[*New-York Daily Tribune*, n.º 3432, 17 de abril de 1852]

El 1 de noviembre cayó Viena, y el 9 del mismo mes la disolución de la Asamblea Constituyente en Berlín mostró cuánto había elevado de golpe este acontecimiento el espíritu y la fuerza del partido contrarrevolucionario en toda Alemania.

Los sucesos del verano de 1848 en Prusia se relatan pronto. La Asamblea Constituyente, o más bien «la Asamblea elegida con el fin de acordar una Constitución con la Corona», y su mayoría de representantes del interés de la clase media, habían perdido hacía tiempo toda la estima pública al prestarse a todas las intrigas de la corte, por miedo a los elementos más enérgicos de la población. Habían confirmado, o más bien restaurado, los odiosos privilegios del feudalismo y traicionado así la libertad y los intereses del campesinado. No habían sido capaces ni de redactar una Constitución ni de enmendar en modo alguno la legislación general. Se habían ocupado casi exclusivamente de sutiles distinciones teóricas, de meras formalidades y de cuestiones de etiqueta constitucional. La Asamblea, de hecho, era más una escuela de *savoir vivre* parlamentario para sus miembros que un cuerpo en el que el pueblo pudiera interesarse. Las mayorías estaban, además, muy equilibradas, y casi siempre decidían los vacilantes «centros», cuyas oscilaciones de derecha a izquierda, y viceversa, derribaron primero al ministerio de Camphausen, luego al de Auerswald y Hansemann. Pero mientras los liberales, aquí como en todas partes, dejaban escapar la ocasión de las manos, la Corte reorganizó sus elementos de fuerza entre la nobleza y la porción más inculta de la población rural, así como en el ejército y la burocracia. Tras la caída de Hansemann, se formó un ministerio de burócratas y oficiales militares, todos ellos reaccionarios acérrimos, el cual, sin embargo, cedió en apariencia a las exigencias del Parlamento; y la Asamblea, obrando según el cómodo principio de «medidas, no hombres», se dejó engañar aplaudiendo a este ministerio, mientras, por supuesto, no veía la concentración y organización de las fuerzas contrarrevolucionarias que ese mismo ministerio llevaba a cabo con bastante descaro. Al fin, dada la señal con la caída de Viena, el rey destituyó a sus ministros y los reemplazó por «hombres de acción», bajo la dirección del actual primer ministro, el señor Manteuffel. Entonces la soñolienta Asamblea despertó de golpe ante el peligro; aprobó un voto de censura contra el gabinete, al que se respondió de inmediato con un decreto que trasladaba la Asamblea de Berlín —donde, en caso de conflicto, podría contar con el apoyo de las masas— a Brandeburgo, una pequeña ciudad de provincias enteramente dependiente del gobierno. La Asamblea, no obstante, declaró que no podía ser suspendida, trasladada ni disuelta sin su propio consentimiento. Entretanto, el general Wrangel entró en Berlín al frente de unos cuarenta mil soldados. En una reunión de los magistrados municipales y los oficiales de la Guardia Nacional, se decidió no ofrecer resistencia. Y entonces, después de que la Asamblea y sus comitentes, la burguesía liberal, hubieran permitido que el partido reaccionario coaligado ocupase todas las posiciones importantes y les arrebatase de las manos casi todos los medios de defensa, comenzó aquella gran comedia de la «resistencia pasiva y legal» que pretendían que fuera una gloriosa imitación del ejemplo de Hampden y de los primeros esfuerzos de los americanos en la Guerra de Independencia. Berlín fue declarada en estado de sitio, y Berlín permaneció tranquila; la Guardia Nacional fue disuelta por el gobierno, y sus armas fueron entregadas con la mayor puntualidad. La Asamblea fue acosada durante quince días, de un lugar de reunión a otro, y en todas partes dispersada por los militares, y los miembros de la Asamblea suplicaron a los ciudadanos que permaneciesen tranquilos. Al fin, habiendo declarado el gobierno disuelta la Asamblea, ésta aprobó una resolución declarando ilegal la recaudación de impuestos, y luego sus miembros se dispersaron por el país para organizar la negativa al pago de los impuestos. Pero comprobaron que se habían equivocado lamentablemente en la elección de sus medios. Después de unas semanas de agitación, seguidas de severas medidas del gobierno contra la oposición, todo el mundo abandonó la idea de negarse a pagar los impuestos para complacer a una Asamblea difunta que ni siquiera había tenido el valor de defenderse a sí misma.

Si a comienzos de noviembre de 1848 era ya demasiado tarde para intentar la resistencia armada, o si una parte del ejército, al encontrar una oposición seria, se habría pasado al lado de la Asamblea y decidido así el asunto a su favor, es una cuestión que quizá nunca se resuelva. Pero en la revolución, como en la guerra, es siempre necesario mostrar un frente firme, y quien ataca lleva ventaja; y en la revolución, como en la guerra, es de la mayor necesidad arriesgarlo todo en el momento decisivo, cualesquiera que sean las probabilidades. No hay una sola revolución victoriosa en la historia que no demuestre la verdad de estos axiomas. Ahora bien, para la revolución prusiana, el momento decisivo había llegado en noviembre de 1848; la Asamblea, al frente, oficialmente, de todo el interés revolucionario, no mostró un frente firme, pues retrocedía ante cada avance del enemigo; mucho menos atacó, pues prefirió incluso no defenderse; y cuando llegó el instante decisivo, cuando Wrangel, al frente de cuarenta mil hombres, llamó a las puertas de Berlín, en lugar de encontrar, como él y todos sus oficiales esperaban plenamente, cada calle erizada de barricadas y cada ventana convertida en aspillera, encontró las puertas abiertas y las calles obstruidas sólo por pacíficos burgueses berlineses, que gozaban con la broma que le habían gastado, entregándose atados de pies y manos a los soldados asombrados. Es cierto que la Asamblea y el pueblo, si hubieran resistido, podrían haber sido derrotados; Berlín podría haber sido bombardeada y muchos cientos podrían haber muerto, sin impedir la victoria final del partido realista. Pero ésa no era razón para que entregasen las armas de inmediato. Una derrota bien disputada es un hecho de tanta importancia revolucionaria como una victoria fácilmente obtenida. Las derrotas de París en junio de 1848 y de Viena en octubre hicieron ciertamente mucho más por revolucionar las mentes del pueblo de estas dos ciudades que las victorias de febrero y marzo. La Asamblea y el pueblo de Berlín probablemente habrían compartido la suerte de las dos ciudades arriba mencionadas; pero habrían caído gloriosamente y habrían dejado tras de sí, en la mente de los supervivientes, un deseo de venganza, que en tiempos revolucionarios es uno de los más altos incentivos para una acción enérgica y apasionada. Es cosa sabida que en toda lucha quien recoge el guante corre el riesgo de ser derrotado; pero ¿es ésa una razón para darse por vencido y someterse al yugo sin desenvainar la espada?

En una revolución, quien ocupa una posición decisiva y la entrega, en lugar de obligar al enemigo a probar suerte con un asalto, merece invariablemente ser tratado como un traidor.

El mismo decreto del rey de Prusia que disolvió la Asamblea Constituyente proclamó también una nueva Constitución, basada en el proyecto elaborado por una comisión de aquella Asamblea, pero ampliando en algunos puntos los poderes de la Corona y haciendo dudosas, en otros, las del Parlamento. Esta Constitución establecía dos cámaras, que debían reunirse pronto con el fin de confirmarla y revisarla.

No hace falta preguntar dónde se encontraba la Asamblea Nacional alemana durante la lucha «legal y pacífica» de los constitucionalistas prusianos. Estaba, como de costumbre, en Fráncfort, ocupada en aprobar resoluciones muy tímidas contra los procedimientos del gobierno prusiano y admirando el «imponente espectáculo de la resistencia pasiva, legal y unánime de todo un pueblo contra la fuerza bruta». El gobierno central envió comisionados a Berlín para interceder entre el ministerio y la Asamblea; pero corrieron la misma suerte que sus predecesores en Olmütz y fueron despedidos cortésmente. La izquierda de la Asamblea Nacional, es decir, el llamado partido radical, envió también a sus comisionados; pero después de haberse convencido debidamente de la total impotencia de la Asamblea berlinesa y de haber confesado su propia impotencia igual, regresaron a Fráncfort para informar de los progresos y dar testimonio de la admirable conducta pacífica de la población de Berlín. Más aún: cuando el señor Bassermann, uno de los comisionados del gobierno central, informó que las recientes medidas enérgicas de los ministros prusianos no carecían de fundamento, ya que últimamente se había visto merodeando por las calles de Berlín a diversos individuos de aspecto salvaje, como los que siempre aparecen antes de los movimientos anárquicos (y a los que desde entonces se ha llamado «personajes bassermannianos»), estos dignos diputados de la izquierda, enérgicos representantes del interés revolucionario, ¡se levantaron efectivamente para jurar y testificar que tal cosa no era cierta! Así, en el plazo de dos meses, quedó señaladamente probada la total impotencia de la Asamblea de Fráncfort. No podía haber pruebas más patentes de que este cuerpo era absolutamente incompetente para su tarea; más aún, de que no tenía ni la más remota idea de cuál era realmente su tarea. El hecho de que tanto en Viena como en Berlín se decidiese la suerte de la revolución, de que en esas dos capitales se despachasen las cuestiones más importantes y vitales sin que se prestase la menor atención a la existencia de la Asamblea de Fráncfort —este solo hecho basta para establecer que el cuerpo en cuestión era un mero club de debate, compuesto por un conjunto de incautos que permitían a los gobiernos utilizarlos como un títere parlamentario, exhibido para divertir a los tenderos y pequeños comerciantes de pequeños Estados y pequeñas ciudades, mientras se considerase conveniente distraer la atención de tales sectores. Hasta cuándo se consideró esto conveniente lo veremos pronto. Pero es un hecho digno de atención que, entre todos los hombres «eminentes» de esta Asamblea, no hubo uno solo que tuviera la menor sospecha del papel que se les hacía desempeñar, y que incluso hasta el día de hoy, los ex miembros del club de Fráncfort tienen invariablemente órganos de percepción histórica completamente peculiares.

Londres, marzo de 1852