Londres, 24 de febrero. Ayer, la Cámara de los Comunes se hallaba atestada, pues se habían anunciado declaraciones ministeriales sobre la ruptura de la primera administración Palmerston. Los abarrotados diputados esperaban impacientes la llegada del noble vizconde, quien apareció por fin una hora después de abierta la sesión, recibido con risas por un lado y con aclamaciones por el otro. Los ministros que se habían desgajado —Graham, Gladstone y Herbert— ocuparon sus escaños en los bancos de los llamados radicales (la Escuela de Manchester), donde el señor Bright pareció darles la bienvenida. En un banco delante de ellos se sentó, entronizado, Cardwell, que también había dimitido. Lord Palmerston se levantó para proponer que se examinara de inmediato la Comisión Roebuck. Sir James Graham expuso entonces el caso de los ministros y aún se hallaba en el umbral de su edificio de fantasías retóricas cuando Palmerston empezó a acompañarlo con inequívocas señales de un sueño saludable.

La polémica de Graham contra la Comisión de Investigación se limitó principalmente a afirmar que ésta representaba una intromisión de la Cámara de los Comunes en las prerrogativas reales. Como todo el mundo sabe, desde hace siglo y medio es costumbre de los ministerios ingleses hablar de los privilegios de la Cámara frente a la Corona y de las prerrogativas de la Corona frente a la Cámara. De hecho, Graham habló amenazadoramente del peligro que las investigaciones de la Comisión suponían para la alianza anglo-francesa. ¡Qué era esto sino una insinuación de que el aliado francés resultaría ser la principal causa de los deplorables percances! En cuanto a su propia dimisión del Ministerio, el Ministerio había considerado desde un principio la moción de Roebuck como un simple voto de censura encubierto. Por eso se había sacrificado a Aberdeen y a Newcastle y se había disuelto el antiguo Ministerio. El nuevo Ministerio se componía del antiguo personal, con excepción de Canning y Panmure; ¿cómo iba entonces la moción de Roebuck a ser de pronto susceptible de una nueva interpretación? No él, sino lord Palmerston, había cambiado de opinión del viernes al martes. No él, sino su noble amigo, era un desertor. Además —y esto era una confesión ingenua—, Graham dio como razón de su dimisión del renovado Ministerio el haberse convencido

«de que la presente Administración [...] no [...] posee en mayor grado la confianza de la Cámara que aquella Administración que hace apenas unas semanas se retiró».

Durante su intervención, Graham dijo, entre otras cosas:

«Cuando se formó la nueva Administración, quise saber de mi noble lord» (Palmerston) «si iba a haber algún cambio en la política exterior de la Administración de lord Aberdeen [...]; y también si [...] había alguna modificación con respecto a los términos de paz estipulados. Lord Palmerston me dio las más plenas seguridades de que en estos aspectos todo seguiría como antes».

(Estas palabras se citan aquí tal como fueron pronunciadas en la Cámara de los Comunes, no como se imprimieron en forma más restringida en los periódicos.)

Bright retomó de inmediato esta declaración de Graham, afirmando que no deseaba que el Gobierno de Palmerston fuese derrocado, que no albergaba animosidad personal contra el noble lord, que más bien estaba convencido de que Palmerston y Russell poseían todo aquello de que carecía el injustamente perseguido Aberdeen, a saber, la popularidad suficiente para concertar la paz sobre la base de los cuatro puntos.

Sidney Herbert: La moción de Roebuck constaba de dos partes muy diferentes. En primer lugar, proponía investigar el estado del ejército en Sebastopol; en segundo lugar, investigar la conducta de los departamentos gubernamentales específicamente encargados del mantenimiento del ejército. La Cámara tenía derecho a hacer lo segundo, pero no lo primero. ¿Era acaso por esa misma razón por lo que él, Herbert, se había opuesto tan violentamente a lo «segundo» el 26 de enero como ahora, el 23 de febrero, se oponía a lo «primero»? Cuando él (Herbert) asumió su puesto en el actual Ministerio, lord Palmerston, en consonancia con su discurso del viernes pasado, había declarado inconstitucional la Comisión, abolida con la dimisión de Aberdeen y Newcastle. Palmerston ni siquiera dudaba de que la Cámara rechazaría ahora la moción de Roebuck sin debate. La Comisión, en la medida en que su objeto no era una acusación contra el Gobierno, sino una investigación del estado del ejército, resultaría una inmensa farsa. Lord Palmerston, al no tener el valor de sus convicciones repetidamente expresadas, estaba debilitando al Gobierno. ¿De qué servía un hombre fuerte si seguía una política débil?

Gladstone, de hecho, poco añadió a las declaraciones de sus colegas, salvo el tipo de argumentación que, con motivo de la dimisión de Gladstone del gobierno de Peel —se trataba entonces del colegio de Maynooth—, movió al difunto Peel a declarar que creía comprender las razones de la dimisión de su amigo antes de que éste se dispusiera a exponerlas ante el Parlamento en un discurso de dos horas.

Palmerston consideró superfluo entrar en las explicaciones de sus excolegas. Lamentaba sus dimisiones, pero podría consolarse. En su opinión, la Comisión no pretendía censura alguna, sino una investigación del estado del ejército. Él se había opuesto al nombramiento de la Comisión, pero se había convencido de que la decisión de la Cámara no podía ser revocada. El país no podía quedarse sin gobierno, por lo que él seguiría siendo el Gobierno, con o sin la Comisión. A la pregunta de Bright respondió que las negociaciones de paz iban en serio y que las instrucciones de Russell se habían redactado sobre la base de los cuatro puntos. Nada dijo a la Cámara sobre la situación en su propio Ministerio. Es incuestionable que, a pesar de la súbita ruptura de su primera administración, Palmerston ha conseguido ya algunas victorias, si no en la opinión pública, sí en el Ministerio y en el Parlamento. Mediante la misión de Russell a Viena se ha librado de un rival molesto y voluble. Con su compromiso con Roebuck ha transformado la Comisión Parlamentaria de Investigación en una Comisión Gubernamental que sólo cuenta como la cuarta después de las tres nombradas por él mismo. Como dice Sidney Herbert, ha puesto «una inmensa farsa» en lugar de algo real. La dimisión de los peelitas le ha permitido formar un ministerio compuesto únicamente de ceros, con él mismo como única cifra. Es indudable, sin embargo, que la formación de un verdadero ministerio Palmerston semejante tendrá que luchar con obstáculos casi insuperables.

Karl Marx

[JOSEPH] HUME

Londres, 24 de febrero. Con Hume ha muerto el veterano de la Cámara de los Comunes. Su larga vida parlamentaria fue un fiel barómetro del partido burgués radical, que alcanzó su punto más alto en 1831. En el período inicial de la Cámara reformada, una especie de Warwick parlamentario o hacedor de diputados, ocho años más tarde figuró junto a Daniel O’Connell y Feargus O’Connor como uno de los inspiradores de la Carta del Pueblo, que hasta hoy forma el programa político de los cartistas y que en lo fundamental contiene solamente la demanda del sufragio universal, junto con las condiciones que lo harían realidad en Inglaterra.

La ruptura entre los trabajadores y los agitadores burgueses que pronto se produjo sorprendió a Hume del lado de estos últimos. En tiempos del ministerio Russell redactó la «Pequeña Carta», adoptada por los llamados «reformadores parlamentarios y financieros» como programa propio. En lugar de los seis puntos de la Carta del Pueblo, contiene tres puntos y sustituye el sufragio «universal» por un sufragio más o menos «ampliado». Finalmente, en 1852, Hume proclamó un nuevo programa en el que abandonó incluso su «Pequeña Carta» y exigía un solo punto: las elecciones por voto secreto. Por lo demás, Hume fue el representante clásico de la llamada oposición «independiente», que Cobbett describió acertada y exhaustivamente como la «válvula de seguridad» del viejo sistema. En sus últimos días, la costumbre de proponer mociones y, justo antes del cierre, retirarlas de nuevo a una seña de un ministro, se convirtió en él en una auténtica manía. Su coqueteo con el «ahorro de los fondos públicos» se había vuelto proverbial. Cada ministerio le permitía combatir y reducir las partidas menores para hacer pasar con más seguridad las grandes por la Cámara.

Karl Marx

PALMERSTON

Londres, 27 de febrero. El clamor contra la aristocracia ha recibido de Palmerston una respuesta irónica: un ministerio de diez lores y cuatro baronets —diez lores, además, de los cuales ocho se sientan en la Cámara de los Lores. Ha respondido al descontento provocado por el compromiso entre las diversas facciones de la oligarquía con un compromiso entre diversas familias del grupo whig. Pues el clan Grey, la ducal familia Sutherland y, por último, la familia Clarendon han recibido indemnización en su ministerio. Sir George Grey, ministro del Interior, es primo de Earl Grey, cuyo cuñado es Sir Charles Wood, primer lord del Almirantazgo. Earl Granville y el duque de Argyll representan a la familia Sutherland. Sir George Cornewall Lewis, canciller de Hacienda, es cuñado del conde de Clarendon, ministro de Asuntos Exteriores. Sólo la India ha sido asignada a un hombre sin título, Vernon Smith; pero, en todo caso, ha emparentado por matrimonio con una de las familias whigs. «¡Un reino por un caballo!», gritó Ricardo III. «¡Un caballo por un reino!», grita Palmerston, imitando a Calígula, y convierte a Vernon Smith en Gran Mogol de la India. «Lord Palmerston no sólo nos ha dado el gobierno más aristocrático de que tengamos ejemplo en la historia del país —se queja The Morning Advertiser—, sino que ha construido su Gobierno con los peores materiales aristocráticos que podía haber escogido.»

El digno Advertiser, sin embargo, halla consuelo en el hecho de que
“Palmerston no es un agente libre. [...] Todavía está en grilletes y cadenas”.?
Como habíamos predicho,* lord Palmerston ha formado un gabinete de
nulidades, siendo él mismo la única figura que cuenta en él. Lord John Russell,
quien en 1851 lo había expulsado de manera poco diplomática del gabinete
whig, ha sido enviado por él diplomáticamente de viaje.
Palmerston se ha servido de los peelitas para entrar en la herencia de Aberdeen.
Tan pronto como estuvo seguro del cargo de primer ministro, dejó caer
a los aberdeenitas y birló a Russell, como dice Disraeli, no solo
las ropas de los whigs, sino a los whigs mismos. Pese a la gran similitud,
casi identidad, entre el presente gobierno y la administración whig de Russell
de 1846-1852, nada más erróneo que confundirlos. Esta vez no tenemos
un gabinete en absoluto, sino a lord Palmerston en lugar de un gabinete. Aunque
sus miembros son en gran parte los mismos de antes, los puestos han sido
distribuidos entre ellos de tal modo, su apoyo en la Cámara de los Comunes
es tan diferente, y se presenta bajo circunstancias tan completamente cambiadas,
que mientras que antes era un débil ministerio whig, ahora es la fuerte dictadura
de un solo hombre, siempre y cuando Palmerston no sea un Pitt espurio,
Bonaparte no sea un Napoleón espurio y lord John Russell continúe viajando.
Aunque el burgués inglés se ha sentido molesto por el giro inesperado de los
acontecimientos, de momento se divierte con la inescrupulosa destreza con que
Palmerston ha engañado y estafado tanto a amigos como a enemigos.
Palmerston, dice el mercader de la City, ha demostrado una vez más ser
“clever”.* Pero “clever” es un calificativo intraducible, lleno de ambigüedad
y rico en connotaciones. Comprende todos los atributos de un hombre que sabe
hacer sonar su propia trompeta y entiende lo que le beneficia y lo que
perjudica a los demás. Por muy virtuoso y respetable que sea el burgués inglés,
sin embargo admira sobre todo al hombre que es “clever”, que no se preocupa
por la moral, que no se deja desconcertar por el respeto, que considera los
principios como trampas para atrapar a sus semejantes. Si Palmerston es tan
“clever”, ¿no burlará a los rusos tal como burló a Russell? Así habla el político
de la alta burguesía inglesa.

En cuanto a los tories, creen que los buenos viejos tiempos han regresado,
que el maligno hechizo de la coalición se ha roto y que el tradicional balancín
gubernamental de whigs y tories se ha restablecido. Un cambio real,
no limitado a la mera disolución pasiva, solo podría producirse de hecho
bajo un gobierno tory. Solo cuando los tories están al timón se ejerce una
tremenda presión exterior* y se ponen en práctica las transformaciones
inevitables. Por ejemplo, la emancipación de los católicos durante el ministerio
de Wellington; la derogación de las leyes de cereales durante el ministerio
de Peel; y lo mismo ocurrió, si no con el proyecto de ley de reforma,
al menos con la agitación reformista, que fue más importante que su resultado.”!

Cuando los ingleses pidieron a un holandés que cruzara especialmente el mar
para convertirse en su rey?, fue con el propósito de inaugurar con la nueva
dinastía una nueva época: la época de la asociación de la aristocracia
terrateniente con la aristocracia financiera. Desde entonces encontramos
el privilegio conferido por la sangre y el privilegio conferido por el oro
en equilibrio constitucional. La sangre, por ejemplo, decide en el caso
de ciertos puestos del ejército, cuyos titulares los ocupan en virtud de
conexiones familiares, nepotismo o favoritismo; pero el oro obtiene lo suyo,
ya que todos los cargos de oficial pueden comprarse y venderse al contado.
Se ha calculado que los oficiales que sirven actualmente en los diversos
regimientos han invertido una suma de 6 millones de libras esterlinas en
sus puestos. Para no perder los derechos adquiridos durante su servicio
y no ser desplazados de sus empleos por algún joven ricachón, los oficiales
más pobres piden dinero prestado para asegurar su ascenso y así quedan
cargados de hipotecas.

Tanto en la iglesia como en el ejército, las conexiones familiares y el dinero
contante son los dos factores que cuentan. Mientras que una parte de los
cargos eclesiásticos se asigna a los hijos menores de la aristocracia, la otra
parte pertenece al mejor postor. El comercio con las “almas” del pueblo inglés
—en la medida en que pertenecen a la Iglesia establecida— no es menos
habitual que el comercio de esclavos en Virginia. En este comercio no solo
existen compradores y vendedores, sino también intermediarios. Uno de
tales intermediarios “clericales”, llamado Simpson, compareció ayer ante el
Tribunal de la Reina para reclamar los honorarios que le adeuda un tal Lamb,
quien, según afirmó, se había comprometido a procurarle el derecho de presentar
al rector Josiah Rodwell para el beneficio parroquial de West-Hackney.
Simpson había estipulado el 5 por ciento tanto del comprador como del
vendedor, además de algunos gastos menores. Dijo que Lamb no había
cumplido sus obligaciones. Las circunstancias eran las siguientes: Lamb
es hijo de un rector de setenta años que posee dos beneficios en Sussex,
cuyo precio de mercado se estima en 16.000 libras esterlinas. El precio
está naturalmente en proporción directa a los ingresos de la parroquia
y en proporción inversa a la edad del titular. Lamb hijo es el patrono de
los beneficios que posee Lamb padre y también es hermano de un Lamb aún
más joven, propietario del beneficio y rector de West-Hackney. Como el
rector de West-Hackney es todavía muy joven, el precio de mercado de la
próxima presentación de su sinecura es relativamente bajo. Aunque
proporciona un ingreso anual de 550 libras esterlinas, así como una rectoría,
su propietario ha acordado vender el derecho al siguiente nombramiento
por solo 1.000 libras esterlinas. Su hermano le ha prometido las parroquias
de Sussex a la muerte de su padre, pero quiere vender su beneficio de
West-Hackney, que así quedará vacante, a través de Simpson a Josiah
Rodwell por 3.000 libras esterlinas, embolsándose así una ganancia neta de
2.000 libras esterlinas, y su hermano obtiene un beneficio mejor. El
intermediario habría recibido una comisión del 5 por ciento, es decir,
300 libras esterlinas. No trascendió por qué no se llevó a cabo el trato.
El tribunal concedió al intermediario Simpson 50 libras esterlinas como
compensación “por el trabajo realizado”.