Nuestros periódicos y las cartas llegadas por el *Europa* confirman de manera positiva el bombardeo de Odesa del que se había informado. Los despachos recibidos sobre ese asunto son oficiales y no dejan lugar a dudas en cuanto al hecho. Las obras del puerto han sido destruidas, dos almacenes de pólvora volados, doce pequeños buques de guerra rusos hundidos y trece transportes apresados, todo ello con una pérdida de ocho muertos y dieciocho heridos en la flota aliada. Esta insignificante pérdida de hombres demuestra que no fue en modo alguno una hazaña formidable. Tras cumplirse, la flota levó anclas rumbo a Sebastopol, cuya destrucción —nos figuramos— encontrarán que es una clase de trabajo bien distinta.

Del Danubio llega un nuevo informe de una victoria decisiva obtenida por Omer Pachá sobre el general Lüders, pero de este asunto no tenemos más que un despacho telegráfico por vía de Viena, la gran fábrica de patrañas bursátiles. Corre la historia de que los turcos, con 70.000 hombres, sorprendieron a Lüders en algún punto entre Silistria y Rassova —siendo esta última un lugar a orillas del Danubio, unas diez millas río arriba de Chernavoda— y de que, mientras Omer Pachá presionaba a los rusos de frente, otro cuerpo enviado al efecto a su flanco cayó sobre ellos, con lo que, entre dos fuegos, quedaron aniquilados. No es cosa imposible, pero no vemos cómo pudo Omer Pachá concentrar una fuerza tan grande en algún punto por debajo de Silistria con la celeridad suficiente como para tomar desprevenido a Lüders. Según los últimos despachos anteriores, el grueso de su ejército —que en total no puede pasar de 120.000 hombres, incluidas las guarniciones que ha de atender a lo largo de su extendida línea— se estaba reuniendo en Shumla, a unas cien millas del escenario de la batalla de la que se informa, y no es cosa fácil sorprender al enemigo a semejante distancia cuando hay que llevar al campo 70.000 hombres para hacerlo. Aun así, repetimos, es posible; el próximo vapor probablemente nos informará de si es cierto.

La insurrección griega ha sufrido otra derrota, pero sería imposible creer que haya sido extinguida por el desastre. Sin duda, aparecerán hombres y jefes que reanuden la contienda y prosigan, cuando menos, una guerra de guerrillas hostigadora contra las fuerzas turcas en las fronteras. Que llegue a ser algo más serio dependerá de las circunstancias; como verán nuestros lectores en otra columna, una vasta conspiración de griegos y rusos estuvo a punto de estallar en pleno centro de Turquía; un accidente puso todo el asunto en manos de la Puerta, pero otras conspiraciones semejantes pueden ocurrir sin que medie ningún acontecimiento que obstaculice su curso. Entretanto, las potencias aliadas acosan al Gobierno griego con amenazas y desembarcan tropas en Turquía como si se propusieran tomar posesión definitiva del país por su cuenta. La mayor parte de estas fuerzas permanece aún en las cercanías de Constantinopla, aunque, a instancias del embajador francés, un destacamento ha marchado al norte hacia Varna, donde es probable que se combata cualquier día de estos. Cabe dudar, sin embargo, de que el grueso de las fuerzas aliadas entre tan pronto en la labor activa de la campaña. Este punto no podrá decidirse hasta que lleguen a Constantinopla los generales en jefe.

En el Báltico, Sir Charles Napier permanece todavía en las inmediaciones de Estocolmo, sin atacar ninguna de las plazas fuertes rusas de la costa. Parece que le preocupa la flotilla de cañoneros con que los rusos se proponen operar contra él en las aguas someras y entre las islas del golfo de Finlandia, y ha pedido a Inglaterra pequeños vapores de poco calado que puedan perseguir esas embarcaciones hasta sus lugares de refugio. Por otra parte, según informa el corresponsal en San Petersburgo de un periódico de Berlín, la corte rusa teme que Kronstadt no pueda resistir la arremetida que se espera del británico «Rudo y Resuelto»; los buques de guerra en el puerto no maniobran ni disparan con acierto ni siquiera para fines de una revista, y se están haciendo incluso preparativos para resistir el desembarco de una fuerza terrestre hostil en ese punto.

No es probable, sin embargo, que se produzca ataque alguno en el Báltico hasta que haya llegado también la flota francesa, y entonces Kronstadt recibirá muy probablemente el honor del primer bombardeo. Su captura o destrucción es otra cuestión, pero, ante los medios de destrucción que los aliados dirigirán contra ella, su caída no sería sorprendente.

Las potencias occidentales se lisonjean de que Austria se está pasando a su lado y obtienen ánimos de las cosas agradables que se le dijeron al duque de Cambridge en los festejos de la boda del emperador. Pero de Prusia no llegan noticias tan halagüeñas. En conjunto, Alemania sigue exactamente donde estaba antes, y los aliados no tienen perspectiva alguna de arrastrarla a ningún compromiso en su favor. No cabe duda de que Austria estará dispuesta a ocupar Serbia y Montenegro —donde ha estallado una rebelión declarada contra el Sultán—, pero semejante ocupación, como hemos mostrado anteriormente, no sería sino un paso más hacia el reparto de Turquía y resultaría, de hecho, más favorable a Rusia que a sus antagonistas.