[Nueva Gaceta del Oder, núm. 385, 20 de agosto de 1855]

Londres, 17 de agosto. La guerra anglo-francesa contra Rusia figurará indudablemente siempre en la historia militar como «la guerra incomprensible». Grandes palabras combinadas con una acción mínima, preparativos gigantescos y resultados insignificantes, cautela rayana en la timidez seguida de la temeridad nacida de la ignorancia, generales más que mediocres junto a tropas más que valientes, reveses casi deliberados sobre los talones de victorias obtenidas por errores, ejércitos arruinados por la negligencia y luego salvados por los más extraños accidentes: un conjunto grandioso de contradicciones e inconsecuencias. Y esto es casi por igual la marca distintiva de los rusos y de sus enemigos. Si los ingleses han destruido un ejército ejemplar por la desidia de los funcionarios civiles y la incompetencia indolente de los oficiales; si los franceses han tenido que correr riesgos inútiles y sufrir pérdidas enormes sencillamente porque Luis Napoleón afectaba dirigir la guerra desde París, los rusos, por su parte, han sufrido pérdidas semejantes como resultado de la desidia y de las órdenes insensatas, pero perentorias, de Petersburgo. Desde las guerras turcas de 1828-29, los talentos militares del zar Nicolás han sido «pasados en silencio» incluso por sus panegiristas más serviles. Si los rusos tienen a Todtleben, que no es ruso, tienen, en cambio, a Gorchakov y [otros]... ov, que en nada ceden a los Saint-Arnaud y a los Raglan en materia de incompetencia.

Habríase supuesto que ahora, al menos, cuando tantas cabezas se ocupan en trazar planes plausibles de ataque y defensa, y dada esta masa cada vez mayor de hombres y material, alguna idea pasmosa habría necesariamente de nacer. Mas nada de eso. La guerra se prolonga, y su prolongación solo sirve para

ampliar la zona en que se libra. Cuanto mayor es la proliferación de nuevos teatros de guerra, menor es la actividad en cada uno de ellos. Ahora tenemos seis: el Mar Blanco, el Báltico, el Danubio, Crimea, el Cáucaso y Armenia. Cuanto ha venido ocurriendo a lo largo de esta zona estupenda puede contarse en el espacio de una columna.

Del Mar Blanco, los anglo-franceses prudentemente no dicen nada en absoluto. Aquí solo tienen dos objetivos militares practicables: impedir el comercio costero y demás de los rusos en estas aguas y, de ser posible, capturar Arcángel. Lo primero se ha intentado, pero solo hasta cierto punto; tanto este año como el pasado, las escuadras aliadas llegaron siempre demasiado tarde y zarparon demasiado pronto. El segundo objetivo, la toma de Arcángel, jamás se emprendió. En vez de realizar esta, su verdadera tarea, la escuadra bloqueadora se ha dispersado para llevar a cabo ataques desgalichados contra aldeas rusas y laponas y la destrucción de lo poco que poseen los necesitados pescadores. La excusa presentada por los corresponsales ingleses para estas ignominiosas andanzas es ¡la irritación morosa de una escuadra que se siente incapaz de emprender un trabajo serio! ¡Vaya defensa!

En el Danubio nada ocurre. El delta de este río ni siquiera se limpia de los bandidos que lo infestan. Austria tiene la llave de la puerta que conduce a Rusia por este lado y parece decidida a no soltarla.

En el Cáucaso reina la calma. Los formidables circasianos, como todos los montañeses bárbaros e independientes, parecen perfectamente contentos con la retirada de la columna móvil rusa de sus valles y no tener deseo alguno de bajar a la llanura, salvo en incursiones de saqueo. Solo saben combatir en su propio territorio y parecen, además, lejos de estar encantados con la perspectiva de una anexión por Turquía.

En Asia puede verse a Turquía tal como realmente es: su ejército allí refleja plenamente el estado de descomposición del Imperio. Se consideró necesario llamar en auxilio al giaour franco*; pero los francos* nada podían hacer allí salvo levantar obras de campaña. Todos sus intentos de hacer que las tropas adoptaran métodos civilizados de guerra fracasaron de plano. Los rusos han sitiado Kars y aparentemente se disponen a atacarla de modo sistemático. Cuesta ver cómo puede socorrerse la plaza, a menos que Omer Pachá desembarque en Batum con 20.000 hombres y ataque a los rusos por el flanco. Es incomprensible, y no es precisamente una pluma en el morrión de los rusos,

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* Nombre aplicado con frecuencia a los europeos occidentales en el Medio Oriente.— Ed.

que hayan actuado con tanta cautela y vacilación frente a un adversario tan indisciplinado, cuando tenían a su disposición entre 20.000 y 30.000 hombres de buenas tropas. Cualesquiera que sean los éxitos que puedan alcanzar en este teatro de guerra, lo máximo que pueden conseguir es la captura de Kars y Erzerum, pues una marcha sobre Constantinopla atravesando el Asia Menor está por completo fuera de cuestión. Por el momento, pues, la guerra en Asia no tiene más que un interés local y, ya que es difícil dadas las inexactitudes de los mapas existentes expresar a distancia una opinión táctica y estratégica acertada, no proseguiremos con este asunto. Quedan los dos _ teatros principales de guerra, Crimea y el Báltico.

[Nueva Gaceta del Oder, núm. 387, 21 de agosto de 1855]

Londres, 18 de agosto. En Crimea el asedio se prolonga letárgicamente.*“ Los franceses y los ingleses estuvieron trabajando durante todo el mes de julio en las nuevas aproximaciones al Redán y al Malájov y, aunque repetidamente se nos dio a entender que se habían situado «muy cerca» de los rusos, nos enteramos ahora de que el 4 de agosto la cabeza de la zapa no distaba más de 115 metros del foso principal ruso, y quizá ni siquiera estaba tan cerca. Ciertamente resulta satisfactorio ver a Hotspur Pélissier** reducido a reconocer que su «sistema de asalto» ha fracasado y que las obras regulares de asedio han de allanar el camino a sus columnas; pero aun así, dejar a 200.000 hombres inactivos en sus tiendas a esperar la terminación de esas trincheras y morir entre tanto

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*“ En lugar de esta frase, el New-York Daily Tribune dice: «Nuestros ficheros de periódicos ingleses, franceses y alemanes, recibidos ayer por la mañana con el correo del Canada, no arrojan ninguna luz adicional sobre la batalla del 16 de agosto en el Chernaya, donde Liprandi fue rechazado por las fuerzas aliadas y se tomó a cierto número de prisioneros rusos. En lo que respecta a este asunto, tenemos que esperar al próximo vapor antes de poder recibir detalles satisfactorios. Sin embargo, resulta más bien sospechoso que se supiera tan poco al respecto en París y Londres antes de la salida del Canada. Si hubiera sido realmente tan decisivo como los periódicos ingleses lo presentan, algo más que las muy incompletas declaraciones que ahora poseemos se habría hecho público, naturalmente.

»Parece que el asalto al Malájov, que se esperaba tuviera lugar el 15, tuvo que ser aplazado, y que el bombardeo preliminar no comenzó hasta el día 17. En efecto, hay razones para sospechar que los trabajos de asedio no están en el estado adelantado que han venido informando los periódicos de París y Londres.» — Ed.

** Se compara irónicamente a Pélissier con Sir Henry Percy (1364-1403), llamado Hotspur, el hijo mayor del primer conde de Northumberland, tal como aparece en la obra de Shakespeare Enrique IV, Primera parte.— Ed.

de cólera y de fiebre, es una dirección singular. Si —como sostienen los periódicos parisinos— el Chernaya no puede cruzarse en vista de la inexpugnable posición rusa en la orilla opuesta, algo útil podría por lo menos alcanzarse mediante una expedición transportada por mar a Eupatoria y un intento de forzar a los rusos de este lado a presentar batalla en campo abierto y averiguar su fuerza real y la situación de sus recursos. Tal como están ahora las cosas, los ejércitos turco, sardo y la mitad del francés y del inglés han quedado reducidos al papel de espectadores pasivos. De ahí que una gran parte de ellos pudiera usarse para diversiones. Pero las únicas diversiones de que hemos oído hablar son las que cada noche se crean en el Astley’s Amphitheatre, en Surrey Gardens y en Cremorne Gardens, donde, entre una tormenta de aplausos de los patrióticos cockneys,* los rusos sufren derrotas espantosas. |

Los rusos deben de haber recibido ahora todos sus refuerzos y se hallarán en el máximo de su fuerza durante el periodo que se avecina de inmediato. Los ingleses están enviando unos cuantos regimientos más; los franceses han despachado de 10.000 a 15.000 hombres, con más por seguir, y en total entre 50.000 y 60.000 tropas frescas se habrán de sumar a las fuerzas aliadas en Crimea. Encima de esto, el gobierno francés ha matriculado o comprado un gran número de vapores fluviales (que se calculan diversamente entre 50 y 100), todos los cuales han de emplearse en una expedición en el Mar Negro. Si van destinados al Mar de Azov o a la entrada del Dniéper y el Bug, donde Ochakov, Kinburn, Kherson y Nikoláyev constituirían objetivos de ataque, está por verse. En ocasión anterior mencionamos que cabía esperar algunas refriegas sangrientas hacia mediados de agosto, pues para entonces los rusos, tras recibir refuerzos, tomarían de nuevo la iniciativa.** Bajo el mando del general Liprandi han llevado a cabo, de hecho, una salida dirigida contra los franceses y sardos en el Chernaya y han sido rechazados con graves pérdidas.*** Las pérdidas aliadas no se han comunicado y deben, por tanto, de haber sido muy considerables. Algo más que los informes telegráficos se necesitará si se quiere discutir este asunto con mayor detalle.‘

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* Marx utiliza la palabra inglesa.— Ed.
** Véase este volumen, págs. 363-64.— Ed.
*** En lugar de este párrafo y la mayor parte del anterior, que empieza con las palabras «Si —como sostienen los periódicos parisinos— el Chernaya no puede cruzarse», el New-York Daily Tribune dice: «Hay que confesar que, de principio a fin, esta ha sido una guerra de incapacidades por ambas partes. Todtleben es el único hombre en uno y otro campo que ha mostrado una chispa de genio.» — Ed.

Por último, en el Báltico, «¡se ha asestado un gran golpe!»* Véase la prensa inglesa. ¡Bombardeo de Sweaborg**! ¡Destrucción de Sweaborg! ¡Las obras de tierra y todas las demás instalaciones yacen en ruinas! ¡Sweaborg ha dejado realmente de existir! ¡Triunfo glorioso para los aliados! ¡La Marina se halla en un estado indescriptible de entusiasmo! Y ahora consideremos los hechos tal como son. Las flotas aliadas, seis navíos de línea, cuatro o cinco fragatas grandes (baterías flotantes‘), y unos treinta buques-mortero y cañoneros, cruzaron desde Revel hasta Sweaborg el 7 de agosto. El 8 tomaron posiciones. Los buques de poco calado pasaron entre los bajíos y rocas al oeste de la fortaleza, por donde ningún barco grande puede pasar, y aparentemente se emplazaron a largo alcance de las islas sobre las que se asienta Sweaborg. Los grandes buques quedaron fuera y, por lo que podemos juzgar, fuera del alcance de los fuertes. Luego los cañoneros y buques-mortero abrieron fuego. No parece haberse intentado fuego directo alguno. Todo fue bombardeo con morteros o cañones de obús en la elevación máxima practicable. El bombardeo duró cuarenta y cinco horas. En cuanto a la magnitud de los daños infligidos, no es posible estimarlos sin informes detallados de ambas partes. El arsenal y diversos polvorines (al parecer pequeños) quedaron destruidos. La «ciudad» de Sweaborg (que nosotros sepamos, solo unas cuantas casas habitadas por gente vinculada a la flota o a las obras) fue incendiada. En lo que toca a las fortificaciones mismas, el daño que se les ha causado no puede sino ser insignificante, pues las flotas, según declaran ambos almirantes, no tuvieron un solo hombre muerto, solo unos pocos heridos y ninguna pérdida en absoluto de material. No podría darse mejor prueba de que se mantuvieron fuera de peligro. En tal caso, pudieron bombardear, mas no actuar por fuego directo, único por el que las fortificaciones pueden ser destruidas. Dundas, que en su parte es mucho más honesto y dueño de sí que el almirante francés, según la versión del Moniteur, texto que puede haber sido coloreado en París, afirma que los daños infligidos se limitaron a las tres islas (de las siete que constituyen Sweaborg) situadas al oeste de la entrada principal a la bahía de Helsingfors. Un ataque a la

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*« Se refiere a Sveaborg.— Ed.

* Las palabras entre comillas figuran tanto en alemán como en inglés en el original.— Ed.

» En lugar de la parte precedente de este párrafo, el New-York Daily Tribune dice: “With regard to the attack on Sweaborg, we are also still without full official reports or newspaper correspondence. The facts, however, appear on a careful examination of all the information at hand to be as follows.” — Ed.

“ Marx emplea el término inglés.— Ed.

Se refiere al informe del almirante Dundas, publicado en The Times, n.º 22134, 16 de agosto de 1855, y al del almirante francés Penaud, publicado en Le Moniteur universel, n.º 227, 15 de agosto de 1855.— Ed.

ni siquiera parece haberse intentado forzar la entrada principal. Parece que los grandes buques se limitaron a contemplar la escena sin hacer nada, y el acto decisivo en semejante ataque —el desembarco de tropas para apoderarse de las obras y destruirlas— quedó completamente fuera de cuestión. Así, los daños causados recaen exclusivamente sobre los almacenes y depósitos, es decir, sobre elementos fácilmente reemplazables; y si los rusos aprovechan su tiempo y sus medios, en tres semanas Sweaborg podrá estar en tan buen estado como antes. Hablando en términos militares, no ha sufrido en absoluto; los resultados materiales de toda la empresa apenas valen lo que ha costado; y parece que se emprendió simplemente porque la flota del Báltico tenía que hacer algo antes de regresar a casa al término de la temporada, y en parte porque Palmerston deseaba clausurar el período de sesiones parlamentarias con un espectáculo de fuegos artificiales. Por desgracia, el acontecimiento se produjo 24 horas demasiado tarde para tal fin. Tal fue la gloriosa destrucción de Sweaborg por las flotas aliadas. Volveremos sobre el asunto tan pronto como obren en nuestro poder los informes detallados.* |

* El final de este párrafo desde las palabras «y en parte porque Palmerston deseaba...» se omite en el New-York Daily Tribune.— Ed.

Escrito el 17 y 18 de agosto de 1855 Impreso según la Neue Oder-Zeitung

Publicado por primera vez en la Neue Oder-Zeitung, núms. 385 y 387, 20 y 21 de agosto de 1855 Publicado en inglés íntegramente por primera vez

Marcado con el signo x

Una versión inglesa abreviada de la segunda parte del artículo se publicó como artículo de fondo en el New-York Daily Tribune, n.º 4483, 1 de septiembre de 1855, y se reimprimió en el New-York Semi-Weekly Tribune, n.º 1072, 4 de septiembre de 1855