Londres, 27 de marzo. Sabemos de la mejor fuente que la visita de Bonaparte al palacio de St. James —esperada para el 16 de abril— dará ocasión a una gran contramanifestación. Pues los cartistas han invitado también al refugiado francés Armand Barbès a visitar Londres el 16 de abril, cuando ha de ser recibido con un desfile público y un gran mitin. Hay, sin embargo, alguna duda de si su estado de salud le permitirá un viaje por mar.

El proyecto de ley para abolir el timbre del periódico pasó ayer su segunda lectura en la Cámara de los Comunes. Los principales artículos de este proyecto son los siguientes: 1. Queda abolido el timbre obligatorio del periódico; 2. Las publicaciones periódicas impresas en papel timbrado seguirán gozando del privilegio de distribución gratuita por correo. Una tercera cláusula concierne al tamaño del material impreso distribuido por correo, y otra decreta que los periódicos timbrados deberán prestar fianza ante cualquier acción por libelo. El viejo sistema del impuesto del periódico queda suficientemente caracterizado por dos hechos. La publicación de un diario en Londres requiere un capital de por lo menos 50.000 a 60.000 libras esterlinas. Toda la prensa inglesa, con muy pocas excepciones, alza una oposición desvergonzada e ignominiosa al nuevo proyecto de ley. ¿Se necesita más prueba de que el viejo sistema era un arancel protector para la prensa establecida y un sistema prohibitivo de la libre producción mental? La libertad de prensa en Inglaterra ha sido hasta ahora el privilegio exclusivo del capital. Los pocos semanarios que representan los intereses de la clase obrera —los diarios, por supuesto, estaban fuera de discusión— logran sobrevivir gracias a las contribuciones semanales de los obreros, que en Inglaterra están haciendo sacrificios muy diferentes por los fines públicos que los del Continente. La retórica tragicómica y vociferante con la que el Leviatán de la prensa inglesa —The Times— lucha pro aris et focis,* es decir, por el monopolio periodístico, ora comparándose modestamente con el oráculo de Delfos, ora afirmando que Inglaterra posee una sola institución digna de conservarse, a saber, The Times; ora reivindicando un dominio absoluto sobre el periodismo mundial y, sin ningún Tratado de Kuchuk-Kainardji, un protectorado sobre todos los periodistas europeos.

Toda esa cantinela de The Times fue despachada como merecía en la sesión de ayer de la Cámara Baja por el caprichoso Drummond:

«Hoy en día la prensa es una especulación mercantil, y nada más… ¿Por qué los Sres. Walter, los principales accionistas de The Times, no habrían de montar una fábrica de chismes con la misma razón que el Sr. Bright monta una fábrica de percal?… The Times, le parecía, llevaba su negocio […] mejor que sus rivales […]. La familia Walter siempre ha encontrado un hombre conveniente […] —un abogado con siete años de práctica o alguien de ese timbre, dispuesto a encargarse de cualquier cosa. […] Estaban Barnes, Alsager, Sterling, Delane, Morris, Lowe y Dasent. […] Estos caballeros eran todos de opiniones diferentes. Ahora bien, los periódicos tontos que no entendían de este asunto, como The Morning Chronicle, por ejemplo, se adherían a algún partido particular. Uno era peelita; otro, derbyita, etc. Cuando el partido peelita prosperaba, también prosperaba el periódico, pero cuando los peelitas se hundían, con ellos se hundía el periódico. Estaba bastante claro que esos no eran hombres de negocios. La cosa era reunir a un conjunto de caballeros de opiniones diferentes —y The Times es un maestro en esto— y ponerlos a escribir. Por supuesto, no se podía acusar a ningún hombre aislado de inconsecuencia; bien podía haber sostenido siempre las mismas opiniones; y así, individualmente, eran de lo más consecuentes, mientras que, colectivamente, nada en el mundo podía ser más inconsecuente. Le parecía a él que la verdadera perfección del periodismo era —honradez individual, y disolución colectiva, política y literaria. Había […] una gran ventaja en esto, y The Times siempre le recordaba a uno de sus granjeros. Cuando él sugirió drenar un trecho de pantano, el granjero […] respondió: “¡No, no! No lo drene. En tiempo húmedo hay algo para la vaca, y si no hay nada para la vaca hay algo para el cerdo, y si no hay nada para el cerdo, hay algo para la oca.” […] En cuanto al soborno de periódicos, había pruebas positivas con respecto a The Times, del cual Napoleón dijo: “Usted me ha enviado The Times, —ese infame Times, el periódico de los Borbones”— y se afirmaba en una obra del Sr. O’Meara que los Borbones pagaban a The Times 6.000 fr. […] al mes. Él había encontrado el recibo del dinero, firmado por el redactor. El Sr. O’Meara afirma también que antes de ser desterrado a Elba, Napoleón recibió varias ofertas […] de redactores de periódicos, y entre ellas ofertas de The Times, para escribir para ellos. Napoleón declinó aceptar las ofertas que le hicieron, pero después se arrepintió del camino que tomó.»

En este contexto nos limitamos a observar que en 1815 The Times pedía que Napoleón, a quien presentaba como el centro de la demagogia europea, fuera fusilado en virtud de la ley marcial. En 1816 ese mismo periódico quería devolver bajo el despotismo inglés a los Estados Unidos de América del Norte, «este desastroso ejemplo de insurrección exitosa».