1853         1854
                                      £            £
Manufactura de algodón ......... 23.757.155   22.877.050
Hilado de algodón ..............  6.322.639    6.055.640
Manufactura de lino ............  4.379.732    3.735.221
Artículos de seda ..............  1.069.812      852.763
Manufactura de lana ............  9.470.413    8.566.723
Manufactura de seda ............  1.492.785    1.144.506
Exportación de maquinaria ......  1.368.027    1.271.503

En los informes comerciales se intenta, por supuesto, culpar a la guerra de la crisis de 1854, así como se culpó a la revolución de 1848 de una crisis que ya había estallado en 1847. Sin embargo, esta vez incluso el London Economist —el cual, por principio, tiende a explicar todas las crisis como debidas a circunstancias accidentales, ajenas al comercio y la industria— se ha visto obligado a admitir que los infortunios y las pérdidas comerciales de 1854 son el comienzo de una reacción natural contra la «prósperidad convulsiva» de 1853. En otras palabras, el ciclo comercial ha alcanzado de nuevo el punto en que la sobreproducción y la sobreespeculación se convierten en crisis. La prueba más eficaz: los Estados Unidos de Norteamérica, a los cuales la guerra oriental solo afectó en la medida en que dio un impulso inaudito a la construcción naval y al comercio marítimo, y creó mercados para muchos productos en bruto americanos que antes suministraba exclusivamente Rusia. En los Estados Unidos la crisis dura ya más de cuatro meses y sigue creciendo incesantemente, aunque ya han quebrado 109 de los 4.208 bancos, o sea alrededor del 2½ por ciento; más aún, ha habido tal estancamiento de la industria unido a una depresión tal de los salarios en los estados industriales del Este, que el mes pasado más de 4.000 inmigrantes europeos «emigraron de vuelta» a Europa. La crisis americana de 1837 siguió a la crisis británica de 1836. Esta vez el curso se invierte. América ha tomado la iniciativa en materia de quiebras. Los Estados Unidos y Australia están igualmente inundados de productos británicos. Cuán importante es esto para el comercio británico se desprende del hecho de que, de los aproximadamente 100 millones de libras esterlinas que Gran Bretaña exportó en forma de mercancías en 1853, 25 millones fueron a los Estados Unidos y 15 millones a Australia. Después de los Estados Unidos y Australia, las Indias Orientales eran el mercado de exportación más importante. Sin embargo, ya en 1852 las Indias Orientales estaban tan saturadas que solo mediante una expansión enteramente nueva del comercio a través del Punjab y el Sind hacia Bujara, Afganistán y Beluchistán, y de allí, por una parte, hacia Asia Central, y por otra, hacia Persia, podían mantenerse con dificultad las exportaciones al antiguo nivel de 8 millones de libras. Ahora incluso en esas regiones todos los mercados están tan congestionados que, hace poco, se enviaron mercancías de Indostán a Australia, «llevando carbón a Newcastle». El único mercado que, debido a la guerra oriental, se abasteció durante algún tiempo «con cautela» fue el mercado levantino. Sin embargo, es un secreto a voces en la City que, desde que la crisis en los Estados Unidos y el estancamiento en Australia obligaron al mundo comercial a buscar con ansiedad cualquier mercado aún no saturado, Constantinopla se ha convertido en el almacén de todas las mercancías que necesitan compradores, y también ella debe considerarse ahora como «cerrada». De modo similar, el movimiento más reciente en España se ha utilizado para introducir de contrabando tanta mercancía británica como el país puede contener. El último intento de este tipo se está haciendo ahora en los países sudamericanos, cuya reducidísima capacidad de consumo no necesita demostración.

Dada la importancia vital de la crisis británica para el estado social y político del mundo entero, será necesario volver con mayor extensión y más detalle a la historia del comercio británico antes de 1854.

II

Londres, 9 de enero. El aumento del comercio y de la industria británicos en el período de 1849 a 1853 puede juzgarse por las siguientes cifras. En 1846, el tonelaje de los buques que transportaban mercancías desde y hacia los puertos marítimos británicos ascendía a 9.499.000 toneladas; en 1850 había aumentado a 12.020.000 toneladas, y en 1853 a nada menos que 15.381.000, exactamente el doble del tonelaje de 1843. En 1846, el valor de los productos manufacturados y las materias primas británicos exportados fue de 57.786.000 libras esterlinas; en 1850, 71.367.000, y en 1853, más de 98.000.000, es decir, más del doble de las exportaciones totales de 1842. ¿Qué papel desempeñan los Estados Unidos de Norteamérica y Australia en este aumento de las exportaciones? En 1842, el valor de las exportaciones británicas a Australia ascendía a menos de 1 millón de libras; en 1850 alcanzaron casi tres millones, y en 1853 nada menos que 14.513.000 libras. En 1842, las exportaciones a los Estados Unidos ascendieron a 3.582.000 libras; en 1850, a casi 15 millones, y en 1853, a no menos de 23.658.000 libras.

De estas cifras se desprende, ante todo, que el año 1854 representa un punto de inflexión en la historia del comercio moderno, análogo a los años 1825, 1836 y 1847; en segundo lugar, que la crisis en los Estados Unidos no es más que un factor de la crisis británica, y por último, que la guerra de 1854 —llamada, con gran acierto, une guerre pacifique por el Pays, Journal de l’Empire— no ha ejercido influencia alguna sobre esta catástrofe social, y si alguna ha ejercido, ha sido restrictiva e inhibidora. Algunas ramas industriales, por ejemplo, la fabricación de artículos de cuero, hierro y lana, así como la construcción naval, se han visto realmente favorecidas por la demanda creada por la guerra. Por un corto tiempo, la consternación causada por una declaración de guerra tras cuarenta años de paz paralizó el vuelo de la especulación. Los empréstitos de diversos países europeos provocados por la guerra mantuvieron las tasas de interés a un nivel que impidió empresas industriales temerarias, retardando así la crisis. Sin embargo, dice la Peace Society, ¿no ha elevado la guerra los precios del trigo? ¿No equivale la subida de los precios del trigo a una disminución del comercio interior, es decir, del consumo británico de productos industriales? ¿Y no es esta contracción del mercado interior el elemento principal de la crisis? — Para empezar, hay que recordar que el año de mayor prosperidad británica —1853— fue un año de altos precios del trigo, y que los precios del trigo de 1854 se sitúan, en promedio, por debajo de los de 1853, de modo que ni la prosperidad de 1853 ni los síntomas de crisis de 1854 pueden explicarse por el nivel de los precios del trigo. Sin embargo, dejando de lado por el momento la influencia de los precios del trigo sobre la industria: ¿qué influencia ha tenido la guerra sobre los precios del trigo? En otras palabras: ¿han subido los precios del trigo porque han disminuido los suministros de Rusia? Del total de trigo y harina que importa Gran Bretaña, la participación de Rusia es de alrededor del 19 por ciento, y como las importaciones totales satisfacen solo alrededor del 20 por ciento del consumo nacional, Rusia suministra alrededor del 2½ por ciento del consumo nacional. El último informe oficial sobre las importaciones comparativas de trigo y harina de diferentes continentes y países a Gran Bretaña se publicó a principios de noviembre de 1854, ofreciendo un cuadro comparativo de los primeros nueve meses de 1853 y 1854. Según este, en 1853 las importaciones totales de trigo ascendieron a 3.770.921 quarters, de los cuales 773.507 procedían de Rusia y 209.000 quarters de Moldavia y Valaquia. Las importaciones totales de harina ascendieron a 3.800.746 quintales, de los cuales Rusia suministró 64 y los Principados Danubianos ninguno en absoluto. En el año de guerra 1854, Gran Bretaña recibió 505.000 quarters de trigo de Rusia y 118.000 quarters de Moldavia y Valaquia. Nadie pretendería afirmar que esta reducción (que, por lo demás, fue compensada por mayores importaciones de harina de otros países) haya empujado los precios de la excelente cosecha de 1854 aproximadamente al nivel de los malos años 1852 y 1853. Al contrario. Incluso una cesación total de las importaciones de cereales rusos no habría tenido ese efecto. Lo que sigue siendo enigmático —aunque carente de importancia en lo que respecta a la cuestión económica— es la reducción de los suministros de los Principados Danubianos. La solución del enigma es sencilla. Aunque nominalmente la Coalición ha bloqueado los puertos rusos del mar Negro, en realidad ha bloqueado primero el Bósforo y después la desembocadura del Danubio; en lugar de a Rusia, bloqueó a Turquía y a los Principados Danubianos. Las cruzadas rusas contra la Media Luna —de 1812, 1828, 1848 (en ese momento supuestamente contra los rebeldes de Jassy y Bucarest) y 1854— estuvieron, como todo el mundo sabe, determinadas en parte por la competencia comercial de las provincias del sur de Rusia contra los Principados Danubianos y, de paso, contra el comercio danubiano de Bosnia, Serbia y Bulgaria. ¡Qué golpe de genio, por tanto, por parte de un ministerio inglés castigar a Rusia dejando libre su comercio en Odesa y Taganrog, pero suprimiendo, bloqueando el comercio de los competidores de Rusia en el Danubio, cortando así sus propios [es decir, los de Inglaterra] suministros!

III

Londres, 16 de enero. En referencia a la presente crisis en el comercio y la industria, el London Economist observa:

«Cualquiera que sea la disminución en la exportación de otros artículos, no la hay en la maquinaria. El valor en 1854 supera al valor en 1853. Por tanto, otros países están poniendo en uso ahora nuestra maquinaria. Ya no tenemos ventaja alguna de este tipo sobre ellos. Francia, Alemania, Bélgica, Holanda, Suiza y los Estados Unidos son todos ahora grandes países manufactureros; y algunos de ellos nos llevan ventaja. Tenemos una carrera que correr, y no podemos tener éxito si nos atamos las piernas. [...] La experiencia ha convencido a todos de que las restricciones impuestas en beneficio del terrateniente lo perjudicaron, que las restricciones impuestas en beneficio de los patronos manufactureros los perjudicaron; y en su momento los obreros fabriles descubrirán que la restricción impuesta en su beneficio los perjudicará. Sin embargo, es de esperar que lo descubran antes de que los países antes mencionados hayan hecho tales progresos que desplacen a Inglaterra en sus propios mercados y en los terceros mercados, y hayan reducido a los obreros fabriles a la indigencia.»

El señor Wilson, redactor de The Economist y factótum en el Ministerio de Hacienda del ungido y untuoso señor Gladstone, apóstol de la libertad y cazador de puestos a la vez, un hombre que en uno ...

una columna de su periódico niega la necesidad del Estado en general
y en otra demuestra lo indispensable del gobierno de coalición
en particular —el señor Wilson, entonces, comienza su homilía
con un hecho deliberadamente falseado. Los cuadros de exportación de 1854*
contienen dos columnas sobre la exportación de maquinaria. La primera,
relativa a las locomotoras de ferrocarril, muestra que en 1853 las exportaciones
ascendieron a 443.254 libras esterlinas, y en 1854 a 525.702, lo que
es sin duda un incremento de 82.448 libras. La segunda columna, en cambio,
que incluye todas las máquinas utilizadas en las fábricas, esto es, toda clase
de maquinaria excepto locomotoras, muestra 1.368.027 libras en 1853, frente
a 1.271.503 en 1854, o sea una disminución de 96.524 libras. Sumando ambas
columnas, revelan una disminución de 14.076 libras. Este detalle es característico
de los señores de la escuela de Manchester. Consideran el momento actual
oportuno para la abolición de las «restricciones» que benefician a los trabajadores
industriales, es decir, la limitación legal de la jornada laboral de los jóvenes
menores de 18 años, de las mujeres y de los niños menores de 12. Para
alcanzar tan elevado propósito, sin duda ha de permitirse la falsificación de
algunas cifras. Pero, según el Manchester Examiner, órgano especial del cuáquero
Bright, y según toda circular comercial de los distritos fabriles, los mercados
extranjeros, esos tradicionales desagües de nuestros excedentes manufactureros,
gimen bajo el peso de nuestra sobreproducción y sobreespeculación.

Si semejante hartazgo del mercado mundial se ha alcanzado a pesar de
la improvisación de dos nuevos mercados auríferos —Australia y California—,
a pesar del telégrafo eléctrico que ha transformado a toda Europa en una
gran bolsa de mercancías, a pesar de ferrocarriles y barcos de vapor que han
mejorado las comunicaciones, y por tanto el comercio, en un grado increíble,
¿cuánto habría tardado en llegar la crisis si al fabricante le hubiera estado
permitido ordenar a sus obreros trabajar dieciocho horas en lugar de once?
El problema aritmético es demasiado simple para requerir solución. Sin embargo,
la aceleración relativa de la crisis no habría sido la única diferencia. Toda
una generación de obreros habría perdido el 50 por ciento de su fuerza física,
su desarrollo espiritual y su vitalidad. ¡La misma escuela de Manchester que
responderá a nuestros recelos con las palabras:

[por qué] esta miseria nos ha de causar miseria,

6 de enero de 1855.— Ed.

ensordece a Inglaterra con lamentos sentimentales acerca del sacrificio humano
que es el precio de su guerra con Rusia, el precio de toda guerra!
Dentro de pocos días oiremos al señor Cobden en Leeds, protestando contra
la matanza mutua de cristianos. Dentro de pocas semanas le oiremos en el
Parlamento, protestando contra las «restricciones» que impiden el demasiado
rápido consumo de seres humanos en las fábricas. ¿Acaso, entre todas las hazañas
heroicas, considera justificada tan sólo una, la de Herodes?

Coincidimos con la escuela de Manchester en que las restricciones legales
obligatorias de la jornada laboral no indican precisamente un alto nivel de
desarrollo social. Pero la culpa no la encontramos en las leyes, sino en las
condiciones que las hacen necesarias.

IV

Londres, 22 de enero. Es bien sabido que el Ministro de Hacienda,
Mr. Robinson, abrió el Parlamento de 1825 con un ditirambo sobre el auge
sin precedentes del comercio y la industria.*
Algunas semanas más tarde, el Banco de Inglaterra estaba a punto de
suspender los pagos al contado. Desde entonces, a Mr. Robinson le quedó
el apodo de «Prosperity»-Robinson, que le puso Cobbett. Como los ingleses
son aficionados a los precedentes históricos, era inevitable que Prosperity-
Robinson tuviera sucesores. El Discurso de la Reina que inauguró la última
sesión extraordinaria del Parlamento,°
felicitó al país por el excepcional estado de prosperidad en la agricultura, la
manufactura y el comercio. Y, sin embargo, para entonces ya hasta la apariencia
de prosperidad que hubiera podido engañar a Mr. Robinson había desaparecido.
Las felicitaciones ministeriales parecen formar parte del ceremonial
con el que, en Inglaterra, se anuncian adecuadamente los desastres que afectan
al mercado mundial. Aún más extraño que el lenguaje de los ministros es el
silencio de la prensa en este momento. ¿Acaso cree que podrá acallar la crisis
comercial, de la misma manera que en los cenáculos literarios de París se
acallan los libros impopulares —mediante una conspiración de silencio?
Sin embargo, las listas de precios hablan, las listas de quiebras en la Gazette
hablan, y las cartas de los «amigos del negocio» hablan. Pronto, también
los periódicos hablarán. La semana pasada se produjeron en la City suspensiones
de pagos muy significativas, entre las más importantes la de los señores
Lonergan & Co., en el comercio con España y las Indias Occidentales; la
de los señores Rogers, Lowrey, que comerciaban con Manchester y los distritos
fabriles circundantes; la de los señores Kotherington & Co., en el comercio
americano; y finalmente la de los hermanos Auberten, una firma antigua y
respetada. Se dice que el pasivo de estas diversas firmas asciende a un promedio
de 100.000 a 150.000 libras esterlinas. Para esta semana se esperan nuevas
suspensiones de pagos de al menos siete importantes firmas de la City.

De una carta comercial del 20 de enero, procedente de Birmingham, hemos
extractado los siguientes detalles sobre la situación de la industria en el Sur
de Staffordshire:

«Con la excepción de las firmas de fabricación de hierro que están produciendo
materiales de guerra para el Gobierno, muy pocas tienen pedido alguno, y los
que tienen se realizan a precios sumamente reducidos. En la actualidad, con
8 libras y 10 chelines se compra una tonelada de hierro en barras, que a mediados
del verano se cotizaba a 12 libras; pero incluso a estos precios reducidos
apenas es posible realizar ventas, por lo que la producción tiene que restringirse.
Pocos son los intereses importantes de los Estados Unidos de Norteamérica
que hayan sufrido más a causa de la crisis comercial allí que la industria pesada.
Casi todas las grandes ferrerías de los Estados Unidos, en las que se han invertido
sumas enormes, han echado a sus obreros a la calle sin posibilidad alguna
de una pronta recontratación. Por tanto, el consumo de hierro de América
debe considerarse casi completamente suspendido, y no podemos esperar más
pedidos de allí.

»El sábado pasado, muchos obreros de las fábricas de hojalata» (de Birmingham)
«fueron despedidos y muchos más lo serán esta noche» (20 de enero).
»Los obreros del mineral y del latón no están en mejor situación, ya que la
mayoría de las grandes fábricas de aquí trabajan a jornada reducida.

»Los pedidos en cartera de artículos de moda son muy escasos, y los viajantes
de comercio que buscan pedidos de primavera en este ramo envían a casa
informes muy desalentadores.

»La situación del mercado monetario sigue teniendo un efecto perturbador
en todos los ramos del comercio. Los bancos están elevando su tipo de interés
de un modo sumamente perjudicial, y en este momento sólo un negocio marcha
bien: el del prestamista. Los clientes acuden en masa a las pequeñas casas
de empeño, y las casas de descuento están cosechando una rica cosecha.»

Karl Marx

Londres, 9 de enero. El telegrama de Viena* sobre la aceptación de los
Cuatro Puntos*'* por parte de Rusia produjo, por una parte, un alza de los
consols en la Bolsa de Londres —por un momento [estuvieron] 2½ por ciento
por encima de la cotización del sábado**—; por otra parte, un verdadero pánico
en los mercados de sebo, aceite y semillas, donde una pronta conclusión de la
paz sería la señal de quiebras en gran escala. Hoy la excitación entre los hombres
de la City ha disminuido y, con bastante acuerdo, consideran las negociaciones
sobre los Cuatro Puntos como una segunda edición de las negociaciones
sobre la «Nota de Viena».*'? Según el ministerilísimo Morning Chronicle, era
prematuro hablar de una aceptación efectiva por parte de Rusia de las garantías
exigidas.° Rusia no había hecho sino declararse dispuesta a negociar
sobre la base de ellas, según la interpretación conjunta de las tres potencias.
The Times cree que se puede celebrar legítimamente una victoria de la política
occidental y declara en esta ocasión:

«No podemos rechazar con suficiente fuerza la suposición, [...] de que esta
guerra vaya a traer lo que se llama una revisión del mapa de Europa, mediante
conquistas o revoluciones en las que este país, al menos, no tiene ningún
interés.»°

«Los Aliados —dice The Morning Post— han hecho lo suficiente como para poder
retirarse del teatro de la guerra con honor, si se aceptan sus condiciones.»©

Según The Daily News, al reanudar las negociaciones Rusia se propone
fortalecer la convicción de Prusia en su moderación, sembrar la discordia entre
las potencias alemanas y aflojar la relación entre las potencias occidentales
y Austria. El único aspecto importante de los Cuatro Puntos era la cláusula
adicional, según la cual el Acuerdo de los Dardanelos del 13 de julio de 1841
debía revisarse «en el sentido de una limitación del poderío naval ruso en el
Mar Negro». Se rumoreaba en la City que el Ministerio estaba dispuesto a
dejar caer esta cláusula adicional. Por último, The Morning Advertiser declara
que el paso definitivo de Rusia había sido acordado con Austria con el fin
de dar a ésta la oportunidad de librarse de sus obligaciones frente a las potencias
occidentales. Según un despacho recién llegado, se ha estipulado que las
negociaciones no deben interrumpir las operaciones bélicas.

II

Londres, 12 de enero. La aceptación incondicional de los «Cuatro Puntos»
—es decir, de los «Cuatro» Puntos en el sentido de las «tres» potencias—
por parte de Rusia ha resultado ser una mistificación* de The Morning Post
y The Times. Tanto más inclinados estábamos a creer en la mistificación,
cuanto que sabemos por los despachos secretos** de Pozzo di Borgo (que,
sin embargo, se conocieron a raíz de la insurrección de Varsovia) que este
maestro de la diplomacia ha sentado el principio de que «en todos los casos
de conflicto Rusia debe inducir a las grandes potencias europeas a imponerle
sus propias condiciones».

Y en los «Cuatro» Puntos no podemos ver más que «cuatro» puntos rusos.
Si Rusia, por el momento, no los acepta, encontraremos la explicación una
vez más en el maestro Pozzo di Borgo. Rusia, declara, no debe hacer tales
concesiones aparentes a Occidente sino desde un campamento militar victorioso.*'’
Ello sería necesario para mantener el «prestigio» en que se basaba
su poder. Y hasta ahora, Rusia, ciertamente, tiene un «campamento militar»,
pero aún no ha logrado obtener la «victoria». Si Silistria hubiera caído, los
«Cuatro Puntos» se habrían establecido hace mucho tiempo. Según The Times
y The Morning Post,* los «Cuatro Puntos» en el sentido de las «tres potencias»
habían sido adoptados como base de negociaciones a fin de partir de
ellos como un mínimo. Ahora resulta que el príncipe Gorchakov los ve como
un máximo problemático desde el cual regatear, o que en realidad están
destinados tan sólo a proporcionar un pretexto para otra «Conferencia de
Viena». Hoy, The Morning Post, en un editorial engreído, diplomáticamente
oracular,* confía en que las reuniones preliminares de los diplomáticos en
Viena no son sino un preludio de la conferencia propiamente dicha, la cual
no se reunirá hasta el 1 de febrero y que no dejará de sorprender al mundo
en mayor o menor grado.

Ayer se exhibió en Lloyd’s el siguiente anuncio del Almirantazgo**:

«En relación con el último párrafo de mi carta del 8 de noviembre» (1854), «en el que se decía que los almirantes francés e inglés en el Mar Negro han recibido órdenes de sus respectivos gobiernos de extender el bloqueo de las bocas del Danubio a todos los puertos del Mar Negro y del Mar de Azov que aún permanecen en posesión del enemigo, se me ha ordenado por parte de mis Lores Comisionados del Almirantazgo que os comunique, para que se haga saber a la comunidad mercantil, que los gobiernos de Inglaterra y Francia han decidido además que el bloqueo en cuestión tendrá lugar a partir del 1 de febrero» (1855) «y que se dará el debido aviso en la London Gazette del bloqueo de los puertos particulares tan pronto como se haya efectuado.

»Quedo, etc.
»W. A. B. Hamilton»".

He aquí, pues, que se admite abiertamente que hasta ahora las flotas aliadas sólo han bloqueado a sus propios aliados en el estuario del Danubio, pero no los puertos rusos ni en el Mar Negro ni en el Mar de Azov. No obstante, el Ministerio ha declarado repetidamente en el Parlamento —en abril, agosto y octubre— que había impartido las "órdenes más estrictas" para el bloqueo de los puertos y costas rusos. Tan tarde como el 21 de diciembre, Lord Granville, en nombre del Ministerio, anunció a la Cámara de los Lores que

«Odesa estaba bloqueada por cinco buques de guerra que han estado constantemente de crucero frente a [Odesa]; se han enviado informes constantemente a [Su Majestad] gobierno...».

En una carta dirigida a un diario, un conocido panfletista inglés resume del siguiente modo las consecuencias de las medidas de bloqueo tomadas, o más bien no tomadas, por la Coalición:

«The Times, núm. 21948, 11 de enero de 1855.— Ed.
»Intervención de G. Granville en la Cámara de los Lores el 21 de diciembre de 1854. The Times, núm. 21934, 22 de diciembre de 1854.— Ed.
»(1) El gobierno inglés suministra al enemigo de Inglaterra dinero desde Inglaterra para que el enemigo pueda continuar la guerra contra ella. (2) Se bloquea el Danubio para empobrecer a los Principados y cortar nuestros propios suministros de trigo. (3) Odesa, Taganrog, Kerch, etc., quedan sin ser molestadas para que puedan suministrar refuerzos, municiones y provisiones a las tropas rusas en Crimea. (4) El bloqueo simulado está arruinando a nuestros comerciantes mientras enriquece a los comerciantes griegos, rusos y austriacos».

También The Times aprovecha la ocasión del anuncio del Sr. Hamilton para lanzar violentos ataques contra la «diplomacia de bloqueo» del Ministerio.* Es característico del Tronador de Printing House Square que sus truenos siempre se lancen post festum. Desde el 26 de marzo de 1854 hasta hoy, The Times ha defendido la «diplomacia de bloqueo». Hoy, cuando sus estruendos no obstruyen medida ministerial alguna pero bien pueden granjearle popularidad, se transforma de repente en clarividente.

El ministro de marina, o, como aquí se le llama, el Primer Lord del Almirantazgo, Sir James Graham, es suficientemente conocido en el Continente debido a aquella magnífica hazaña de gabinete negro que condujo a los hermanos Bandiera al cadalso.** Puede ser un hecho menos conocido que en 1844, cuando el Zar Nicolás desembarcó en la costa inglesa, Sir James Graham no se atrevió a estrechar la mano imperial que se le ofrecía, sino sólo a besarla. (Véase The Portfolio, segunda serie, 1844.°)

II]

Londres, 15 de enero. En cuanto al significado de los Cuatro Puntos:

«Nada puede hacerse en cuanto a nueva diplomacia hasta el primer día de febrero». (Hasta el 5 o 6 de febrero, dice el corresponsal vienés de The Times.) «Mientras tanto, el Zar dispone de un mes completo para mover sus fuerzas adonde quiera. [...] Un mes de tiempo ganado mediante la aceptación de los cuatro puntos puede alargarse a dos meses, disputando paso a paso los términos subsiguientes, como probablemente se le instruya al enviado de Rusia que haga; mientras que no es en absoluto improbable que se realicen denodados esfuerzos para atraer a Austria a contentarse con términos más limitados que aquellos que serían aceptables para Inglaterra y Francia. Dividir a las tres Potencias sería el objetivo obvio al que apuntar [...]».**

Así The Morning Post.
Más importante que el toma y daca de palabras en la prensa inglesa

* The Times, núm. 21949, 12 de enero de 1855, editorial.— Ed.
** The Morning Post, núm. 25284, 15 de enero de 1855, editorial.— Ed.

sobre las intenciones secretas de Rusia es su confesión abierta (con la excepción, por supuesto, de los órganos ministeriales) de que la base de las negociaciones, los Cuatro Puntos, no vale la pena negociarlos.

«Al Mundo, cuando comenzó la lucha, se le hizo creer arteramente», escribió The Sunday Times, «que el objeto a asegurar mediante ella era el desmembramiento del imperio ruso, o, al menos, arrancarle garantías materiales para la preservación de la paz de Europa. Para lograr cualquiera de estos fines nada se ha hecho, y nada se hará si la paz se concluye sobre la base de lo que se denominan los “Cuatro Puntos”. Si hay algún triunfo en el asunto, será un triunfo alcanzado por Rusia».*

«El Ministerio de todas las Incapacidades», dice The Leader, «no puede ir más allá de los Cuatro Puntos: bien puede pasar a la posteridad como el Ministerio de los Cuatro Puntos. No más de esta tediosa comedia de guerra sin propósito. [...] La paz sobre la base de los Cuatro Puntos sólo podría concluirse porque “temen que en el tumulto de la guerra, los pueblos se vuelvan demasiado importantes [...] y posiblemente para impedir que los ingleses recuperen aquellos derechos que Cromwell ganó para ellos. [...] Esa podría ser la motivación para remendar la conspiración con Rusia, y para restaurarle el permiso de renovar sus incursiones sobre Europa al amparo de una bandera de tregua”».

The Examiner, que ocupa incontestablemente el primer puesto entre los semanarios de la clase media, trae un relato detallado de la «base» de las negociaciones de paz, cuyos puntos esenciales se resumen a continuación.

«Si tales concesiones, como las que incluso la construcción más rígida de los Cuatro Puntos puede por sí sola implicar, han de considerarse como equivalentes de todo el tesoro que se ha derrochado y toda la sangre que han derramado los ingleses en esta contienda, entonces el Emperador de Rusia» al iniciar esta guerra ha demostrado ser un gran estadista... «A ella [Rusia] ni siquiera se la va a multar con la abultada suma que anualmente recibe de nosotros por no observar el tratado de Viena. La boca del Danubio, que, según la correspondencia recientemente publicada, ella se había esforzado con el mayor empeño en cerrar al comercio inglés, quedará en sus manos. Este último punto [...] equivaldría sencillamente en la práctica al statu quo, pues Rusia jamás negó que las disposiciones relativas a la navegación de los ríos que se contienen en el tratado fueran aplicables al Danubio». La abrogación de los tratados de Kainardji y Adrianópolis «es de poca importancia, pues lo cierto es que dichos tratados no justifican las pretensiones que Rusia ha planteado a Turquía; «y cuando consideramos que Rusia será una de las cinco potencias que ejercerán un protectorado conjunto sobre los Principados y los súbditos cristianos del Sultán... creemos que los beneficios que se esperan del cambio resultarán por completo ilusorios, al tiempo que vendrá acompañado de la enorme desventaja de otorgar carácter legal a las maquinaciones de Rusia para el desmembramiento de Turquía. [...] Por supuesto se nos recordará que los Cuatro Puntos incluyen estipulaciones para una revisión del Tratado de 1841 en interés del equilibrio de poder. La expresión es lo bastante vaga y misteriosa, y no estamos en absoluto satisfechos, a tenor de indicios recientes, de que

* The Sunday Times, núm. 1684, 14 de enero de 1855.— Ed.
13 de enero de 1855.— Ed.

el cambio que se contempla bajo ella no pueda ser mucho más amenazante para la independencia de nuestro aliado» (Turquía) «que para la predominancia de nuestro enemigo... Habríamos rechazado como absolutamente increíble cualquier posibilidad como la que suponemos se halla ahora en discusión en Viena, de no ser por aquel discurso de Lord John, en respuesta al Sr. Cobden, en el sentido de que el Gobierno no deseaba privar a Rusia de ninguno de sus territorios».*

Este último punto es en efecto crucial, ya que, por ejemplo, incluso la libertad de navegación en el Danubio sólo podría asegurarse si Rusia perdiera el «territorio» en los estuarios del Danubio del que se apoderó, en parte por el Tratado de Adrianópolis, en violación del Tratado de Londres de 1827, y en parte por un ukase de febrero de 1836, en violación del Tratado de Adrianópolis. El punto que The Examiner omite enfatizar se refiere al Tratado de los Dardanelos de 1841. Este tratado difiere del tratado concluido por Lord Palmerston en 1840** únicamente en la medida en que Francia se adhirió como parte contratante. Los contenidos son idénticos. Hace sólo unos meses, Lord Palmerston declaró que el Tratado de 1840, y por tanto también el Tratado de los Dardanelos de 1841, era una victoria de Gran Bretaña sobre Rusia, y a sí mismo como el artífice de dicho tratado. ¿Por qué, entonces, la cancelación de un tratado que fue una victoria de Gran Bretaña sobre Rusia se convertiría de repente en una derrota de Rusia por Gran Bretaña? O, si en aquel momento Gran Bretaña fue engañada por sus propios Ministros, creyendo estar actuando contra Rusia, cuando, de hecho, actuaba a favor de ella, ¿por qué no ahora? Disraeli, durante
Por los extractos anteriores puede verse que ha encontrado eco en la prensa liberal. La sorpresa ante el hecho de que Rusia haya aceptado los Cuatro Puntos, con reservas o sin ellas, está empezando a ceder paso a la sorpresa ante el hecho de que Gran Bretaña los haya sugerido.