia Inglaterra, donde el aristócrata ha de ser apartado como superfluo en la producción moderna, y el proletario, como mero instrumento de esta producción, ha de ser subyugado, mientras ellos mismos, como dirigentes de la producción, encabezan el Estado y ocupan los cargos de gobierno. Y ahora Cobden denuncia a un clérigo, el Dr. Griffiths, por declarar en una reunión pública que la Cámara de los Lores es superflua. Y Bright se lamenta por la suerte de los niños de la realeza, quienes se verán obligados, por la ruina derivada de la guerra, a lavar sus propias camisas. Ambos denuncian la agitación popular. ¿Son estos los héroes de la Liga contra las Leyes Cereales, quienes, encumbrados sobre las olas de la agitación popular, denunciaban el «bárbaro esplendor de la Corona», los Lores, la aristocracia terrateniente, etc., como «falsos costes de producción»? Todo su sentido residía en la lucha contra la aristocracia, sin exceptuar la homilía pacifista. ¡Y ahora denuncian a las masas ante la aristocracia! Et propter vitam vivendi perdere causas. En este debate, la Escuela de Manchester ha renunciado a su razón de ser.

En cuanto a los tories, han descubierto un partido de la paz en su propio seno y han demostrado que han conservado su tradición como representantes del nacionalismo inglés tan poco como su odio hacia los «Bonapartes».

Finalmente, la bancada ministerial. Nada la caracteriza mejor que sus frenéticos esfuerzos por aferrarse a una moción que el propio Palmerston tuvo que rechazar tan solo una semana antes, que el proponente deseaba retirar, pero que fue aceptada por Walpole en nombre de los tories, por Gladstone en nombre de los hombres de la paz y por la Cámara en nombre de la «hilaridad general».

El Morning Herald ha recibido la siguiente comunicación del Golfo de Finlandia:

«A 16 millas de Cronstadt, 28 de mayo. El Orion ha estado reconociendo e informa que la flota rusa en Cronstadt se compone de seis navíos de línea, listos para hacerse a la mar; seis casi desarbolados, trece aparentemente aparejados como baterías flotantes y ocho vapores de gran porte, además de cañoneros, que no pudieron contarse.»

«Visitado Bomarsund [...] encontrado todo exactamente igual a como se dejó: los rusos no han hecho nada por reparar las fortificaciones; no vimos ni hombre, ni mujer, ni niño... los habitantes nos rehúyen, a consecuencia de que los rusos castigaran a un número de ellos por haber comerciado con las escuadras aliadas el año pasado...».©

Escrito el 9 de junio de 1855. Publicado en la New-York Daily Tribune, n.º 267, 12 de junio de 1855. Impreso según el texto del periódico; se ha cotejado con el borrador manuscrito de Marx. Publicado en inglés por primera vez.

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Frederick Engels

SEVASTOPOL

Los correos del Báltico nos han puesto en posesión de los documentos oficiales relativos a los últimos acontecimientos en Sebastopol. Los despachos del general Pélissier y de lord Raglan los publicamos ayer; procedemos ahora a exponer los hechos tal como quedan establecidos por este y otros testimonios:

El 6 de junio, las baterías aliadas del ataque por la derecha abrieron de nuevo fuego contra la ciudad. Esta vez, sin embargo, no fue un bombardeo general; fue un cañoneo concentrado sobre ciertos puntos con vistas a reducirlos de inmediato.* Las obras exteriores construidas por los rusos el 23 de febrero y el 12 de marzo en este frente de defensa —los reductos de Selenguinsk, Volinia y Kamchatka— habían mantenido hasta entonces a distancia a los sitiadores y sus baterías. En el frente occidental, el ataque aliado por la izquierda, no existían tales obras exteriores, y como los franceses estaban ya para entonces establecidos casi al borde del foso o del camino cubierto (si es que lo hay) de las defensas, el progreso alcanzado por aquel lado había dejado muy atrás el avance más lento del ataque por la derecha. Dado que en el plan de sitio de los aliados las dos grandes divisiones de las líneas —la ciudad al oeste del puerto interior y el suburbio de Karabélnaya, en su lado oriental— se consideran como dos fortalezas separadas que deben ser atacadas al mismo tiempo, el ataque por la derecha tuvo que ser impulsado con mayor energía y las obras exteriores forzadas, para situar a los aliados por este lado a la altura de sus paralelas avanzadas en el ataque por la izquierda. A fin de lograr esto, era preciso tomar los reductos arriba mencionados y algunas fortificaciones menores en una cantera que flanqueaba el Mamelón (Kamchatka) por su derecha. En consecuencia, tras 36 horas de cañoneo, en la tarde del 7 de junio los franceses avanzaron sobre los dos reductos de Selenguinsk y Volinia, a través de la bahía de Careening, y sobre el Mamelón, mientras los británicos asaltaban la cantera. Después de una hora de enconada lucha, los aliados estaban en posesión de las obras. Se tomaron varios cañones, así como 400 prisioneros, entre ellos 13 oficiales. Las pérdidas por ambas partes fueron muy cuantiosas.

De modo que la situación en este lado se halla ahora casi en el mismo estado que antes del 22 de febrero. De los reductos conquistados por los aliados, el del Mamelón (llamado por los rusos reducto de Kamchatka) era el más importante. Fue construido el 12 de marzo y los días siguientes. En aquel momento señalamos de inmediato la gran importancia de esta obra y el considerable papel que habría de desempeñar en la lucha. El acontecimiento ha justificado plenamente nuestras opiniones. Esta fortificación de campaña, construida apresuradamente, ha detenido el avance de los sitiadores en una mitad de toda la línea de ataque durante ochenta y ocho días, o por un período que en los sitios corrientes se considera más que suficiente para tomar dos veces una fortaleza de buen tamaño. Explicaremos ahora este fenómeno asombroso, que solo tiene dos paralelos en la historia de los sitios: uno en la defensa de Colberg en 1807 por los prusianos; el otro en la defensa de Danzig por los franceses en 1813-1814.

Con el aumento de los ejércitos en campaña, las antiguas y generalmente pequeñas fortificaciones de la época de Vauban perdieron su significado. Las huestes del vencedor pasaban ante ellas sin peligro y apenas eran observadas por su cuerpo volante, hasta que las reservas de su ejército llegaban y encontraban tiempo para tomarlas. Pero cuando estos ejércitos considerables topaban en su marcha con grandes fortalezas, se veían invariablemente detenidos. Tal fue el caso de Napoleón en Mantua en 1797 y en Danzig en 1807. La razón es evidente. Cuando un ejército de 150.000 hombres avanzaba por un país hostil, los pequeños fuertes no ofrecían peligro alguno en la retaguardia: todas sus guarniciones juntas no eran lo bastante fuertes para hacer frente a los refuerzos y reservas que se despachaban desde los depósitos para mantener el ejército activo en plena fuerza. Esas pequeñas guarniciones, además, no podían destacar cuerpos de tropas fuertes para batir el campo e interrumpir las comunicaciones del ejército enemigo. Pero cuando se topaba con una fortaleza de extensión considerable, guarnecida por 15.000 a 25.000 hombres, el caso era distinto. Tal fortaleza era el núcleo de defensa de toda una provincia; podía destacar en cualquier dirección, y a distancia considerable, un fuerte cuerpo de tropas capaz de actuar en campaña y siempre seguro, en caso de ataque superior, de un repliegue seguro hacia la plaza fuerte. Observar tal fortaleza era casi tan problemático como tomarla; por tanto, había que tomarla de inmediato.

Ahora bien, las antiguas fortalezas del tipo de Vauban y Cormontaigne concentraban todos sus medios de defensa en torno a la muralla principal y en el foso principal. Todas sus tenazas, medias lunas, contraguardias y reductos-torre se acumulaban de modo que formaban, salvo excepción, una sola línea de defensa que, una vez rota, quedaba totalmente perforada en pocos días; y, tan pronto como se abría brecha en estas defensas, la plaza era tomada. Es evidente que semejante sistema era totalmente inadecuado para las grandes fortalezas, las únicas que podían frenar el avance de grandes ejércitos invasores; habría equivalido a sacrificar la guarnición; efectuada la brecha, el fuerte quedaba indefenso. Hubo de recurrirse a otro sistema: el de las obras avanzadas. El general francés Montalembert, maestro de Carnot, fue el primero que, a pesar de los prejuicios de su profesión, se alzó audazmente en favor de los fuertes destacados; pero el método de construir grandes fortalezas con fuertes destacados, de suerte que formaran un sistema completo de defensa, fue elaborado hasta su actual perfección en Alemania, particularmente por el general prusiano Aster. Las espléndidas defensas de Colonia, Coblenza, Posen, Königsberg y, en parte, Maguncia, son obra suya y señalan una nueva era en la historia de las fortificaciones. Los franceses reconocieron por fin la necesidad de plegarse a este sistema y construyeron las defensas de París con obras destacadas planeadas y ejecutadas con la máxima calidad.*

El sistema de fuertes destacados impuso de inmediato un nuevo modo de defensa. Las guarniciones de las grandes fortalezas tuvieron que aumentarse hasta tal punto que ya no hubo necesidad de mantener una defensa meramente pasiva, aguardando a que el enemigo, avanzando hasta el glacis, se pusiera al alcance de las salidas. Una guarnición de 20.000 o 25.000 hombres era bastante fuerte para atacar al enemigo en su propio terreno. La fortaleza y el espacio a su alrededor, en la medida en que estaba protegido por los fuertes destacados, cobró el carácter de un campamento atrincherado, o de una base para las operaciones de campaña de la guarnición, la cual quedaba convertida a su vez en un pequeño ejército. La defensa hasta entonces pasiva se tornó activa; cobró un carácter ofensivo. Esto era tan necesario que, cuando los franceses sitiaron Dantzig en 1807, la guarnición prusiana, que contaba con unos 20.000 hombres, construyó aquellos mismos fuertes destacados que no existían, pero que de inmediato se comprobó que eran necesarios para aplicar los recursos de esta numerosa guarnición a una defensa adecuada de la plaza. Cuando los franceses defendieron Dantzig en 1813-14 contra los Aliados, llevaron a la práctica el mismo principio con aún mayor éxito.*

Un sitio, que desde Vauban había sido siempre una operación de corta duración, cuyo término podía preverse casi con certidumbre en un número dado de días, salvo que los procedimientos fueran interrumpidos desde fuera, se convierte ahora en una operación sujeta a tantos azares como una guerra en campo abierto. La artillería de las murallas pasó en el acto a segundo plano; la artillería de campaña casi la precedió incluso en la defensa de una plaza. La pericia del ingeniero no se aplicaba ya solamente a reparar los daños causados durante el sitio; tenía, como en campaña, que elegir y fortificar posiciones situadas por delante de los propios fuertes; oponer trinchera contra trinchera; flanquear las obras del enemigo mediante contra-obras; cambiar súbitamente el frente de defensa, y forzar así al enemigo a cambiar su frente de ataque.

La infantería se convirtió en el sostén principal en la guerra de sitios, como en campaña, y la caballería pasó a ser un ingrediente muy necesario de casi toda guarnición. Ya no había medio alguno de fijar la duración probable de un sitio, y las reglas de Vauban para el ataque de una plaza, si bien conservaban la mayor parte de su corrección en lo tocante a los detalles del ataque artillero, se volvían por completo inaplicables al conjunto de un sitio.

Los rusos en Sebastopol no tuvieron tiempo* para construir obras destacadas. Se vieron obligados a actuar conforme al viejo método de fortificar una plaza. Erigieron una muralla principal como primera defensa; era, en efecto, lo que más se necesitaba por el momento. Detrás de ella tendieron una segunda y una tercera línea de defensa, y entretanto continuaron reforzando la primera. Luego, sintiendo gradualmente su superioridad, incluso a cierta distancia de la muralla principal, avanzaron, construyeron los reductos de Selenguinsk y Volhynsk, y por último la obra sobre el Mamelon y una larga línea de pozos de tirador, mientras que en el frente occidental, donde estaba apostado el grueso de los franceses, apenas pudieron construir unas cuantas lunetas junto al foso principal y una serie de trincheras de tirador no mucho más avanzadas. Así pues, desde el momento en que los rusos fortificaron el Mamelon, el frente oriental quedó relativamente a salvo; mientras que en el frente occidental, donde no existían tales obras exteriores protectoras, los sitiadores avanzaron gradualmente hasta el borde mismo del foso principal.* Para acercarse, en el ataque de la derecha, a la posición dominante y decisiva del bastión de Malakoff, los sitiadores tenían, por tanto, que tomar primero el Mamelon; mas el Mamelon, al tiempo que defendía el Malakoff, era a su vez defendido por todas las obras en su propia retaguardia; y cómo lo defendían quedó demostrado en el segundo bombardeo, cuando Canrobert no osó asaltarlo en serio. Incluso ahora, no cabe duda de que las pérdidas de los franceses al tomar esta obra habrán sido muy cuantiosas.*

La reapertura del fuego por los Aliados y la energía con que el general Pélissier, sin miramientos por la vida de sus soldados, aprovecha toda oportunidad favorable para ganar terreno a la defensa, van acompañadas de un estancamiento completo de las operaciones en el Chernaya. Este modo de proceder nos permite de inmediato penetrar en el carácter de Pélissier, corroboratorio de su anterior reputación de tenacidad, obstinación y temeridad. Dos caminos se le ofrecían: salir a campaña, cercar Sebastopol también por el lado norte

y reanudar luego el sitio con energía redoblada y una probabilidad cuadruplicada de un éxito rápido,* o bien proseguir por la vía errónea de los últimos ocho meses; aferrarse empecinadamente al lado sur, destruir cada una de sus piedras y expulsar a los rusos de una plaza que, después de todo, una vez reducida, no podría ser ocupada por sus propias tropas a causa de las baterías del lado norte.

No hay un solo militar sensato en ninguno de los dos hemisferios que, ante la noticia del nombramiento de Pélissier para el mando y de los grandes refuerzos recibidos por los Aliados, no esperase que tomara de inmediato el primer camino. Muy particularmente, cuando Omer Pasha llegó a Balaklava con 25.000 turcos, no cabía duda de que los Aliados eran lo bastante fuertes para continuar el sitio, enviar 15.000 hombres a Kertch y avanzar aún a campaña con más hombres de los que los rusos podrían destacar para oponérseles. ¿Por qué no lo han hecho? ¿Carecen aún de medios de transporte? ¿No tienen confianza en su capacidad para llevar a cabo una campaña en Crimea? No lo sabemos. Pero una cosa es cierta: a menos que Pélissier tenga razones de mucho peso para abstenerse de salir a campaña, está siguiendo, por pura obstinación y capricho, un rumbo en extremo erróneo; pues con una pérdida igual a la que ahora somete continuamente a su ejército en los asaltos, podría obtener en campo abierto resultados de magnitud mucho mayor y de efecto mucho más decisivo. Tomar el lado sur sin siquiera haber cercado el lado norte, que lo domina por completo, es proceder en total desafío a todas las reglas de la guerra, y si Pélissier se emperra en ello, puede aún arruinar al gran ejército que comanda.

Concederemos, no obstante, al nuevo comandante el beneficio de toda circunstancia dudosa. Puede que las refriegas en el ataque de la izquierda fuesen inevitables y provocadas por las contra-aproximaciones de los rusos. Puede que fuera necesario confinar a los rusos a los límites de sus líneas originales —convencerlos, mediante unos cuantos golpes duros e irresistibles, de la superioridad de los sitiadores— antes de que pudiera aventurarse una separación del ejército en un cuerpo de sitio y un cuerpo de campaña. Pero aun concediendo esto, hemos de decir ahora que se ha llegado al límite extremo, y que cualquier nuevo intento serio contra el cuerpo de la plaza será un solemne disparate, a menos que la fuerza del ejército ruso en

campaña haya sido primero probada con todas las fuerzas que puedan destinarse a tal propósito.*