... estandarte de la revolución, el ejército de Ballesteros, que, desde la capitulación de su jefe, [estaba] todavía concentrado en Priego, a 10 leguas al norte de Málaga. En esta su segunda expedición a Cádiz,\*”\* él\* fue hecho prisionero por uno de los cuerpos del general Molitor, entregado a la partida apostólica y enviado a Madrid para ser ejecutado allí, el 7 de noviembre, cuatro días antes del regreso de Fernando a la capital.

“Non por su culpa cajé Riego:  
Por traición  
De un vil Borbón.”  

(“No por su culpa cayó Riego, sino por la traición de un vil Borbón”).  

Cuando Fernando, a su llegada a Madrid, fue visitado y felicitado por los oficiales de las bandas de la Fe,\*” y éstos se hubieron retirado, exclamó en medio de su corte: «Son los mismos perros, pero con distintos collares».

El número de frailes, que en 1822 había ascendido a 16.310, llegó en 1830 a 61.727, lo que supone un aumento de 45.417\* en el curso de 8 años. Por la *Gaceta de Madrid* vemos que en el solo mes transcurrido del 24 de agosto al 24 de septiembre de 1824, 1.200 personas fueron fusiladas, ahorcadas y descuartizadas, y entonces el bárbaro decreto contra los Comuneros,\*” masones, etc., no había sido aún promulgado.\*

La Universidad de Sevilla fue clausurada durante años, pero en su lugar se estableció una escuela gubernamental de tauromaquia.

Federico el Grande, conversando con su ministro de la Guerra, le preguntó cuál país de Europa consideraba más difícil de arruinar. Percibiendo que el ministro estaba algo turbado, respondió por él:

«Es España: su propio gobierno lleva muchos años esforzándose por arruinarla, y todo en vano».

Federico el Grande parece haber pronosticado el reinado de Fernando VII.

El fracaso de la Revolución de 1820-1823 se explica fácilmente. Fue una revolución de la clase media y, más especialmente, una revolución urbana, mientras que el campo, ignorante, perezoso, apegado a las pomposas ceremonias de la iglesia, permanecía como observador pasivo de una lucha de partidos que apenas comprendía. En las pocas provincias donde, excepcionalmente, tomaron parte activa en la lucha, fue más bien del lado de la contrarrevolución, hecho que no debe sorprender en España, «ese almacén de antiguas costumbres, ese depósito de todo lo que en otras partes ha sido olvidado y dejado atrás», un país donde, durante la guerra de la independencia, se veía a campesinos usando espuelas tomadas de la armería de la Alhambra y armados con alabardas y picas de curiosa y antigua factura, que habían sido empuñadas en las guerras del siglo XV. Además, era un rasgo peculiar de España que todo campesino que tuviera un blasón nobiliario esculpido en piedra sobre la puerta de su miserable cabaña se consideraba noble, y que así la gente del campo, en general, aunque pobre y despojada, nunca gimió bajo esa conciencia de degradación abyecta que los exasperaba en el resto de la Europa feudal. Que el partido revolucionario no supo vincular los intereses del campesinado al movimiento urbano, lo confiesan dos hombres, ambos actores principales de la Revolución: el general Morillo y San Miguel. Morillo, a quien no cabe sospechar de simpatías revolucionarias, escribía desde Galicia al duque de Angulema:

«Si las Cortes hubieran sancionado el proyecto de ley sobre los derechos señoriales, despojando así a los grandes de sus propiedades en favor de la multitud, Vuestra Alteza habría encontrado ejércitos numerosos, patrióticos y formidables, que se habrían organizado por sí mismos como lo hicieron en Francia en circunstancias semejantes».

Por su parte, San Miguel (véase su *Guerra Civil de España*, Madrid, 1836) nos dice:

«El mayor error de los liberales consistió en no haber considerado que la inmensa mayoría de la nación era indiferente u hostil a las nuevas leyes. Los numerosos decretos promulgados por las Cortes con miras a mejorar la condición material del pueblo no pudieron producir resultados tan inmediatos como las circunstancias requerían. Ni la abolición de la mitad de los diezmos, ni la venta de las tierras monásticas, contribuyeron a mejorar la condición material de las clases agrícolas inferiores. La última medida, por el contrario, al arrojar la tierra de las manos de los monjes indulgentes a las de los capitalistas calculadores, empeoró la situación de los antiguos arrendatarios al imponérseles rentas más altas, de modo que la superstición de esta numerosa clase, ya herida por la enajenación del patrimonio santificado, se vio exacerbada por las sugestiones de los intereses materiales».

La población urbana revolucionaria, así enajenada de la masa de la nación, se vio forzada, en su lucha con los grandes, el clero rural, el poder monástico y la corona que representaba todos estos elementos anticuados de la sociedad, a depender por completo del ejército y de sus jefes. La posición misma así usurpada por el ejército en el campo revolucionario, unida a su aislamiento de las masas, lo convirtió en un instrumento peligroso para las manos que lo empuñaban, pero inofensivo para el enemigo al que debía herir. Finalmente, el rango superior de la clase media, los llamados moderados, se tornaron pronto tibios y luego traidores a la causa de la Revolución, arrullándose con la esperanza de establecer su dominio mediante una intervención francesa, y gozar así los frutos de una nueva sociedad sin esfuerzo y sin permitir que los plebeyos participaran en ellos.

El resultado positivo de la Revolución de 1820-1823 no se limitó a la gran fermentación que expandió las mentes y renovó el carácter de algunas grandes clases de la nación. La segunda restauración,\ en la que los elementos anticuados de la sociedad asumieron formas tales que se hicieron insoportables e incompatibles con la existencia nacional de España, fue a su vez un producto de la Revolución. Su principal obra fue aguzar el antagonismo hasta el punto de hacer imposible todo compromiso e inevitable una guerra a muerte. Según el propio lord Liverpool, jamás un cambio político extenso se había realizado con menos violencia o derramamiento de sangre que la Revolución Española durante 1820-1823.\* Cuando contemplamos, por tanto, la guerra civil de 1833-1843 \*” exterminando a sangre y fuego los elementos anticuados de la sociedad española,\*” y deshonrándose con actos de canibalismo, no debemos atribuir la inexorabilidad salvaje de aquella época al carácter peculiar de la raza española, sino a la misma fuerza de las circunstancias que impuso a Francia el reinado del terror. Mientras que los franceses centralizaron y, por tanto, abreviaron el reinado del terror, los españoles, fieles a sus tradiciones, descentralizaron y, en consecuencia, lo prolongaron. Conforme a la tradición española, el partido revolucionario no era probable que resultara vencedor subvirtiendo el trono. Para ellos, para triunfar, la Revolución misma debía aparecer como competidora por el trono. La lucha de las dos sociedades debía asumir la forma de una lucha de intereses dinásticos opuestos. La España del siglo XIX hizo su revolución con facilidad cuando se le permitió darle la forma de las guerras civiles del siglo XIV. Fue Fernando VII quien dio a la Revolución un nombre real —el de Isabel—, mientras aliaba a la contrarrevolución al Don Quijote del Auto de Fe, Don Carlos. Fernando VII se mantuvo fiel a su carácter hasta el [fin].‘ Si durante toda su vida había engañado a los liberales con falsas promesas, ¿no había de complacerse en el juego [cuando eng]añaba a los serviles en su lecho de muerte? \*” En cuanto a asuntos religiosos, siempre había sido un escéptico. Era incapaz de [con]vencerse de que alguien —incluso el Espíritu Santo— pudiera ser tan tonto como para decir la verdad.

\* El decreto de Fernando VII contra los masones, etc., se adoptó el 12 de octubre de 1824. — Ed.