[New-York Daily Tribune, núm. 3297, 12 de noviembre de 1851]

El 24 de febrero de 1848, Luis Felipe fue expulsado de París y se proclamó la República Francesa. El 13 de marzo siguiente, el pueblo de Viena quebrantó el poder del príncipe Metternich y le obligó a huir vergonzosamente del país. El 18 de marzo, el pueblo de Berlín se alzó en armas y, tras una lucha obstinada de dieciocho horas, tuvo la satisfacción de ver al rey* entregarse en sus manos. En las capitales de los Estados menores de Alemania se produjeron simultáneamente estallidos de carácter más o menos violento, pero todos con el mismo éxito. El pueblo alemán, aunque no había llevado a cabo su primera revolución, al menos se había lanzado de lleno a la carrera revolucionaria.

En cuanto a los incidentes de estas diversas insurrecciones, no podemos entrar aquí en sus detalles: lo que hemos de explicar es su carácter y la posición que asumieron respecto a ellas las distintas clases de la población.

Puede decirse que la revolución de Viena fue obra de una población casi unánime. La burguesía, con excepción de los banqueros y agiotistas, la pequeña clase comerciante, los trabajadores, todos a una, se alzaron de inmediato contra un gobierno detestado por todos, un gobierno tan universalmente odiado que la pequeña minoría de nobles y señores del dinero que lo había sostenido se hizo invisible desde el primer ataque. Las clases medias habían sido mantenidas por Metternich en tal grado de ignorancia política, que para ellas las noticias llegadas de París sobre el reino de la anarquía, el socialismo y el terror, y sobre las luchas inminentes entre la clase de los capitalistas y la clase de los trabajadores, resultaron del todo ininteligibles. En su inocencia política, o bien no podían atribuir significado alguno a estas noticias, o bien las creían invenciones diabólicas de Metternich para atemorizarlas y obligarlas a la obediencia. Además, nunca habían visto a los trabajadores actuar como clase ni defender sus propios y distinguidos intereses de clase. Por su experiencia pasada, no tenían idea de la posibilidad de que surgieran diferencias entre clases que ahora estaban tan cordialmente unidas para derrocar a un gobierno odiado por todos. Veían que los trabajadores coincidían con ellos en todos los puntos: una constitución, juicio por jurados, libertad de prensa, etc. Así, en marzo de 1848, al menos, estaban de todo corazón con el movimiento, y el movimiento, a su vez, los constituyó de inmediato en la clase predominante del Estado (al menos en teoría).

Pero es el destino de todas las revoluciones que esta unión de clases diferentes, que en cierta medida es siempre la condición necesaria de toda revolución, no pueda subsistir largo tiempo. Apenas conquistada la victoria contra el enemigo común, los vencedores se dividen entre sí en diferentes campos y vuelven sus armas unos contra otros. Es este rápido y apasionado desarrollo del antagonismo de clase lo que, en viejos y complicados organismos sociales, hace de la revolución un agente tan poderoso de progreso social y político; es este incesantemente rápido surgimiento de nuevos partidos que se suceden en el poder lo que, durante esas violentas conmociones, hace que una nación recorra en cinco años más terreno del que habría recorrido en un siglo en circunstancias normales.

Revolución y contrarrevolución en Alemania 33

La revolución, en Viena, hizo de la clase media la clase teóricamente predominante; es decir, las concesiones arrancadas al gobierno eran de tal naturaleza que, una vez llevadas a la práctica y mantenidas por un tiempo, habrían asegurado inevitablemente la supremacía de la clase media. Pero, en la práctica, la supremacía de esa clase distaba mucho de estar establecida. Es cierto que, mediante la creación de una Guardia Nacional, que dio armas a la burguesía y a los pequeños comerciantes, esa clase obtuvo fuerza e importancia; es cierto que, mediante la instalación de un «Comité de Seguridad», una especie de gobierno revolucionario e irresponsable en el que predominaba la burguesía, fue colocada a la cabeza del poder. Pero al mismo tiempo, las clases trabajadoras también estaban parcialmente armadas; ellas y los estudiantes habían soportado el peso de la lucha, en la medida en que había habido lucha; y los estudiantes, unos 4.000, bien armados y mucho mejor disciplinados que la Guardia Nacional, formaban el núcleo, la verdadera fuerza de la potencia revolucionaria, y no estaban en modo alguno dispuestos a actuar como un mero instrumento en manos del Comité de Seguridad. Aunque lo reconocían e incluso eran sus partidarios más entusiastas, formaban, no obstante, una especie de cuerpo independiente y bastante turbulento, que deliberaba por su cuenta en el «Aula», manteniendo una posición intermedia entre la burguesía y las clases trabajadoras, impidiendo, mediante una agitación constante, que las cosas se asentaran en la vieja tranquilidad cotidiana, y muy a menudo imponiendo sus resoluciones al Comité de Seguridad. Los trabajadores, por otra parte, casi enteramente privados de empleo, tuvieron que ser ocupados en obras públicas a expensas del Estado, y el dinero para este fin debía naturalmente sacarse de la bolsa de los contribuyentes o de las arcas de la ciudad de Viena. Todo esto no podía menos que resultar muy desagradable para los comerciantes de Viena. Las manufacturas de la ciudad, calculadas para el consumo de las cortes ricas y aristocráticas de un gran país, quedaron, como era natural, completamente paralizadas por la revolución, por la huida de la aristocracia y de la corte; el comercio estaba estancado, y la continua agitación y excitación mantenida por los estudiantes y los trabajadores no era, ciertamente, el medio de «restablecer la confianza», como se decía. Así, muy pronto surgió un cierto enfriamiento entre las clases medias, por un lado, y los turbulentos estudiantes y los trabajadores, por el otro; y si, durante mucho tiempo, ese enfriamiento no maduró hasta convertirse en hostilidad abierta, fue porque el ministerio, y particularmente la corte, en su impaciencia por restaurar el viejo orden de cosas, justificaban constantemente las sospechas y la turbulenta actividad de los partidos más revolucionarios, y hacían surgir constantemente, incluso ante los ojos de las clases medias, el espectro del viejo despotismo metternichiano. Así, el 15 de mayo, y de nuevo el 26, se produjeron nuevos levantamientos de todas las clases en Viena,* a causa de que el gobierno había intentado atacar o socavar algunas de las libertades recién conquistadas, y en cada ocasión, la alianza entre la Guardia Nacional o clase media armada, los estudiantes y los trabajadores, se consolidó de nuevo por un tiempo.

En cuanto a las otras clases de la población, la aristocracia y los señores del dinero habían desaparecido, y los campesinos estaban afanosamente ocupados en todas partes en eliminar hasta los últimos vestigios del feudalismo. Gracias a la guerra en Italia* y a la ocupación que Viena y Hungría daban a la corte, se les dejó en plena libertad, y lograron su obra de liberación, en Austria, mejor que en ninguna otra parte de Alemania. La Dieta austríaca, muy poco después, no tuvo más que confirmar los pasos* ya prácticamente dados por los campesinos, y por mucho que el gobierno del príncipe Schwarzenberg pueda restaurar otras cosas, nunca tendrá el poder de restablecer la servidumbre feudal de los campesinos. Y si Austria en el momento actual vuelve a estar comparativamente tranquila, e incluso fuerte, se debe principalmente a que la gran mayoría del pueblo, los campesinos, han sido gananciosos reales con la revolución, y a que, por mucho que el gobierno restaurado haya atacado otras cosas, estas ventajas palpables y sustanciales conquistadas por los campesinos permanecen hasta ahora intactas.

Londres, octubre de 1851

* Federico Guillermo IV.— N. de la ed.