Desde el año 1815, las grandes potencias de Europa nada han temido tanto como una infracción del statu quo. Pero toda guerra entre dos cualesquiera de esas potencias implica la subversión de ese statu quo. He ahí la razón por la cual las usurpaciones de Rusia en Oriente han sido toleradas, y por la que jamás se le ha pedido nada a cambio salvo que ofreciera a las potencias occidentales algún pretexto, por absurdo que fuese, para permanecer neutrales y para ahorrarse la necesidad de interferir en las agresiones rusas. A Rusia se la ha glorificado sin cesar por la indulgencia y la generosidad de su “augusto soberano”, que no solo se ha dignado encubrir la desnuda y vergonzosa sumisión de los gabinetes occidentales, sino que ha desplegado la magnanimidad de devorar a Turquía pedazo a pedazo, en lugar de engullirla de un solo bocado. La diplomacia rusa ha descansado así en la timidez de los estadistas occidentales, y su arte diplomático ha degenerado paulatinamente en un amaneramiento tan completo que la historia de las presentes transacciones puede rastrearse casi al pie de la letra en los anales del pasado.

La vacuidad de los nuevos pretextos de Rusia se hace patente después de que el Sultán* haya otorgado, en su nuevo firman al Patriarca de Constantinopla, más de lo que el propio Zar había pedido —en lo que a religión se refiere—. ¿Acaso era más sólido el pretexto de la “pacificación de Grecia”?** Cuando M. de Villèle, con el propósito de tranquilizar las aprensiones del Sultán y de dar una prueba de las puras intenciones de las grandes potencias, propuso “que los aliados debían ante todo concluir un tratado por el cual se garantizara al Imperio Otomano el statu quo vigente”, el Embajador ruso en París* se opuso a esta proposición con la mayor energía, afirmando

“que Rusia, aun mostrando generosidad en sus relaciones con la Puerta y una consideración inapreciable por los deseos de sus aliados, [...] se había visto obligada, sin embargo, a reservarse exclusivamente el derecho de dirimir por sí sola sus diferendos con el Diván; [...] que una garantía general del Imperio Otomano, además de ser insólita y sorprendente, heriría los sentimientos de su soberano y los derechos adquiridos por Rusia, así como los principios sobre los que se fundaban.”

Rusia pretende ahora ocupar los principados danubianos, sin conceder a la Puerta el derecho de considerar este paso como un casus belli.

En 1827, Rusia pretendió “ocupar Moldavia y Valaquia en nombre de las tres potencias”.

Mientras que Rusia proclamaba lo siguiente en su declaración de guerra del 26 de abril de 1828:

“Sus aliados la encontrarían siempre presta a concertar su marcha con ellos, en ejecución del Tratado de Londres, y siempre anhelante de contribuir a una obra que su religión y todos los sentimientos honorables para con la humanidad recomendaban a su activa solicitud, siempre dispuesta a sacar provecho de su posición actual solo con el fin de acelerar el cumplimiento del Tratado del 6 de julio”,*

mientras que Rusia anunciaba en su manifiesto del 1 de octubre de 1829:

“Rusia ha permanecido constantemente ajena a todo deseo de conquista, a toda mira de engrandecimiento”,

su Embajador en París escribía al Conde Nesselrode:

“Cuando el Gabinete Imperial examinó la cuestión de si se había hecho conveniente tomar las armas contra la Puerta, [...] pudo haber existido alguna duda sobre la urgencia de esta medida a los ojos de quienes no hubieran reflexionado suficientemente sobre los efectos de las sangrientas reformas que el Jefe del Imperio Otomano acaba de ejecutar con tan tremenda violencia. [...]

El Emperador ha puesto a prueba el sistema turco, y Su Majestad ha hallado que posee un comienzo de organización física y moral que hasta ahora no tenía. Si este Sultán hubiera estado en condiciones de ofrecernos una resistencia más resuelta y regular, cuando apenas había reunido los elementos de su nuevo plan de reforma y mejoras, ¡cuán formidable lo habríamos encontrado si hubiera tenido tiempo de darle más solidez! [...] Estando así las cosas, debemos felicitarnos por haberlos atacado antes de que se tornaran más peligrosos para nosotros, pues la dilación solo habría empeorado nuestra situación relativa y nos habría preparado obstáculos mayores que aquellos con que nos encontramos.”

Ahora Rusia propone dar un paso agresivo y hablar luego de él. En 1829 el Príncipe Lieven escribió al Conde Nesselrode:

“Nos limitaremos a generalidades, pues toda comunicación circunstanciada sobre un asunto tan delicado acarrearía peligros reales, y si una vez discutimos con nuestros aliados los artículos del tratado con la Puerta, solo los contentaremos cuando se imaginen que nos han impuesto sacrificios irreparables. Es en medio de nuestro campamento donde debe firmarse la paz, y cuando esté concluida, Europa deberá conocer sus condiciones. Las reconvenciones llegarán entonces demasiado tarde, y sufrirá entonces pacientemente lo que ya no puede impedir.”*

Rusia lleva ahora varios meses demorando la acción bajo un pretexto u otro, a fin de mantener un estado de cosas que, no siendo ni guerra ni paz, le resulta tolerable a ella, pero ruinoso para los turcos. Actuó precisamente de la misma manera en el período al que hemos aludido. Como dijo Pozzo di Borgo:

“Nuestra política consiste en velar por que no ocurra nada nuevo durante los próximos cuatro meses, y espero que lo lograremos, porque los hombres en general prefieren esperar; pero el quinto debe ser fecundo en acontecimientos.”

El Zar, después de haber infligido las mayores indignidades al Gobierno turco, y no obstante que ahora amenaza con arrancar por la fuerza las concesiones más humillantes, alza sin embargo grandes clamores acerca de su “amistad por el Sultán Abdul Mejid” y su solicitud “por la preservación del Imperio Otomano”. Sobre el Sultán arroja la “responsabilidad” de oponerse a sus “justas demandas”, de continuar “hiriendo su amistad y sus sentimientos”, de rechazar su “nota” y de declinar su “protectorado”.

En 1828, cuando Carlos X interpeló a Pozzo di Borgo acerca del mal éxito de las armas rusas en la campaña de ese año, respondió que, no queriendo llevar la guerra à outrance sin necesidad absoluta, el Emperador esperaba que el Sultán hubiera aprovechado su generosidad, experimento que ahora había fracasado.

Poco antes de iniciar su actual querella con la Puerta, Rusia trató de provocar una coalición general de las potencias continentales contra Inglaterra, en la cuestión de los refugiados, y habiendo fracasado en ese experimento, intentó provocar una coalición con Inglaterra contra Francia. De manera similar, desde 1826 hasta 1828, intimidó a Austria con los “ambiciosos proyectos de Prusia”, haciendo simultáneamente todo lo que estaba a su alcance para engrosar el poder y las pretensiones de Prusia, a fin de habilitarla para equilibrar a Austria. En su circular actual acusa a Bonaparte de ser el único perturbador de la paz por sus pretensiones respecto a los Santos Lugares***; pero, en aquel tiempo, en el lenguaje de Pozzo di Borgo, atribuía

“toda la agitación que invadía Europa a la agencia del Príncipe Metternich, y trataba de hacer percibir al mismo Duque de Wellington que la deferencia que tendría hacia el Gabinete de Viena sería un menoscabo de su influencia con todos los demás, y de dar a las cosas un giro tal que ya no fuera Rusia quien buscaba comprometer a Francia con Gran Bretaña, sino Gran Bretaña quien había repudiado a Francia, para unirse al Gabinete de Viena.”*

Ahora Rusia se sometería a una gran humillación si se retirara. Idéntica era su situación después de la primera campaña infructuosa de 1828. ¿Cuál era entonces su objetivo supremo? Respondemos con las palabras de su diplomático:

“Una segunda campaña es indispensable a fin de adquirir la superioridad requerida para el éxito de la negociación. [...] Cuando esta negociación tenga lugar debemos estar en condiciones de dictar sus términos de manera pronta y rápida. [...] Con el poder de hacer más, Su Majestad consentiría en pedir menos. [...] Obtener esta superioridad me parece lo que debe ser la mira de todos nuestros esfuerzos. Esta superioridad se ha convertido ahora en una condición de nuestra existencia política, tal como debemos establecerla [...] y mantenerla a los ojos del mundo.”

Pero ¿no teme Rusia la acción común de Inglaterra y Francia? Ciertamente. En las Memorias secretas sobre los medios que posee Rusia para romper la alianza entre Francia e Inglaterra, reveladas durante el reinado de Luis Felipe, se nos dice:

“En caso de una guerra en la que Inglaterra se coaligara con Francia, Rusia no abriga ninguna esperanza de éxito, a menos que esa unión [...] sea rota; de modo que, como mínimo, Inglaterra consienta en permanecer neutral durante el conflicto continental.”

La cuestión es: ¿Cree Rusia en una acción común de Inglaterra y Francia? Citamos de nuevo los despachos de Pozzo di Borgo:

“Desde el momento en que la idea de la ruina del Imperio Turco deje de prevalecer, no es probable que el Gobierno británico arriesgue una guerra general para eximir al Sultán de acceder a tal o cual condición, sobre todo en el estado en que se hallarán las cosas al comienzo de la próxima campaña, cuando todo será aún incierto e indeciso. Estas consideraciones autorizarían la creencia de que no tenemos motivo para temer una ruptura abierta por parte de Gran Bretaña; y de que se contentará con aconsejar a la Puerta que pida la paz, y con prestar el auxilio de los buenos oficios a su alcance durante la negociación si esta tiene lugar, sin ir más lejos, en caso de que el Sultán se niegue o nosotros persistamos.”*

Y en cuanto a la opinión de Nesselrode sobre el “bueno” de Aberdeen, ministro en 1828 y ministro en 1853, bien vale citar lo siguiente de un despacho del Príncipe Lieven:

“Lord Aberdeen reiteró en su entrevista conmigo la seguridad de que en ningún momento había entrado en las intenciones de Inglaterra buscar una querella con Rusia; que temía que la posición del Ministerio inglés no fuera bien comprendida en San Petersburgo; que se encontraba en una situación delicada. La opinión pública estaba siempre pronta a desatarse contra Rusia. El Gobierno británico no podía desafiarla constantemente; y sería peligroso excitarla en cuestiones [...] que tocaban tan de cerca los prejuicios nacionales. Por otra parte, podíamos contar con entera confianza en las [...] disposiciones amistosas del Ministerio inglés, que luchaba contra ellos.”

Lo único asombroso en la nota del Sr. de Nesselrode del 11 de junio no es “la insolente mezcolanza de profesiones refutadas por los actos, y de amenazas veladas en declamaciones”, sino la acogida que las notas diplomáticas rusas encuentran por primera vez en Europa, provocando, en lugar del habitual sobrecogimiento y admiración, rubores de vergüenza por el pasado y risas despectivas del mundo occidental ante esta insolente amalgama de pretensiones, de artimañas y de barbarie real. Y con todo, la circular de Nesselrode y el “ultimatissimum” del 16 de junio no son ni un ápice peores que las tan admiradas obras maestras de Pozzo di Borgo y del Príncipe Lieven. El Conde Nesselrode era en aquella época, como lo es ahora, el jefe diplomático de Rusia.

Se cuenta una anécdota jocosa de dos naturalistas persas que examinaban un oso; el que nunca había visto un animal semejante preguntó si paría sus crías vivas o ponía huevos; a lo cual, el otro, mejor informado, respondió: “Ese animal es capaz de cualquier cosa”. El oso ruso es ciertamente capaz de cualquier cosa, mientras sepa que los demás animales con que tiene que vérselas no son capaces de nada.

De paso, puedo mencionar la señalada victoria que Rusia acaba de obtener en Dinamarca, al ser aprobado el mensaje real por una mayoría de 119 contra 28, en los siguientes términos:

«De conformidad con el párrafo 4.º de la Constitución de fecha 5 de junio de 1849, el Parlamento Unido, por su parte, presta su consentimiento al arreglo por parte de Su Majestad de la sucesión de toda la Monarquía danesa de acuerdo con el mensaje real sobre la sucesión del 4 de octubre de 1852, renovado el 13 de junio de 1853».

Las huelgas y las coaliciones de obreros avanzan rápidamente y en una medida sin precedentes. Tengo ahora ante mí informes sobre las huelgas de los obreros fabriles de toda clase en Stockport, de herreros, hilanderos, tejedores, etc., en Manchester, de tejedores de alfombras en Kidderminster, de mineros del carbón en las Ringwood Collieries, cerca de Bristol, de tejedores y urdidores en Blackburn, de urdidores en Darwen, de los ebanistas de Boston, de los blanqueadores, acabadores, tintoreros y tejedores en telares mecánicos de Bolton y sus alrededores, de los tejedores de Barnsley, de los tejedores de seda ancha de Spitalfields, de los encajeros de Nottingham, de toda clase de trabajadores en todo el distrito de Birmingham y en otras muchas localidades. Cada correo trae nuevos informes de huelgas; el paro se vuelve epidémico. Cada una de las huelgas más grandes, como las de Stockport, Liverpool, etc., genera necesariamente toda una serie de huelgas menores, debido a que gran número de personas no pueden llevar a cabo su resistencia frente a los patronos si no apelan al apoyo de sus compañeros de trabajo en el Reino, y estos últimos, para ayudarlos, piden a su vez salarios más altos. Además, se convierte tanto en una cuestión de honor como de interés para cada localidad no aislar los esfuerzos de sus compañeros obreros sometiéndose a peores condiciones, y así las huelgas en una localidad encuentran eco en las huelgas de las localidades más remotas. En algunos casos, las demandas de salarios más altos no son más que el saldo de atrasos de larga data con los patronos. Así ocurre con la gran huelga de Stockport.

En enero de 1848, los propietarios de fábricas de la ciudad hicieron una reducción general del 10 por ciento de todos los salarios de los obreros fabriles. Esta reducción fue aceptada con la condición de que, cuando el comercio reviviera, se restituyera el 10 por ciento. En consecuencia, los obreros dirigieron memoriales a sus patronos a principios de marzo de 1853 reclamando el prometido aumento del 10 por ciento; y como no llegaron a un arreglo con ellos, más de 30.000 obreros se declararon en huelga. En la mayoría de los casos, los obreros fabriles afirmaron expresamente su derecho a participar de la prosperidad del país y, especialmente, de la prosperidad de sus patronos.

El rasgo distintivo de las actuales huelgas es este: que comenzaron en las capas inferiores del trabajo no cualificado (no del trabajo fabril), efectivamente entrenadas por la influencia directa de la emigración, según diversos estratos de artesanos, hasta que alcanzaron por fin a los obreros fabriles de los grandes centros industriales de Gran Bretaña; mientras que en todos los períodos anteriores las huelgas se originaban regularmente en las cabezas de los obreros fabriles, mecánicos, hilanderos, etc., propagándose desde allí a las clases inferiores de esta gran colmena industrial y alcanzando sólo en última instancia a los artesanos. Este fenómeno debe atribuirse únicamente a la emigración.

Existe una clase de filántropos, e incluso de socialistas, que consideran las huelgas como muy perjudiciales para los intereses del «propio trabajador», y cuyo gran objetivo consiste en encontrar un método para asegurar salarios medios permanentes. Aparte de que el hecho del ciclo industrial, con sus diversas fases, deja fuera de cuestión cualquier salario medio de esa índole, yo estoy, por el contrario, convencido de que el ascenso y descenso alternativos de los salarios, y los continuos conflictos entre patronos y obreros resultantes de ello, son, en la actual organización de la industria, el medio indispensable para mantener en alto el espíritu de las clases trabajadoras, para combinarlas en una gran asociación contra las usurpaciones de la clase gobernante y para impedir que se conviertan en instrumentos de producción apáticos, irreflexivos, más o menos bien alimentados. En un estado de sociedad fundado en el antagonismo de clases, si queremos impedir la esclavitud tanto de hecho como de nombre, debemos aceptar la guerra. Para apreciar correctamente el valor de las huelgas y las coaliciones, no debemos dejarnos cegar por la insignificancia aparente de sus resultados económicos, sino tener en cuenta, ante todo, sus consecuencias morales y políticas. Sin las grandes fases alternativas de estancamiento, prosperidad, sobreexcitación, crisis y penuria, que la industria moderna recorre en ciclos que se repiten periódicamente, con el alza y baja de los salarios resultantes de ellas, así como con la guerra constante entre patronos y obreros que corresponde estrechamente con esas variaciones en salarios y ganancias, las clases trabajadoras de Gran Bretaña, y de toda Europa, serían una masa descorazonada, débil de espíritu, agotada e incapaz de resistencia, cuya autoemancipación resultaría tan imposible como la de los esclavos de la Antigua Grecia y Roma. No debemos olvidar que las huelgas y las coaliciones entre los siervos fueron los semilleros de las comunas medievales, y que esas comunas, a su vez, han sido la fuente de vida de la burguesía actualmente gobernante.

Observé en una de mis últimas cartas la importancia que la actual crisis laboral debe tener para el movimiento cartista en Inglaterra[*], anticipación que ahora encuentro realizada por los resultados obtenidos en las dos primeras semanas de la campaña reabierta por Ernest Jones, el líder cartista. La primera gran reunión al aire libre debía celebrarse, como ustedes saben, en la montaña de Blackstone-Edge. El 19 del mes pasado, los delegados de las respectivas localidades cartistas de Lancashire y Yorkshire se congregaron allí, constituyéndose en Consejo de Delegados. La petición de Ernest Jones por la Carta fue adoptada por unanimidad como la que se proponía que emanara de las reuniones de los dos condados, y se votó confiar la presentación de las peticiones de Lancashire y Yorkshire al Sr. Apsley Pellatt, miembro del Parlamento por Southwark, quien había aceptado encargarse de la presentación de todas las peticiones cartistas. En cuanto a la reunión general, los espíritus más optimistas no anticipaban su posibilidad, ya que el tiempo era terrible, la tormenta aumentaba en violencia por horas y la lluvia caía sin intermisión. Al principio aparecieron sólo unos cuantos grupos dispersos que subían la colina, pero pronto se vieron masas más grandes, y desde una eminencia que dominaba los valles circundantes, se podían observar, hasta donde alcanzaba la vista, a través de la incesante lluvia que azotaba, corrientes delgadas pero constantes de gente que ascendía por los caminos y senderos que conducían desde la comarca vecina. Para la hora en que se anunció que comenzaría la reunión, más de 3.000 personas se habían reunido en el lugar, muy alejado de cualquier aldea o vivienda, y durante los largos discursos, la reunión, a pesar del violentísimo aguacero, permaneció firme en el terreno.

La resolución del Sr. Edward Hooson: «Que los agravios sociales de las clases trabajadoras del país son el resultado de la legislación de clase, y que el único remedio para dicha legislación de clase es la adopción de la Carta del pueblo», fue apoyada por el Sr. Gammage, del Ejecutivo Cartista, y por el Sr. Ernest Jones, de cuyos discursos doy algunos extractos.

«La resolución que se ha presentado atribuye los agravios del pueblo [...] a la legislación de clase. Él pensaba que ningún hombre que hubiera observado el curso de los acontecimientos podría estar en desacuerdo con esa afirmación. La llamada Cámara de los Comunes había hecho oídos sordos a todas sus quejas, y cuando el lamento de la miseria se ha elevado del pueblo, ha sido objeto de burla y escarnio por parte de los hombres que asumen ser los representantes de la nación, y si por alguna singular casualidad la voz del pueblo encontraba eco en esa Cámara, siempre era ahogada en el clamor de la mayoría asesina de nuestros legisladores de clase. [Grandes aplausos.] La Cámara de los Comunes no sólo se negaba a hacer justicia al pueblo, sino que incluso se negaba a investigar su condición social. Todos recordarían que hace algún tiempo, el Sr. Slaney había presentado en la Cámara una moción para el nombramiento de una comisión permanente, cuyo cometido sería investigar dicha condición y sugerir medidas de alivio —pero tal era la determinación de la Cámara de evadir la cuestión que, al presentarse la moción, sólo estaban presentes veintiséis miembros, y se declaró la Cámara desierta. [Fuertes gritos de “¡vergüenza, vergüenza!”.] Y en la reintroducción de esa moción, lejos de que el Sr. Slaney tuviera éxito, él (el Sr. Gammage) creía que de 656 hombres honorables, sólo 19 estaban presentes siquiera para iniciar una discusión de la cuestión. [...] Cuando les dijo cuál era la condición real del pueblo, creía que estarían de acuerdo con él en que existían abundantes razones para una investigación. Los economistas políticos les decían que la producción anual de este país era de 820.000.000 de libras esterlinas. Suponiendo que hubiera en el Reino Unido 5.000.000 de familias trabajadoras, y que dichas familias recibieran un ingreso medio de quince chelines por semana, lo cual creía que era un promedio muy alto comparado con lo que realmente recibían [gritos de “demasiado alto”], suponiendo, sin embargo, que alcanzaran esta suma, recibían de su enorme producción anual la miserable cantidad de ciento noventa y cinco millones [gritos de “vergüenza”]—, y todo el resto iba a los bolsillos de los terratenientes ociosos, de los usureros y de la clase capitalista en general.... ¿Necesitaban una prueba de que estos hombres eran ladrones? [...] No eran los peores ladrones los que estaban confinados entre los muros de nuestras prisiones; los más grandes y más astutos ladrones eran los que robaban por el poder de las leyes hechas por ellos mismos, y estos grandes robos eran la causa de todos los más pequeños que se cometían en todo el país.... El Sr. Gammage entró entonces en un análisis de la Cámara de los Comunes, demostrando [...] que, por las clases a las que pertenecían los miembros de esa Cámara y las clases que representaban, era imposible que existiera la más mínima simpatía entre ellos y los millones de trabajadores. Concluyó diciendo el orador: el pueblo debe conocer sus Derechos Sociales.»

El Sr. Ernest Jones dijo:

[*] «Chartism», *The People’s Paper*, núm. 60, 25 de junio de 1853. — Ed.

—Hoy proclamamos que la Carta será ley. [Grandes aplausos.] Os pido ahora que os reincorporéis a este gran movimiento, porque sé que ha llegado el momento de hacerlo, que el juego está en vuestras manos y porque me afano en que no dejéis pasar la oportunidad. El comercio floreciente y la emigración os han dado un poder momentáneo, y de cómo utilicéis ese poder depende vuestra posición futura. Si lo utilizáis sólo para los fines del presente, os derrumbaréis cuando las circunstancias del presente cesen. Pero si lo utilizáis, no sólo para fortalecer vuestra posición presente, sino para asegurar la futura, triunfaréis sobre todos vuestros enemigos. Si el comercio floreciente y la emigración os dan poder, ese poder ha de cesar cuando el comercio floreciente y la emigración cesen, y a menos que os aseguréis en el intervalo, seréis más esclavos que nunca. [¡Oíd, oíd!] Pero las fuentes mismas que ahora causan vuestra fuerza pronto causarán vuestra debilidad. La emigración, que hace escaso vuestro trabajo, pronto hará más escaso vuestro empleo. [...] La reacción comercial se instalará, y ahora os pregunto: ¿cómo os estáis preparando para afrontarla? [...] Estáis empeñados en un noble movimiento obrero por la jornada corta y los salarios altos, y en cierta medida lo estáis llevando a cabo prácticamente, [...] pero ¡atención!, no lo estáis llevando a cabo a través del Parlamento. ¡Atención! El juego del patrono es éste: entreteneros con algunas concesiones, pero no cederos ninguna ley. No aprobéis un proyecto de ley de salarios en el Parlamento, pero conceded algunas de sus disposiciones en la fábrica. [¡Oíd!] Entonces el esclavo asalariado dirá: «No importa una organización política para un proyecto de ley de las Diez Horas o una medida salarial; lo tenemos, sí, nosotros mismos sin el Parlamento.» Sí, pero ¿podéis conservarlo sin el Parlamento? ¿Qué os lo dio? El comercio floreciente. ¿Qué os lo arrebatará? El comercio paralizado. [...] Vuestros patronos lo saben. [...] Por eso acortan vuestras horas de trabajo o elevan vuestros salarios, o suspenden sus descuentos, con la esperanza de que renunciéis a la organización política por estas medidas. [Aplausos.] Acortan las horas de trabajo, sabiendo bien que pronto harán funcionar sus fábricas a jornada reducida; elevan vuestros salarios, sabiendo bien que pronto no darán salario alguno a millares de vosotros. Pero también os dicen —los fabricantes de las Midlands— que, aunque las leyes se aprobaran, esto sólo les obligaría a buscar otros medios de robaros; tal era el claro significado de sus palabras. De modo que, en primer lugar, no podéis conseguir que se aprueben las leyes, porque no tenéis un Parlamento del Pueblo. En segundo lugar, si se aprobaran, os dicen que las burlarían. [Grandes gritos de «¡oíd!».] Ahora os pregunto: ¿cómo os estáis preparando para el futuro? ¿Cómo estáis utilizando la enorme fuerza que momentáneamente poseéis? [...] Que [...] seréis impotentes, a menos que os preparéis ahora; perderéis todo lo que hayáis ganado; y estamos aquí hoy para mostraros cómo conservarlo y obtener más. [...] Algunos piensan que una organización cartista interferiría con el movimiento obrero. ¡Santo cielo! Es precisamente lo que lo haría triunfar. [...] El empleado no puede prescindir del patrono, a menos que pueda emplearse a sí mismo. El empleado nunca puede emplearse a sí mismo, a menos que disponga de los medios de trabajo: tierra, crédito y maquinaria. Nunca puede disponer de éstos, a menos que derribe los monopolios terratenientes, financieros y mercantiles, y a éstos no puede subvertirlos sino ejerciendo el poder soberano. ¿Por qué buscáis un proyecto de ley de las Diez Horas? Si el poder político no es necesario para asegurar la libertad del trabajo, ¿para qué acudir al Parlamento en absoluto? ¿Por qué no hacerlo directamente en la fábrica? Pues porque sabéis, sentís, con ese mismo acto admitís tácitamente, que se necesita el poder político para obtener la emancipación social. [Grandes aplausos.] Entonces os señalo la base del poder político: os señalo el sufragio, os señalo la Carta. [Aplausos entusiastas.] ... Se podrá decir: «¿Por qué no esperamos hasta que llegue la crisis y los millones se reúnan espontáneamente?» Porque no queremos un movimiento de excitación y peligro, sino uno de razón serena y fuerza moral. No queremos veros arrastrados por la excitación, sino guiados por el juicio, y por eso os instamos ahora a reorganizaros, para que podáis dominar la tempestad, en lugar de ser zarandeados por ella. Además, la revolución continental acompañará a la reacción comercial, y necesitamos alzar una potente almenara del cartismo que nos ilumine a través del caos de la tempestad. [...] Hoy, pues, reinauguramos nuestro movimiento, y para obtener su reconocimiento oficial, recurrimos al medio del Parlamento; no porque esperemos que concedan la petición, sino porque los utilizamos como el portavoz más adecuado para anunciar nuestra resurrección al mundo. Sí, los mismos hombres que proclamaron nuestra muerte tendrán el insospechado placer de proclamar nuestra resurrección, y esta petición es simplemente la partida de bautismo que anuncia al mundo nuestro segundo nacimiento. [Grandes aplausos.]

La resolución del Sr. Hooson y la petición al Parlamento fueron aceptadas aquí, y en las reuniones posteriores de la semana, con entusiasmo por aclamación.

En la asamblea de Blackstone-Edge, Ernest Jones había anunciado la muerte de Benjamin Ruston, un obrero que siete años antes había presidido la gran reunión cartista celebrada en el mismo lugar, y propuso que su funeral se convirtiera en una gran manifestación política y se enlazara con la reunión del West Riding para la adopción de la Carta, como las más nobles exequias que pudieran tributarse a aquel veterano difunto. Nunca antes en los anales de la democracia británica se había presenciado una manifestación como la que acompañó el renacimiento del cartismo en el West Riding y el funeral de Benjamin Ruston, el domingo pasado, cuando más de 200.000 personas se reunieron en Halifax, un número sin precedentes incluso en los tiempos de mayor agitación. A quienes no conocen de la sociedad inglesa sino su superficie apoplética y sombría, debería recomendárseles asistir a estas reuniones obreras y mirar en esas profundidades donde actúan sus elementos destructivos.

La Coalición ha ganado la batalla preliminar sobre la cuestión de la India, al ser rechazada la moción de Lord Stanley de demorar la legislación por una mayoría de 182 votos. La acumulación de material me obliga a posponer mis comentarios sobre esa división.