Karl Marx

Londres, viernes 3 de marzo de 1854

En mi última carta mencioné que Sir Charles Napier debía su nombramiento como comandante en jefe de la flota del Báltico a su manifestación pública de desconfianza en la alianza francesa; a haber acusado a Francia de traicionar a Inglaterra en 1840, cuando en realidad el Gobierno inglés conspiraba a la sazón con Nicolás contra Luis Felipe.* Debo añadir que el segundo almirante en el Mar Negro, Sir Edmund Lyons, durante su estancia en Grecia como ministro inglés, se mostró enemigo declarado de Francia, y fue destituido de ese cargo a instancias de Lord Stratford de Redcliffe. Así, en los nombramientos ministeriales se pone el mayor cuidado posible para asegurar una cosecha de malentendidos, no solo entre los comandantes franceses e ingleses, sino también entre los almirantes y el embajador inglés en Constantinopla.

Estos hechos no son negados y ciertamente no los refuta el que Bonaparte se felicitara a sí mismo, en el discurso de apertura que dirigió a sus propios representantes, por su estrecha alianza con Inglaterra. La entente cordiale es ciertamente algo más antigua que la restauración de la etiqueta imperial.*. El pasaje más notable del discurso de Bonaparte no es ni esa reminiscencia de las arengas de Luis Felipe, ni su denuncia de los planes ambiciosos del zar, sino más bien el proclamarse protector de Alemania, y especialmente de Austria, contra el enemigo exterior y el enemigo interior.”

* La referencia es a la restauración del Imperio en Francia el 2 de diciembre de 1852. — Ed.

Las ratificaciones del tratado concertado por la Puerta con las potencias occidentales, que contenía la cláusula de que no se concluiría la paz con Rusia sin su consentimiento,* apenas habían sido canjeadas en Constantinopla el 5 del corriente, cuando se abrieron negociaciones entre los representantes de las cuatro potencias y la Puerta sobre la posición futura de los cristianos en Turquía. El verdadero fin que se persigue en esas negociaciones lo revela el siguiente pasaje del Times del miércoles: «La situación de varias partes del Imperio turco que ya han obtenido, mediante firmans y tratados, la administración interna completa de sus asuntos, sin dejar de reconocer la soberanía de la Puerta, es un precedente que puede extenderse sin perjuicio para ninguna de las partes, y que tal vez ofrecería el mejor medio de proveer a las provincias en su estado actual.» *

* The Times, n.º 21677, 1 de marzo de 1854, editorial. — Ed.

En otras palabras, el Gabinete de coalición se propone asegurar la integridad del Imperio turco en Europa mediante la transformación de Bosnia, Croacia, Herzegovina, Bulgaria, Albania, Rumelia y Tesalia en otros tantos Principados danubianos. La aceptación de estas condiciones por la Puerta conducirá infaliblemente, si los ejércitos turcos resultan victoriosos, a una guerra civil entre los propios turcos.

Ahora se ha constatado que el descubrimiento de la conspiración de Vidin* solo precipitó la explosión griega, que en Bucarest se consideraba un hecho consumado antes de que hubiera estallado. El bajá de Scutari está concentrando todas sus tropas con el fin de impedir que los montenegrinos se unan a los griegos insurrectos.

La expedición anglo-francesa puede considerarse, en lo que toca a las intenciones actuales del Gobierno británico, como otra patraña más. Los lugares de desembarco se han fijado para los franceses en Rodosto y para los británicos en Enos. Esta última localidad se halla en una pequeña península a la entrada de una bahía pantanosa, a cuya espalda las extensas marismas del valle del Maritza contribuirán sin duda grandemente a la salubridad del campamento. Se encuentra no solo fuera del Bósforo, sino también de los Dardanelos, y las tropas, para llegar al Mar Negro, tendrían que reembarcar y hacer un rodeo de 250 millas a vela contra las corrientes de los Estrechos, o marchar a través de un país sin caminos durante 160 millas, marcha que sin duda podría realizarse en quince días. Los franceses están en Rodosto, al menos en el mar de Mármara, y a solo una semana de marcha de Constantinopla.

Pero ¿qué han de hacer las tropas en esta inexplicable posición? Pues, o marchar sobre Adrianópolis para cubrir la capital, o, en el peor de los casos, reunirse en el istmo del Quersoneso Tracio para defender los Dardanelos. Así lo dice The Times, «con autoridad», y cita incluso las observaciones estratégicas del mariscal Marmont en apoyo de la sabiduría del plan.*

* The Times, n.º 21673, 24 de febrero de 1854, editorial. — Ed.

Cien mil soldados franceses e ingleses para defender una capital que no está amenazada, ¡que no puede estar amenazada en los próximos doce meses! ¡Pues tanto valdría que se hubieran quedado en casa!

Este plan, si se ha de llevar a cabo, es decididamente el peor que pueda idearse. Se funda en la peor clase de guerra defensiva, a saber: la que busca la fuerza en la inacción absoluta. Suponiendo que la expedición tuviera un carácter predominantemente defensivo, es evidente que ese objetivo se alcanzaría mejor permitiendo a los turcos, apoyados en esa reserva, pasar a la ofensiva, o bien ocupando una posición desde la que pudiera emprenderse una ofensiva ocasional y parcial cuando se presentaran oportunidades. Pero en Enos y Rodosto las tropas francesas e inglesas son completamente inútiles.

Lo peor del caso es que un ejército de 100.000 hombres, con abundantes transportes a vapor y apoyado por una flota de veinte navíos de línea, es de por sí una fuerza capaz de emprender la acción ofensiva más decidida en cualquier parte del Mar Negro. Tal fuerza debe o tomar Crimea y Sebastopol, Odesa y Jerson, cerrar el mar de Azov, destruir los fuertes rusos en las costas del Cáucaso y llevar la flota rusa intacta al Bósforo, o no tiene idea de su fuerza ni de su deber como ejército activo. Los partidarios ministeriales afirman que, una vez concentrados los 100.000 hombres en Turquía, se podrán emprender tales operaciones, y que el desembarco de las primeras divisiones en Enos y Rodosto no es más que un ardid para engañar al enemigo. Pero incluso en ese caso es una pérdida innecesaria de tiempo y dinero no desembarcar las tropas directamente en algún punto del Mar Negro. No se puede despistar al enemigo. Tan pronto como el emperador Nicolás se entere de esta expedición de 100.000 hombres pomposamente anunciada, no tendrá más remedio que enviar todos los soldados de que pueda prescindir a Sebastopol, Kaffa, Perekop y Yenicale. No se puede primero asustar al enemigo con armamentos enormes, y luego intentar hacerle creer que no pretenden causar ningún daño. El ardid sería demasiado burdo; y si se espera engañar a los rusos con pretextos tan mezquinos, la diplomacia británica ha cometido otro garrafal error.

Creo, por tanto, que quienes han planeado la expedición tienen la intención de traicionar al Sultán* directamente y, con el pretexto de asustar a Rusia todo lo posible, pondrán buen cuidado en causarle por todos los medios el menor daño posible.

* Abdul Mejid. — Ed.

Inglaterra y Francia ocupando Constantinopla y parte de Rumelia; Austria ocupando Servia, y tal vez Bosnia y Montenegro, y permitiéndose a Rusia reforzarse en Moldo-Valaquia, esto parece más bien un eventual reparto de Turquía en Europa que cualquier otra cosa. Turquía se encuentra en peores circunstancias que en 1772, cuando el rey de Prusia,* para inducir a la emperatriz Catalina a retirarse de los Principados danubianos, cuya ocupación amenazaba con provocar un conflicto europeo, propuso el primer reparto de Polonia, que debía sufragar los gastos de la guerra ruso-turca. Recuérdese que, en aquel entonces, la Puerta se lanzó originariamente a la guerra con Catalina con el propósito de defender a Polonia de la agresión prusiana, y que, al final, Polonia fue sacrificada en aras de la «independencia e integridad» del Imperio Otomano.

* Federico II. — Ed.

La pérfida política de dilación seguida por el Gabinete de coalición ha brindado a los emisarios moscovitas la oportunidad de planear y madurar la insurrección griega, tan ansiosamente esperada por Lord Clarendon. La insurrección había comenzado el 28 de enero y, según los últimos despachos de Viena, cobraba proporciones más amenazadoras el 13 del corriente. Se dice que los distritos de Acarnania y Etolia, y los círculos de Ilussa y Delonia se hallan en estado de revuelta. Se afirma que ha estallado una insurrección en Egrippo, capital de Eubea, de igual gravedad que la de Albania. El hecho de que los turcos hayan abandonado las ciudades de Arta y Yannina y de que los griegos las hayan ocupado es de menor importancia, ya que las ciudadelas dominantes permanecen en manos de las tropas otomanas y, como sabemos por las numerosas guerras libradas entre cristianos y turcos en Albania, la posesión definitiva de estas ciudades dependió siempre de la posesión de las ciudadelas. Los golfos de Contessa y Salónica y las costas de Albania serán declarados en estado de sitio. Dije en mi última carta que uno de los resultados de la insurrección griega que más había de temer la Puerta sería la oportunidad que brindaría a las potencias occidentales para intervenir entre el Sultán y sus súbditos, en lugar de combatir a los rusos, empujando así a los cristianos griegos a una alianza con el zar. Hasta qué punto están ansiosas estas potencias por aprovechar esta oportunidad puede inferirse del hecho de que el mismo correo trajo la noticia de que la Puerta había aceptado la convención propuesta por Inglaterra y Francia, y de que los embajadores francés e inglés habían enviado dos vapores en auxilio de los turcos, mientras que el ministro británico en Atenas* había informado al gabinete del rey Otón de que Inglaterra intervendría en los distritos sublevados. El resultado inmediato de la insurrección, desde el punto de vista militar, lo describe claramente el corresponsal en Viena* del Times de hoy, como sigue:

* Thomas Wyse. — Ed.
* T. O'M. Bird. — Ed.

«Durante los últimos días se ha observado cierto desaliento en el cuartel general de Vidin, pues los refuerzos que se habían anunciado han recibido contraórdenes y se dirigen a los distritos sudoccidentales de Turquía. La noticia de la insurrección de los cristianos en Epiro había producido un efecto alarmante en los arnautas y albaneses del Danubio, que pedían a gritos permiso para regresar a sus hogares. Los generales de brigada Hussein Bey y Solimán Pachá habían perdido toda su influencia sobre sus tropas salvajes, y se temía que si se intentaba detenerlos por la fuerza se produjera un motín abierto; mientras que si se les permitía regresar, devastarían los distritos cristianos en su camino a casa. Si el movimiento hostil de la población cristiana en el Oeste cobrara dimensiones más formidables, el ala occidental del ejército turco se vería obligada a emprender un movimiento retrógrado, que contrarrestaría con creces el revés que los rusos habían sufrido con la entrada de las flotas aliadas en el Mar Negro.»*

* Informe del corresponsal en Viena del 22 de febrero. The Times, n.º 21676, 28 de febrero de 1854. — Ed.

Tales son algunos de los primeros resultados de esa política de dilación tan retóricamente elogiada por Graham, Russell, Clarendon y Palmerston en defensa de la gestión ministerial de los asuntos de Oriente. Tras ser informados, en la noche del viernes pasado,* de que el zar, sin haber esperado a que Sir Hamilton Seymour fuera retirado de Inglaterra, le había ordenado salir de Rusia del modo más brusco y descortés, celebraron dos Consejos de Gabinete, uno el sábado y otro el domingo por la tarde, y el resultado de sus deliberaciones fue conceder al zar una vez más una dilación de tres o cuatro semanas bajo la forma de un ultimátum,

* 24 de febrero de 1854. — Ed.

Planes de guerra de ingleses y franceses. — Insurrección griega

“exhortando al zar a dar, dentro de los seis días siguientes a la recepción de dicha comunicación, una promesa solemne y el compromiso de hacer evacuar por sus tropas los Principados del Danubio a más tardar el 30 de abril.”

Pero obsérvese que a este requerimiento no le sigue la amenaza de una declaración de guerra en caso de que el zar se niegue. Puede decirse, y así lo dice The Times, que, a pesar de este nuevo plazo concedido, los preparativos de guerra se prosiguen activamente; pero observaréis que, por un lado, toda acción decisiva de la Puerta en el Danubio queda impedida por la perspectiva de que las potencias occidentales están resueltas a participar directamente en la guerra —y cada día de retraso en esa zona coloca a los turcos en peor situación, pues permite a los rusos reforzarse en el frente y a los rebeldes griegos hacerse más peligrosos en la retaguardia del ejército del Danubio—, mientras que, por otro lado, el embarco de tropas para Enos y Rodosto podrá poner en aprietos al sultán, pero ciertamente no detendrá a los rusos.

Se ha acordado que la fuerza expedicionaria británica conste de unos 30.000 hombres y la francesa de unos 80.000. Si en el curso de los acontecimientos resultara que Austria, al tiempo que aparentemente se une a las potencias occidentales, solo se propone enmascarar su entendimiento con Rusia, Bonaparte tendría mucho que lamentar esta tan imprudente dispersión de sus tropas.

Hay otra insurrección que puede considerarse como una diversión en favor de Rusia: la insurrección en España. Cualquier movimiento en España produce inevitablemente disensiones entre Francia e Inglaterra. En 1823, la intervención francesa en España fue, como sabemos por el Congreso de Verona de Chateaubriand, instigada por Rusia. Que la intervención anglo-francesa de 1834, la cual acabó por romper la entente cordiale entre los dos Estados, procedió de la misma fuente, podemos inferirlo de que Palmerston fue su autor. Los «matrimonios españoles» prepararon el camino para la caída de la dinastía de Orleans. En el momento actual, un destronamiento de la «inocente» Isabel permitiría a un hijo de Luis Felipe, el duque de Montpensier, hacer valer sus pretensiones al trono de España; mientras que, por otra parte, a Bonaparte se le recordaría que uno de sus tíos residió en otro tiempo en Madrid. Los Orleans serían apoyados por los Coburgo y resistidos por los Bonaparte. Una insurrección española, pues, que dista mucho de significar una revolución popular, ha de resultar un agente poderosísimo para disolver una combinación tan superficial como la que se denomina alianza anglo-francesa.

Se dice que se ha concertado un tratado de alianza entre Rusia, Jiva, Bujara y Kabul.

En cuanto a Dost Mohammed, el emir de Kabul, sería de lo más natural que, después de haber propuesto en 1838 a Inglaterra instaurar una enemistad de sangre eterna entre él y Rusia, si el Gobierno inglés lo requería, dando muerte al agente que el zar le había enviado, y después de que en 1839 Inglaterra renovase esa enemistad mediante la expedición afgana, con su expulsión del trono y la devastación más cruel y despiadada de su país, Dost Mohammed tratase ahora de vengarse de su pérfido aliado. Sin embargo, como las poblaciones de Jiva, Bujara y Kabul pertenecen a la fe musulmana ortodoxa de los sunitas, mientras que los persas se adhieren a las cismáticas doctrinas de los chiítas, no cabe suponer que se alíen con Rusia, que es aliada de los persas, a quienes detestan y odian, contra Inglaterra, aliada ostensible del padishah, al que consideran el supremo comandante de los creyentes.

Hay cierta probabilidad de que Rusia tenga un aliado en el Tíbet y en el emperador tártaro de la China, si este se ve obligado a retirarse a Manchuria y a renunciar al cetro de la China propiamente dicha. Los rebeldes chinos, como sabéis, han emprendido una verdadera cruzada contra el budismo, destruyendo sus templos y matando a sus bonzos. Pero la religión de los tártaros es el budismo, y el Tíbet, sede del gran lama y que reconoce la soberanía de China, es el santuario de la fe budista. Tae-ping-wang, si logra expulsar a la dinastía manchú de China, tendrá, por tanto, que entablar una guerra religiosa con las potencias budistas de Tartaria. Ahora bien, como a ambos lados del Himalaya se profesa el budismo y como Inglaterra no puede sino apoyar a la nueva dinastía china, el zar seguramente se pondrá del lado de las tribus tártaras, las pondrá en movimiento contra Inglaterra y despertará revueltas religiosas en el propio Nepal. Por los últimos correos de Oriente se nos informa de que

“el Emperador de China, previendo la pérdida de Pekín, ha ordenado a los gobernadores de las diversas provincias que envíen los ingresos imperiales a Getol, su antigua residencia familiar y actual residencia de verano en Manchuria, a unas 80 millas al nordeste de la Gran Muralla”.

La gran guerra religiosa entre los chinos y los tártaros, que se extenderá a las fronteras de la India, puede, por consiguiente, considerarse como inminente.