Londres, 14 de julio. Nuestro penúltimo informe* consideraba la dimisión de Lord John Russell —ya fuese voluntaria o forzosa— como un *fait accompli*. Tuvo lugar ayer por la tarde, y de hecho fue una dimisión compuesta, a la vez voluntaria y forzosa. Pues la facción de los whigs más ansiosa de conseguir cargos, encabezada por Bouverie, fue empujada por Palmerston a una pequeña revuelta. Manifestaron que se verían obligados a votar a favor de la moción de Bulwer* si Lord John no dimitía. No se pudo oponer resistencia a esto. No contenta con su gran hazaña, la turba de whigs desleales recogió firmas en el vestíbulo de la Cámara de los Comunes para una petición en que se solicitaba a Palmerston que indujera a la Reina a aceptar la dimisión de Russell, ya presentada. En cualquier caso, Russell puede haber obtenido una satisfacción de estas bajas maniobras, a saber, la de haber creado un partido a su imagen y semejanza.

* Véase este número, pág. ... — Ed.
* Para más detalles sobre la moción de Bulwer, presentada el 10 de julio de 1855, véase este número. — Ed.

La dimisión de un hombre que, como dice Urquhart, tiene la costumbre de entrelazar las manos a la espalda para darse apoyo moral, apenas habría afectado a la subsistencia del gabinete si la mayoría de la Cámara de los Comunes no estuviese deseosa de aprovechar cualquier pretexto que le permitiera aplazar la funesta disolución. Y la *disolución* de la Cámara es la consecuencia inevitable de la aprobación de la moción de Bulwer. Si Palmerston permaneciera en su puesto a pesar del voto de censura, tendría que disolver la Cámara, y si le sucediera Derby, este también tendría que disolverla. La Cámara no parece muy inclinada a sacrificarse en el altar del patriotismo.

Sir George Grey ha nombrado una comisión para investigar las brutalidades policiales. Está compuesta por los «Recorders»* de Londres, Liverpool y Manchester, y se reunirá el próximo martes.

* Los «Recorders» son los principales jueces de lo penal en ciertas ciudades inglesas. — Ed.

Si en el comercio el tiempo es dinero, en la guerra el tiempo es la victoria. El mayor error que se puede cometer en la guerra es dejar pasar el momento favorable, el momento en que fuerzas superiores pueden lanzarse contra el enemigo. El error se agrava si se comete no en operaciones defensivas, cuando las consecuencias de la negligencia pueden repararse, sino en operaciones ofensivas, en una guerra de invasión, donde tal descuido puede causar la pérdida de un ejército. Son perogrulladas que, como sabe todo cadete, resultan evidentes por sí mismas. Y, sin embargo, ninguna otra regla de estrategia o táctica se infringe con tanta frecuencia como esta, y el general Pélissier, el impetuoso hombre de acción, el «Mariscal Adelante»** del ejército de Crimea, parece destinado por sus actos a ejemplificar el menosprecio general de estas reglas triviales.

** Así llamaba la prensa inglesa al general Pélissier. — Ed.

El camino a Sebastopol conduce a través de Inkerman al lado norte de la fortaleza. Nadie lo sabe mejor que Pélissier y su estado mayor. Pero para conquistar el lado norte, los ejércitos aliados tienen que salir al campo con sus fuerzas principales, batir a los rusos, rodear el lado norte y destacar un cuerpo para mantener a distancia al ejército de campaña ruso. El momento favorable para hacerlo se presentó cuando llegaron el cuerpo sardo y los turcos al mando de Omer Pachá. Los aliados eran entonces considerablemente más fuertes que los rusos. Pero no se emprendió nada de eso. Se lanzó la expedición a Kerch y al mar de Azov y se intentó un asalto tras otro. Las operaciones de campo se limitaron a reconocimientos y a ampliar el campamento hasta la entrada del valle de Baidar. El supuesto motivo de esta inactividad se revela por fin ahora. Se dice que faltan medios de transporte, y después de una campaña de quince meses, los aliados siguen tan confinados al mar, a Kamysh y a Balaclava como siempre. Esto es realmente insuperable. Crimea no es una isla desierta en las cercanías del Polo Sur. Es un país cuyos recursos alimentarios, sin duda no son inagotables, pero que es capaz de proporcionar grandes cantidades de forraje, animales de tiro y carros si se tiene la suficiente habilidad y audacia para tomarlos. Los movimientos de avance y retroceso, tímidos y lentos, dentro de un círculo de unas pocas millas inglesas alrededor del Chernaya no constituyen, por supuesto, un medio adecuado para apoderarse de ellos. Pero incluso si dejamos completamente de lado los camellos, los ponis y las arbas de Crimea, quedan todavía abundantes medios de transporte en las costas europeas y asiáticas del Mar Negro, a las que los vapores pueden llegar en dos días. ¿Por qué no se requisan para uso de los aliados? Los rusos ciertamente les han dado bastantes lecciones demostrando cómo deberían actuar. Los cuerpos de ejército 3.º, 4.º y 5.º, así como varias divisiones de reserva, fueron transportados a Crimea en un momento en que los aliados habían perdido la esperanza de llevar provisiones desde Balaclava a las trincheras. Parte de las tropas fueron trasladadas en carros a través de la estepa, y parece que sufrieron agudamente por falta de alimentos. Y, sin embargo, el territorio en un radio de 200 millas desde Perekop está muy poco poblado. Pero se requisaron los recursos de las provincias más lejanas, y ciertamente es más difícil para los rusos enviar carros desde Yekaterinoslav, Poltava, Járkov, etc., a Crimea, que para los aliados en Crimea procurarse medios de transporte en Anatolia y Rumelia. En cualquier caso, bajo el pretexto de la falta de transporte, los aliados dejaron escapar la oportunidad de conquistar Crimea hasta Simferópol. Ahora la situación ha cambiado. Los rusos han formado un ejército de reserva para Crimea, situado entre Odesa y Jersón. La fuerza de este ejército sólo podemos calcularla sobre la base de los destacamentos hechos del ejército occidental; estos consisten en todo el 2.º cuerpo de ejército y dos divisiones de infantería. En total, esto suma cinco divisiones de infantería (82 batallones), una división de caballería (32 escuadrones) y 80 cañones. A esto hay que añadir las reservas de infantería y caballería. Teniendo en cuenta las pérdidas sufridas durante la marcha, el ejército destinado a Crimea y concentrado entre Odesa y Perekop puede, por lo tanto, calcularse en aproximadamente 70.000 a 80.000 hombres. La vanguardia de sus columnas ya habrá pasado por Perekop a estas alturas, y su peso lo sentirán los aliados antes de finales de julio.

¿Qué pueden oponer los aliados a estos refuerzos? Sus filas se están diezmando de nuevo por el cólera y la fiebre, tanto como por los diversos asaltos intentados. Los refuerzos británicos llegan más bien con lentitud; de hecho, han zarpado muy pocos regimientos. Los 13.000 hombres de cuya partida informamos nosotros* hace algún tiempo han resultado ser un farol del gobierno. El gobierno francés, por su parte, declara que no tiene la intención de enviar nuevas divisiones, sino simplemente destacamentos de los depósitos para cubrir las bajas sufridas en el teatro de la guerra. Estos refuerzos, a condición de que lleguen a tiempo, apenas serán suficientes para que el ejército aliado alcance la fuerza que tenía en junio, es decir, 200.000 hombres, incluidos turcos y sardos. Probablemente no sumarán más de 180.000 hombres, que a principios de agosto se enfrentarán a por lo menos 200.000 rusos en buenas posiciones, dueños del país a su retaguardia y con el lado sur de Sebastopol como cabeza de puente. Si, en estas circunstancias, el ejército aliado volviera a verse comprimido en la estrecha meseta situada detrás del Chernaya, estas masas humanas convertirían el espacio restringido en un cementerio por su propio impulso.

* Véase este número, pág. ... — Ed.

Todavía hay tiempo para tomar la ofensiva. Es cierto que se ha perdido el momento más favorable, pero aun así, un avance audaz del ejército aliado aseguraría ahora una extensión de su espacio vital. Pero no hay indicios de que se propongan aprovechar esta oportunidad.

Por último, en descargo de Pélissier, podría mencionarse que la opinión pública, aquí y en París, ha buscado y hallado la causa del lamentable estado de la segunda campaña de Crimea en la intervención de Luis Bonaparte, el general desde lejos.