Los grandes puntos débiles de Austria se suponen habitualmente que son su tesoro en bancarrota y los elementos revolucionarios de Italia y Hungría. Es cierto que en una guerra con Francia e Inglaterra esos elementos podrían utilizarse con gran eficacia contra ella; pero en una guerra con Rusia su punto vulnerable se halla en otro lugar. Aunque este punto siempre estuvo a la vista y, de hecho, ha sido señalado por los propios estadistas austriacos, durante la vida del emperador Nicolás no tuvimos amenaza alguna que mostrara que él había resuelto firmemente, en cualquier contingencia, aprovecharlo. Su sucesor,* sin embargo, parece ser menos escrupuloso, o al menos menos reservado. Ha anunciado claramente a Austria que, en el caso de que ella se una finalmente a los aliados, él se pondrá oficialmente al frente de la gran hermandad eslava y llamará en su ayuda todas las simpatías adormecidas de raza o religión que impulsan naturalmente a los eslavos de Austria y Turquía hacia Rusia, así como todas las animosidades profundamente arraigadas que abrigan contra las naciones y gobiernos que ahora los mantienen en una subyugación más o menos completa.

* Alexander II.— Ed.

El paneslavismo como teoría política ha tenido su expresión más lúcida y filosófica en los escritos del conde Gurowski. Pero ese docto y distinguido publicista, aunque considera a Rusia como el pivote natural alrededor del cual los destinos de esta rama numerosa y vigorosa de la familia humana pueden hallar por sí solos un amplio desarrollo histórico, no concebía el paneslavismo como una liga contra Europa y la civilización europea. En su opinión, la salida legítima para la fuerza expansiva de las energías eslavas era Asia. Comparada con la desolación estancada de ese viejo continente, Rusia es una potencia civilizadora, y su contacto no podía ser sino beneficioso. Esta generalización varonil e imponente no ha sido aceptada, sin embargo, por todas las mentes inferiores que han adoptado su idea fundamental. El paneslavismo ha asumido una variedad de aspectos; y ahora, por fin, lo encontramos empleado en una forma nueva, y con gran efecto aparente, como amenaza guerrera. Como tal, su uso ciertamente acredita la audacia y la decisión del nuevo zar. Y cuán justo es el temor que la amenaza ha inspirado a Austria, nos proponemos mostrarlo ahora.

De los setenta millones de eslavos que viven al este de la selva de Bohemia y de los Alpes Cárnicos, unos quince millones están sometidos al emperador de Austria, y comprenden representantes de casi todas las variedades de la lengua eslava. La rama bohemia o checa (seis millones) cae exclusivamente en los dominios austriacos; la rama polaca está representada por unos tres millones de galitzianos; la rusa por tres millones de malorrusos (rusos rojos, rutenos **’) en Galitzia y el noreste de Hungría —la única tribu rusa fuera de los confines del Imperio ruso—; la rama eslava meridional por unos tres millones de eslovenos (carintios y croatas) **? y serbios, incluyendo algunos búlgaros dispersos. Estos eslavos austriacos son de dos tipos diferentes. Una parte de ellos consiste en los restos de tribus cuya historia pertenece al pasado y cuyo desarrollo histórico presente está vinculado al de naciones de raza y lengua diferentes; y para completar su desafortunada posición, estos desdichados restos de antigua grandeza no poseen ni siquiera una organización nacional dentro de Austria, sino que están repartidos en diferentes provincias. Así, los eslovenos, aunque apenas son 1.500.000, están diseminados por las distintas provincias de Krain, Carintia, Estiria, Croacia y el suroeste de Hungría. Los bohemios (checos), aunque son la tribu más numerosa de los eslavos austriacos, residen en parte en Bohemia, en parte en Moravia y en parte (la rama eslovaca) en el noroeste de Hungría. Por tanto, estas tribus, aunque viven exclusivamente en suelo austriaco, distan mucho de ser reconocidas como naciones separadas. Se las considera apéndices, bien de la nación alemana, bien de la húngara, y en realidad no son otra cosa.

La segunda porción de eslavos austriacos está compuesta por fragmentos de diferentes tribus que, en el curso de la historia, se han separado del gran cuerpo de su nación y que, por lo tanto, tienen su centro de gravedad fuera de Austria. Así, los polacos tienen su centro de gravedad natural en la Polonia rusa; los rutenos, en las demás provincias malorrusas unidas a Rusia; los serbios, en el principado serbio. Que estos fragmentos, arrancados de sus respectivas nacionalidades, sigan gravitando cada uno hacia su centro natural, es cosa natural, y se hace cada vez más evidente a medida que la civilización, y con ella la necesidad de una actividad histórica nacional, se extiende entre ellos. En todo caso, los eslavos austriacos son disjecta membra,* que buscan su reunión, bien entre sí, bien con el cuerpo principal de sus respectivas nacionalidades.

* Miembros dispersos, partes desmembradas — paráfrasis de la expresión de Horacio “disjecti membra poetae”.— Ed.

Ésta es la causa que antiguamente hizo tan activo el paneslavismo en Austria. Para asegurar la restauración de cada nacionalidad eslava, las distintas tribus de eslavos en Austria comenzaron hace tiempo a trabajar por una unión de todas las tribus eslavas. La primera aparición del paneslavismo austriaco fue meramente literaria. Dobrowsky, un bohemio, el fundador de la filología científica de los dialectos eslavos, y Kollar, un poeta eslovaco de los Cárpatos húngaros, fueron sus iniciadores. En Dobrowsky era el entusiasmo de un descubridor científico; en Kollar pronto predominaron las ideas políticas; pero aún así, él solo se aventuraba a lamentarse; la grandeza del pasado, la desgracia, la desdicha y la opresión extranjera del presente eran los temas de su poesía. El sueño del imperio paneslavo dictando leyes a Europa apenas se insinuaba entonces.

Pero el período de lamentaciones pronto pasó, y la investigación histórica sobre el desarrollo político, literario y lingüístico de la raza eslava hizo grandes progresos. Safarik, Kopitar y Miklosich como lingüistas, Palacky como historiador, tomaron la delantera, seguidos por una multitud de hombres menores como Hanka y Gaj. Las épocas gloriosas de la historia bohemia y serbia eran descritas vívidamente en contraste con el estado degradado y quebrantado actual de esas naciones. Mientras en Alemania la filosofía constituía el pretexto bajo cuya protección se propalaban las doctrinas más revolucionarias en política o teología, en Austria, y bajo las mismísimas narices de Metternich, los paneslavistas utilizaban la ciencia histórica y filológica como un manto para enseñar la doctrina de la unidad eslava y crear un partido político con el inconfundible objetivo de derrocar a Austria e instituir un vasto imperio eslavo en su lugar.

El paneslavismo austriaco carecía de los elementos más esenciales para el éxito. Le faltaban tanto fuerza como unidad; fuerza, porque el partido paneslavo se componía sólo de una parte de las clases cultas, no tenía arraigo entre las masas y, además, no poseía ninguna fuerza capaz de resistir a la vez al Gobierno austriaco y a las nacionalidades alemana y húngara contra las que entraba en liza; unidad, porque su principio unificador era meramente ideal y, al primer intento de realización, se rompía por el hecho de la diversidad de lenguas. De esta diversidad dio una ilustración ridícula el famoso Congreso Eslavo de Praga en 1848.4° Allí, tras varios intentos de hacerse entender en una lengua eslava que fuera inteligible para todos los miembros, se vieron obligados a recurrir a la lengua más odiada por todos ellos: el alemán.

De hecho, mientras el movimiento se limitó a Austria, no ofrecía gran peligro, pero aquel centro de unidad y fuerza que le faltaba fue muy pronto encontrado para él. El levantamiento nacional de los serbios turcos, a principios de este siglo,*”! había llamado la atención del gobierno ruso sobre el hecho de que había unos siete millones de eslavos en Turquía, cuyo habla, entre todos los demás dialectos eslavos, era la que más se asemejaba al ruso. También su religión y su lengua eclesiástica —el eslavo antiguo o eslavo eclesiástico— eran exactamente las mismas que en Rusia. Fue entre estos serbios y búlgaros donde el zar comenzó por primera vez una agitación apoyada en apelaciones a su posición como protector de la Iglesia oriental. Era por tanto natural que, tan pronto como este movimiento paneslavista en Austria adquirió consistencia, Rusia extendiera hasta allí las ramificaciones de sus agentes. Donde se encontraban eslavos católicos romanos, se dejaba de lado el aspecto religioso de la cuestión; Rusia era presentada simplemente como la legítima cabeza de la raza eslava y el pueblo fuerte y unido que realizaría el gran imperio eslavo desde el Elba hasta China, y desde el Adriático hasta el océano helado.

Metternich, en los últimos años de su poder, apreció muy bien el peligro y vio a través de las intrigas rusas. Se opuso al movimiento con todos los medios a su alcance. Pero el único medio adecuado —la libertad general de expansión— no pertenecía a su sistema político. Por consiguiente, a la caída de Metternich en 1848, el movimiento eslavo estalló con más fuerza que nunca y abarcó a una gran parte de la población. Pero aquí su carácter reaccionario salió inmediatamente a la luz. Mientras los movimientos alemán, húngaro e italiano eran decididamente progresistas y revolucionarios, el partido eslavo se pasó al lado conservador. Fueron los eslavos quienes salvaron a Austria de la destrucción y permitieron a Radetzky avanzar sobre el Mincio, y a Windischgratz conquistar Viena. Y para completar el drama, en 1849 el ejército ruso tuvo que descender a Hungría y resolver allí la guerra en favor de Austria.

Así, impulsada por su propia falta de vitalidad a depender del auxilio eslavo para su misma existencia, Austria aprovechó el primer momento de seguridad para reaccionar contra los eslavos en su propio territorio. Con este fin tuvo que adoptar una política al menos parcialmente progresista. Los privilegios especiales de las provincias fueron abolidos; un imperio centralizado reemplazó al federal; y en lugar de las diferentes nacionalidades se creó una ficticia nacionalidad austriaca. Aunque estos cambios iban en cierto modo en contra de las nacionalidades alemana, italiana y húngara, recayeron con un peso mucho mayor sobre las tribus eslavas menos compactas y, sobre todo, dieron al elemento alemán una preponderancia considerable.

Pero el sentimiento de raza y de adhesión a Rusia ha sido fortalecido, no debilitado, por este proceso. El paneslavismo austriaco posee, tal vez, en este momento una fuerza latente mayor que nunca. Representa el único elemento en Austria que no fue quebrantado en la reciente lucha revolucionaria. Los italianos, los húngaros, incluso los alemanes, salieron debilitados y desalentados de aquella convulsión violenta. Sólo los eslavos se sintieron no vencidos ni reducidos. ¿Es sorprendente que Francisco José vacile antes de emprender una guerra en la que Rusia encontraría millones de aliados devotos y fanáticos dentro de su propio Imperio?