El correo portador del rechazo del ultimátum ruso por parte de Reshid Pachá llegó a San Petersburgo el 24 del pasado, y tres días después se despachó un mensajero con órdenes para que el príncipe Gorchakoff cruzara el Pruth y ocupara los Principados.

El gobierno austríaco ha enviado al conde Gyulay en misión extraordinaria ante el zar, sin duda con el propósito de advertirle del peligro de revolución que acecha tras cualquier guerra general europea. Podemos inferir la respuesta del gabinete ruso en el presente caso de la que dio en 1829 a representaciones similares de la misma potencia. Fue la siguiente:

«En esta ocasión el gabinete austríaco ha reproducido todos los motivos de alarma creados por la fermentación que, según su opinión y las informaciones que posee, reina en más de un país, así como los progresos realizados últimamente por las tendencias revolucionarias. Estas aprehensiones se traicionan más particularmente en la carta del emperador Francisco a Nicolás. [...] Estamos lejos de negar los peligros que Austria nos señala. [...] Puesto que [...] por medio de la influencia extranjera [...] la resistencia de la Puerta asume un carácter de obstinación que retrasa, más allá de nuestros deseos y esperanzas, el término de esta crisis, e incluso exige esfuerzos redoblados y nuevos sacrificios de nuestra parte, Rusia se verá obligada a consagrar más que nunca toda su atención a intereses que afectan tan inmediatamente al poder y al bienestar de sus súbditos; a partir de ese momento, los medios que podría oponer al estallido del espíritu revolucionario en el resto de Europa quedarán necesariamente paralizados. Ninguna potencia, pues, debería estar más interesada que Austria en la conclusión de la paz, pero de una paz gloriosa para el Emperador y ventajosa para su imperio. Pues si el tratado que firmáramos no revistiera este carácter, la consideración política y la influencia de Rusia experimentarían por ello un golpe fatal, el prestigio de su fuerza se desvanecería, y el apoyo moral que quizá pudiera ser llamada a prestar en futuras contingencias a las potencias amigas y aliadas sería precario e ineficaz.» (Despacho secreto del conde Nesselrode a M. de Tatistcheff, fechado en San Petersburgo, 12 de febrero de 1829.)

*The Press*, del sábado pasado, afirmaba que el zar, decepcionado por la conducta de Inglaterra, y más especialmente por la de Lord Aberdeen, había ordenado a M. de Brunnow que no se comunicara más con ese «buen» viejo, sino que se limitara a sus relaciones oficiales con el Secretario de Asuntos Exteriores.

El *Lloyd* de Viena, órgano de la bancocracia austríaca, se muestra muy decididamente partidario de que Austria se ponga del lado de Inglaterra y Francia a fin de desaprobar la política agresiva de Rusia.

Recordaréis que el ministerio de coalición sufrió una derrota el 14 de abril, con motivo de la propuesta de derogación del impuesto sobre los anuncios. Ahora han experimentado dos derrotas más, el 1 del corriente, en el mismo terreno. El señor Gladstone propuso ese día reducir el impuesto sobre anuncios de 1 chelín y 6 peniques a 6 peniques, y extenderlo a los anuncios publicados en cualquier revista, folleto u otra obra literaria. La enmienda del señor Milner Gibson para la derogación de todos los impuestos actualmente pagaderos por anuncios fue rechazada por 109 votos contra 99. Los partidarios del señor Gladstone, creyendo que se había ganado la victoria, abandonaron la Cámara para ir a cenar y a un baile de la corte, momento en que el señor Bright se levantó y pronunció un poderoso discurso contra los impuestos sobre el saber en general, y contra el impuesto del timbre y sobre los anuncios en particular. De este discurso citaré algunos pasajes que puedan ser de interés para vosotros:

«Él (el señor Bright) tenía en su mano un periódico del mismo tamaño que los diarios londinenses sin suplemento, y era un periódico tan bueno, se atrevía a decir, como cualquiera de los publicados en Londres. Estaba impreso con un tipo más fino que ningún otro diario londinense. El papel, el material, era sumamente bueno, suficiente para todos los propósitos de un periódico. La impresión no podía ser superada, y contenía más materia para su tamaño que ningún diario impreso en Londres. La primera, segunda y tercera planas estaban compuestas de anuncios. Había un largo artículo sobre la investigación de la American Art-Union, un artículo de fondo que resumía todas las últimas noticias de Europa, un artículo de fondo sobre la disputa de las pesquerías, y un artículo de fondo, con el que él coincidía enteramente, que afirmaba que las comidas públicas eran molestias públicas. [Escuchad, y una risa.] Había visto artículos quizá escritos con más estilo, pero nunca ninguno que tuviera mejor tono, o que fuera más probable que resultara útil. Luego, además, había “Tres días después de Europa”, la “Llegada del Asia”, y una condensación de todas las noticias de Europa. De Gran Bretaña había una elaborada disquisición sobre el presupuesto del muy honorable caballero, que le hacía justicia en algunas partes, pero no en otras, y que, en lo que concernía a las escuelas de Manchester, ciertamente no les hacía justicia en absoluto. [Risas.] Luego había un relato de la visita de la señora Stowe a Edimburgo, un largo artículo del *London Times* sobre los agravios de las modistas, artículos de Grecia, España y otros países continentales, la elección de Athlone, y los resultados del Procurador General de Su Majestad por exactamente 189 votos —lo que sorprendería mucho a un americano leer—, varias columnas de noticias corrientes en párrafos, y las más elaboradas tablas mercantiles y de mercado. Abogaba firmemente a favor de la templanza y el antiesclavismo, y él [Bright] se aventuraba a decir que no había en ese momento en Londres un periódico mejor que ese. El nombre de ese periódico era el *New-York Tribune*, y se ponía regularmente cada mañana sobre la mesa de todo trabajador de esa ciudad que quisiera comprarlo por la suma de un penique. [Escuchad, escuchad.] Lo que quería preguntar al Gobierno era esto: ¿Cómo es, y con qué buen fin, y mediante qué artificio de opresión fiscal, que uno de nuestros trabajadores aquí tenga que pagar 5 peniques por un periódico matutino de Londres, mientras que su competidor directo en Nueva York pueda comprar un periódico por 1 penique? Estábamos corriendo una carrera frente a todo el mundo con los Estados Unidos; pero si nuestros artesanos estuvieran obligados o bien a no tener periódico alguno, o a pagar 5 peniques por él, o bien a ser empujados a las tabernas para leerlo, [...] mientras que el artesano en los Estados Unidos pudiera procurárselo por 1 penique, ¿cómo sería posible mantener una rivalidad leal entre los artesanos de ambos países? Lo mismo sería decir que un comerciante en Inglaterra, si nunca viera un boletín de precios, llevaría su negocio con la misma facilidad que el comerciante que tuviera esa ventaja cada día. [Escuchad, escuchad.] ... Si el Canciller de la Hacienda se opusiera a lo que él había expuesto, le diría de inmediato y sin vacilación que era porque tenía un temor latente a la libertad de prensa; y cuando el muy honorable caballero hablaba de dificultades financieras, decía que no era más que una capa para ocultar su horror agazapado a que el pueblo tuviera una prensa libre y mayores medios de información política. [Escuchad.] Era el temor a que la prensa fuera libre lo que les hacía mantener el impuesto de 6 peniques sobre los anuncios como puntal del timbre.»

El señor Craufurd propuso entonces sustituir la cifra de 6 peniques por el guarismo 0 peniques. El señor Cobden apoyó la moción, y en respuesta a la afirmación del señor Gladstone de que el impuesto sobre los anuncios no era cuestión de mucha importancia en lo tocante a la circulación de periódicos baratos, llamó su atención sobre el testimonio prestado por el señor Horace Greeley, que fue interrogado ante la Comisión que había sesionado sobre este asunto en 1851.

«Este caballero fue uno de los comisionados de la gran exposición, y era el propietario de ese mismo periódico del que su honorable amigo, el señor Bright, había citado. Se le interrogó acerca de cuál sería el efecto del impuesto sobre anuncios en América, y su respuesta fue que su efecto sería destruir sus nuevos periódicos.»

Lord John Russell se levantó entonces y dijo, con voz más bien airada, que no era muy leal intentar revocar, en una Cámara muy diezmada, las decisiones adoptadas previamente. Por supuesto, Lord John no recordaba que precisamente en lo del impuesto sobre anuncios sus colegas habían sido derrotados antes por una mayoría de 40, y ahora sólo tenían una mayoría de 10. No obstante la lección de Lord John sobre la lealtad «constitucional», la moción del señor Gladstone de un impuesto de 6 peniques por cada anuncio fue rechazada por 68 votos contra 63, y la enmienda del señor Craufurd aprobada por 70 contra 61. El señor Disraeli y sus amigos votaron con la Escuela de Manchester.

La Cámara de los Comunes, a fin de hacer justicia a las colosales dimensiones del asunto, ha estado hilando su debate sobre la India hasta una longitud y amplitud inusitadas, aunque ese debate ha carecido por completo de profundidad y de grandeza de interés. La división, que deja a los ministros una mayoría de 322 contra 142, está en razón inversa a la discusión. Durante la discusión todo fueron cardos para el ministerio, y Sir Charles Wood fue el asno oficialmente encargado de alimentarse de ellos. En la división todo son rosas, y Sir Charles Wood recibe la corona de otro Manu. Los mismos hombres que con sus argumentos rechazaron el plan del ministerio, lo afirmaron con sus votos. Ninguno de sus partidarios se atrevió a disculpar el proyecto de ley en sí; por el contrario, todos se disculparon por apoyar el proyecto, unos porque era una parte infinitesimal de una medida en la dirección correcta, otros porque no era medida alguna. Los primeros pretenden que ahora lo enmendarán en comisión; los segundos dicen que lo despojarán de todas las flores de reforma de fantasía de que hace gala.

El ministerio mantuvo el campo gracias a que más de la mitad de la oposición tory huyó, y una gran parte del resto desertó con Herries e Inglis al campo de Aberdeen, mientras que de los 142 votos opuestos, 100 pertenecían a la fracción de Disraeli, y 42 a la Escuela de Manchester, apoyados por algunos descontentos irlandeses y algunos inefables. La oposición dentro de la oposición ha salvado una vez más al ministerio.

El señor Halliday, uno de los funcionarios de la Compañía de las Indias Orientales, al ser interrogado ante una Comisión de Investigación, declaró: «Que la Carta que otorgaba un arrendamiento de veinte años a la Compañía de las Indias Orientales era considerada por los nativos de la India como un arrendamiento de ellos mismos.»

Por lo menos esta vez, la Carta no ha sido renovada por un período definido, sino que es revocable a voluntad del Parlamento. La Compañía, por tanto, descenderá de la respetable situación de granjeros hereditarios a la precaria condición de arrendatarios a voluntad. Esto es una ganancia para los nativos. El Ministerio de Coalición ha logrado transformar el Gobierno de la India, como todas las demás cuestiones, en una cuestión abierta. La Cámara de los Comunes, por otra parte, se ha dado un nuevo testimonio de pobreza, al confesar mediante la misma votación su impotencia para legislar y su falta de voluntad para aplazar la legislación.

Desde los días de Aristóteles, el mundo ha estado inundado de una espantosa cantidad de disertaciones, ingeniosas o absurdas, según el caso, sobre la cuestión: ¿quién debe ser el poder gobernante? Pero por primera vez en los anales de la historia, el Senado de un pueblo que gobierna a otro pueblo de 156 millones de seres humanos, extendido sobre una superficie de 1.368.113 millas cuadradas, ha reunido sus cabezas en solemne y pública congregación para responder a la irregular pregunta: ¿Quién entre nosotros es el poder realmente gobernante sobre ese pueblo extranjero de 150 millones de almas? No hubo un Edipo en el Senado británico capaz de resolver este enigma. Todo el debate giró exclusivamente en torno a él, de modo que, aunque se produjo una votación, no se llegó a ninguna definición del Gobierno de la India.

Que en la India hay un déficit financiero permanente, una provisión excesiva y regular de guerras, ninguna provisión en absoluto de obras públicas, un abominable sistema de tributación y un estado no menos abominable de la justicia y el derecho; que estos cinco puntos constituyen, por así decirlo, los cinco puntos de la Carta de la India Oriental, quedó establecido fuera de toda duda en los debates de 1853, como lo había estado en los debates de 1833, y en los debates de 1813, y en todos los debates anteriores sobre la India. Lo único que nunca se descubrió fue el partido responsable de todo ello.

Existe, sin duda, un Gobernador General de la India, que detenta el poder supremo, pero ese Gobernador es a su vez gobernado por un gobierno metropolitano. ¿Quién es ese gobierno metropolitano? ¿Es el Ministro de la India, disfrazado bajo el modesto título de Presidente de la Junta de Control, o son los veinticuatro Directores de la Compañía de las Indias Orientales? En el umbral de la religión india encontramos una trinidad divina, y de igual modo encontramos una trinidad profana en el umbral del Gobierno de la India.

Dejando por un momento completamente de lado al Gobernador General, la cuestión en disputa se resuelve en la del doble Gobierno, forma en la cual resulta familiar a la mente inglesa. Los Ministros en su proyecto de ley, y la Cámara en su votación, se aferran a este dualismo.

Cuando la Compañía de comerciantes aventureros ingleses, que conquistó la India para hacer dinero de ella, comenzó a ampliar sus factorías hasta convertirlas en un imperio, cuando su competencia con los comerciantes privados holandeses y franceses asumió el carácter de rivalidad nacional, entonces, por supuesto, el Gobierno británico comenzó a entrometerse en los asuntos de la Compañía de las Indias Orientales, y el doble Gobierno de la India surgió de hecho, si no de nombre. La ley de Pitt de 1784, al transigir con la Compañía, someterla a la superintendencia de la Junta de Control y hacer de la Junta de Control un apéndice del Ministerio, aceptó, reguló y estableció ese doble Gobierno surgido de las circunstancias, tanto de nombre como de hecho.

La ley de 1833 fortaleció la Junta de Control, convirtió a los propietarios de la Compañía de las Indias Orientales en meros titulares de hipotecas sobre las rentas de la India, ordenó a la Compañía vender sus existencias, disolvió su existencia comercial, la transformó —en lo que a su existencia política se refiere— en una mera fiduciaria de la Corona, e hizo así con la Compañía de las Indias Orientales lo que la Compañía había acostumbrado hacer con los príncipes de la India. Después de haberlos suplantado, continuó, por un tiempo, gobernando todavía en su nombre. Hasta este punto, la Compañía de las Indias Orientales, desde 1833, ya no ha existido sino en el nombre y por tolerancia. Así como, por una parte, parece no haber dificultad para deshacerse por completo de la Compañía, por otra parte es muy indiferente que la nación inglesa gobierne la India bajo el nombre personal de la Reina Victoria o bajo la razón social tradicional de una sociedad anónima. Toda la cuestión, por tanto, parece girar en torno a un tecnicismo de importancia muy cuestionable. Aun así, la cosa no es tan sencilla.

Es de notar, en primera instancia, que la Junta de Control ministerial, con sede en Cannon-row, es una ficción tanto como la Compañía de las Indias Orientales, que se supone reside en Leadenhall-st. Los miembros que componen la Junta de Control son una mera pantalla para el gobierno supremo del Presidente de la Junta. El Presidente mismo no es sino un miembro subordinado, aunque independiente, del Ministerio Imperial. En la India parece darse por sentado que si un hombre no sirve para nada, lo mejor es hacerlo Juez, para quitárselo de encima. En Gran Bretaña, cuando un partido llega al poder y se encuentra embarazado con un «estadista» de décima fila, se considera lo mejor hacerlo Presidente de la Junta de Control, sucesor del Gran Mogul, y de ese modo quitárselo de encima —teste Carolo Wood.*

La letra de la ley confiere a la Junta de Control, que no es sino otro nombre para su Presidente, «pleno poder y autoridad para superintender, dirigir y controlar todos los actos, operaciones y asuntos de la Compañía de las Indias Orientales que de algún modo se relacionen o conciernan al Gobierno o las rentas de los territorios indios».

Los Directores tienen prohibido «emitir órdenes, instrucciones, despachos, cartas oficiales o comunicaciones de cualquier tipo relativas a la India, o a su Gobierno, hasta que las mismas hayan sido sancionadas por la Junta».

Se ordena a los Directores «preparar instrucciones u órdenes sobre cualquier asunto en un plazo de catorce días a partir del aviso de la Junta, o, en caso contrario, transmitir las órdenes de la Junta sobre el asunto de la India».

La Junta está autorizada para inspeccionar toda la correspondencia y despachos procedentes de la India y con destino a ella, así como los procedimientos de las Juntas de Propietarios y de Directores. Por último, la Junta de Directores debe nombrar un Comité Secreto, compuesto por su Presidente, su Vicepresidente y su miembro más antiguo, obligados bajo juramento al secreto, y a través del cual, en todos los asuntos políticos y militares, el Presidente de la Junta puede transmitir sus órdenes personales a la India, mientras que el Comité actúa como mero canal de sus comunicaciones. Las órdenes relativas a las guerras de Afganistán y Birmania, y a la ocupación de Scinde, fueron transmitidas a través de este Comité Secreto, sin que la Junta de Directores estuviera más informada de ellas que el público en general o el Parlamento.

Por tanto, hasta aquí, el Presidente de la Junta de Control parecería ser el verdadero Mogul, y, en todas las circunstancias, conserva un poder ilimitado para hacer daño, como, por ejemplo, para provocar las guerras más ruinosas, permaneciendo todo el tiempo oculto bajo el nombre de la irresponsable Junta de Directores.

Por otra parte, la Junta de Directores no carece de poder real. Como generalmente ejercen la iniciativa en las medidas administrativas, por constituir, en comparación con la Junta de Control, un cuerpo más permanente y estable, con reglas tradicionales de actuación y un cierto conocimiento de los detalles, el conjunto de la administración interna ordinaria recae necesariamente sobre ellos.

Ellos nombran, también, bajo sanción de la Corona, al Gobierno Supremo de la India, al Gobernador General y sus Consejos; poseyendo, además, el poder irrestricto de revocar a los más altos funcionarios, e incluso al Gobernador General, como hicieron bajo Sir Robert Peel con Lord Ellenborough.

Pero éste no es aún su privilegio más importante. Recibiendo sólo 300 libras al año, se les paga realmente en patrocinio, distribuyendo todos los puestos de escritor y los cadetazgos, de entre cuyo número el Gobernador General de la India y los Gobernadores Provinciales están obligados a cubrir todos los puestos superiores que se niegan a los nativos. Cuando se determina el número de nombramientos del año, el total se divide en 28 partes iguales — de las cuales dos se asignan al Presidente y al Vicepresidente, dos al Presidente de la Junta de Control, y una a cada uno de los Directores. El valor anual de cada cuota de patrocinio rara vez es inferior a 14.000 libras.

«Todos los nombramientos —dice el Sr. Campbell— son ahora, por así decirlo, propiedad privada de individuos, repartidos entre los Directores, y cada uno dispone de su parte como le parece.»*

Ahora bien, es evidente que el espíritu de la Junta de Directores debe impregnar toda la Administración Superior de la India, educada, como está, en las escuelas de Addiscombe y Haileybury, y nombrada, como está, por su patrocinio. No es menos evidente que esta Junta de Directores, que tiene que distribuir, año tras año, nombramientos por valor de cerca de 400.000 libras entre las clases altas de Gran Bretaña, encontrará poco o ningún freno en la opinión pública dirigida precisamente por esas mismas clases. Cuál es el espíritu de la Junta de Directores, lo mostraré en una carta siguiente sobre el estado actual de la India. Por el momento baste decir que el Sr. Macaulay, en el curso de los debates pendientes, defendió a la Junta con el argumento particular de que era impotente para efectuar todos los males que pudiera pretender, tanto que todas las mejoras se habían efectuado en oposición a ella, y contra ella, por Gobernadores individuales que habían actuado bajo su propia responsabilidad. Así ocurrió con la supresión del Suttee, la abolición de los abominables derechos de tránsito y la emancipación de la prensa de la India Oriental.*

El Presidente de la Junta de Control, en consecuencia, envuelve a la India en guerras ruinosas bajo la cobertura de la Junta de Directores, mientras la Junta de Directores corrompe la Administración india bajo el manto de la Junta de Control.

Examinando más a fondo la estructura de este gobierno anómalo, encontramos en su base un tercer poder, más supremo que la Junta o la Corte, más irresponsable y más oculto a la superintendencia de la opinión pública y más protegido contra ella. El transitorio Presidente de la Junta depende de los empleados permanentes de su establecimiento en Cannon-row, y para esos empleados la India no existe en la India, sino en Leadenhall-st. Ahora bien, ¿quién es el amo en Leadenhall-st.?

Dos mil personas —señoras de edad y caballeros valetudinarios, que poseen acciones de la India, sin otro interés en la India que el de cobrar sus dividendos de las rentas indias— eligen a veinticuatro Directores, cuya única cualificación es la posesión de 1.000 libras en acciones. Comerciantes, banqueros y directores de compañías se toman grandes molestias para entrar en la Junta en interés de sus negocios privados.

«Un banquero —dijo el Sr. Bright— en la City de Londres dispone de 300 votos en la Compañía de las Indias Orientales, y su palabra para la elección de Directores es ley casi absoluta.»

De ahí que el Consejo de Directores no sea más que una sucursal de la dinero-cracia inglesa. El Consejo así elegido forma, a su vez, además del ya mencionado Comité Secreto, otros tres comités, a saber: 1. Político y Militar; 2. Finanzas e Interior; 3. Ingresos, Judicial y Legislativo. Estos comités se nombran cada año por rotación, de modo que un financiero está un año en el Comité Judicial y al siguiente en el Militar, y nadie tiene ocasión de una supervisión continuada sobre un departamento determinado. Habiendo llevado el modo de elección a hombres completamente ineptos para sus deberes, el sistema de rotación asesta el golpe definitivo a la poca aptitud que pudieran acaso conservar. ¿Quiénes, pues, gobiernan de hecho bajo el nombre de la Dirección? Un gran personal de secretarios irresponsables, revisores y oficinistas en la India House*, de los cuales, como observa el Sr. Campbell en su Scheme for the Government of India, solo un individuo ha estado jamás en la India, y ello solo por accidente. Aparte del tráfico de prebendas, es, por tanto, una mera ficción hablar de la política, los principios y el sistema del Consejo de Directores. El verdadero Consejo de Directores

Directores y el verdadero Gobierno Metropolitano, etc., de la India son la burocracia permanente e irresponsable, «las criaturas del escritorio y las criaturas del favor»** que residen en Leadenhall Street. Tenemos así una Corporación que gobierna sobre un Imperio inmenso, no formada, como en Venecia, por patricios eminentes, sino por viejos oficinistas obstinados y otros semejantes sujetos extravagantes.

No es de extrañar, pues, que no exista gobierno del que se escriba tanto y se haga tan poco como el Gobierno de la India. Cuando la Compañía de las Indias Orientales era solo una asociación comercial, pedía, por supuesto, un informe de lo más detallado sobre cada partida a los gerentes de sus factorías indias, como lo hace toda sociedad mercantil. Cuando las factorías se convirtieron en un Imperio, y las partidas comerciales en cargamentos de correspondencia y documentos, los oficinistas de Leadenhall continuaron con su sistema, que convirtió a los Directores y al Consejo en sus dependientes; y lograron transformar el Gobierno de la India en una inmensa máquina de escribir. Lord Broughton declaró en su testimonio ante el Comité de Salarios Oficiales que con un solo despacho se remitían 45.000 páginas de documentos recopilados.

Para daros una idea de la manera de matar el tiempo con que se despachan los negocios en la India House, citaré un pasaje del Sr. Dickinson:

«Cuando llega un despacho de la India, se remite, en primera instancia, al Departamento de Examinadores, al que pertenece; después de lo cual los Presidentes*** conferencian con el funcionario encargado de ese departamento, acuerdan con él el tenor de una respuesta y transmiten un borrador de esa respuesta al Ministro de la India, en lo que técnicamente se llama P.C., es decir, comunicación previa. [...] Los Presidentes, [...] en este estadio preliminar de la P.C., dependen principalmente de los oficinistas. [...] Tal es esta dependencia que incluso en una discusión en el Consejo de Propietarios, previo aviso, da lástima [...] ver al presidente remitirse a un secretario que se sienta a su lado y no cesa de susurrarle, sugerirle y zaherirle como si fuera una mera marioneta, y [...] el Ministro en el otro extremo del sistema se halla en la misma situación. [...] En esta fase de la P.C., si hay una diferencia de opinión sobre el borrador, se discute y casi invariablemente se resuelve en comunicación amistosa entre el Ministro y el Presidente; finalmente, el Ministro devuelve el borrador, ya sea adoptado o modificado; y luego se somete al Comité de Directores que supervisa el departamento al que pertenece, con todos los documentos relacionados con el caso, para ser considerado y discutido, y adoptado o modificado, y después se expone al mismo proceso en el Consejo en pleno, y entonces sale, por primera vez, como comunicación oficial al Ministro©, después de lo cual sufre el mismo proceso en dirección opuesta.»

«Cuando en la India se discute una medida —dice el Sr. Campbell—, el anuncio de que ha sido remitida al Consejo de Directores se considera [...] como un aplazamiento indefinido.»“

El espíritu mezquino y abyecto de esta burocracia merece ser estigmatizado con las célebres palabras de Burke:

«Esta tribu de políticos vulgares es la más baja de nuestra especie. No hay oficio tan vil y mecánico como el Gobierno en sus manos. La virtud no es su hábito. Están fuera de sí en cualquier curso de conducta recomendado solo por la conciencia y la gloria. Una visión amplia, liberal y previsora de los intereses de los Estados pasa entre ellos por novela romántica; y los principios que la recomiendan, por los desvaríos de una imaginación trastornada. Los calculadores los hacen salir de sus casillas con sus cálculos. Los bromistas y bufones los avergüenzan de todo lo grande y elevado. La pequeñez en el objeto y en los medios se les antoja sensatez y sobriedad.»

Los establecimientos burocráticos de Leadenhall Street y Cannon Row cuestan al pueblo indio la bagatela de 160.000 libras esterlinas al año. La oligarquía envuelve a la India en guerras para encontrar empleo a sus hijos menores; la dinero-cracia la entrega al mejor postor; y una burocracia subordinada paraliza su administración y perpetúa sus abusos como condición vital de su propia perpetuación.

El proyecto de ley de Sir Charles Wood no altera nada en el sistema existente. Amplía el poder del Ministerio sin añadir a su responsabilidad.

Firmado: Karl Marx