Todo el público británico, comenzando por los vehementes editoriales recientes de The London Times*, parece hallarse en un estado de gran ansiedad y excitación respecto a la situación de las fuerzas en Crimea. En efecto, es imposible seguir negando o paliando el hecho de que, por una desorganización sin paralelo en todas las ramas del servicio, el ejército británico se acerca rápidamente a un estado de disolución. Expuestos a las penalidades de una campaña invernal, padeciendo frío y humedad, con la más extenuante e ininterrumpida faena de campaña, sin ropa, sin alimentos, sin tiendas ni alojamiento, los veteranos que desafiaron el sol abrasador de la India y las furiosas cargas de los beluchis y afganos, mueren a centenares cada día, y a medida que llegan los refuerzos, son devorados por los estragos de la enfermedad. A la pregunta de quién tiene la culpa de este estado de cosas, la respuesta ahora más popular en Inglaterra es que Lord Raglan, pero esto no es justo. No somos admiradores de la conducta militar de Su Señoría, y hemos criticado con libertad sus yerros, pero la verdad nos obliga a decir que los terribles males en medio de los cuales perecen los soldados en Crimea no son culpa suya, sino del sistema con que se administra el establecimiento bélico británico.

El ejército británico tiene un Comandante en Jefe, personaje del que prescinden casi todos los demás ejércitos civilizados. Pero sería un error suponer que este Comandante en Jefe manda realmente algo. Si ejerce cierto control sobre la infantería y la caballería, la artillería, los ingenieros, los zapadores y los minadores están por completo fuera de su esfera. Si tiene alguna autoridad sobre pantalones, chaquetas y calcetines, todos los sobretodos están exentos de su influencia. Si puede hacer que cada soldado de infantería lleve dos cartucheras, no puede proporcionarle un solo mosquete. Si puede someter a todos sus hombres a un consejo de guerra y hacerlos azotar bien, no puede hacer que se muevan una pulgada. Marchar está más allá de su competencia, y en cuanto a alimentar a sus tropas, eso es cosa que no le concierne en absoluto.

Luego está el Maestre General de la Artillería. Este personaje, un lamentable vestigio de los tiempos en que la ciencia se consideraba poco militar, y en que todos los cuerpos científicos, artillería e ingenieros, no eran soldados, sino una especie de cuerpo indiferenciado, mitad sabios, mitad artesanos, unidos en un gremio o corporación separada, bajo el mando de tal Maestre General. Este Maestre General de la Artillería, además de la artillería y los ingenieros, tiene bajo su mando todos los sobretodos y las armas ligeras del ejército. Para cualquier operación militar, de cualquier naturaleza, él, por tanto, tiene que ser parte.

A continuación viene el Secretario de Guerra. Si los dos personajes anteriores eran ya de una nulidad relativa, éste está más allá de la nulidad. El Secretario de Guerra no puede dar orden alguna a parte alguna del ejército, pero puede impedir que cualquier porción del ejército haga algo. Como es el jefe de las finanzas militares, y como todo acto militar cuesta dinero, su negativa a conceder fondos equivale a un veto absoluto a todas las operaciones. Pero, por muy dispuesto que esté a conceder los fondos, sigue siendo una nulidad, pues no puede alimentar al ejército; eso está fuera de su esfera. A todo esto hay que añadir que el Comisariado, que es el que realmente alimenta al ejército y, en caso de movimiento, se supone que le procura medios de transporte, está bajo el control del Tesoro. Así, el Primer Ministro, el Primer Lord del Tesoro, tiene mano directa en la puesta en marcha de toda operación militar, y puede a su antojo impulsarla, retardarla o detenerla. Todo el mundo sabe que el Comisariado es casi una porción más importante del ejército que los propios soldados; y por esta misma razón, la sabiduría colectiva de la Gran Bretaña ha estimado conveniente hacerlo completamente independiente del ejército, y ponerlo bajo el control de un Departamento esencialmente distinto.

Finalmente, el ejército, que antes era puesto en movimiento por el Secretario de Colonias, está ahora sujeto a las órdenes del nuevo Ministro de Guerra. * Él desplaza las tropas, de Inglaterra a China, y de la India al Canadá. Pero, como hemos visto, su autoridad, considerada aisladamente, es tan ineficaz como la de cualquiera de los cuatro poderes militares precedentes; se requiere la cooperación de los cinco para realizar el menor movimiento.

Fue bajo los auspicios de este maravilloso sistema que comenzó la guerra actual. Las tropas británicas, bien alimentadas y bien cuidadas en la patria, como resultado de cuarenta años de paz, partieron en excelente estado, persuadidas de que, hiciera lo que hiciera el enemigo, Inglaterra no dejaría que sus gallardos muchachos carecieran de nada. Pero apenas hubieron desembarcado en su primera etapa, en Gallípoli, la comparación con el ejército francés mostró la ridícula inferioridad de todos los dispositivos británicos y la lamentable impotencia de todos los oficiales británicos. Aunque allí era comparativamente fácil proveerlo todo, aunque se había dado aviso suficiente y sólo se había enviado un contingente muy pequeño de tropas, todo marchó mal. Todos se afanaban mucho y, sin embargo, nadie quería desempeñar deberes que no le hubieran correspondido en la metrópoli en tiempo de paz, de modo que no se encontraba un solo hombre para hacer aquella labor creada por la guerra misma. Así, cargamentos enteros de pertrechos se dejaban pudrir en la orilla donde fueron desembarcados por primera vez, y las tropas tuvieron que ser enviadas a Scutari por falta de espacio. El desorden caótico se anunció en signos inequívocos, pero como era el comienzo de la guerra, se esperaba una mejora de la experiencia creciente.

Las tropas se trasladaron a Varna. Su distancia de la patria aumentó, su número aumentó, el desorden en la administración aumentó. El funcionamiento independiente de los cinco departamentos que componían esa administración, cada uno de ellos responsable ante un Ministro distinto en la metrópoli, dio aquí por primera vez lugar a conflictos abiertos e inconfundibles. La escasez reinaba en el campamento, mientras que la guarnición de Varna gozaba de las mejores comodidades. El Comisariado, perezosamente por cierto, reunió algunos medios de transporte del país; pero como el General en Jefe* no designó carros de escolta, los carreteros búlgaros desaparecieron de nuevo tan rápidamente como habían sido reunidos. Se formó un depósito central en Constantinopla —una especie de primera base de operaciones; pero no sirvió a ningún fin excepto crear un nuevo centro de dificultades, demoras, cuestiones de competencia, disputas entre el ejército, la Artillería, el personal de pagaduría, el Comisariado y el Ministerio de la Guerra.

Dondequiera que hubiera algo que hacer, todos trataban de sacárselo de encima y echarlo sobre los hombros de otro. La elusión de toda responsabilidad era el objetivo general. La consecuencia fue que todo marchaba mal y que absolutamente nada se hacía. El disgusto ante estos procederes, y la certeza de ver a su ejército pudrirse en la inactividad, pueden haber tenido alguna influencia a la hora de decidir a Lord Raglan a arriesgar la expedición a Crimea.

Esta expedición coronó el éxito de la organización militar de John Bull. Allí, en Crimea, se produjo el “golpe decisivo”. Mientras el ejército estuvo, de hecho, en estado de paz, como en Gallípoli, Scutari y Varna, la magnitud del desorden, la complejidad de la confusión, difícilmente podían esperarse que se desarrollaran plenamente. Pero ahora, frente al enemigo, en el curso de un sitio real, el caso era distinto. La resistencia de los rusos dio pleno campo a los oficiales británicos para el ejercicio de sus hábitos de oficinistas. Y hay que confesar que jamás se hizo el negocio de destruir un ejército de manera más efectiva que por estos caballeros. De más de 60.000 hombres enviados al Oriente desde febrero último, no más de 17.000 están ahora aptos para el servicio; y de éstos, unos 60 u 80 mueren diariamente, y alrededor de 200 o 250 son cada día inutilizados por la enfermedad, mientras que de los que caen enfermos apenas ninguno se repone. ¡Y de los 43.000 muertos o enfermos, ni 7.000 han sido inutilizados por la acción directa del enemigo!

Cuando se informó por primera vez en Inglaterra de que el ejército en Crimea carecía de alimentos, ropa, alojamiento, de todo; de que no había en el lugar ni vituallas médicas ni quirúrgicas; de que los enfermos y heridos tenían que yacer sobre el suelo frío y húmedo, expuestos a la intemperie, o ser hacinados a bordo de barcos fondeados en una rada abierta, sin asistencia, ni los más simples requisitos para el tratamiento médico; cuando se informó de que centenares morían por falta de las primeras necesidades; todo el mundo creyó que el Gobierno había descuidado enviar los suministros adecuados al teatro de acción. Pero bien pronto se supo que, si esto había sido en parte el caso al comienzo, ya no era así ahora. Todo había sido enviado allí incluso en profusión; pero, desgraciadamente, nunca ocurría que nada estuviera donde se lo necesitaba. Las vituallas médicas estaban en Varna, mientras que los enfermos y heridos estaban en Crimea o en Scutari; la ropa y los víveres llegaron a la vista de Crimea, pero no había nadie para desembarcarlos. Lo que por casualidad se desembarcaba, se dejaba pudrir en la playa. La necesaria cooperación de la fuerza naval aportó un nuevo elemento de disensión sobre los ya divididos consejos de los Departamentos, cuyos conflictos habrían de asegurar el triunfo al ejército británico.

La incapacidad, amparada por reglamentos hechos para la paz, reinaba suprema; en uno de los países más ricos de Europa, en cuya protegida costa cientos de transportes cargados de provisiones estaban anclados, el ejército británico vivía a media ración; rodeado de innumerables rebaños de ganado, tenía que padecer escorbuto por verse limitado a carne salada; con abundancia de madera y carbón a bordo de los barcos, tan poco había de ello en tierra que tenían que comer su carne cruda y no podían secar nunca la ropa que la lluvia había empapado. Piénsese en repartir el café, no sólo sin moler, sino incluso sin tostar. Había provisiones de comida, de bebida, de ropa, de tiendas, de municiones, por toneladas y centenares de toneladas, estibadas a bordo de los barcos, cuyos mástiles casi tocaban las cimas de los acantilados donde estaba emplazado el campamento; y sin embargo, como Tántalo, las tropas británicas no podían alcanzarlas. Todos sentían el mal, todos corrían de un lado para otro, maldiciendo y echando la culpa a todos los demás por negligencia en el deber, pero nadie sabía, para usar la expresión vernácula, “cuál era cuál”; pues cada uno tenía su propio conjunto de reglamentos cuidadosamente redactados, sancionados por la autoridad competente, y que demostraban que aquello mismo que se necesitaba no era parte de su deber, y que él, por su parte, no tenía poder para remediar el asunto.

Añádase ahora a este estado de cosas la inclemencia creciente de la estación, las fuertes lluvias que se inician y transforman todo el Quersoneso Heracleótico en un ininterrumpido cenagal de barro y fango, que llega a la rodilla si no más; imagínense a los soldados, dos noches por lo menos de cada cuatro en las trincheras, las otras dos durmiendo, empapados y sucios, en el fango, sin tablas bajo ellos y casi sin tiendas sobre ellos; las constantes alarmas que completan la imposibilidad de algo parecido a un descanso adecuado y a un sueño suficiente; los calambres, la diarrea y otras enfermedades derivadas del frío y la humedad constantes; la dispersión del personal médico, débil como era ya desde el principio, por el campamento; las tiendas-hospitales, con 3.000 enfermos casi al aire libre y tendidos sobre la tierra húmeda, y se creerá fácilmente que el ejército británico en Crimea se halla en un estado de completa desorganización —reducido a “una turba de hombres valientes”, como dice The London Times*, y que bien pueden los soldados recibir con agrado la bala rusa que los liberte de todas sus miserias.

Pero ¿qué hay que hacer? Pues, a menos que se prefiera esperar a que media docena de leyes del Parlamento sean, tras la debida consideración por el…

* The Times, No. 21941, January 3, 1855, leader.— Ed.

Abogados de la Corona, discutidos, enmendados, votados y promulgados — hasta que, por este medio, todo el asunto relacionado con el ejército se concentre en manos de un verdadero Ministro de Guerra — hasta que este nuevo Ministro — suponiendo que sea el hombre adecuado — haya organizado el servicio de su despacho y emitido nuevas regulaciones — en otras palabras, a menos que se espere hasta que el último vestigio del ejército de Crimea haya desaparecido, sólo queda un remedio. Éste consiste en que el General en Jefe de la expedición* asuma, bajo su propia autoridad y su propia responsabilidad, aquella dictadura sobre todos los departamentos de la administración militar enfrentados y en pugna que posee cualquier otro General en Jefe y sin la cual no puede llevar la empresa a otro fin que la ruina. Eso pronto allanaría las cosas; pero ¿dónde está el General británico que estaría dispuesto a actuar de esta manera romana y, en su juicio, defenderse, como el romano, con las palabras: «Sí, me declaro culpable de haber salvado a mi patria»?

Finalmente, debemos preguntarnos quién es el fundador y conservador de este hermoso sistema de administración. Nadie sino el viejo Duque de Wellington. Se aferró a cada uno de sus detalles como si estuviera personalmente interesado en hacerlo lo más difícil posible a sus sucesores para rivalizar con él en gloria guerrera. Wellington, hombre de eminente sentido común, pero absolutamente carente de genio, era tanto más consciente de sus propias deficiencias a este respecto por ser contemporáneo y adversario del eminente genio de Napoleón. Wellington, por tanto, rebosaba de envidia ante el éxito ajeno. Su mezquindad a la hora de menospreciar los méritos de sus auxiliares y aliados es bien conocida; nunca perdonó a Blücher que lo salvara en Waterloo. Wellington sabía muy bien que si su hermano* no hubiera sido Ministro durante la guerra española, jamás habría podido llevarla a un término exitoso. ¿Temía Wellington que futuras hazañas lo dejasen en la sombra y, por tanto, preservó en toda su extensión esta maquinaria tan bien adaptada para encadenar generales y arruinar ejércitos?