No puede por menos de sorprender a nuestros lectores el espíritu novedoso que respira la información procedente del teatro de la guerra en Crimea, recibida ayer por el Báltico y publicada en nuestras columnas esta mañana. Hasta ahora, una confianza desmedida y arrogante ha caracterizado los comentarios de la prensa británica y los informes de los corresponsales británicos y franceses sobre los movimientos y las perspectivas de la guerra. Pero ahora esa confianza ha dado paso a un sentimiento de ansiedad e incluso de alarma. Se reconoce por todas partes que no existe tal superioridad por parte de los ejércitos aliados sobre sus antagonistas como la que se pretendía. Que Sebastopol es más fuerte, Ménshikov un general más hábil y su ejército mucho más formidable de lo que se suponía, y que, en lugar de una victoria segura y decisiva, franceses e ingleses se hallan ahora expuestos a un posible fracaso y deshonra. Tal es el sentimiento expresado por nuestro corresponsal en Liverpool, él mismo inglés, sensible a todos los impulsos y prejuicios patrióticos de su país; y este sentimiento se manifiesta igualmente en la acción enérgica de los gobiernos francés e inglés. Se hacen esfuerzos desesperados para hacer llegar refuerzos a Sebastopol a toda prisa; el Reino Unido es drenado de su último soldado; muchos barcos de vapor son requisados como transportes, y 50.000 soldados franceses son enviados adelante, todo con la esperanza de llegar al escenario de la acción antes de que sea demasiado tarde para tomar parte en la lucha final y decisiva.

Publicamos el sábado una copiosa cantidad de documentos, relativos principalmente a las primeras fases del sitio y a la cooperación parcialmente eficaz, aunque desastrosa, de las flotas; y ahora añadimos los informes oficiales sobre el mortífero ataque de Liprandi contra los aliados cerca de Balaklava, con otros relatos del progreso subsiguiente de las operaciones, todos ellos, hay que decirlo, bastante desfavorables para los aliados. De un examen detenido de estos documentos concluimos que, si bien la posición es, como hemos afirmado con frecuencia, difícil y hasta precaria, no es tan grave como da a entender nuestro corresponsal de Liverpool. No creemos que corran peligro de un desastre peor que una retirada forzosa y un reembarque. Y, por otra parte, existe todavía la posibilidad de que tomen la ciudad mediante un asalto desesperado y sanguinario. Pero sea cual fuere el caso, la decisión, a nuestro juicio, deberá producirse mucho antes de que los refuerzos que salen de Francia e Inglaterra puedan alcanzar Crimea. La campaña se halla evidentemente cerca de su punto de viraje; los movimientos, los errores y las omisiones que han moldeado su carácter y engendrado sus resultados ya están hechos; poseemos información auténtica e indiscutible sobre los hechos principales; y, en consecuencia, nos proponemos reseñar de manera sucinta y breve el desarrollo de la contienda.

Está ya establecido que cuando los aliados desembarcaron en Old Fort, Ménshikov tenía bajo su mando en campaña sólo cuarenta y dos batallones y dos regimientos de caballería, además de algunos cosacos, mientras que Sebastopol estaba guarnecida por los infantes de marina y marineros de la flota. Estos cuarenta y dos batallones pertenecían a las Divisiones de Infantería 12.ª, 16.ª y 17.ª; y suponiendo que cada batallón tuviera su dotación completa de 700 hombres, había en total 29.400 infantes, con 2.000 húsares, los cosacos, artillería, zapadores y minadores, en total unos 32.000 hombres en campaña. Con ellos no podía oponerse al desembarco de los aliados, pues de hacerlo habría expuesto a sus tropas, sin una reserva suficiente, al fuego de las flotas aliadas. Un ejército poderoso, que pudiera permitirse sacrificar una parte de sus fuerzas, habría podido destacar un contingente para emprender una guerra de guerrillas, de sorpresas y ataques nocturnos contra los invasores durante el desembarco; pero los rusos, en este caso, necesitaban cada hombre para la gran batalla que se avecinaba; además, el soldado de infantería ruso es el individuo más torpe del mundo para las operaciones de guerra de guerrillas; su fuerte es la acción en columna en orden cerrado. En cuanto a los cosacos, por otra parte, su modo de hacer la guerra es demasiado pequeño y resulta eficaz sólo en proporción al aumento de las probabilidades de botín. Además, la campaña de Crimea parece demostrar que la regularización de los cosacos, llevada a cabo gradualmente en los últimos treinta años, ha quebrantado su espíritu individual de empresa y los ha reducido a una condición sumisa, en la que están echados a perder para el servicio irregular y aún no son aptos para el regular. Parecen incapaces ahora tanto para el servicio de avanzadas y destacamentos como para cargar contra un enemigo en línea. Los rusos, pues, estuvieron muy acertados al reservar cada sable y cada bayoneta para la batalla del Almá.

En las orillas de este río, los 32.000 rusos fueron atacados por 55.000 aliados. La proporción era casi de uno a dos. Cuando se habían empeñado unos 30.000 aliados, Ménshikov ordenó la retirada. De los rusos, hasta entonces, no se habían empeñado más de 20.000; un intento ulterior de mantener la posición habría convertido la retirada rusa en una derrota completa, pues habría exigido el empeño de toda la reserva rusa en la batalla. Quedando establecida fuera de toda duda la ventaja de los aliados, con su tremenda superioridad numérica, Ménshikov rompió la batalla, cubrió su retirada con sus reservas y, tras superar el primer desorden creado en su izquierda por el movimiento de flanqueo de Bosquet, se retiró sin ser perseguido ni molestado, "en orgulloso orden", del campo. Los aliados dicen que no tenían caballería para la persecución; pero como sabemos que los rusos no tenían más que dos regimientos de húsares —menos, en todo caso, que los aliados—, esta excusa carece de fundamento. Como en Zorndorf, en Eylau, en Borodinó, la infantería rusa, aunque batida, estuvo a la altura del carácter que les atribuyó el general Cathcart, que mandaba una división contra ellos y que los calificó de "¡incapaces de pánico!".

Pero si la infantería rusa se mantuvo fría e impertérrita, el propio Ménshikov fue presa del pánico. La gran fuerza numérica de los aliados, unida a su inesperada decisión e ímpetu en el ataque, desbarató, por un momento, sus planes. Abandonó la idea de retirarse al interior de Crimea y marchó al sur de Sebastopol, a fin de mantener la línea del Chernaya. Éste fue un gran e imperdonable error. Dominando, desde las alturas del Almá, toda la posición aliada, debía de haber podido calcular la fuerza de sus adversarios con un margen de 5.000 hombres. Debía de saber que, cualquiera que fuese su superioridad relativa sobre sus propias fuerzas, no eran lo bastante fuertes como para dejar un ejército vigilando Sebastopol mientras lo seguían al interior. Debía de saber que si los aliados le doblaban en número en la orilla del mar, él podría presentar dos contra uno en Simferópol. Y sin embargo marchó, como él mismo confiesa, al lado sur de Sebastopol. Pero, una vez efectuada esta retirada sin que los aliados lo molestaran, y después de que sus tropas hubieran descansado uno o dos días en las colinas detrás del Chernaya, Ménshikov decidió reparar su error. Lo hizo mediante un peligroso movimiento de flanco desde el Chernaya a Bajshiserái. Era contrario a una de las primeras reglas de la estrategia; sin embargo, prometía grandes resultados. Cuando se comete un error en la estrategia, rara vez se pueden superar sus consecuencias. La única cuestión es entonces si es menos desventajoso atenerse a ellas o superarlas mediante un segundo movimiento erróneo, pero intencionado. En este caso, creemos que Ménshikov tuvo toda la razón al arriesgar una marcha de flanqueo al alcance del enemigo, para salir de su posición absurdamente "concentrada" en torno a Sebastopol.

Pero en esta contienda entre mediocridades estratégicas y generales rutinarios, los movimientos de los ejércitos hostiles adoptaron formas hasta entonces desconocidas en la guerra. La afición a las marchas de flanqueo, como el cólera, fue epidémica en ambos campamentos. Al mismo tiempo que Ménshikov se decidía por una marcha de flanco desde Sebastopol a Bajshiserái, Saint-Arnaud y Raglan tuvieron la ocurrencia de moverse del Kacha a Balaklava. La retaguardia rusa y la vanguardia británica se encontraron en la granja de Mackenzie (llamada así por un escocés que más tarde fue almirante al servicio de Rusia) y, como era de esperar, la vanguardia derrotó a la retaguardia. Habiendo sido ya criticado en The Tribune el carácter estratégico general de la marcha de flanqueo de los aliados, no necesitamos volver ahora sobre ello.

El 2 o 3 de octubre Sebastopol fue cercado, y los aliados ocuparon precisamente la posición de la que Ménshikov acababa de librarse. Desde aquel momento comenzó el memorable sitio de Sebastopol, y con él una nueva era en la campaña. Hasta entonces, los aliados, por su incontestada superioridad, lo habían tenido todo a su favor. Sus flotas, dominando el mar, aseguraron el desembarco. Una vez en tierra, su superioridad numérica, y ciertamente también sus superiores cualidades para el asalto, aseguraron la victoria en el Almá. Pero ahora empezó a manifestarse el equilibrio de fuerzas que, tarde o temprano, ha de producirse en las operaciones alejadas de la base y en país enemigo. El ejército de Ménshikov, es cierto, no se mostraba aún; pero hizo necesaria la colocación de una reserva en el Chernaya, frente al este. De este modo, el ejército sitiador propiamente dicho quedó seriamente debilitado y reducido a un número no muy superior al de la guarnición.

La falta de energía, la falta de sistema, especialmente en la cooperación de los diferentes departamentos de las fuerzas terrestres y marítimas británicas, las dificultades del terreno y, sobre todo, un espíritu invencible de rutina, inherente, según parece, a los departamentos administrativos y científicos británicos, retrasaron el comienzo de las operaciones reales de sitio hasta el 9 de octubre. Por fin, ese día se abrieron las trincheras, a la enorme distancia de 1.500 a 2.500 yardas de las obras rusas. Tal cosa no se había visto ni oído en ningún sitio anterior. Prueba que los rusos estaban aún en condiciones de disputar el terreno en torno a la fortaleza hasta una distancia de al menos una milla; y de hecho lo mantuvieron hasta el 17. En la mañana de ese día, las obras de sitio estaban lo bastante adelantadas como para permitir a los aliados abrir el fuego. Probablemente esto se habría retrasado unos días más, ya que los aliados no se hallaban en modo alguno en condiciones de hacerlo con éxito aquel día, de no haber sido por la llegada de la gloriosa noticia de que toda Inglaterra y Francia se regocijaban por la toma de Sebastopol el 25 de octubre. Esta noticia, naturalmente, exasperó a los ejércitos y, para tranquilizarlos, hubo que abrir el fuego. Pero resulta que los aliados emplazaron 126 cañones contra 200 o 250. Ahora bien, el gran axioma de Vauban, que ha sido utilizado una y otra vez por los anglo-franceses para mantener tranquila a la opinión pública, a saber: “que un sitio es una operación de certeza y éxito matemáticos, una simple cuestión de tiempo, a menos que sea interrumpido desde fuera”. Este gran axioma se basa en aquel otro del mismo ingeniero: “que en un sitio el fuego del ataque puede hacerse superior al de la defensa”.

Ahora bien, aquí en Sebastopol, tenemos exactamente lo contrario: el fuego del ataque, una vez abierto, fue decididamente inferior al de la defensa. Las consecuencias se hicieron patentes muy pronto. En un par de horas, los rusos silenciaron el fuego de las baterías francesas y sostuvieron, durante todo el día, un combate casi igualado con los ingleses. Para crear una diversión, se emprendió un ataque naval. Pero no estuvo mejor dirigido ni fue más exitoso. Los buques franceses, atacando el Fuerte de la Cuarentena y el Fuerte Alejandro, apoyaron el ataque terrestre sobre estos fuertes; y, de no haber sido por su ayuda, no cabe duda de que los franceses habrían sido tratados con mucha mayor rudeza. Los buques ingleses atacaron el lado norte del puerto, incluyendo el Fuerte Constantino y la Batería del Telégrafo, así como una batería temporal construida al noreste de Constantino. Ese hombre cauteloso, el almirante Dundas, había ordenado a sus buques fondear a 1.200 yardas de los fuertes —es, evidentemente, un amigo del sistema de largo alcance—. Ahora bien, es un hecho establecido desde antiguo que, en un combate entre buques y baterías en tierra, los buques son derrotados a menos que puedan aproximarse a 200 yardas o menos de las baterías, de modo que su proyectil acierte a dar y con el mayor efecto. En consecuencia, Dundas hizo que sus buques fueran terriblemente cañoneados y habría sufrido una gloriosa derrota de no ser por Sir Edmund Lyons, quien, al parecer, casi en abierto desafío a las órdenes, situó tres navíos de línea tan cerca como le fue posible del Fuerte Constantino y le infligió algún daño a cambio del que él recibió. No obstante, dado que los partes de los almirantes británico y francés no han dicho aún una sola palabra sobre el daño efectivo infligido a los fuertes, tenemos que concluir que aquí, al igual que en Bomarsund, los fuertes costeros Montalembert y las baterías acasamatadas demostraron ser capaces de hacer frente al doble de su número en cañones a bordo. Esto es tanto más notable cuanto que ahora es bastante seguro que la mampostería expuesta de estos fuertes, como ya quedó parcialmente probado en Bomarsund, no puede soportar por más de veinticuatro horas el fuego de brecha de los pesados cañones navales, implantados en tierra.

Los franceses guardaron casi silencio durante un par de días después. Los ingleses, habiendo establecido sus baterías a una distancia mayor de las líneas rusas y montando calibres más pesados que sus aliados, estaban en condiciones de mantener su fuego y de silenciar la hilera superior de cañones en un reducto de mampostería. El ataque naval no se reanudó: la mejor prueba del respeto inspirado por los fuertes acasamatados. Los rusos hicieron una defensa que desengañó mucho a los conquistadores del Alma. Por cada cañón desmontado, se traía uno nuevo. Cada tronera destruida durante el día por el fuego enemigo era restaurada durante la noche. Obras de tierra contra obras de tierra, el combate fue casi igualado, hasta que se tomaron medidas para dar a los aliados la superioridad. La ridícula orden de Lord Raglan de “respetar la ciudad” fue revocada, y se inició un bombardeo que, por su efecto concéntrico sobre masas apiñadas de tropas, y por su naturaleza hostigadora, debe de haber causado un gran daño a la guarnición. Se enviaron, además, tiradores avanzados delante de las baterías, para eliminar, desde cualquier posición cubierta que pudieran hallar, a los artilleros rusos. Como en Bomarsund, el fusil Minié cumplió bien su cometido. En pocos días, entre los cañones pesados y los fusiles Minié, los artilleros rusos quedaron, en su mayoría, puestos fuera de combate. Igualmente, los marineros de la flota, la parte de la guarnición mejor instruida en el uso de los cañones pesados. Hubo entonces que recurrir al expediente habitual en las guarniciones sitiadas: se ordenó a la infantería servir los cañones, bajo la supervisión de los artilleros que quedaban. Pero su fuego, como puede imaginarse, resultó casi sin efecto, y así los sitiadores pudieron empujar sus trincheras cada vez más cerca de la plaza. Han abierto, se afirma, su tercera paralela a 300 yardas de las obras exteriores. Aún no sabemos qué baterías han erigido en esta tercera paralela; sólo podemos decir que una tercera paralela, en los sitios regulares, se hace siempre al pie del glacis de las obras atacadas, es decir, a unas 50 o 60 yardas del foso. Si esta distancia se ha excedido frente a Sebastopol, no podemos sino ver en este hecho una confirmación de una noticia contenida en varios periódicos británicos, a saber: que la irregularidad de las líneas de defensa, en lugar de ofrecer a los ingenieros británicos nuevo campo para sus capacidades inventivas, no ha hecho sino desconcertar a estos caballeros, que saben demoler, según el principio más aprobado, un frente bastionado regular, pero que parecen encontrarse en aprietos tan pronto como el enemigo se desvía de la regla prescrita por las mejores autoridades en la materia.

Una vez decidido el ataque por el sur, la paralela y sus baterías deberían haberse dirigido contra uno, o a lo sumo dos, frentes bien definidos de las defensas. Dos de los fuertes exteriores contiguos —o, como máximo, tres— deberían haber sido atacados con fuerzas concentradas; y, una vez demolidos, todas las demás obras exteriores habrían sido inútiles. De este modo, los aliados, haciendo actuar toda su artillería sobre un solo punto, habrían podido establecer fácilmente desde el principio una gran superioridad de fuego, y acortar el sitio considerablemente. Por lo que puede juzgarse a partir de planos y mapas, el frente que va desde el Fuerte de la Cuarentena hasta el extremo superior del puerto interior, o el frente contra el cual dirigen ahora los franceses sus esfuerzos, habría sido el mejor para atacar, ya que su demolición dejaría la ciudad misma completamente expuesta. Los ciento treinta cañones de los aliados les habrían asegurado de inmediato una superioridad de fuego en este frente limitado. En lugar de esto, el deseo de que cada ejército actuara con independencia del otro produjo este modo de sitio sin precedentes, en el cual la totalidad de las murallas, extendiéndose a lo largo de tres millas, es simultáneamente cañoneada en toda su extensión. Jamás se ha visto cosa igual. ¿Quién ha oído hablar de un ataque que permitiera a la defensa poner en juego a la vez, desde simples obras abaluartadas y lunetas, la enorme masa de doscientos cincuenta cañones? Un solo frente abaluartado apenas puede montar veinte cañones; y en un sitio ordinario, no más de tres o cuatro frentes pueden contribuir a la defensa. A menos que los ingenieros aliados puedan mostrar, en el futuro, razones muy sustanciales para sus curiosos procedimientos, tenemos que concluir que fueron incapaces de hallar los puntos más débiles de las defensas y, por tanto, para no errarlos, dispararon contra cada porción de la línea.

Entre tanto, llegan refuerzos a ambas partes. Los ataques hostigadores y parcialmente exitosos de Liprandi sobre los puestos avanzados aliados han mostrado la presencia de una fuerza rusa más fuerte que la que Menshikov había llevado a Bajchisarái. Por ahora, sin embargo, no parece lo bastante fuerte para una batalla de socorro. Considerando el progreso hecho por los sitiadores, considerando que el daño infligido a la defensa aumenta en progresión geométrica a medida que los sitiadores se aproximan a las murallas, considerando que las obras exteriores aún resisten, pero que la muralla interior parece ser débil, podemos esperar que, entre el 9 y el 15 de noviembre, haya ocurrido algo decisivo; que, o bien el lado sur de la ciudad haya caído, o que los aliados hayan sufrido una derrota decisiva y se hayan visto obligados a levantar el sitio. Pero ha de recordarse que todas estas predicciones dependen de circunstancias que no pueden conocerse plenamente de antemano a tal distancia del lugar.