El viernes pasado, *The Morning Chronicle*, en su cuarta edición, comunicó un despacho telegráfico según el cual el Sultán* había declarado la guerra a Rusia. *La Patrie* de París de ayer por la tarde anuncia, en una nota semioficial, que las informaciones recibidas de Oriente no confirman la afirmación del *Morning Chronicle*. Según otro periódico ministerial, *Le Constitutionnel*, fue a instancias reiteradas del Sr. von Bruck, el internuncio austríaco, que el Diván se reunió el día 25 con el propósito de deliberar sobre la nota de Viena, declarando que se atendría a la última nota de Reshid Pachá.*** Al día siguiente se convocó un Gran Consejo. Este Consejo, compuesto por 120 de los principales ministros, consejeros, pachás y dignatarios religiosos, resolvió que

«sería contrario a la dignidad y subversivo de la autoridad soberana del Sultán firmar la nota de Viena sin las modificaciones sugeridas por el Diván, y que, puesto que el Zar* había declarado esas modificaciones totalmente inadmisibles y se negaba a abandonar su exigencia de un compromiso destructivo de la independencia del Imperio Otomano, al Consejo sólo le restaba aconsejar al Sultán que procediera de inmediato a adoptar las medidas necesarias para la preservación de su Imperio y para liberar sus dominios de la presencia del invasor».

1853 y reproducido en *Le Constitutionnel*, n.º 279, 6 de octubre de 1853.— Ed.

En cuanto a la declaración formal de guerra, todavía no ha sido confirmada por ningún despacho auténtico. Esta vez, al menos, la Puerta ha pillado a los diplomáticos occidentales. Los Gobiernos inglés y francés, sin atreverse a llamar a sus flotas a casa, incapaces de mantener por más tiempo su ridícula posición en la bahía de Besika, y sin querer franquear los estrechos en abierto desafío al Zar, pretendían que la Puerta hiciera venir los barcos de la bahía de Besika con el pretexto de que, durante las fiestas del Bairam, se temían peligros para los cristianos de Constantinopla. La Puerta rehusó, observando que no existía peligro alguno; que si lo hubiera, protegería a los cristianos sin ayuda extranjera, y que no deseaba convocar a los barcos hasta después de las fiestas. Pero apenas la vanguardia de las flotas unidas hubo cruzado los estrechos, la Puerta, habiendo puesto ahora en un aprieto a sus vacilantes y traicioneros aliados, se declaró por la guerra. En cuanto a la guerra misma, ésta comenzó hace tres meses, cuando las fuerzas rusas cruzaron el Pruth. La primera campaña quedó incluso concluida cuando las legiones rusas alcanzaron las orillas del Danubio. El único cambio que ahora puede producirse será que la guerra deje de ser unilateral.

No sólo el Bey de Túnez,* sino también el Sha de Persia,** a pesar de las intrigas de Rusia, ha puesto a disposición del Sultán un cuerpo de 60.000 de sus mejores tropas. El ejército turco, pues, puede decirse con verdad que es una concentración de todas las fuerzas disponibles del mahometismo en Europa, África y Asia Occidental. Las huestes de las dos religiones que por largo tiempo han luchado por la supremacía en Oriente, la ruso-griega y la mahometana, se enfrentan ahora, la una convocada por la voluntad arbitraria de un solo hombre, la otra por la fuerza fatal de las circunstancias, conforme a sus respectivos credos, ya que la Iglesia ruso-griega rechaza el dogma de la predestinación, en tanto que el mahometismo hace del fatalismo su centro.

Hoy se celebrarán dos reuniones, una en Downing Street —la otra en la London Tavern; una convocada por los ministros —la otra contra ellos; una en favor del Zar —la otra en favor del Sultán.

De los editoriales de *The Times* y del *Morning Chronicle* podríamos inferir, si cupiera alguna duda sobre la intención de la Coalición, que hará todo lo posible por impedir la guerra, reanudar las negociaciones, matar el tiempo, paralizar al ejército del Sultán y apoyar al Zar en los Principados.

«El Zar se ha declarado a favor de la paz» —se complace en afirmar *The Times*,* con autoridad indudable. El Zar ha expresado «sentimientos pacíficos en Olmütz» por sus propios labios. No aceptará las modificaciones propuestas por la Puerta; se atendrá a la nota de Viena original, pero permitirá que la conferencia de Viena interprete la nota en un sentido preternatural, contradictorio con la interpretación de su propio Nesselrode. Les permitirá ocuparse con conferencias, con tal de que, entretanto, le permitan a él ocupar los Principados.

*The Times*, en su paroxismo pacifista, compara a los dos emperadores de Rusia y Austria con un par de jefes salvajes del interior de África, para llegar a la conclusión:

«Después de todo, ¿qué le importa al mundo el emperador de Rusia como para ir a la guerra por deferencia a sus errores políticos?»

Los bancos de Turín, París, Berlín y Varsovia han elevado su tipo de descuento. En los balances bancarios de la semana pasada, se comunicó que la reserva metálica del Banco de Inglaterra había vuelto a disminuir en 181.615 libras esterlinas, ascendiendo ahora su total a sólo 15.680.783 libras. La circulación activa de billetes ha disminuido en cerca de 500.000 libras, mientras que el descuento de letras ha aumentado en 400.000 libras, coincidencia que confirma la afirmación que hice en mi carta sobre la Ley de Peel, según la cual el monto de los billetes en circulación no sube ni baja en proporción al volumen de negocios bancarios que se realizan.

El Sr. Dornbush concluye su circular comercial mensual del modo siguiente:

«Los acontecimientos políticos de la última semana han acrecentado en gran medida la agitación en el comercio de cereales, provocada por los crecientes informes de una cosecha deficiente de trigo, la propagación de la enfermedad de la patata y la escasez de espacio en los barcos. La harina en la ciudad ha subido a 70 chelines por cada 280 libras, el trigo nuevo a 80 chelines, con un descuento en alza que se aproxima al 5 por ciento. Ahora reina una gran excitación en el comercio de cereales —la probabilidad de una guerra en Oriente, la prohibición de exportar grano de Egipto, la confirmada deficiencia de la cosecha de trigo en Inglaterra, la propagación de la enfermedad de la patata, la disminución de las llegadas del extranjero (especialmente del sur de Europa), la demanda continuada de Francia, Bélgica y Holanda—, éstas fueron las principales causas excitantes que volvieron a hacer subir los precios del trigo entre un chelín y seis chelines por quarter en los principales mercados provinciales celebrados la semana pasada... Por lo general, inmediatamente después de la cosecha, la tendencia de los precios es y sigue siendo a la baja hasta Navidad. Este año el movimiento ha sido el inverso... Los precios llevan subiendo desde hace algunos meses. En este momento no hay una falta efectiva de cereales en parte alguna de esta región del globo; numerosos graneros, establos y almiares están llenos hasta la saciedad, y en algunos puertos de mar falta espacio de almacenamiento. La reciente subida de precios, por tanto, no ha sido causada por una escasez presente, sino por una escasez anticipada, fundada en la presunción de una deficiencia de las cosechas, cuyos efectos se espera que se dejen sentir a medida que avance la estación. El próximo invierno se presenta probablemente como uno de grandes penalidades y privaciones... La opinión predominante sigue siendo favorable a un nuevo avance de los precios; y mientras la masa de especuladores continúe “comprando y almacenando”, la tendencia probablemente seguirá siendo al alza, quizás hasta la próxima primavera... El presumiblemente elevado nivel de precios durante el próximo invierno probablemente se convierta, en la primavera siguiente, en un gran atractivo para la importación de cereales desde regiones lejanas, a las que, en temporadas normales, no se puede llegar a causa de la distancia y el alto costo del transporte; la próxima primavera no es improbable una acumulación de llegadas de todas las partes accesibles del mundo; y la misma causa que ahora contribuye a elevar el precio mediante la retirada de las existencias de la venta, tenderá, con el advenimiento de la marea bajista de los precios, a deprimir el valor de los cereales con una fuerza proporcional al afán de entonces de los tenedores por desprenderse de sus existencias. Ahora la regla es comprar; entonces la consigna será vender. El año próximo puede resultar tan peligroso y desastroso como 1847.»

La depresión general en el mercado de Manchester continúa. A medida que las noticias de Australia y China, así como las relativas al enredo oriental, van adquiriendo un cariz más sombrío, los ánimos de los hilanderos de algodón, fabricantes y comerciantes se tornan más inseguros. La caída de los precios puede considerarse ahora, para las calidades ordinarias y los números de hilado, entre 7/8 de penique y 1 penique por libra, desde el punto más alto de hace dos meses, lo que representa casi el doble de la baja registrada en la calidad correspondiente de algodón, que no pasa de 1/4 a 3/8 de penique. E incluso con la reducción extrema de 1 penique, resulta difícil vender, y las existencias, esos espantajos de nuestra simpática escuela de economistas políticos, continúan acumulándose. Por supuesto, no hay que esperar que esta acumulación de existencias aumente muy rápidamente; en el momento actual, tanto los comerciantes como los fabricantes, al encontrar varios mercados sobreabastecidos, tienen aún la válvula de escape de enviar sus mercancías, en consignación, a otros mercados, y de esta facultad se sirven ahora en gran medida. Pero arrojar todo el producto exportable de la industria británica, lo bastante voluminoso como para anegar, a intervalos regulares, el mundo entero, sobre unos cuantos mercados más o menos reducidos, necesariamente provocará el mismo estado de plétora y las consiguientes reacciones en aquellos mismos mercados que hasta ahora se consideraban sanos. De ahí que las noticias ligeramente mejoradas de la India, según las cuales aún no hay posibilidad de una exportación provechosa a ese país, sino meramente una posibilidad de disminuir las pérdidas en los nuevos envíos, hayan inducido un movimiento de negocios bastante considerable hacia ese país, en parte por cuenta de las casas regulares que operan con la India, en parte por cuenta de los propios hilanderos y fabricantes de Manchester, quienes, antes que someterse a la pérdida que suponen las ventas en un mercado en declive, prefieren aprovechar cualquier ligera oportunidad de una venta mejor que pueda resultar de una exportación especulativa a la India.

Y aquí puedo añadir que, desde 1847, ha sido práctica habitual entre los hilanderos y fabricantes de Manchester enviar por cuenta propia grandes remesas a la India, etc., y obtener los retornos en productos coloniales, vendidos igualmente por cuenta propia, ya sea en la Norteamérica británica o en puertos del continente. Estas especulaciones no pertenecen, ciertamente, a la esfera legítima del comercio del fabricante, quien por necesidad no está ni la mitad de bien informado sobre el estado de los mercados como el comerciante del puerto de mar, pero halagan al hilandero de algodón británico, quien, mientras dirige tan lejanas operaciones, cree ver realizada aquella ilusión favorita en la que se imagina como el director supremo, el espíritu rector, por así decirlo, del comercio mundial y de los destinos comerciales. Y si no fuera por estas especulaciones que mantienen inmovilizada durante un año o dieciocho meses una porción considerable del capital industrial excedente, no cabe duda de que la extensión de las manufacturas en Inglaterra habría avanzado en los últimos cinco años a un ritmo aún más rápido.

En el mercado de los tejidos de algodón, los géneros corrientes son los artículos que padecen la mayor depresión; las existencias continúan acumulándose aunque se ha parado un gran número de telares. Pero no puede decirse que en otros tipos de artículos se haga algo.

Un estancamiento similar reina en Leeds y Bradford, en Leicester y Nottingham. En esta última localidad, las horas de trabajo se han reducido a diez e incluso a ocho en el comercio del encaje; la calcetería ha estado deprimida desde junio pasado, cuando la producción se redujo de golpe en Nottingham en un tercio de su volumen. El único ramo que parece proseguir con ininterrumpida prosperidad por ahora es la quincallería de Birmingham y sus alrededores.

En Londres, la bancarrota comienza a extenderse entre los pequeños tenderos.

En mi carta del 12 de agosto manifesté que los maestros hilanderos y fabricantes estaban formando «una Asociación con el fin de ayudar al comercio a regular la excitación entre los obreros en el distrito de Manchester», que dicha Asociación habría de constar de asociaciones locales con un Comité Central, y que se proponía «resistir todas las demandas formuladas por los cuerpos asociados de obreros fabriles, fortificando el monopolio del capital mediante el monopolio de la combinación y dictando condiciones como cuerpo asociado». *

Ahora bien, ¿no es un hecho muy curioso que este plan, del que les informé hace unos dos meses, no haya sido mencionado en absoluto, hasta este mismo momento, por los periódicos londinenses, aunque mientras tanto se haya llevado a cabo en silencio y ya esté produciendo sus efectos en Preston, Bolton y Manchester? Según parece, la prensa londinense se afanó en ocultar a los ojos del mundo el hecho de que los señores de las fábricas estaban alineando sistemáticamente a su clase contra la clase obrera, y que los sucesivos pasos dados por ellos, en lugar de ser el resultado espontáneo de las circunstancias, son los efectos premeditados de una conspiración profundamente urdida por una Liga Antiobrera organizada. Esta Liga Capitalista Inglesa del siglo XIX aún está por encontrar su historiador, como la Liga Católica francesa lo encontró en los autores de la Satyre Menippée, a finales del siglo XVI.

Los trabajadores, para salir airosos en sus demandas, naturalmente tienen que procurar mantener a uno de los bandos en huelga hasta que la huelga de los otros se haya mostrado victoriosa. Cuando se pone en práctica este plan, los fabricantes se aúnan para cerrar todas sus fábricas y, de este modo, llevar a sus obreros a la situación más extrema. Los fabricantes de Preston —como ustedes saben— iban a iniciar el juego. Ya hay trece fábricas cerradas, y, al cabo de otra semana, se cerrarán todas, dejando sin trabajo a más de 24.000 hombres. Los tejedores han dirigido un memorial a los patronos, solicitando una entrevista u ofreciendo someter las cuestiones en litigio a arbitraje, pero su petición fue rechazada. Como los tejedores de Preston reciben ayuda de colectas de peniques hechas por los obreros de los distritos circundantes —de Stalybridge, Oldham, Stockport, Bury, Withnell, Blackburn, Church-Parish, Acton, Irwell-Vale, Enfield, Burnley, Colne, Bacup, etc.—; habiendo descubierto los hombres que el único medio de resistir la influencia indebida del capital era la unión entre ellos mismos; los señores fabriles de Preston, por su parte, han enviado emisarios secretos para minar los medios de socorro de los huelguistas e inducir a los fabricantes de Burnley, Colne, Bacup, etc., a cerrar sus establecimientos y provocar un cese general del trabajo. En ciertos lugares, como en Enfield, se ha inducido a los capataces a que informen a sus patronos, quienes han tomado parte en la promoción del movimiento, y en consecuencia se ha despedido a un cierto número de recolectores de peniques. Mientras los hombres de Preston son exhortados por los trabajadores de los distritos circundantes a permanecer firmes y unidos, los patronos de Preston reciben un inmenso aplauso de los demás fabricantes, que los ensalzan como los verdaderos héroes de la época.

En Bury, las cosas están tomando un giro similar al de Preston. En Bolton, tras echar suerte los fabricantes de colchas para decidir quiénes de ellos debían comenzar la huelga, los patronos de todo el ramo cerraron de inmediato sus fábricas.

Además del cierre simultáneo de fábricas, se recurre a otros medios de combinación. En Keighley, por ejemplo, los tejedores del señor Lund se declararon en huelga por un aumento de salario, siendo la causa principal de su paro el que él pagaba menos de lo que recibían los tejedores del señor Anderton, en Bingley. Una diputación de tejedores solicitó una entrevista con el señor Lund y se dirigió a su domicilio, pero se les cerró cortésmente la puerta en las narices. Sin embargo, una semana después, se notificó a los obreros del señor Anderton que se reduciría el salario de sus tejedores en 3 peniques por pieza y el de sus cardadores de lana en un cuarto de penique por libra, por haber concertado entretanto el señor Lund y el señor Anderton una alianza ofensiva y defensiva con miras a combatir a los tejedores del uno rebajando los salarios del otro. Así se supone que los tejedores del señor Lund se verán forzados a someterse o los del señor Anderton a declararse en huelga, y que el peso añadido de otra huelga eliminará toda posibilidad de apoyo y ambos grupos cederán ante una reducción general.

En otros casos los patronos tratan de ganarse a los tenderos contra los obreros. Así, el señor Horsfall, el rey del carbón de la mina principal de Derby, cuando a consecuencia de una reducción de salarios sus obreros se declararon en huelga, fue a todos los carniceros, panaderos y abastecedores de la vecindad con quienes comercian los mineros, para convencerlos de que no les fiaran nada a sus hombres.

En todas las localidades donde existe la Asociación para «regular la excitación entre los obreros», los patronos asociados se han comprometido a fuertes multas para el caso de que algún miembro individual viole el estatuto de su Liga o ceda a las exigencias de los «brazos». En Manchester estas multas ascienden a 5.000 libras esterlinas; en Preston, a 3.000; en Bolton, a 2.000, etc.

Hay un rasgo que, por encima de todos, distingue el conflicto actual de los pasados. En épocas anteriores —como en 1832, 1839, 1840, 1842— una huelga general, como se la llamaba, es decir, un cese general y simultáneo del trabajo en todo el reino, era una idea favorita entre los obreros, y el gran objetivo al que aspiraban. Esta vez es el capital quien amenaza con un retiro general. Son los patronos quienes se esfuerzan por lograr un cierre general de las fábricas. ¿No creen ustedes que, si tiene éxito, podría resultar un experimento muy peligroso? ¿Es su intención empujar al pueblo inglés a una insurrección de Junio», * a fin de quebrantar su espíritu en ascenso y postrarlo por toda una serie de años venideros?

En todo caso, no podemos observar con demasiada atención los síntomas de la guerra civil que se prepara en Inglaterra, sobre todo porque la prensa londinense cierra intencionadamente los ojos ante los grandes hechos, mientras distrae a sus lectores con descripciones de nimiedades como el banquete ofrecido por el señor Titus Salt, uno de los príncipes fabriles de Yorkshire, con motivo de la inauguración de su fábrica-palacio, en el que no sólo fue agasajada la aristocracia local, sino también sus propios obreros. «Prosperidad, salud y felicidad a la clase obrera» fue el brindis que pronunció, según informa al público la prensa metropolitana; pero no se le dice que, algunos días después, sus tejedores de moreen recibieron notificación de otra reducción de sus salarios, de 2/3 a 2/1. «Si esto significa salud o prosperidad para los tejedores de moreen —escribe una de sus víctimas al People’s Paper—, yo, por mi parte, no la quiero.» *

Tal vez habrán visto ustedes en The Times que una tal señora MacDonnell, de Knoydart, Glengarry, a imitación de la duquesa de Sutherland, ha emprendido el desalojo de sus propiedades para sustituir a los hombres por ovejas. The People’s Paper, informado por un corresponsal en el lugar, da la siguiente descripción gráfica de esta operación maltusiana:

«Esta señora tenía en sus dominios un buen número de campesinos, muchos de los cuales no podían pagar sus rentas —algunos, según nos dicen, con atrasos considerables—. Así pues, ordenó a todos que se marcharan y los obligó a refugiarse en bosques y cuevas, donde desde entonces han estado escondiéndose, o más bien muriéndose, mientras los caballos de la señora MacDonnell eran cálidamente estabulados en viviendas seguras y cómodas. Al mismo tiempo, les ofreció pasaje gratuito al Canadá, por ser el precio del pasaje más barato que los socorros de pobres, y permiso para vender “sus pequeñas existencias”, siendo así que no tenían existencias de ningún tipo que vender, salvo la ropa que llevaban puesta, una mesa rota o un gato reumático. Finalmente, les perdonó las rentas atrasadas…, que no podía cobrar. A esto se le llama “noble generosidad”.» *

Dichos desahucios parecen estar de nuevo a la orden del día en todas las Tierras Altas. Así nos lo hace saber, al menos, sir Charles Forbes, un terrateniente de las Highlands, escribiendo a The Times:

«que las granjas de ovejas se están volviendo ahora tan valiosas, que les compensará a nuestros granjeros ovinos ingleses alquilar ovejas en cualquier momento y pagar por el desalojo de todos cuantos se interpongan en su camino.» *