Recientemente han tenido lugar varios movimientos militares importantes en el teatro de la guerra en Turquía, que definen con mayor claridad las posiciones y los planes de las respectivas partes. Los rusos —a los que nos referimos primero porque son la parte atacante y, como tal, debe considerarse que llevan la iniciativa— han seguido extendiendo su línea de operaciones hacia el Oeste. Brigada tras brigada han sido enviadas en dirección a Widin, en el alto Danubio; y ahora puede decirse que el frente del ejército ruso se extiende desde Kalafat, frente a Widin, hasta Orasch, frente a Orsova, en una dirección que amenaza por igual el camino a Constantinopla y el que conduce a Servia y Macedonia. El primer movimiento hacia Kalafat bastó para establecer la certeza de una diversión rusa hacia los centros de población eslava y griega de Turquía. Hizo probable, al mismo tiempo, que el plan de campaña consistiera en una acción defensiva y meras demostraciones sobre el camino directo a Constantinopla, con una enérgica acción ofensiva sobre el camino a Sofía, en Servia y Macedonia. Sin embargo, cuando se realizaron estos movimientos, los turcos no habían declarado la guerra. Este acontecimiento ha ocurrido desde entonces, y parece haber irritado al zar* hasta tal punto que es probable que imprima a sus tropas un impulso mucho más enérgico del que antes cabía esperar. No sólo se llama al príncipe Paskiewich al mando de las fuerzas rusas, sino que se dice, además, que trae consigo 40.000 soldados del ejército de Polonia, los cuales, después de la guardia y los granaderos, están considerados como las mejores tropas a sueldo de Rusia. Tales refuerzos establecerían una superioridad de las armas rusas que podría justificar una acción ofensiva, tanto en el alto como en el bajo Danubio, al tiempo que podrían considerarse como un contrapeso frente a las fuerzas francesas y británicas que, según se rumorea, es probable sean enviadas en apoyo de Turquía. En todo caso, estos refuerzos rusos no pueden llegar al Danubio a tiempo para las operaciones de esta temporada. De Varsovia a Bucharest, por la vía de Dubno, Chotin y Jassy, la distancia es de ochocientas millas a través de un territorio en el que un ejército no puede avanzar más de ocho o diez millas al día. Serán, pues, tres meses o hasta comienzos de enero antes de que estas tropas frescas puedan ocupar sus posiciones; y teniendo en cuenta la estación del año, es incluso probable que tarden más. Estas tropas, por tanto, deben permanecer completamente en la retaguardia hasta el comienzo de la campaña de primavera.

Las fuerzas rusas, ahora en los Principados, se han calculado entre 130.000 y 150.000 hombres. Suponiendo que hayan perdido entre 20.000 y 30.000 por enfermedad y deserción, todavía mantienen una superioridad numérica sobre los turcos que se les oponen. Pues si apenas sabemos más de la fuerza efectiva de los rusos que lo que puede deducirse del número de divisiones y brigadas que han entrado en Turquía y de los efectivos que deberían figurar en sus listas de revista, las cifras de las fuerzas turcas en el Danubio son muy bien conocidas por los informes de los oficiales británicos, franceses y piamonteses enviados allí por sus respectivos gobiernos. Ahora bien, todos estos informes coinciden en este hecho: que incluso después de la llegada del contingente egipcio, el ejército turco activo, a las órdenes de Omer Pasha, no contaba con más de 110.000 combatientes, de los cuales sólo 80.000 eran tropas regulares. Detrás de ellos, en Adrianople, se estaba formando un ejército de reserva que debía constar de 80.000 redifs (veteranos llamados de nuevo a filas), pero del estado de esta reserva no tenemos información precisa. El hecho, pues, es que el día en que se dispare el primer tiro, Omer Pasha mandará un ejército numéricamente inferior al de su adversario, y que sólo los errores garrafales del enemigo o una dirección genial por su parte le salvarán de la derrota.

Disponemos de información igualmente buena sobre la posición y los preparativos defensivos de los turcos. Se han fortificado tres líneas: primera, el Danubio, para impedir que el enemigo lo cruce; segunda, la que va de Varna a Shumla; tercera, pocas leguas a retaguardia de la segunda, sobre el río Kamchiya, donde se encuentra el fuerte que guarda los desfiladeros de los Balcanes. Estas fortificaciones son descritas por los oficiales extranjeros como formidables y capaces de frustrar cualquier intento del enemigo de tomarlas. Ahora bien, con todo el respeto debido al importante arte de la fortificación de campaña y al juicio de los oficiales que emiten ese informe, se nos permitirá decir que tales opiniones deben acogerse con gran cautela. Cuántas obras de campaña consideradas inexpugnables han sido tomadas, tras unas pocas descargas de metralla, al primer asalto; y ¿quién no sabe que las más célebres obras de campaña jamás construidas, las líneas de Torres Vedras,** eran fuertes, no por su capacidad pasiva de resistencia, sino porque Wellington disponía de 100.000 hombres para defenderlas, mientras que Masséna sólo podía llevar 30.000 al ataque? Las obras de campaña aisladas, como en los desfiladeros de montaña, por ejemplo, han prestado a menudo grandes servicios; pero nunca en los tiempos modernos un ejército superior, mandado por un general capaz, ha sido derrotado en una acción general debido a la resistencia pasiva de las obras de campaña. Y luego, la manera de defender las obras de campaña lo es casi todo; pero tropas a medio disciplinar, o soldados sin disciplina alguna, de poco sirven tras los parapetos cuando se dirige contra ellos una vigorosa granizada de metralla.

Examinemos, sin embargo, las tres líneas de defensa que los turcos han fortificado. La primera es la del Danubio. Ahora bien, fortificar la línea del Danubio sólo puede significar erigir obras que impidan a los rusos cruzar ese río. El curso del Danubio, desde Orsova hasta el mar, tiene casi 600 millas de largo; fortificar eficazmente semejante línea y guarnecer las fortificaciones requeriría seis veces más hombres de los que el general turco puede mandar, y si los tuviera cometería el mayor disparate al darles semejante uso. Concluimos, pues, que esta primera línea de fortificaciones debe limitarse a las obras entre Rustchuk y Orsova, con las que se moleste el paso del río, sin impedirlo eficazmente.

La segunda posición, de Shumla a Varna, es exactamente la misma en la que los turcos fueron derrotados en 1829 y en la que volverán a ser aniquilados con seguridad si allí aceptan una batalla decisiva. La posición parece poseer ventajas notables para la defensa y ser susceptible de gran refuerzo artificial; y la posición sobre el Kamchiya, a retaguardia de Varna y Shumla, parece aún más fuerte y tiene la ventaja de obligar al enemigo a dejar tropas atrás para bloquear esas fortalezas. Pero ambas tienen la desventaja de tener en su retaguardia un desfiladero estrecho como único medio de retirada, lo cual supera, para un ejército inferior, todas las demás ventajas, y convertiría en un error garrafal aceptar batalla, a menos que el ejército inferior estuviera tan seguro como lo estuvieron los británicos en Waterloo de que, en el momento decisivo, un ejército aliado caería sobre los flancos del enemigo atacante.*

En cuanto a Omer Pasha, no tenemos medios de juzgar qué uso piensa dar realmente a estas fortificaciones. No podemos dudar de que sabe muy bien que su papel en la guerra será principalmente defensivo; y está, por tanto, perfectamente justificado al fortalecer su posición defensiva con todos los medios que el arte de la fortificación pone a su disposición. No sabemos si se propone con estas fortificaciones atemorizar a los rusos para que no crucen el Danubio por aquellos puntos que amenazan más directamente a Constantinopla, o si se propone librar en ellas una batalla decisiva. Se dice que ha dispuesto su ejército de tal modo que, en cualquier punto hacia Shumla por donde los rusos crucen el río, él estará preparado para caer sobre la cabeza de su columna principal y batirla antes de que pueda llegar el apoyo. En ese caso, la segunda línea de fortificaciones constituiría una retirada segura si la operación fracasara. Pero la verdad es que una gran batalla defensiva en cualquiera de las tres líneas sería un error; pues, o bien los rusos concentrarán todas sus fuerzas para el ataque, y entonces Omer Pasha tendrá pocas probabilidades; o bien se dividirán, y entonces él debería abandonar sus líneas fortificadas para caer sobre una de sus columnas. El mejor uso que podría dar a estas fortificaciones, y el único conforme con el sistema moderno de guerra, sería utilizarlas como base provisional para operaciones ofensivas contra las columnas rusas aisladas, al cruzar éstas el Danubio; frenar el avance ruso mediante una defensa más o menos obstinada de cada línea; y mantener, por medio de la tercera línea, los desfiladeros más importantes de los Balcanes mientras esto pueda hacerse sin un combate general. Al mismo tiempo, no puede negarse que cualquier ejército, y particularmente el turco, quedaría sumamente desmoralizado por el abandono sin combate de estas fortificaciones; pues si no pueden resistir tras fosos y baluartes, ¿cómo van a derrotar a los rusos a campo abierto? Éste es el razonamiento que siempre hace el soldado raso, sobre todo cuando está a medio disciplinar; y, por tanto, si las fortificaciones en cuestión tienen realmente la importancia que se les atribuye, no podemos menos de considerarlas más peligrosas para los propios turcos que para los rusos.

Pero ¿también se han fortificado los rusos en Wallachia? Ciertamente, y su caso es diferente. Ellos son la parte atacante; sus fortificaciones sirven meramente para cubrir la retirada y frenar la persecución en caso de desastre; y cuentan con cuatro líneas de ríos, una detrás de otra, que cruzan su línea de retirada, formando otras tantas líneas de defensa. Estas líneas son: el Danubio, el Arges, el Buzeu y el Sereth. He aquí un caso justificado de fortificaciones preventivas; aquí hay líneas de defensa naturales que, para un ejército europeo, no constituyen obstáculo para la retirada, mientras que con una pequeña mejora artificial pueden convertirse en serios obstáculos para la persecución; y, sobre todo, aquí no hay intención de aceptar una batalla general con una sola línea de retirada a la espalda. Las fortificaciones rusas, a juzgar por lo que alcanzamos, pertenecen decididamente al sistema europeo de guerra, mientras que en las de los turcos predomina el espíritu asiático. Ese mismo carácter irreflexivo es el rasgo dominante de la posición general de estos últimos. Defienden Constantinopla colocándose a través del camino más corto que conduce a ella, mientras que los rusos parecen dirigir su primer ataque, no contra esa ciudad, sino contra las partes centrales de la península, donde el dominio turco es más vulnerable y donde, a fin de cuentas, está para un ejército ruso el camino más corto hacia la capital.

Hay, sin embargo, una cosa que no debemos olvidar. El ejército ruso es, y siempre ha sido, lento y cauteloso en sus movimientos. Muy probablemente no actuará durante la estación invernal. Puede que tengan lugar algunas escaramuzas para asegurar tal o cual isla del Danubio en favor de uno u otro bando. Pero a menos que el zar ordene una actividad extraordinaria —orden que muy probablemente se vería frustrada por la pedantería pasiva de sus generales— hay muy pocas probabilidades de maniobras decisivas antes de la primavera. El Danubio podría ser cruzado, pero los Balcanes no pueden ser atravesados, y entre ambos, la posición del ejército ruso sería sumamente peligrosa.

Entretanto, los turcos han enviado su flota a Varna. El almirante Slade, un inglés que la manda, parece estar de muy buen ánimo. Pero también ese movimiento está lleno de riesgos. La flota rusa, en verdad, parece inferior a la turca en todo salvo en número; pero mientras los rusos tengan dos cañones y dos navíos de línea por cada uno de los turcos, éstos no pueden aventurar una acción fuera del alcance de sus baterías de costa. Y en ese caso, la flota estaría más segura y mejor situada en el Bósforo, donde no es probable que los rusos la bloqueen. Una vez en Varna, la flota turca se expone a verse privada de toda posibilidad de movimiento; mientras que en el Bósforo conserva su libertad de acción y podría emplearse en expediciones a Trebisonda, a la costa caucásica o contra posiciones aisladas de la flota rusa.

Bajo todos los respectos, pues, nos vemos forzados a creer, de mala gana, que los rusos son superiores a los turcos. Queda por ver si Omer Pachá, que es realmente un soldado capaz, conseguirá con sus cualidades personales alterar el equilibrio. El viejo Paskiewich, sin embargo, aunque lerdo, es un general experimentado y no se dejará sorprender con facilidad.

Escrito hacia el 21 de octubre de 1853 Reproducido del *New-York Tribune*, núm. 3919, del 8 de noviembre de 1853, como *Tribune*, núm. 635, del 12 de noviembre de 1853

Federico Engels

LA GUERRA SANTA

La guerra ha estallado por fin en el Danubio: una guerra de fanatismo religioso por ambas partes, de ambición tradicional por parte de los rusos, de vida o muerte por parte de los turcos. Como era de esperar, Omer Pachá ha sido el primero en iniciar hostilidades positivas; entraba en la línea de su deber hacer alguna demostración encaminada a la expulsión forzosa de los invasores del territorio otomano; pero no es en absoluto seguro que haya lanzado de treinta a cincuenta mil hombres al otro lado del Danubio, como se rumorea desde Viena, y hay razones para temer que, si lo ha hecho, haya cometido un error fatal. En la orilla que abandona dispone de amplios recursos defensivos y de una buena posición; en la orilla que busca tiene un poder de ataque inferior y ninguna retirada en caso de desastre. Por tanto, el informe de su cruce con tales efectivos debe ponerse en duda hasta recibir informes más concretos.

Mientras que en Europa la lucha comienza en circunstancias desventajosas para los turcos, en Asia el caso es distinto. Allí, los territorios fronterizos de Rusia y Turquía se dividen, desde un punto de vista militar, en dos teatros de operaciones completamente distintos. Es la alta cordillera, o más bien concatenación de cordilleras, que une el Cáucaso con la meseta de la Armenia central y divide las aguas que corren hacia el Mar Negro de las que el Araxes conduce al Mar Caspio, o el Éufrates al Golfo Pérsico; es esta cordillera la que antiguamente separaba Armenia del Ponto y que ahora forma la división de los dos distritos diferenciados donde ha de librarse la guerra. Esta cadena de rocas abruptas y generalmente estériles está surcada por muy pocos caminos –los dos principales de los cuales son los que van de Trebisonda y Batum a Erzurum. Así, para todos los fines militares, las montañas en cuestión pueden considerarse casi intransitables, lo que obliga a ambas partes a mantener cuerpos distintos a cada lado, que operan de manera más o menos independiente entre sí.

La región de la costa del Mar Negro está surcada por multitud de ríos y torrentes de montaña, que forman otras tantas posiciones militares para la defensa. Tanto los rusos como los turcos tienen puestos fortificados en puntos importantes. En este país generalmente quebrado (el valle del río Rioni es el único que forma algo parecido a una llanura), podría llevarse a cabo una guerra defensiva con gran éxito frente a un ejército superior (ya que muy pocas posiciones son susceptibles de ser flanqueadas por el lado de tierra, a causa de las montañas), si no fuera por la cooperación de las respectivas flotas. Avanzando y, en caso necesario, desembarcando tropas en el flanco del enemigo mientras el ejército lo empeña de frente, una flota podría desbordar todas estas fuertes posiciones una tras otra y neutralizar, si no destruir, fortificaciones que, a uno y otro lado de la frontera, no son muy respetables. Así pues, la posesión de la costa del Mar Negro pertenece a quien es dueño del mar; o, en otras palabras, a menos que las flotas aliadas cooperen activamente con los turcos, con toda probabilidad pertenecerá a los rusos.

El país del interior, del lado interior de las montañas, comprende el territorio donde nacen el Éufrates, el Araxes y el Kura (Ciro); la provincia turca de Armenia está a un lado de la frontera, la provincia rusa de Georgia al otro. También este país es sumamente montañoso y, por lo general, impracticable para los ejércitos. Erzurum, por parte de los turcos, y Tiflis, por la de los rusos, puede decirse que son las dos bases inmediatas de operaciones, con cuya pérdida se perdería inevitablemente la posesión de toda la región vecina. Así, la toma de Erzurum por los rusos decidió la campaña asiática de 1829.

Pero lo que para una parte constituye la base inmediata de operaciones, será para la otra el objetivo directo de las mismas. De este modo, los caminos que enlazan Tiflis y Erzurum serán las líneas de operaciones para ambas. Hay tres caminos: uno por el alto Kura y Akhalzikh; otro por el alto Araxes y Erivan, y un tercero entre los dos anteriores, a través de las montañas por la vía de Kars. Todos estos caminos están guardados a uno y otro lado por poblaciones fortificadas y puestos, y sería difícil decir cuál resultaría más conveniente para los turcos o para los rusos. Baste con señalar que el camino de Akhalzikh es el que llevaría a un ejército turco más directamente sobre los distritos insurgentes del Cáucaso, pero ese mismo avance de los turcos sería flanqueado por un cuerpo ruso que avanzase desde Batum subiendo por el valle del Chorokh, pasando por Olti, hacia Erzurum; el camino de Batum se une al de Tiflis a solo unas 15 millas de Erzurum, lo que permitiría a un cuerpo ruso que avanzase en la dirección aludida cortar la comunicación de los turcos y, si fuera lo bastante fuerte, apoderarse incluso de Erzurum, cuyas fortificaciones tienen un carácter meramente asiático y no son capaces de ofrecer una resistencia seria.

La clave del teatro de guerra en Asia, y a ambos lados de las montañas, es, pues, Batum, y considerando esto, así como su importancia comercial, no hay que sorprenderse por los esfuerzos que el Zar* ha realizado siempre para apoderarse de ella. Y Batum es la llave del teatro de guerra, es más, de toda la Turquía asiática, porque domina el único camino transitable desde la costa al interior: un camino que flanquea todas las posiciones turcas situadas delante de Erzurum. Y cualquiera de las dos flotas del Mar Negro que arroje a la otra a sus puertos, ésa domina Batum.

Los rusos son perfectamente conscientes de la importancia de este puesto. Han enviado refuerzos, por tierra y por agua, a la costa transcaucásica. Hace poco tiempo habría podido creerse que los turcos, si bien eran más débiles en Europa, gozaban de una decidida superioridad en Asia. Se decía que Abdi Pachá, que manda el ejército asiático, había reunido 60.000, 80.000, incluso 120.000 hombres, y se informaba de que enjambres de beduinos, kurdos y otros irregulares belicosos acudían a diario a su bandera. Se decía que había armas y municiones almacenadas para los insurgentes caucásicos y que, tan pronto como se declarase la guerra, se realizaría un avance hasta el corazón mismo de esos centros de resistencia a Rusia. Sin embargo, convendrá observar que Abdi Pachá no puede disponer de más de unos 30.000 soldados regulares y que, antes de alcanzar el Cáucaso con ellos, y sólo con ellos, habrá de enfrentarse a la tenaz resistencia de los batallones rusos. Sus beduinos y jinetes kurdos pueden ser magníficos para la guerra de montaña, para obligar a los rusos a destacar ampliamente y a debilitar su cuerpo principal; pueden infligir un gran daño a las aldeas georgianas y de colonos en territorio ruso e, incluso, abrir algún tipo de comunicación clandestina con los montañeses caucásicos. Pero a menos que los regulares de Abdi Pachá sean capaces de bloquear el camino de Batum a Erzurum y puedan derrotar al núcleo de ejército activo que los rusos logren reunir, el éxito de los irregulares tendrá un carácter muy efímero. Hoy en día, el apoyo de un ejército regular es necesario para el progreso de toda guerra insurreccional o irregular contra un ejército regular poderoso. La posición de los turcos en esta frontera sería similar a la de Wellington en España, y queda por ver si Abdi Pachá sabrá administrar sus recursos tan bien como lo hizo el general británico frente a un enemigo decididamente superior en la guerra regular y en los medios para sostenerla. En 1829, las fuerzas rusas en Asia sumaban, ante Erzurum, solo 18.000 hombres, y considerando las mejoras que desde entonces han tenido lugar en el ejército turco (aunque el de Asia ha sido el que menos ha participado en ellas), diríamos que los rusos tendrían una buena probabilidad de éxito si pudieran reunir a 30.000 hombres en un mismo cuerpo ante esa misma plaza ahora.

Si podrán hacerlo o no, ¿quién puede decidirlo en el momento presente, cuando se conoce aún menos de los hechos reales y circulan aún más rumores ociosos sobre el ejército ruso en Asia que sobre el de Europa? El ejército caucásico se calcula oficialmente en 200.000 hombres, en su complemento completo; 21.000 cosacos del Mar Negro han marchado hacia la frontera turca; se dice que varias divisiones han sido embarcadas desde Odesa hacia Redut Kale, en la costa sur del Cáucaso. Pero todo el mundo sabe que el ejército caucásico no cuenta ni con la mitad de su complemento oficial, que el refuerzo enviado más allá del Cáucaso no puede tener, por causas obvias, la fuerza que señalan los periódicos rusos y, a juzgar por los testimonios contradictorios que recibimos, nos resulta absolutamente imposible hacer nada parecido a una estimación de las fuerzas rusas en la frontera asiática. Pero lo que sí podemos decir es que, con toda probabilidad, las fuerzas de ambas partes (dejando de lado la cuestión de una insurrección general inmediata de los caucásicos) estarán bastante equilibradas; que los turcos tal vez sean un poco más fuertes que los rusos y, por lo tanto, en este teatro de guerra tendrán justo derecho a emprender operaciones ofensivas.

Las posibilidades de los turcos son, en efecto, mucho más alentadoras en Asia que en Europa. En Asia solo tienen un puesto importante que guardar: Batum; y un avance, ya sea desde Batum o desde Erzurum hacia el Cáucaso, les abre, en caso de éxito, una comunicación directa con sus aliados, los montañeses, y puede cortar de inmediato la comunicación, al menos por tierra, del ejército ruso situado al sur del Cáucaso con Rusia; un resultado que puede conducir a la destrucción completa de ese ejército. Por otra parte, si son derrotados, los turcos se arriesgan a perder Batum, Trebisonda y Erzurum; pero incluso si ese fuera el caso, los rusos no serán entonces lo bastante fuertes para avanzar más allá. Las ventajas son muy superiores a la pérdida que habría que soportar en caso de derrota; y es, por tanto, por razones sólidas y satisfactorias, que los turcos parecen haberse decidido por la guerra ofensiva en aquellas regiones.