[New-York Daily Tribune, núm. 3425, 9 de abril de 1852]

Cuando al fin el ejército concentrado de Windischgrätz comenzó el ataque contra Viena, las fuerzas que pudieron llevarse al frente para la defensa eran sumamente insuficientes para tal propósito. De la Guardia Nacional, solo una parte pudo ser conducida a las trincheras. Se había formado a toda prisa, es cierto, una Guardia Proletaria, pero, debido a lo tardío del intento de hacer así utilizable a la parte más numerosa, más audaz y más enérgica de la población, estaba demasiado poco habituada al uso de las armas y a los rudimentos mismos de la disciplina como para ofrecer una resistencia exitosa. Así pues, la Legión Académica, de tres a cuatro mil hombres, bien ejercitada y disciplinada hasta cierto grado, valiente y entusiasta, era, militarmente hablando, la única fuerza en condiciones de cumplir su tarea con éxito. Pero ¿qué eran ellos, junto con los pocos guardias nacionales de confianza y con la masa confusa de los proletarios armados, frente a los regulares mucho más numerosos de Windischgrätz, sin contar siquiera las hordas bandidescas de Jellachich, hordas que eran, por la naturaleza misma de sus hábitos, muy útiles en una guerra de casa en casa, de callejón en callejón? Y ¿con qué, sino unas cuantas piezas de artillería viejas, desgastadas, mal montadas y mal servidas, contaban los insurgentes para oponerse a aquella artillería numerosa y perfectamente dotada, de la que Windischgrätz hacía un uso tan falto de escrúpulos?

Cuanto más se acercaba el peligro, tanto más crecía la confusión en Viena. La Dieta, hasta el último momento, no pudo reunir suficiente energía para llamar en su auxilio al ejército húngaro de Perczel, acampado a unas pocas leguas de la capital. El Comité* aprobaba resoluciones contradictorias, fluctuando ellos mismos, como las masas populares armadas, con la marea creciente y alternativamente menguante de rumores y contrarumores. Solo había una cosa en la que todos estaban de acuerdo: respetar la propiedad; y esto se llevó a cabo en un grado casi ridículo para aquellos tiempos. En cuanto a la disposición definitiva de un plan de defensa, muy poco se hizo. Bem, el único hombre presente que hubiera podido salvar Viena, si es que alguien podía, entonces en Viena un extranjero casi desconocido, eslavón de nacimiento, abandonó la tarea, abrumado como estaba por la desconfianza universal. De haber perseverado, quizás lo habrían linchado como traidor. Messenhauser, el comandante de las fuerzas insurgentes, más novelista que incluso oficial subalterno, era totalmente inadecuado para la tarea; y, sin embargo, después de ocho meses de luchas revolucionarias, el partido popular no había producido ni adquirido un hombre militar de más capacidad que él. Así comenzó la contienda. Los vieneses, considerando sus medios de defensa absolutamente insuficientes, considerando su absoluta falta de pericia militar y de organización en las filas, ofrecieron una resistencia de lo más heroica. En muchos lugares, la orden dada por Bem, cuando estaba al mando, de «defender ese puesto hasta el último hombre», se cumplió al pie de la letra. Pero la fuerza prevaleció. Barricada tras barricada fue barrida por la artillería imperial en las largas y anchas avenidas que forman las calles principales de los suburbios; y en la tarde del segundo día de combate, los croatas ocuparon la hilera de casas que daba frente a la explanada de la Ciudad Vieja. Un ataque débil y desordenado del ejército húngaro había sido completamente derrotado; y durante un armisticio, mientras algunos sectores en la Ciudad Vieja capitulaban, mientras otros vacilaban y sembraban confusión, mientras los restos de la Legión Académica preparaban nuevas trincheras, los imperialistas lograron una entrada, y en medio de este desorden general la Ciudad Vieja fue tomada.

Las consecuencias inmediatas de esta victoria, las brutalidades y ejecuciones por la ley marcial, las crueldades e infamias inauditas cometidas por las hordas eslavonas desatadas sobre Viena, son demasiado conocidas para detallarlas aquí. Las consecuencias ulteriores, el giro completamente nuevo dado a los asuntos alemanes por la derrota de la revolución en Viena, tendremos ocasión de señalarlas más adelante. Quedan dos puntos por considerar en relación con la conquista de Viena. El pueblo de esa capital tenía dos aliados: los húngaros y el pueblo alemán. ¿Dónde estaban en la hora de la prueba?

Hemos visto que los vieneses, con toda la generosidad de un pueblo recién liberado, se habían alzado por una causa que, aunque en última instancia era la suya propia, era en primer término y ante todo la de los húngaros. Antes que permitir que las tropas austríacas marcharan sobre Hungría, atrajeron sobre sí mismos su primera y más terrible embestida. Y mientras así se adelantaban noblemente en apoyo de sus aliados, los húngaros, victoriosos frente a Jellachich, lo empujaron hacia Viena y, con su victoria, fortalecieron la fuerza que iba a atacar esa ciudad. En estas circunstancias, era el claro deber de Hungría apoyar, sin demora y con todas las fuerzas disponibles, no a la Dieta de Viena, no al Comité de Seguridad ni a ningún otro cuerpo oficial de Viena, sino a la Revolución vienesa. Y aunque Hungría hubiera olvidado que Viena había librado la primera batalla de Hungría, su propia seguridad le obligaba a no olvidar que Viena era el único puesto avanzado de la independencia húngara, y que tras la caída de Viena nada podría detener el avance de las tropas imperiales contra ella. Ahora bien, conocemos muy bien todo lo que los húngaros pueden decir y han dicho en defensa de su inactividad durante el bloqueo y la conquista de Viena: el estado insuficiente de sus propias fuerzas, la negativa de la Dieta o de cualquier otro cuerpo oficial en Viena a llamarlos, la necesidad de mantenerse en el terreno constitucional y de evitar complicaciones con el Poder Central alemán. Pero el hecho es, en cuanto al estado insuficiente del ejército húngaro, que en los primeros días después de la revolución vienesa y la llegada de Jellachich, nada se echaba en falta en cuanto a tropas regulares, pues las tropas regulares austríacas estaban muy lejos de estar concentradas; y que una persecución valerosa e implacable de la primera ventaja sobre Jellachich, incluso sin más que el Landsturm* que había combatido en Stuhlweissenburg, habría bastado para efectuar una unión con los vieneses y aplazar por medio año toda concentración de un ejército austríaco. En la guerra, y particularmente en la guerra revolucionaria, la rapidez de acción hasta obtener alguna ventaja decisiva es la primera regla, y no tenemos reparo en decir que, por razones puramente militares, Perczel no debió detenerse hasta que se efectuara su unión con los vieneses. Ciertamente había algún riesgo, pero ¿quién ha ganado jamás una batalla sin arriesgar algo? ¿Y no arriesgaron nada los vieneses cuando atrajeron sobre sí —ellos, una población de cuatrocientos mil— las fuerzas que iban a marchar a la conquista de doce millones de húngaros? La falta militar cometida al esperar hasta que los austríacos se hubieran unido y al hacer la débil demostración en Schwechat que terminó, como merecía, en una derrota ignominiosa —esta falta militar ciertamente entrañó más riesgos que una marcha resuelta sobre Viena contra las bandas desbandadas de Jellachich habría acarreado.*

Pero, se dice, un avance tal de los húngaros, a menos que fuera autorizado por algún cuerpo oficial, habría sido una violación del territorio alemán, habría provocado complicaciones con el Poder Central en Fráncfort y, sobre todo, habría sido un abandono de la política legal y constitucional que constituía la fuerza de la causa húngara. ¡Pues bien, los cuerpos oficiales en Viena eran entidades nulas! ¿Era la Dieta, eran los Comités populares los que se habían alzado por Hungría, o era el pueblo de Viena, y solo él, el que había empuñado el fusil para soportar lo más duro de la primera batalla por la independencia de Hungría? No era este o aquel cuerpo oficial en Viena lo que importaba sostener —todos esos cuerpos podrían, y habrían sido, derribados muy pronto en el curso del desarrollo revolucionario—, sino que era la ascendencia del movimiento revolucionario, el progreso ininterrumpido de la acción popular misma, lo único que estaba en cuestión y lo único que podía salvar a Hungría de la invasión. Las formas que este movimiento revolucionario pudiera adoptar después era asunto de los vieneses, no de los húngaros, mientras Viena y la Austria alemana en general continuaran siendo sus aliados contra el enemigo común. Pero la cuestión es si en este empeño del Gobierno húngaro por alguna autorización cuasi legal, no hemos de ver el primer síntoma claro de esa pretensión de una legalidad de procedimiento bastante dudosa que, si no salvó a Hungría, al menos resultó muy bien, en un período posterior, ante los auditorios de la clase media inglesa.

En cuanto al pretexto de posibles conflictos con el Poder Central de Alemania en Fráncfort, es del todo fútil. Las autoridades de Fráncfort fueron derribadas de hecho por la victoria de la contrarrevolución en Viena; igualmente habrían sido derribadas si la revolución allí hubiera encontrado el apoyo necesario para derrotar a sus enemigos. Y, por último, el gran argumento de que Hungría no podía abandonar el terreno legal y constitucional puede valer muy bien para los librecambistas británicos, pero nunca será considerado suficiente a los ojos de la historia. Supongamos que el pueblo de Viena se hubiera atenido a los medios «legales y constitucionales» el 13 de marzo y el 6 de octubre, ¿qué habría sido entonces del movimiento «legal y constitucional» y de todas las gloriosas batallas que, por primera vez, atrajeron la atención del mundo civilizado sobre Hungría? El mismísimo terreno legal y constitucional sobre el cual se afirma que se movieron los húngaros en 1848 y 1849 fue conquistado para ellos por el levantamiento sumamente ilegal e inconstitucional del pueblo de Viena el 13 de marzo. No entra en nuestro propósito discutir aquí la historia revolucionaria de Hungría, pero puede considerarse oportuno observar que es del todo inútil profesar emplear únicamente medios legales de resistencia frente a un enemigo que desprecia tales escrúpulos; y si añadimos que, de no haber sido por esta eterna pretensión de legalidad, de la que Görgey se apoderó y volvió contra el Gobierno, la devoción del ejército de Görgey a su general y la vergonzosa catástrofe de Világos habrían sido imposibles.** Y cuando, al fin, para salvar su honor, los húngaros cruzaron el Leitha a finales de octubre de 1848, ¿no fue eso tan ilegal como lo habría sido cualquier ataque inmediato y resuelto?

Sabido es que no albergamos sentimientos hostiles hacia Hungría. La apoyamos durante la lucha; y se nos permitirá decir que nuestro periódico, la Neue Rheinische Zeitung, ha hecho más que ningún otro para popularizar la causa húngara en Alemania, explicando la naturaleza de la lucha entre las razas magiares y eslavas, y siguiendo la guerra húngara en una serie de artículos a los que se ha tributado el elogio de ser plagiados en casi todos los libros posteriores sobre el tema, sin exceptuar las obras de los propios húngaros y de los «testigos presenciales». Aún ahora, en cualquier futura convulsión continental, consideramos a Hungría como el aliado necesario y natural de Alemania. Pero hemos sido lo bastante severos con nuestros propios compatriotas para tener derecho a hablar claro sobre nuestros vecinos; y además, aquí hemos de registrar los hechos con imparcialidad histórica, y debemos decir que, en este caso particular, la generosa valentía del pueblo vienés no sólo fue mucho más noble, sino también más previsora que la cauta circunspección del Gobierno húngaro. Y, como alemanes, se nos permitirá añadir que ni por todas las vistosas victorias y gloriosas batallas de la campaña húngara cambiaríamos aquel levantamiento espontáneo, solitario y heroico de la resistencia del pueblo de Viena, nuestros compatriotas, que dio a Hungría el tiempo de organizar el ejército que pudo realizar tan grandes hazañas.

El segundo aliado de Viena fue el pueblo alemán. Pero éste se hallaba empeñado doquiera en la misma lucha que los vieneses. Francfort, Baden, Colonia acababan de ser derrotados y desarmados. En Berlín y Breslau el pueblo estaba a la greña con el ejército, y a diario se esperaba que vinieran a las manos. Así sucedía en cada centro local de acción. Por todas partes había cuestiones pendientes que sólo podían resolverse por la fuerza de las armas; y fue entonces cuando se sintieron severamente, por primera vez, las desastrosas consecuencias de la continuación del viejo desmembramiento y la descentralización de Alemania. Las diferentes cuestiones en cada Estado, cada provincia, cada ciudad eran fundamentalmente las mismas; pero se planteaban por doquier bajo formas y pretextos diferentes, y por doquier habían alcanzado diferentes grados de madurez. Así ocurrió que, aunque en cada localidad se sentía la decisiva gravedad de los acontecimientos de Viena, en ninguna parte podía darse un golpe importante con la esperanza de llevar socorro a los vieneses o de hacer una diversión en su favor; y no quedó nada para ayudarlos más que el Parlamento y el Poder Central de Francfort; se apeló a ellos desde todos los lados. Pero ¿qué hicieron?

El Parlamento de Francfort y el bastardo que había dado a luz mediante comercio incestuoso con la antigua Dieta alemana, el llamado Poder Central, se aprovecharon del movimiento vienés para exhibir su nulidad absoluta. Esta asamblea despreciable, como hemos visto, había sacrificado mucho antes su virginidad, y, joven como era, ya encanecía y se hacía experta en todos los artificios de la cháchara y de la prostitución seudodiplomática. De los sueños y las ilusiones de poder, de regeneración y unidad alemanas que en un principio la habían invadido, no quedaba más que una retahíla de fraseología de clac teutónica, repetida en cada ocasión, y una firme convicción de cada miembro en su propia importancia, así como en la credulidad del público. Se había desechado la primitiva ingenuidad; los representantes del pueblo alemán se habían convertido en hombres prácticos, es decir, habían llegado a la conclusión de que cuanto menos hicieran y más chacharearan, más segura sería su posición como árbitros del destino de Alemania. No es que consideraran superfluos sus procederes; muy al contrario, pero habían descubierto que todas las cuestiones verdaderamente grandes, siendo para ellos terreno prohibido, más valía dejarlas en paz; y allí, como un grupo de doctores bizantinos del Bajo Imperio, discutían, con una importancia y una asiduidad dignas del destino que al fin los alcanzó, dogmas teóricos resueltos mucho tiempo atrás en todas las partes del mundo civilizado, o cuestiones prácticas microscópicas que nunca conducían a ningún resultado práctico. Así, siendo la Asamblea una especie de escuela lancasteriana para la instrucción mutua de los miembros, y siendo, por tanto, muy importante para ellos mismos, estaban persuadidos de que hacía aún más de lo que el pueblo alemán tenía derecho a esperar, y tildaban de traidor a la patria a todo aquel que tuviera la desvergüenza de pedirles algún resultado.

Al estallar la insurrección vienesa, llovieron sobre ella interpelaciones, debates, mociones y enmiendas que, naturalmente, no condujeron a nada. El Poder Central quiso intervenir. Envió a Viena a dos comisionados, los señores Welcker, ex liberal, y Mosle. Los viajes de Don Quijote y Sancho Panza son materia para una Odisea comparados con las proezas heroicas y las maravillosas aventuras de estos dos caballeros andantes de la Unidad Alemana. Sin atreverse a ir a Viena, fueron intimidados por Windischgrätz, admirados por el idiota Emperador y desvergonzadamente embaucados por el ministro Stadion. Sus despachos e informes son acaso la única porción de las transacciones de Francfort que conservará un lugar en la literatura alemana; son una perfecta novela satírica, lista y acabada, y un eterno monumento de deshonra para la Asamblea de Francfort y su gobierno.

El lado izquierdo de la Asamblea también había enviado dos comisionados a Viena para mantener allí su autoridad: los señores Frébel y Robert Blum. Blum, al acercarse el peligro, juzgó acertadamente que allí se iba a librar la gran batalla de la Revolución alemana, y sin vacilar resolvió jugarse la cabeza en la empresa. Frébel, por el contrario, opinaba que era su deber preservarse para las importantes tareas de su puesto en Francfort. Blum era considerado uno de los hombres más elocuentes de la Asamblea de Francfort; ciertamente era el más popular. Su elocuencia no habría resistido la prueba de una asamblea parlamentaria experimentada; era demasiado aficionado a las superficiales declamaciones de un predicador disidente alemán, y sus argumentos carecían tanto de agudeza filosófica como de conocimiento práctico de los hechos. En política pertenecía a la «democracia moderada», un género bastante indefinido, cultivado precisamente por esa falta de definición en sus principios. Pero, con todo, Robert Blum era por naturaleza un plebeyo cabal, aunque un tanto pulido, y en los momentos decisivos su instinto plebeyo y su energía plebeya se imponían a su convicción y su saber políticos, indefinidos y, por tanto, indecisos. En tales momentos se elevaba muy por encima del nivel habitual de sus capacidades.

Así, en Viena, vio de una ojeada que allí, y no en medio de los pretendidamente elegantes debates de Francfort, se decidiría la suerte de su país; al punto tomó una decisión, renunció a toda idea de retirada, asumió el mando en la fuerza revolucionaria y se comportó con extraordinaria sangre fría y determinación. Fue él quien retrasó durante bastante tiempo la toma de la ciudad y cubrió uno de sus flancos del ataque incendiando el Puente de Tabor, sobre el Danubio. De todos es sabido cómo, tras el asalto, fue detenido, juzgado por un consejo de guerra y fusilado. Murió como un héroe. Y la Asamblea de Francfort, aunque horrorizada, aceptó el sangriento insulto con aparente buena gracia. Se aprobó una resolución que, por la suavidad y diplomática decencia de su lenguaje, era más un insulto a la tumba del mártir asesinado que una mancha infamante para Austria. Pero no cabía esperar que esta asamblea despreciable se indignara por el asesinato de uno de sus miembros, y precisamente del jefe de la izquierda.

Londres, marzo de 1852