Los primeros meses del año 1849 fueron empleados por los gobiernos austríaco y prusiano en explotar las ventajas obtenidas en octubre y noviembre anteriores. La Dieta austríaca, desde la toma de Viena, había llevado una existencia meramente nominal en una pequeña localidad rural de Moravia llamada Kremsier. Allí los diputados eslavos, que junto con sus electores habían contribuido decisivamente a levantar al gobierno austríaco de su postración, fueron singularmente castigados por su traición a la Revolución europea; tan pronto como el gobierno hubo recobrado sus fuerzas, trató a la Dieta y a su mayoría eslava con el mayor desprecio, y cuando los primeros éxitos de las armas imperiales presagiaron una rápida conclusión de la guerra húngara, la Dieta, el 4 de marzo, fue disuelta y los diputados dispersados por la fuerza militar. Sólo entonces comprendieron los eslavos que habían sido engañados y gritaron: ¡Vayamos a Francfort y hagamos allí la oposición que aquí no podemos hacer! Pero era ya demasiado tarde, y el simple hecho de que no tuvieran otra alternativa que permanecer quietos o unirse a la impotente Asamblea de Francfort — este solo hecho bastaba para demostrar su total desamparo.

Así fracasaron, por el momento y muy probablemente para siempre, los intentos de los eslavos de Alemania de recobrar una existencia nacional independiente. Restos dispersos de numerosas naciones, cuya nacionalidad y vitalidad política se habían extinguido largo tiempo atrás, y que en consecuencia se habían visto obligadas, durante casi mil años, a seguir la estela de una nación más poderosa, su conquistadora, lo mismo que los galeses en Inglaterra, los vascos en España, los bajo-bretones en Francia y, en un período más reciente, los criollos españoles y franceses en aquellas porciones de América del Norte ocupadas últimamente por la raza angloamericana — estas nacionalidades moribundas, los bohemios, carintios, dálmatas, etc., habían tratado de aprovechar la confusión universal de 1848 para restaurar su statu quo político del año 800. La historia de mil años debería haberles enseñado que tal retroceso era imposible; que si todo el territorio al este del Elba y del Saale estuvo en otro tiempo ocupado por eslavos afines, este hecho no hacía sino demostrar la tendencia histórica y, al mismo tiempo, el poder físico e intelectual de la nación alemana para someter, absorber y asimilar a sus antiguos vecinos orientales; que esa tendencia absorbente por parte de los alemanes había sido siempre, y seguía siendo, uno de los medios más poderosos mediante los cuales la civilización de la Europa occidental se había extendido hacia el oriente de ese continente; que sólo podía cesar cuando el proceso de germanización hubiera alcanzado la frontera de nacionalidades grandes, compactas y no fragmentadas, capaces de una vida nacional independiente, tales como los húngaros y, en cierta medida, los polacos; y que, por tanto, el destino natural e inevitable de esas nacionalidades moribundas era dejar que ese proceso de disolución y absorción por sus vecinos más fuertes se consumara. Ciertamente, no es ésta una perspectiva muy halagüeña para la ambición nacional de los soñadores paneslavistas que lograron agitar a una parte del pueblo bohemio y sud-eslavo; pero ¿acaso pueden esperar que la historia retroceda mil años para complacer a unos cuantos cuerpos tísicos de hombres, que en todas las partes del territorio que ocupan están entremezclados y rodeados por alemanes, que desde tiempos casi inmemoriales no han tenido para todos los fines de la civilización más lengua que la alemana, y que carecen de las condiciones más elementales de la existencia nacional: número y compacidad territorial? Así, el levantamiento paneslavista, que en todas partes, en los territorios eslavos de Alemania y Hungría, fue la cobertura para la restauración de la independencia de todas esas innumerables nacionalidades insignificantes, chocó en todas partes con los movimientos revolucionarios europeos, y los eslavos, aunque fingían luchar por la libertad, se encontraron invariablemente (con la excepción del sector democrático polaco) del lado del despotismo y de la reacción. Así ocurrió en Alemania, así en Hungría, así incluso aquí y allá en Turquía. Traidores a la causa popular, puntales y sostenes principales de la camarilla del gobierno austríaco, se colocaron en la posición de proscritos a los ojos de todas las naciones revolucionarias. Y aunque en ninguna parte la masa del pueblo tomó parte en las mezquinas rencillas sobre la nacionalidad promovidas por los líderes paneslavistas, precisamente porque era demasiado ignorante, jamás se olvidará que en Praga, en una ciudad medio alemana, multitudes de fanáticos eslavos aclamaban y repetían el grito: «¡Antes el knut ruso que la libertad alemana!» Tras su primer esfuerzo, que se evaporó en 1848, y después de la lección que les dio el gobierno austríaco, no es probable que en una ocasión posterior se haga otro intento. Pero si volvieran a intentar, bajo pretextos similares, aliarse con la fuerza contrarrevolucionaria, el deber de Alemania es claro. Ningún país en estado de revolución y envuelto en una guerra exterior puede tolerar una Vendée en su propio corazón.

En cuanto a la Constitución proclamada por el Emperador al mismo tiempo que la disolución de la Dieta, no hay necesidad de volver a ella, ya que nunca tuvo una existencia práctica y ahora ha sido completamente eliminada. El absolutismo ha sido restaurado en Austria a todos los efectos desde el 4 de marzo de 1849.

En Prusia, las Cámaras se reunieron en febrero para la ratificación y revisión de la nueva Carta promulgada por el Rey. Sesionaron durante unas seis semanas, bastante humildes y sumisas en su comportamiento hacia el gobierno, pero no del todo dispuestas a llegar tan lejos como el rey y sus ministros deseaban. Por lo tanto, en cuanto se presentó una ocasión propicia, fueron disueltas.

Así, tanto Austria como Prusia se habían librado por el momento de las trabas del control parlamentario. Los gobiernos concentraban ahora todo el poder en sí mismos y podían hacer sentir ese poder dondequiera que fuera necesario: Austria sobre Hungría e Italia, Prusia sobre Alemania. Pues también Prusia se preparaba para una campaña mediante la cual debía restaurarse el «orden» en los Estados menores.

Siendo ahora la contrarrevolución predominante en los dos grandes centros de acción de Alemania, en Viena y Berlín, sólo quedaban los Estados menores, en los que la lucha estaba aún indecisa, aunque también allí la balanza se inclinaba cada vez más en contra del interés revolucionario. Estos Estados menores, como hemos dicho, encontraron un centro común en la Asamblea Nacional de Francfort. Ahora bien, esa llamada Asamblea Nacional, aunque su espíritu reaccionario había sido patente desde hacía tiempo, hasta el punto de que el mismo pueblo de Francfort se había alzado en armas contra ella, tenía sin embargo un origen de naturaleza más o menos revolucionaria; ocupaba una posición anormal y revolucionaria en enero; su competencia nunca había sido definida y por último había llegado a la decisión —que, no obstante, nunca fue reconocida por los Estados mayores— de que sus resoluciones tenían fuerza de ley. En estas circunstancias, y cuando el partido monárquico-constitucional vio sus posiciones trastornadas por los absolutistas que se recobraban, no hay que extrañarse de que la burguesía liberal monárquica de casi toda Alemania pusiera sus últimas esperanzas en la mayoría de esta Asamblea, así como los intereses del pequeño comercio, núcleo del partido democrático, se agruparan, en su creciente aflicción, en torno a la minoría de esa misma corporación, la cual constituía, en efecto, la última falange parlamentaria compacta de la democracia. Por otra parte, los gobiernos mayores, y particularmente el ministerio prusiano, veían cada vez más la incompatibilidad de un cuerpo electivo tan irregular con el restaurado sistema monárquico alemán, y si no forzaron su disolución de inmediato fue únicamente porque aún no había llegado el momento y porque Prusia esperaba utilizarlo primero para impulsar sus propios fines ambiciosos.

Entre tanto, la pobre Asamblea misma caía en una confusión cada vez mayor. Sus diputaciones y comisarios habían sido tratados con el mayor desprecio, tanto en Viena como en Berlín; uno de sus miembros, a pesar de su inviolabilidad parlamentaria, había sido ejecutado en Viena como un vulgar rebelde. Sus decretos no eran acatados en ninguna parte; si las potencias mayores llegaban a tomar nota de ellos, era tan sólo mediante notas de protesta que disputaban la autoridad de la Asamblea para dictar leyes y resoluciones obligatorias para sus gobiernos. El Representante de la Asamblea, el Poder Ejecutivo Central, se veía envuelto en rencillas diplomáticas con casi todos los gabinetes de Alemania, y pese a todos sus esfuerzos, ni la Asamblea ni el Gobierno Central lograban que Austria o Prusia expusieran sus opiniones, planes y exigencias últimos. La Asamblea, al fin, empezó a ver claramente, al menos hasta ese punto, que había dejado escapar todo poder de sus manos, que estaba a merced de Austria y de Prusia, y que si pensaba en elaborar una Constitución federal para Alemania, debía ponerse a la obra de inmediato y con toda seriedad. Y muchos de los miembros vacilantes vieron también con claridad que habían sido engañados de la manera más burda por los gobiernos. Pero ¿qué podían hacer en su posición impotente? Lo único que habría podido salvarlos habría sido pasarse resueltamente y sin demora al campo popular; pero el éxito, incluso de ese paso, era más que dudoso; y además, en esa muchedumbre desamparada de seres indecisos, cortos de vista y engreídos, que cuando el ruido eterno de los rumores contradictorios y de las notas diplomáticas los aturdía por completo, buscaban su único consuelo y apoyo en la seguridad, repetida hasta la saciedad, de que eran los mejores, los más grandes y los más sabios hombres del país, y que sólo ellos podían salvar a Alemania — ¿dónde, decimos, entre esas pobres criaturas, a las que un solo año de vida parlamentaria había convertido en completos idiotas, dónde estaban los hombres capaces de una resolución pronta y decisiva, y menos aún de una acción enérgica y consecuente?

Al fin, el gobierno austríaco se quitó la máscara. En su Constitución del 4 de marzo proclamó a Austria como una monarquía indivisible, con finanzas, sistema aduanero y establecimientos militares comunes, borrando así todas las barreras y distinciones entre las provincias alemanas y las no alemanas. Esta declaración se hizo en presencia de resoluciones y artículos del proyectado proyecto de Constitución federal que ya habían sido aprobados por la Asamblea de Francfort. Era el guante de guerra que Austria le arrojaba, y la pobre Asamblea no tuvo más remedio que recogerlo. Y lo hizo con no poca bravata, pero que Austria, consciente de su poder y de la absoluta nulidad de la Asamblea, bien podía permitirse el lujo de dejar pasar. Y esta preciosa representación, como ella misma se titulaba, del pueblo alemán, para vengarse de este insulto por parte de Austria, no vio nada mejor que arrojarse, atada de pies y manos, a los pies del gobierno prusiano. Por increíble que parezca, se arrodilló ante los mismísimos ministros a los que había condenado como anticonstitucionales y antipopulares, y cuya destitución había reclamado inútilmente. Los detalles de esta transacción vergonzosa y de los acontecimientos tragicómicos que siguieron formarán el tema de nuestro próximo artículo.

Londres, abril de 1852

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