Londres, martes 22 de marzo de 1853

El acontecimiento más importante en la historia contemporánea de los partidos es la deposición de Disraeli de la jefatura de la minoría “gran conservadora”. Disraeli, según ha trascendido, estaba dispuesto a echar por la borda a sus antiguos aliados ocho o nueve semanas antes de la disolución del gabinete tory, y sólo desistió de su propósito a instancias urgentes de Lord Derby. Ahora, a su vez, ha sido despedido y reemplazado formalmente por Sir John Pakington, un personaje seguro, cauteloso, no del todo desprovisto de capacidad administrativa, pero por lo demás un hombre lúgubre, la encarnación misma de los prejuicios caducos y los sentimientos anticuados de la vieja aristocracia rural inglesa. Este cambio en la jefatura equivale a una transformación completa, y quizá definitiva, del partido tory. Disraeli puede felicitarse de su emancipación de los farsantes terratenientes. Cualquiera que sea nuestra opinión sobre el hombre, de quien se dice que desprecia a la aristocracia, odia a la burguesía y no ama al pueblo, es indiscutiblemente el miembro más capaz del actual Parlamento, y la flexibilidad de su carácter le permite adaptarse mejor a las cambiantes necesidades de la sociedad.

Con respecto a la cuestión de los refugiados, le escribí en mi última, que

después del discurso de Lord Palmerston en la Cámara de los Comunes, los periódicos austríacos declararon que era inútil pedir reparación a un gabinete corrompido por la influencia palmerstoniana. Pero apenas se hubo telegrafiado a Viena la declaración de Aberdeen en la Cámara de los Lores, cuando el aspecto de las cosas cambió de nuevo.* Los mismos periódicos afirman ahora que “Austria confía en el honor del gabinete inglés”, y la semioficial Oesterreichische Correspondenz publica lo siguiente de su corresponsal en París:

“Lord Cowley, a su regreso a París, declaró al Emperador de los franceses,* que los representantes diplomáticos de Inglaterra en las cortes del Norte habían recibido instrucciones formales de emplear todos sus esfuerzos para disuadir a las potencias del Norte de enviar una nota colectiva al gobierno británico, y de instar, como motivo de tal abstención, que dicho gobierno estaría en mejores condiciones de acceder a la demanda de esas potencias cuanto más pudiera mantener, a los ojos de toda Inglaterra, la apariencia de actuar libre y voluntariamente en el asunto... 

“El embajador británico, Lord Cowley, instó al Emperador de los franceses a depositar una confianza implícita en el gabinete británico, tanto más cuanto que el Emperador siempre tendría la libertad de adoptar las medidas que considerase oportunas en caso de que esa confianza no se viera justificada... El Emperador de los franceses, reservándose plena libertad de acción para el futuro, se dejó inducir a poner a prueba la sinceridad del gabinete británico, y ahora se esfuerza por persuadir a las demás potencias a seguir su ejemplo.”

Ya ve usted lo que se espera de “ce cher Aberdeen”, como solía llamarlo Luis Felipe, y qué promesas debe de haber hecho. Estas promesas ya van seguidas de hechos. La semana pasada, la policía inglesa elaboró una lista de los refugiados continentales residentes en Londres. Varios detectives, de paisano, recorrieron plaza por plaza, calle por calle y casa por casa, tomando nota de los datos personales de los refugiados, dirigiéndose en la mayoría de los casos a los taberneros del vecindario, pero entrando en algunos casos, bajo pretexto de perseguir criminales, en los propios domicilios y registrando los papeles de algunos exiliados.

Mientras la policía continental persigue en vano a Mazzini, mientras en Nuremberg los magistrados han ordenado cerrar las puertas de la ciudad para atraparlo —pues según un viejo proverbio alemán, allí no se ahorca a nadie antes de haberlo capturado—, mientras la prensa inglesa publica informe tras informe sobre su supuesto paradero, Mazzini se encuentra desde hace unos días sano y salvo en Londres.

El príncipe Ménchikov, tras pasar revista a las fuerzas rusas estacionadas en los Principados danubianos y después de inspeccionar el ejército y la flota en Sebastopol, donde hizo ejecutar bajo su mirada maniobras de embarque y desembarco de tropas, entró en Constantinopla del modo más teatral el 28 de febrero, acompañado de un séquito de 12 personas, entre ellas el almirante de la escuadra rusa en el mar Negro,⁷ un general de división,⁸ y varios oficiales de Estado Mayor, con M. de Nesselrode, hijo, como secretario de la embajada. Fue recibido por los habitantes griegos y rusos como si fuera el propio zar ortodoxo entrando en Tsarigrad para devolverlo a la verdadera fe. Una enorme sensación causó aquí y en París la noticia de que el príncipe Ménchikov, no satisfecho con la destitución de Fuad Effendi, había exigido que el sultán abandonara al emperador de Rusia no sólo la protección de todos los cristianos de Turquía, sino también el derecho de nombrar al patriarca griego; que el sultán había apelado a la protección de Inglaterra y Francia; que el coronel Rose, el enviado británico, había despachado apresuradamente el vapor Wasp a Malta para solicitar la presencia inmediata de la flota inglesa en el Archipiélago, y que buques rusos habían fondeado en Kilia, cerca del Bósforo. El Moniteur de París nos informa de que la escuadra francesa de Tolón había recibido orden de dirigirse a aguas griegas.⁵ El almirante Dundas, sin embargo, sigue aún en Malta. De todo esto se desprende que la Cuestión de Oriente vuelve a figurar en el “ordre du jour” europeo, hecho que no sorprenderá a quienes conocen la historia.

Siempre que el huracán revolucionario se calma por un momento, surge inevitablemente una cuestión recurrente: la eterna “Cuestión de Oriente”. Así, una vez pasadas las tormentas de la primera Revolución Francesa, y después de que Napoleón y Alejandro de Rusia se hubieran repartido toda la Europa continental* tras la paz de Tilsit, Alejandro aprovechó la calma momentánea para enviar un ejército a Turquía y “dar un empujón” a las fuerzas que estaban descomponiendo desde dentro aquel imperio decadente. Y apenas los movimientos revolucionarios de Europa occidental⁶ fueron sofocados por los congresos de Laybach y Verona, el sucesor de Alejandro, Nicolás, volvió a lanzarse sobre Turquía. Cuando pocos años después la revolución de Julio, con sus insurrecciones concomitantes en Polonia, Italia y Bélgica, hubo pasado, y Europa, tal como quedó remodelada en 1831, parecía fuera del alcance de las borrascas internas, la Cuestión de Oriente, en 1840, estuvo a punto de enzarzar a las “grandes potencias” en una guerra general.⁷

Y ahora, cuando la miopía de los pigmeos gobernantes se enorgullece de haber liberado con éxito a Europa de los peligros de la anarquía y la revolución, surge de nuevo el eterno tema, la dificultad inagotable: ¿Qué haremos con Turquía?

Turquía es la llaga viva de la legitimidad europea. La impotencia del gobierno monárquico legítimo, desde la primera Revolución Francesa, se ha resumido en un solo axioma: mantener el statu quo. Un testimonium paupertatis, un reconocimiento de la incompetencia universal de los poderes gobernantes para cualquier propósito de progreso o civilización, se manifiesta en este acuerdo universal de atenerse a las cosas tal como por azar o accidente se encuentran. Napoleón podía disponer de todo un continente en un instante; y disponer, además, de una manera que revelaba a la vez genio y firmeza de propósito; toda la “sabiduría colectiva” de la legitimidad europea, reunida en el Congreso de Viena, tardó un par de años en hacer el mismo trabajo, se peleó por él, hizo un verdadero desastre y lo encontró tan terriblemente aburrido que desde entonces tuvieron bastante y jamás volvieron a intentar repartirse Europa. Mirmidones de la mediocridad, como los llama Béranger, sin conocimiento histórico ni penetración de los hechos, sin ideas, sin iniciativa, adoran el statu quo que ellos mismos han chapuceado, a sabiendas de lo chapucera y desatinada que es su obra.

Pero Turquía, no menos que el resto del mundo, no permanece estacionaria; y justo cuando el partido reaccionario ha logrado restaurar en la Europa civilizada lo que consideran el statu quo ante, se percibe que entre tanto el statu quo en Turquía ha cambiado mucho, que han surgido nuevas cuestiones, nuevas relaciones, nuevos intereses, y que los pobres diplomáticos tienen que empezar de nuevo allí donde fueron interrumpidos por un terremoto general unos ocho o diez años antes. ¡Mantener el statu quo en Turquía! Sería como pretender mantener el grado exacto de putrefacción en que se encuentra el cadáver de un caballo muerto en un momento dado, antes de que la descomposición sea completa. Turquía se sigue descomponiendo, y seguirá descomponiéndose mientras perdure el actual sistema del “equilibrio de poder” y del mantenimiento del “statu quo”; y a pesar de congresos, protocolos y ultimátums, producirá su cuota anual de dificultades diplomáticas y querellas internacionales, del mismo modo que cualquier otro cuerpo pútrido suministrará al vecindario la debida cantidad de hidrógeno carburado y otras materias gaseosas bien perfumadas.

Examinemos la cuestión de una vez. Turquía se compone de tres partes completamente distintas: los principados vasallos de África, a saber, Egipto y Túnez; la Turquía asiática y la Turquía europea. De las posesiones africanas, de las cuales quizá sólo Egipto puede considerarse realmente sometido al sultán, podemos prescindir por el momento; Egipto pertenece más a los ingleses que a nadie, y formará, y necesariamente debe formar, su parte en cualquier futuro reparto de Turquía. La Turquía asiática es la verdadera sede de toda la fuerza que queda en el Imperio; el Asia Menor y Armenia, durante cuatrocientos años la morada principal de los turcos, constituyen la reserva de la cual se han sacado los ejércitos turcos, desde aquellos que amenazaron las murallas de Viena hasta los que se dispersaron ante las no muy diestras maniobras de Diebitsch en Kulevcha.⁸ La Turquía asiática, aunque poco poblada, forma una masa demasiado compacta de fanatismo musulmán y de nacionalidad turca como para provocar por el momento intentos de conquista; y de hecho, siempre que se plantea la “Cuestión de Oriente”, las únicas partes de este territorio que se toman en consideración son Palestina y los valles cristianos del Líbano.

El verdadero punto en litigio es siempre la Turquía europea: la gran península al sur del Save y del Danubio. Este espléndido territorio tiene la desgracia de estar habitado por un conglomerado de diferentes razas y nacionalidades, de las cuales es difícil decir cuál es la menos apta para el progreso y la civilización. Eslavos, griegos, valacos, arnauts, doce millones de hombres, están sometidos por un millón de turcos, y hasta hace poco parecía dudoso si, de todas estas razas diferentes, no serían los turcos los más competentes para ejercer la supremacía que, en una población tan mezclada, no podía menos de recaer en una de esas nacionalidades. Pero cuando vemos cuán lamentablemente han fracasado todos los intentos de civilización por parte de la autoridad turca; cómo el fanatismo del Islam, apoyado principalmente por la chusma turca de unas pocas grandes ciudades, se ha valido invariablemente de la ayuda de Austria y Rusia para recobrar el poder y echar por tierra cualquier progreso que se hubiera podido hacer; cuando vemos que la autoridad central, es decir la turca, se debilita año tras año por las insurrecciones en las provincias cristianas, ninguna de las cuales, gracias a la debilidad de la Puerta y a la intervención de los Estados vecinos, llega jamás a

* Le Moniteur universel, Nº 79, 20 de marzo de 1853.— Ed.

completamente infructuosos; cuando vemos a Grecia obtener su independencia, partes de Armenia conquistadas por Rusia —Moldavia, Valaquia, Serbia, colocadas sucesivamente bajo el protectorado de esta última potencia—, nos veremos obligados a admitir que la presencia de los turcos en Europa es un verdadero obstáculo al desarrollo de los recursos de la Península Traco-Iliria.

Difícilmente podemos calificar a los turcos de clase gobernante de Turquía, porque las relaciones entre las distintas clases de la sociedad están allí tan mezcladas como las de las diversas razas. El turco es, según localidades y circunstancias, trabajador, labrador, pequeño propietario libre, comerciante, terrateniente feudal en la fase más baja y bárbara del feudalismo, funcionario civil o soldado; pero en todas estas distintas posiciones sociales pertenece a la fe y a la nación privilegiadas —sólo él tiene derecho a portar armas, y el más encumbrado cristiano ha de ceder la acera al más humilde musulmán con que se cruza. En Bosnia y Herzegovina, la nobleza, de ascendencia eslava, se ha pasado al islam, mientras que la masa del pueblo sigue siendo rayas, es decir, cristianos. En esta provincia, pues, la fe dominante y la clase dominante se identifican, ya que, naturalmente, el bosnio musulmán está al mismo nivel que su correligionario de ascendencia turca.

La fuerza principal de la población turca en Europa, independientemente de la reserva siempre dispuesta a ser traída de Asia, reside en la chusma de Constantinopla y de algunas otras grandes ciudades. Esa chusma es esencialmente turca, y aunque obtiene su principal sustento haciendo trabajos para capitalistas cristianos, mantiene con gran celo la superioridad imaginaria y la impunidad real para sus excesos que los privilegios del islam le confieren frente a los cristianos. Bien sabido es que, en todo golpe de estado importante, hay que ganarse a esta chusma con sobornos y adulaciones. Sólo esta chusma, con excepción de unos cuantos distritos colonizados, ofrece una masa compacta e imponente de población turca en Europa. Y ciertamente, tarde o temprano, habrá una necesidad absoluta de liberar una de las partes más hermosas de este continente del dominio de una chusma, comparada con la cual la chusma de la Roma imperial era una asamblea de sabios y héroes.

Entre las demás nacionalidades, podemos despachar en muy pocas palabras a los arnautas, un pueblo montañés aborigen, duro, que habita la región que desciende hacia el Adriático, y que habla una lengua propia, la cual, sin embargo, parece pertenecer al gran tronco indoeuropeo. Son en parte cristianos griegos, en parte musulmanes y, según todo lo que sabemos de ellos, todavía muy poco preparados para la civilización. Sus hábitos de depredación obligarán a cualquier gobierno vecino a mantenerlos en estrecha sujeción militar, hasta que el progreso industrial en los distritos circundantes les procure empleo como leñadores y aguadores, como ha ocurrido con los gallegos* en España y con los habitantes de las comarcas montañosas en general.

Los valacos o dacorromanos, principales habitantes del distrito entre el Bajo Danubio y el Dniéster, constituyen una población muy mezclada, pertenecen a la Iglesia griega y hablan una lengua derivada del latín, en muchos aspectos no distinta del italiano. Los de Transilvania y la Bucovina pertenecen al Imperio austriaco; los de Besarabia, al Imperio ruso; los de Moldavia y Valaquia, los dos únicos principados donde la raza dacorromana ha adquirido una existencia política, tienen príncipes propios, bajo la suzeranía nominal de la Puerta y el dominio real de Rusia. De los valacos de Transilvania oímos hablar mucho durante la guerra húngara; oprimidos hasta entonces por el feudalismo de los terratenientes húngaros, a quienes, según el sistema austriaco, se convertía al mismo tiempo en instrumentos de todas las exacciones gubernamentales, esta masa embrutecida fue ganada, de manera semejante a los siervos rutenos de Galitzia en 1846, por promesas y sobornos austriacos, y comenzó esa guerra de devastación que ha convertido a Transilvania en un desierto. Los dacorromanos de los Principados turcos tienen al menos una nobleza nativa e instituciones políticas; y a pesar de todos los esfuerzos de Rusia, el espíritu revolucionario ha penetrado entre ellos, como bien lo demostró la insurrección de 1848. Apenas cabe duda de que las exacciones y penalidades que se les infligieron durante la ocupación rusa desde 1848 han debido elevar aún más ese espíritu, a pesar del vínculo de una religión común y de la superstición zaropapista que hasta ahora los ha llevado a considerar al jefe imperial de la Iglesia griega como su protector natural. Y si así es, la nacionalidad valaca puede desempeñar todavía un papel importante en la disposición final de los territorios de que se trata.

Los griegos de Turquía son, en su mayoría, de ascendencia eslava, pero han adoptado la lengua helénica moderna; de hecho, con excepción de unas cuantas familias nobles de Constantinopla y Trebisonda, hoy se admite generalmente que muy poca sangre helénica pura se encuentra incluso en Grecia. Los griegos, junto con los judíos, son los principales comerciantes en los puertos de mar y en muchas ciudades del interior. También son cultivadores del suelo en algunos distritos. En todo caso, ni su número, ni su compacidad, ni su espíritu de nacionalidad les confieren peso político alguno como nación, excepto en Tesalia y quizás en Epiro. La influencia de que gozan unas pocas familias nobles griegas como dragomanes (intérpretes) en Constantinopla está decayendo rápidamente, desde que los turcos se educan en Europa y las legaciones europeas cuentan con agregados que hablan turco.

Llegamos ahora a la raza que forma la gran masa de la población y cuya sangre predomina en todos los lugares donde ha habido mezcla de razas. De hecho, puede decirse que constituye el tronco principal de la población cristiana desde Morea hasta el Danubio, y desde el Mar Negro hasta los montes Arnautas. Esta raza es la raza eslava, y más particularmente aquella rama suya que se resume bajo el nombre de iliria (Ilirski) o eslava meridional (Jugoslavenski). Después de la eslava occidental (polacos y bohemios) y la eslava oriental (rusos), forma la tercera rama de esa numerosa familia eslava que desde hace mil doscientos años ocupa el oriente de Europa. Estos eslavos meridionales ocupan no sólo la mayor parte de Turquía, sino también Dalmacia, Croacia, Eslavonia y el sur de Hungría. Todos hablan la misma lengua, muy afín al ruso y, con mucho, la más musical de todas las lenguas eslavas para los oídos occidentales. Los croatas y parte de los dálmatas son católicos romanos; todos los demás pertenecen a la Iglesia griega. Los católicos romanos usan el alfabeto latino, pero los fieles de la Iglesia griega escriben su lengua con caracteres cirílicos, que también se emplean en el ruso y en el antiguo eslavónico o lengua eclesiástica. Esta circunstancia, unida a la diferencia de religión, ha contribuido a retrasar todo desarrollo nacional que abarque el conjunto del territorio eslavo meridional. Un hombre de Belgrado puede no ser capaz de leer un libro impreso en su propia lengua en Agram o Betch, e incluso puede negarse a tomarlo, a causa del alfabeto y la ortografía “heterodoxos” que en él se emplean; mientras que tendrá poca dificultad en leer y comprender un libro impreso en Moscú, en lengua rusa, por cuanto ambos idiomas, particularmente en el viejo sistema de ortografía etimológica eslava, se parecen mucho, y porque el libro está impreso en el alfabeto “ortodoxo” (pravoslavni). La masa de los eslavos griegos ni siquiera quiere que sus biblias, liturgias y devocionarios se impriman en su propio país, porque están convencidos de que hay una particular corrección y ortodoxia y un olor de santidad en todo lo impreso en la santa Moscú o en el establecimiento tipográfico imperial de San Petersburgo. A pesar de todos los esfuerzos paneslavistas de los entusiastas de Agram y Praga,* el serbio, el búlgaro, el raya bosnio, el campesino eslavo de Macedonia y Tracia, tiene más simpatía nacional, más puntos de contacto, más medios de intercambio intelectual con el ruso que con el eslavo meridional católico romano que habla la misma lengua. Pase lo que pase, mira hacia San Petersburgo en espera del advenimiento del Mesías que ha de librarlo de todo mal; y si llama a Constantinopla su Tsarigrad o Ciudad Imperial, es tanto en anticipación del zar ortodoxo que vendrá del norte y entrará en ella para restaurar la verdadera fe, como en recuerdo del zar ortodoxo que la poseyó antes de que los turcos invadieran el país.

Sometida en la mayor parte de Turquía al dominio directo del turco, pero bajo autoridades locales de su propia elección, en parte (en Bosnia) convertida a la fe del conquistador, la raza eslava ha mantenido o conquistado en ese país una existencia política en dos localidades. Una es Serbia, el valle del Morava, provincia con fronteras naturales bien definidas, que desempeñó un papel importante en la historia de estas regiones hace seiscientos años. Sometida temporalmente por los turcos, la guerra rusa de 1806 le dio la oportunidad de obtener una existencia separada, aunque bajo la supremacía turca. Desde entonces ha permanecido bajo la protección inmediata de Rusia. Pero, al igual que en Moldavia y Valaquia, la existencia política ha traído consigo nuevas necesidades y ha forzado a Serbia a un creciente intercambio con Europa occidental. La civilización comenzó a echar raíces, el comercio se extendió, surgieron nuevas ideas; y así encontramos, en el corazón mismo y en el baluarte de la influencia rusa, en la eslava y ortodoxa Serbia, un partido antirruso y progresista (desde luego, muy modesto en sus exigencias de reforma), encabezado por el ex ministro de Hacienda Garašanin.

No cabe duda de que, si la población greco-eslava llegara alguna vez a obtener el dominio en la tierra que habita y donde constituye las tres cuartas partes de la población total (siete millones), las mismas necesidades harían surgir con el tiempo un partido antirruso y progresista, cuya existencia ha sido hasta ahora la consecuencia inevitable de que cualquier porción de ella se haya semi-desprendido de Turquía.

En Montenegro no tenemos un valle fértil con ciudades relativamente grandes, sino un país montañoso, estéril y de difícil acceso. Allí se ha establecido una banda de salteadores que recorren las llanuras y guardan el botín en sus fortalezas montañosas. Estos caballeros románticos pero bastante rudos han sido durante mucho tiempo una plaga en Europa, y no hace sino confirmar la política de Rusia y Austria el que se empeñen en defender los derechos de los montenegrinos (Tsernogorci) a incendiar aldeas, asesinar a sus habitantes y llevarse el ganado.