Las noticias traídas por el Atlantic, que todo lo absorben, son la ruptura de las Conferencias de Viena* y la separación parcial, si no total, de Austria respecto de los Aliados. Para ninguno de estos acontecimientos estábamos desprevenidos. El rechazo por Rusia de cualquier plan de arreglo que no admitiese sustancialmente todo cuanto ella reclamaba antes de la guerra era, en el estado actual de ésta, cosa que se daba por descontada. El retorno de Austria a su vieja política expectante y vacilante era también resultado de ciertas circunstancias de gran importancia, que pasamos a explicar.

El gobierno francés descubrió hace algún tiempo, y el gabinete británico no pudo negar el hecho, que lord John Russell había cometido un gran desatino en Viena* al permitir que se despachasen primero aquellos puntos de la Conferencia en los que Austria estaba directamente interesada. Esos puntos eran la libertad del Danubio y la cuestión de los Principados. A partir de ese momento, Austria se mostró satisfecha. Como espera compartir, tarde o temprano, el reparto de Turquía —Servia, Bosnia y Albania son provincias que no puede permitir que caigan en otras manos que las suyas—, le interesa mantener abierta la cuestión relativa a los cristianos en Turquía. Y como nunca puede aspirar a hacer frente al poder naval ruso en el mar Negro, poco interés tiene en humillarla en ese terreno. Desde esta perspectiva, pues, Austria tiene todas las razones para darse por satisfecha con lo que ha obtenido y para volcar el peso de su arbitraje, aparentemente imparcial, contra Inglaterra y Francia. Pero este éxito diplomático poco tiene que ver con su actual vacilación. La causa de ésta es de naturaleza mucho más avasalladora.

Hace unos seis meses aludimos al despacho privado y confidencial en que Nicolás comunicaba tanto a Austria como a Prusia que, en caso de que se aliasen con Occidente contra él, respondería a tal tratado de alianza con una proclamación de la independencia húngara y la restauración polaca.* Entonces, y siempre que hemos considerado las posibilidades de una guerra en Polonia y Volinia, hemos tomado en cuenta la gran ventaja militar que tal proclama podría dar a Rusia si se lanzaba después de la conquista de Galitzia y desde las cumbres de los Cárpatos, con Hungría abierta a sus ejércitos victoriosos. Por esa razón, especialmente, hemos señalado siempre que Austria no podía emprender una guerra contra Rusia a menos que se hallase en estado de pasar de inmediato a la ofensiva y de parar, mediante batallas victoriosas y un avance sobre Rusia, los efectos de semejante proclama.* Por tanto, mientras el ejército austriaco en Galitzia y los Principados fuese lo bastante fuerte para marchar sobre Varsovia o Kiev, poco peligro inmediato había de tal paso.

Sin embargo, este despacho de Nicolás ha sido seguido recientemente, según sabemos ahora, por otro de su sucesor, que contiene amenazas muy distintas y mucho más graves. En el momento en que Austria se alíe irrevocablemente con Occidente, dice, o cometa cualquier acto abierto de hostilidad contra Rusia, Alejandro II se pondrá al frente del movimiento paneslavista y cambiará su título de Emperador de todas las Rusias por el de Emperador de todos los eslavos.

¡Por fin! Que Alejandro dé un paso así, y la lucha por los cristianos de Turquía, la independencia de la Puerta, Sebastopol, los Principados y otras minucias locales semejantes podrá considerarse terminada. Esta declaración de Alejandro es la primera palabra clara que se pronuncia desde que comenzó la guerra; es el primer paso hacia situar la guerra en el teatro continental y conferirle, franca y abiertamente, ese carácter europeo que hasta ahora se ha ocultado tras toda clase de pretextos y simulaciones, protocolos y tratados, frases de Vattel y citas de Pufendorf. Turquía —su independencia y su existencia— pasa a segundo plano. Quién ha de gobernar en Constantinopla dejaría entonces de ser la cuestión; la cuestión sería quién ha de dominar toda Europa. La raza eslava, largo tiempo dividida por luchas intestinas; repelida hacia Oriente por los germanos; subyugada, en parte, por turcos, germanos, húngaros; que después de 1815 había ido reuniendo rápidamente sus ramas mediante el ascenso gradual del paneslavismo, afirmaría entonces por primera vez su unidad y, al hacerlo, declararía una guerra a muerte a las razas romano-célticas y germánicas que hasta ahora han gobernado el continente. El paneslavismo no es un movimiento que aspire meramente a la independencia nacional; es un movimiento que, al actuar así sobre Europa, tendería a deshacer lo que mil años de historia han creado; que no podría realizarse sin barrer del mapa a Hungría, a Turquía y a una gran parte de Alemania. Es más, tendría que subyugar a Europa para asegurar la estabilidad de esos resultados, si alguna vez los alcanza. El paneslavismo ha pasado ahora de ser un credo a convertirse en un programa político, o más bien en una vasta amenaza política, apoyada por 800.000 bayonetas. Y estos 800.000 soldados no son todas las fuerzas que podría reunir. Una palabra del Emperador ruso al frente de un ejército que avanzase hacia los Cárpatos, y los nueve o diez millones de eslavos de Austria se agitarían como en 1848; una victoria sobre los austriacos, y se alzarían en plena insurrección; mientras que Hungría e Italia apenas se verían menos surcadas por la agitación revolucionaria. He aquí un peligro que bien podría hacer detenerse a Francisco José; pues, a menos que pudiera derrotar de inmediato al gran ejército eslavo en sus fronteras y llevar la guerra al país enemigo, lo mismo podría abandonar la contienda antes de entrar en liza.